CAPÍTULO 33

Los Duthie resultaron ser una pareja de lo más extraña. Cuando Victoria y Zinnia llegaron fueron recibidas por la señora Duthie, Alice. Tenía el pelo rubio y brillante, los ojos azules y una figura redondeada y agradable.
—Bienvenidas a nuestro hogar, señoritas —dijo poniéndose las manos en la cintura—. Yo soy Alice y en esta casa no tenemos formulismos. ¿Tenéis hambre? Espero que sí, porque la señora Marriot y yo hemos preparado una comida de lo más suculenta. ¿Os gusta el asado? A mí me encanta el asado.
Les hizo gestos para que la siguieran y las dos lo hicieron sin quitarse los abrigos, ya que nadie se ofreció a llevárselos. Victoria se preguntó si tendrían criados, pues había dicho que ella misma preparó el almuerzo con una tal señora Marriot.
Atravesaron el pasillo que llevaba hasta la zona del servicio y bajaron unas escaleras, sin que la mujer dejase de hablar.
—George está en el salón tomando una copa con nuestros amigos. —Se volvió a Zinnia ampliando su sonrisa—. Y Evie está en el invernadero. No sale de allí, adora sus plantas. Luego te digo cómo llegar hasta él. ¡Señora Marriot! Tenemos ayuda.
Y así fue como Victoria se encontró con un delantal puesto y las manos metidas en harina, siguiendo las indicaciones de la robusta señora Marriot, una francesa muy mandona que le cayó realmente bien.
Zinnia, por su parte, se libró acompañando a la señora Duthie, Alice, como había repetido una docena de veces, a ver ese invernadero.
—No estoy de acuerdo —dijo Victoria cogiendo su copa de vino—. Yo creo que nuestras decisiones no son del todo libres.
—¿No cree en el libre albedrío, señorita Crawford? —preguntó George Duthie ceñudo.
—No del todo. No es lo mismo nacer en una casa bien en Londres, que en una familia minera. Eso ya modifica tus posibilidades y no te permite decidir con la misma claridad.
—Pero, aun así, decidimos. Todos —insistió el anfitrión, que estaba disfrutando con aquella discusión.
—Sí, decidimos, pero de acuerdo a un montón de premisas. ¿Es eso libertad de verdad? ¿Si estamos siendo manipulados por nuestras circunstancias, estamos eligiendo libremente? Yo creo que no. Al menos, no deberíamos llamarlo así. La palabra «libre» no debería estar incluida en la definición.
Los allí presentes se quedaron un momento en silencio y Victoria bajó la mirada consciente de que todos los ojos estaban puestos en ella.
—Creo… —musitó.
Zinnia tenía una expresión extraña, era como si la viese por primera vez.
—Somos nosotros y nuestras circunstancias —dijo George Duthie pensativo—. Visto así…
—Pues yo sí creo que somos libres —intervino Ninian con una sonrisa cálida y la mirada fija en Victoria—.
Nos vamos construyendo con cada decisión, pero en el momento en que escogemos, somos libres de tomar un camino u otro.
Yo creo que hay infinitas posibilidades.
Es como si hubiese un enorme recipiente lleno de caramelos de diferentes sabores y nosotros metemos la mano y sacamos uno cada vez.
No sabemos a qué sabrá ese caramelo y tampoco sabemos por qué escogemos ese y no otro, pero escogemos.
—No siempre —dijo el señor Dallinger, un hombre enjuto y con una abundante barba—. A veces es otro el que te obliga a escoger. Como cuando tienes que luchar en una guerra o te caes del caballo, por ejemplo.
—Pero eso también es fruto de nuestras decisiones —dijo George apoyando a su amigo—. Estoy con Ninian.
Los dos se miraron complacidos y Victoria percibió el cariño que se tenían.
—Pues yo creo firmemente en la predestinación —dijo la señora Duthie cogiendo su copa—. Todo está decidido desde antes de nuestro nacimiento. Eso me da mucha tranquilidad.
—¿Tranquilidad? —la señora Brislow miró a su amiga con el ceño muy arrugado—. ¿Te da tranquilidad saber que el destino está escrito?
