CAPÍTULO 34

La lluvia arreciaba detrás de la ventana y Victoria contemplaba el paisaje embelesada.
Zinnia estaba en el taller y ella se había pasado la última hora leyendo.
Faltaban solo dos días para el Hogmanay y todavía no sabía si lo celebrarían en Slioscreige o en casa, los tres solos.
La última noche del año y el primer día del siguiente suponía una gran celebración para los escoceses.
Los McEntrie celebraban también la Navidad, aunque no era muy habitual en esas tierras.
Zinnia y ella habían asistido a la fiesta del día veinticinco. Alasdair, por supuesto, no.
Se giró y repasó la biblioteca con expresión relajada.
Le apetecía sentarse a tocar así que cogió unas cuantas partituras de Heather y las colocó en el atril antes de sentarse en la banqueta.
Su mente se evadía con la música, podía estar tocando horas sin percatarse de nada de lo que sucedía a su alrededor.
Ese había sido siempre su escape. Su técnica no era tan buena como la de Heather, pero le hacía el mismo servicio que si lo fuera.
Cuando tocó la última pieza, bajó las manos hasta su regazo y se quedó allí sentada mirando un cuadro en la pared.
—Ese rosal es lo único mío en esta casa.
La voz de Alasdair la hizo dar un respingo. Se giró sobresaltada.
—¿Cuánto rato llevas ahí?
Él se encogió de hombros y bebió un sorbo de su vaso que parecía contener whisky.
—¿Bebiendo tan temprano?
—Falta media hora para la cena, no es tan temprano.
—Para beber, sí lo es. —Cerró la tapa sobre las teclas y se levantó molesta.
Se quedó un momento analizando aquella tapa, pensativa, y finalmente no pudo contenerse más.
—¿Te duele?
Él asintió levemente y ella se acercó a él con paso decidido.
—Quítate los guantes —pidió.
Alasdair suspiró y se llevó el vaso a los labios por respuesta.
—Puedo ayudarte.
—Pero yo no quiero que me ayudes.
Ella apretó los labios y se retorció las manos impotente. Se sentó en una butaca con la mirada fija en el fuego de la chimenea dispuesta a no volver a abrir la boca. Sentía los ojos de Alasdair clavados en ella, pero fingió no percatarse.
—¿Vas a ignorarme?
Silencio.
Alasdair bebió otro sorbo y se removió en el asiento tratando de encontrar una postura cómoda. Como si eso pudiera aliviar las molestias que iban extendiéndose por su cuerpo buscando sitio.
—Ya que no me preguntas, te lo contaré igual.
Ese cuadro era de mi bisabuela materna. Yo no la conocí, murió antes de que yo naciera así que no tiene un valor sentimental.
Lo encontré un día en el desván de Slioscreige y cuando le pregunté a mi madre si podía quedármelo, se encogió de hombros y me dijo que nunca le había gustado, que no sabía por qué lo había guardado.
Victoria no pudo evitar volver a contemplar el cuadro.
Era un poco siniestro, ciertamente, las espinas de las rosas eran amenazadoras y la atmósfera que lo rodeaba resultaba asfixiante.
Pero las rosas eran las más hermosas que había visto jamás.
Serpenteaban por el cuadro de arriba abajo y gotas de rocío salpicaban sus pétalos con un rojo brillante.
Siempre que las contemplaba sentía su tacto en la yema de los dedos, como si pudiera tocarlas con su mirada.
Alasdair gruñó entre dientes y el vaso se le cayó de la mano.
Victoria se giró sobresaltada y lo vio agarrarse la muñeca derecha con el rostro contraído.
Se levantó ignorando el vaso en el suelo y se arrodilló a su lado.
Tampoco prestó atención a sus protestas, le sacó el guante decidida y comenzó a masajearle la mano.
—Para —masculló él.
Los dedos de ella se deslizaban por las falanges con cuidado, sin ejercer mucha presión.
—Necesitaría aceite —musitó ella—. Tienes la piel tan seca…
Alasdair recostó la cabeza sin dejar de observarla. Recorrió su delicada frente, sus suaves cejas, los ojos almendrados, la nariz perfecta, los labios jugosos y apetecibles…
—¿Por qué me ayudas? —preguntó con voz ronca.
Ella no respondió. Odiaba verlo sufrir y no importaba que la mayor parte del tiempo se esforzase en herirla.
Había algo infantil en su trato hacia ella.
Como si maltratarla aliviase el deseo que sentía por ella.
Porque la deseaba, Victoria lo sabía. Lo había visto mirarla con algo que se parecía demasiado al hambre como para no darse cuenta.
—Mírame —ordenó él.
Pero ella siguió masajeando concienzudamente.
—He dicho que me mires, Rompepromesas.
Victoria no levantó la cabeza.
—¿Te sientes bien cuidando del pobre tullido? ¿Te regocijas al ver mis manos deformes? ¿Es eso? ¿Por eso puedes tocarlas sin vomitar? —Soltó una carcajada estridente—. Seguro que vomitarías si mis manos tocaran tu cuerpo desnudo. ¿Me dejas comprobarlo?
Ella detuvo sus movimientos y Alasdair esperó que levantase los ojos. Victoria suspiró con cansancio, recogió el vaso del suelo y se dispuso a salir de la estancia.
