El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 34 #2
48%

CAPÍTULO 34 #2

En cuanto se quedó solo, se sentó en la cama y enterró la cara entre las manos.

Esta vez de verdad que creía que no iba a poder soportarlo.

Se concentró en la evidencia de que el dolor se había convertido en un mero reflejo.

Cuando miró con atención las heridas que se había infligido maldijo entre dientes.

Las cicatrices iban a empeorar bastante por su culpa.

Victoria entró de nuevo en el cuarto completamente vestida y llevaba una bandeja en las manos con vendas y ungüentos.

—Te has vestido —dijo él con voz suave—. Solo son las cuatro de la madrugada.

—No creo que pudiera dormir aunque lo intentara. —Sonrió levemente—. Tampoco es la primera vez que me levanto temprano.

Se sentó junto a él y comenzó a curarle los cortes con suma atención.

Alasdair la vio trabajar hipnotizado. Sus dedos se movían sobre sus heridas como mariposas, apenas sentía el roce del contacto y, sin embargo, cubrió cada corte con esmerado cuidado.

Cuando empezó a vendarlo, sonrió por poder corregirla.

—Es mejor si la cruzas. Así, ¿ves? Eso me permitirá moverlas con más facilidad.

Victoria sonrió también.

—Claro. Así es como os ponéis las vendas para boxear —dijo al recordar haberlo visto.

Alasdair asintió y por un momento sus ojos quedaron prendidos. Él frunció el ceño al ver que tenía un arañazo en la mejilla. Llevó la mano vendada hacia su rostro y la rozó con los dedos que asomaban.

—¿Eso te lo he hecho yo?

Ella sabía a lo que se refería, se lo había visto al limpiarse la sangre de la cara.

—No es nada.

La intensidad en su mirada la estremeció.

—¿Por qué me ayudas, Rompepromesas?

Hacía tiempo que había dejado de pedirle que no la llamase así.

—Tengo madera de santa —dijo burlona.

—¿Aún no has cambiado de opinión? —preguntó acariciándole la mejilla con el pulgar.

Ella frunció el ceño sin comprender.

—¿Todavía crees que me amas?

Sus mejillas se encendieron y se puso a recoger todo lo que había esparcido por la cama para curarlo. Entonces él la tumbó inmovilizándola con su cuerpo.

—¿Todavía crees que me amas?

La miraba con fijeza y Victoria dejó de respirar, pero no respondió. Él acarició sus labios con los dedos y luego los deslizó por su mandíbula, su cuello…

—¿Todavía crees que me amas, Rompepromesas?

Colocó una mano vendada sobre su pecho.

—No puedo sentir tu corazón. ¿Late por mí?

Los ojos de ella se llenaron de lágrimas, pero siguió sin responder.

—¿Me deseas, Rompepromesas? ¿Es por eso que me cuidas? ¿Quieres que sea tuyo?

Inclinó la cabeza y la besó en la barbilla.

—Puedes decírmelo, no me escandalizaré. ¿Sueñas conmigo por las noches?

Besó la comisura de sus labios.

—¿Te tocas pensando en mí?

Las lágrimas se deslizaron hasta el colchón sin que ella se moviera.

—¿Por qué lloras, Rompepromesas…? —Estaba tan cerca que ella no veía más que el verde de sus ojos—. Si es a mí a quien le duele.

La besó robándole el aliento, la razón y la conciencia.

Ella le rodeó el cuello con los brazos para asegurarse de que no se apartaba.

Era cierto, todo lo que había dicho. Lo deseaba más que el aire que respiraba, más que cualquier otra cosa en el mundo.

Y, sí, se había tocado muchas noches de un modo pecaminoso e indebido, pensando en él.

Lo amaba, lo amaba. No podía negárselo, a sí misma no.

Podía callar, podía fingir, pero ella sabía que lo amaba con cada fibra de su ser.

Si pudiera quitarle el dolor y quedárselo para sí, lo haría. Sin dudar un momento.

—Te necesito —susurró aterrada—. Que Dios me perdone.

El beso se volvió duro y exigente como él y ella se derritió en sus brazos como mantequilla.

Le movió la cabeza para colocarla exactamente donde la quería y poder así besarla a su antojo.

Sus lenguas se batieron en duelo y Victoria no pudo más que gemir su rendición.

Él se apartó lo justo para poder verla mientras hablaba.

—Te casarás conmigo —dijo sin preguntar.

—¿Qué? —El corazón le latía tan rápido que temió que fuese a explotarle en el pecho.

—Di que sí.

—¿Qué?

—Di. Que. Sí —ordenó con fiereza.

Victoria trataba de pensar, pero su mente era una sopa espesa de emociones y deseo y había perdido por completo el raciocinio.

—Sí —gimió—. ¡Sí!

—Júralo.

—Lo juro.

—Por tu padre.

Ella abrió los ojos horrorizada.

—¡Hazlo! —exigió.

—Pase lo que pase, no me echaré atrás, lo juro.

Alasdair le acarició el pelo y sonrió antes de levantarse.

—Será mejor que salgas de este cuarto —dijo con las manos en la cintura y una más que evidente erección bajo los calzones—. Y te aconsejo que no te acerques por aquí hasta que estemos casados.

—¿Cuándo…?

—En Hogmanay —dijo—. Y nada de ir a Slioscreige a contarlo. No quiero que nadie se meta.

Victoria obvió para sí que no le hubiera preguntado qué quería ella.

Le habría encantado una boda tradicional y tener a Clementine con ella, pero no protestó porque no quería que nada lo estropease.

Que él hubiese decidido casarse con ella era un sueño y no iba a dejar que malos pensamientos la perturbaran.

No importaba que no le hubiese dicho que la amaba.

No era un hombre al que le gustase expresar sus sentimientos.

Se giró para mirarlo desde la puerta y su imagen le arreboló las mejillas y encendió una hoguera en su pecho.

—Buenas noches —dijo con timidez.

—Sueña conmigo, Rompepromesas. Pronto haré esos sueños realidad.

Salió de allí riendo como una niña tonta, y Alasdair se preguntó cuánto desprecio podía soportar un hombre por sí mismo.