—Sí, absolutamente. —Dejó la copa en la mesa después de beber y sonrió satisfecha—. Así no tengo que preocuparme de nada…
—Y no eres responsable de tus errores —se burló su marido.
—Exacto, marido —dijo ella riendo también.
—¿Y qué opináis del pecado original? —preguntó la señora Brislow.
Victoria miró a Ninian con agradecimiento por haberla invitado a una comida tan extraordinaria, y él le devolvió la calidez con una sonrisa.
—¿Te gusta el señor Baxter? —preguntó Zinnia cuando regresaban las dos en su carruaje.
—Es muy agradable, sí.
—Pero ¿te gusta para casarte con él?
Victoria la miró sorprendida.
—¿A qué viene esa pregunta?
—Tú contéstame, por favor, es importante para mí.
—Te prometí que no me marcharía, Zinnia, si es lo que…
—Me lo juraste —puntualizó—. Un juramento es mucho más importante que una promesa.
Victoria suspiró y después asintió.
—Tienes razón, te lo juré.
—Pero no es por eso. Necesito saberlo, Victoria. Si pudieras, ¿querrías casarte con Ninian Baxter?
Iba a responder de nuevo que no entendía por qué quería saberlo, pero se rindió y pensó una respuesta.
—No.
—¿No? Parece que estáis en sintonía.
—Somos amigos, nada más.
—¿Si te lo pidiera le dirías que no?
—No me lo pedirá.
—¿Cómo lo sabes?
—Le dije que para mí solo era un amigo.
Zinnia no tenía experiencia en esos temas, pero le daba la impresión de que los hombres no aceptan de buen grado la voluntad de las mujeres.
—¿Es porque estás enamorada de Alasdair?
—¡Zinnia! —La miró con los ojos tan abiertos que su amiga temió que se le saliesen de las órbitas—. ¿Cómo se te ocurre decir semejante barbaridad?
—¿Es cierto? ¿Lo estás?
Victoria se puso completamente roja y Zinnia sonrió burlona.
—¿No puedes decirlo sin más? ¿Por qué lo complicáis todo tanto?
—Porque es complicado, Zinnia, no sabes de lo que estás hablando.
—Estamos las dos solas, no hay nadie aquí que vaya a juzgarte, Vicky. Puedes hablar conmigo. Somos amigas, ¿no? Hermanas, en realidad.
La otra se dejó caer contra el respaldo agotada por la tensión.
Hacía mucho tiempo que no disponía de una amiga con la que compartir todo lo que le estaba pasando.
Clementine estaba a un paso de ella, pero no podía revelarle lo que sucedía en Reid House.
A Alasdair no le dolerían solo las manos si esa fiera pelirroja ponía sus manos en él.
—No es algo que deba hablar contigo.
—¿Por qué no?
—Porque eres una niña.
—No soy una niña, Vicky. En realidad soy una anciana dentro de un cuerpo joven. Dicen que el sufrimiento da madurez y creo que yo he tenido más de eso en mis catorce años que muchos que han cumplido ya los cincuenta.
Victoria se acercó a ella y le cogió la mano apretándola con cariño.
—Tienes razón.
—Siempre tengo razón, soy una anciana muy sabia —se burló—. ¿Lo amas?
La otra soltó el aire de un soplido y asintió.
—¿Es porque te trata mal?
—¿Qué? Por supuesto que no.
—¿Estás segura? ¿No estás buscando un castigo?
—¡No!
—¿Cómo lo sabes?
Victoria se mordió el labio y apartó la mirada como si quisiera evitar la respuesta. Después de unos minutos Zinnia creyó que no respondería y le soltó la mano, dándose por vencida.
—Ya lo amaba antes.
La niña la miró y una sombra cruzó ante sus ojos. Victoria no se percató porque tenía los suyos fijos en las manos unidas .
—Él no se fijaba en mí, yo solo era una Wharton, ya me entiendes. —Se encogió de hombros—. Su familia y la mía están muy unidas, tenemos un vínculo por nuestra tía Elizabeth.
—Y por Heather —añadió Zinnia.