—Lo tomaré como un no —dijo él.

La despertó un aullido animal y se sentó en la cama sobresaltada por sus propios sueños.
En esa ocasión el fantasma tenía garras y grandes dientes, una bestia dispuesta a despedazarla viva.
Bajó los pies al suelo para calzarse las zapatillas y se puso la bata abrochándose el cinturón mientras salía del cuarto.
Zinnia estaba en el pasillo con expresión aterrada, los gritos eran escalofriantes.
—Vuelve a la cama —dijo suavemente.
—¿Qué ocurre?
—Vuelve a la cama, Zinnia. Ahora —ordenó contundente.
La niña obedeció y ella corrió hacia el cuarto de Alasdair.
Cuando entró se quedó sin aliento. La señora Brown y el señor Ross llenaban la bañera que habían colocado en el cuarto para que Alasdair la tuviera siempre a mano.
El resto de criados iban y venían con los cubos de agua lo más rápido que podían.
Pero era la imagen de él sobre las sábanas blancas que había pintado con su sangre, la que le había cortado la respiración. Se acercó a él.
—¿Qué ha pasado?
—Me quemo —susurró desesperado—. Me quemo. Me quemo.
Trató de cogerle la mano derecha, pero la sangre no le permitía ver dónde estaban las heridas que se había infligido, si se las masajeaba podría empeorar la situación.
—Alasdair, ¿qué has hecho? —sollozó.
La vio entonces y su expresión era la de alguien desquiciado.
—Córtalas —suplicó—. Córtalas, por favor. Haz que paren.
Victoria revisó la bañera y aunque no estaba llena estaría mejor que en la cama. Tiró de él para que se levantara y Alasdair gruñó como un animal herido.
—¡Joder! —gritó furioso.
La agarró del pelo y la empujó sobre el colchón. Un segundo después estaba sentado a horcajadas sobre ella y le agarraba la cara con las manos ensangrentadas.
—¿Quieres morir, Rompepromesas?
El señor Ross corrió a ayudarla y lo agarró por detrás tirando de él hasta bajarlo de la cama.
Victoria se levantó en cuanto quedó libre y lo ayudó a llevarlo a la bañera ignorando sus imprecaciones y gritos.
Lo metieron en el agua helada y siguieron vertiendo cubos según los traían.
Victoria acabó empapada y la señora Brown también.
—Por favor, Alasdair, respira hondo. —Lo hizo ella para recordarle cómo se hacía, porque parecía haberlo olvidado—. Inspira. Espira.
Mientras hablaba sumergió sus manos limpiando la sangre y luego sacó la derecha para ver dónde se había lastimado. El rostro de la señora Brown mostraba su angustia, aquello no eran mordiscos.
—Ha usado un cuchillo —dijo la mujer.
Los cortes seguían la línea de las cicatrices. Era como si hubiese querido abrirlas para ver lo que había dentro y que le causaba tanto dolor.
—Luego habrá que desinfectarlas y vendárselas —musitó con la visión borrosa por las lágrimas.
Llenaron la bañera hasta arriba y cuando el dolor se hizo soportable ella le masajeó los brazos y las manos, con cuidado de no tocar los cortes.
Fiona y Lilias cambiaron las sábanas y dejaron la habitación ordenada.
Alasdair tenía los ojos cerrados y apoyaba la cabeza en el borde de la bañera.
Hacía un buen rato que no emitía el menor sonido y Victoria se preguntó si se habría quedado dormido.
La señora Brown había intentado imitarla y masajearle la otra mano, pero él no la había dejado. Solo permitía que Victoria lo tocase.
Le dolían los hombros y la espalda por la postura, además de estar empapada y muerta de frío, pero no paró hasta que él abrió los ojos y se incorporó en la bañera.
—Fuera —ordenó a Brown y a Ross.
—Lo ayudaré a…
—¡He dicho fuera! —gritó.
Se agarró al borde de la tina y se puso de pie chorreando agua. Victoria se levantó también con cierta dificultad. Alasdair miraba a sus criados sin la menor confusión y los tres se dirigieron a la puerta.
—Victoria —la llamó—, tú te quedas.
La señora Brown la interrogó en silencio y ella asintió apretándose el cinturón de la bata.
Lo ayudó a salir de la bañera y le dio el paño para secarse.
La ropa se le pegaba al cuerpo sin dejar margen para la imaginación.
Alasdair se sacó la camisa por la cabeza y se secó el pecho y los brazos.
Victoria se dio la vuelta cuando hizo ademán de bajarse los calzones.
—Ya estoy vestido —dijo él.
Cuando Victoria se giró él se contemplaba las heridas de las manos.
—Menudo estropicio —masculló.
—Hay que vendarlas —dijo ella temblando.
Alasdair la repasó de arriba abajo. La tela dibujaba sus armoniosas curvas y tuvo que apartar la vista.
—Tienes que quitarte esa ropa mojada.
—Te vendaré las manos y luego…
—No. Ve a cambiarte primero.
—Pero…
—No estoy en mi mejor momento, Rompepromesas. Si fuese tú, no me arriesgaría.
Salió del cuarto sin protestar.