—Sí, por ella también. Y por Enid. —Victoria se rio nerviosa.
—Entonces cuando rechazaste a mi hermano…
—No quiero que pienses que lo engañé, porque no fue así. —Sus ojos se llenaron de lágrimas—. Siempre supe que entre Alasdair y yo solo habría amistad. Cuando tu hermano me pidió que fuese su esposa creí que yo también lo deseaba.
—¿Por qué? ¿Qué fue lo que pensaste?
Victoria lo pensó un momento, quería ser totalmente sincera con ella.
—Pensé en ti.
Zinnia sintió que le metía la mano en el pecho y le estrujaba el corazón.
—Me gustaba la idea de cuidar de ti, de acompañarte. También pensé en que tendría hijos. Siempre he querido tener hijos, creo que sería una buena madre —sonrió con timidez—. Supongo que son las cosas que una piensa cuando se plantea el futuro.
—¿Y Owen? ¿Pensaste en él?
Victoria asintió.
—Sí, también pensé en él. Creí que podría ser una buena esposa. Me gustaba mucho estar con él. Era divertido y amable. Y olía muy bien —dijo riendo.
—¿Qué? —se rio también—. ¿Cómo que olía muy bien?
—No todos los caballeros huelen bien, seguro que te has fijado.
Hoy, por ejemplo, el señor Brislow es un hombre encantador, pero no le iría mal usar un poco más de jabón en su aseo.
Cada vez que gesticulaba para expresar sus opiniones, cosa que alguien debería decirle que hace en exceso, me llegaba una nube tóxica de la que no sabía cómo escabullirme.
Zinnia rompió a reír a carcajadas.
—A la señora Brislow le olía el aliento —dijo la niña sin parar de reír—. Quizá tienen algún pacto.
—Somos muy malas —dijo Victoria riendo también—. No deberíamos hacer esto.
—¿Hablar de la falta de higiene de algunas personas? ¡Son ellos los que deberían lavarse!
Rieron aún un poco más antes de volver al delicado tema que las había llevado hasta ahí.
—¿Por qué cambiaste de opinión, Vicky? Dime la verdad, por favor. Necesito saberlo.
Victoria suspiró al tiempo que asentía. Quizá eso era lo que necesitaba para hallar la paz que tanto ansiaba.
—Creí que lo haría desgraciado. Que un día se despertaría a mi lado y se preguntaría por qué se había casado conmigo. Y sentí que ese día no podría justificarme de ningún modo.
—¿Creíste que él lo sabría? ¿Lo que sentías por Alasdair?
Victoria se limpió una lágrima antes de que cayera de la comisura de su ojo y emitió un leve y ahogado gemido.
—Eso lo habría destrozado —musitó Zinnia.
Imaginó el dolor que su hermano habría sentido al saber que su esposa amaba a su mejor amigo.
Era demasiado cruel para que Victoria hubiese podido hacerlo.
Ella era intrínsecamente buena. No estaba en su naturaleza actuar de un modo tan horrible.
Se recostó en el respaldo y miró absorta por la ventanilla.
Por primera vez la nube que tenía delante de los ojos empezaba a despejarse y el cuadro al otro lado mostraba sus verdaderos colores.
Quizá algún día encontrase una explicación para su dolor.
Una que le permitiese respirar sin que el aire se le atascase en los pulmones.
Una que le permitiese dejar de odiarse como se odiaba. Quizá algún día…
—Alasdair me odia —musitó Victoria ajena a sus pensamientos—. Me llama «rompepromesas» y me mira con tal desprecio que se me hielan los huesos. El amor es un sentimiento cruel, porque no puedes dejar de sentirlo, aunque el otro no te corresponda.
Apartó la mirada hacia la ventanilla.
No importa que sus caricias busquen romperme, las quiero igual.
Sus besos me destrozan por dentro, pero mi boca lo desea con desesperación.
Mi cuerpo se enciende cuando él está cerca.
Mi corazón late al mismo ritmo que el suyo y sé que él podría detenerlo si así lo quisiera.
Que podría dejarme sin aliento, sin corazón y sin alma. Y aun así, lo amo.