CAPÍTULO 32

Zinnia la observaba sin disimulo. Se sacudió el polvo de las manos y entornó los ojos.
—¿Tan mal ha ido? —preguntó sin la menor sutileza.
Victoria no pudo más y rompió a llorar dejándose caer en el suelo. La joven la agarró del brazo y fueron hasta un sofá apartado.
—¿Qué ha pasado?
Victoria no podía parar de llorar y Zinnia tuvo que esperar un buen rato a que se calmara.
—Lo siento mucho —dijo cuando pudo hablar—. No debería actuar así delante de ti.
Zinnia tenía una expresión desolada.
—¿Qué te ha hecho?
La otra negó con la cabeza, no podía hablar de eso con ella.
—No es culpa suya. Todo lo que me sucede es solo culpa mía.
Zinnia le limpió las mejillas y dejó surcos de polvo en ellas.
—Lo estoy empeorando —dijo apesadumbrada.
Victoria respiró hondo y carraspeó recuperando la serenidad.
—Ya está —dijo asintiendo —. Perdóname, no quiero que te preocupes. Iré a lavarme la cara, debo de tener un aspecto espantoso.
—Por mi culpa. Te he ensuciado.
Las dos se pusieron de pie y Victoria se acercó a la escultura de Gràinne.
—Es magnífica, Zinnia —dijo admirada.
—No tenías que verla hasta que estuviese terminada —dijo poniéndose delante para taparla.
Victoria trató de asomarse, pero ella la agarró por los brazos y la empujó hacia atrás para llevarla hasta la puerta.
—Ve a lavarte esos churretes —se burló.
La otra obedeció y en cuanto estuvo sola cerró la puerta y se apoyó en ella con la respiración agitada. Después se cubrió la cara y la frotó con desesperación.
¿ Victoria estaba sufriendo por su culpa? ¿Ella le estaba haciendo eso? ¿Qué había pasado con Alasdair?
Se quitó la bata de trabajo y la tiró sobre una mesa antes de salir del taller.
Sabía dónde encontrarlo. Lo había visto esconderse allí muchas veces.
Se quedaba pegada a la pared donde él no podía verla y lo escuchaba hablar con su hermano.
Atravesó el vestíbulo y siguió por el pasillo hasta la zona destruida.
Varias veces había intentado subir hasta su habitación, aunque sabía que era peligroso.
Pero no era por eso por lo que no lo hacía. Simplemente, no podía.
Alasdair se paseaba nervioso frente a la chimenea apagada.
—…no sé qué me pasa. Pierdo la cabeza cada vez que…
Se detuvo para mirar hacia la butaca vacía.
—Eres un desgraciado, ¿lo sabías? —dijo al cabo de unos momentos—. ¿Cómo voy a hacer eso?
De nuevo silencio. Zinnia comprendió que estaba escuchando y los ojos se le llenaron de lágrimas. ¿Por qué él podía verlo? ¿Por qué no tenía ella esa suerte?
—Tiene que irse —siguió Alasdair después de unos segundos—. Si no consigo que se marche, acabaré por cometer una locura…
—No puedes hacer tal cosa —dijo la niña entrando en la vieja biblioteca con paso firme—. Victoria me juró que se quedaría siempre conmigo y cumplirá su promesa.
Alasdair empalideció al verla.
—¿Qué haces aquí? —preguntó aterrado.
—¿Por qué yo no puedo verlo? —Señaló la butaca.
—¿Qué? —Estaba temblando horrorizado.
—Sé que ves a mi hermano. ¿Por qué a mí no se me aparece? ¿Cómo está? ¿Qué te dice?
—No es…
—Ni te molestes en negarlo. Te he visto hablando con él muchas noches. Os pensáis que soy tonta, pero sé muchas más cosas de las que os imagináis. ¿Qué te dice? —insistió.
Alasdair miró hacia la butaca en la que Owen lo miraba con el mismo terror que mostrarían sus ojos si pudiese verse en un espejo.
—Zinnia, está en mi cabeza.
—Y una mierda —escupió furiosa con lágrimas en los ojos—. Dile a su fantasma que quiero verlo. Dile que yo soy la única que debería verlo.
—El único fantasma aquí soy yo. —La voz le temblaba, pero sus ojos no mentían—. Owen no está aquí, solo es mi cerebro torturándome.
Ella lo miró ceñuda.
—¿Cómo lo sabes?
—Los fantasmas no existen.
La niña apretó los puños con rabia. Querría ser un hombre para golpearlo hasta que le hiciera caso.
—¿Qué le has hecho a Victoria?
—¿Qué… te ha dicho?
—No me ha dicho nada. Se ha derrumbado y ha llorado con desesperación sin que pudiera sacarle una palabra.
Alasdair maldijo entre dientes y se agarró el pelo con una de sus manos enguantadas. Zinnia caminó hasta él y lo retó con la mirada.
—¿Qué le has hecho? —repitió.
—No son asuntos para hablar con una niña.
—¿Por qué no?
—Porque no lo entenderías.
—Inténtalo.
—Victoria cree que me ama.
Zinnia entornó los ojos con desconfianza.
—¿De dónde sacas eso?
—Ella me lo dijo. Y debo quitárselo de la cabeza.
Durante unos segundos ella analizó el comportamiento de su amiga sin decir nada.
—¿La has forzado? —preguntó después de un buen rato.
Él abrió los ojos horrorizado.
—¿Por quién me tomas? —gritó furioso.
—Por alguien que la trata peor que a una esclava. Que la llama «Rompepromesas» y hace que cargue con la muerte de alguien a quien no fue capaz de salvar.
Alasdair empalideció.
—¡Tú abandonaste a Owen! ¡Tú!
El golpe dio de lleno en la diana y Alasdair se quedó sin aire.
—Era tu amigo, tu mejor y único amigo. Él confiaba en ti, habría dado su vida por salvarte.
¿Y qué hiciste tú cuando él te necesitaba?
¡Nada! ¡No hiciste nada! Dejaste que se quemara vivo.
¿Imaginas lo que debió de sentir mientras la vida se le escapaba?
—Lo señaló con inquina—. ¿Te duelen tus preciosas manos?
Ese dolor no es nada comparado con lo que él debió sufrir antes de morir.
—Para, Zinnia, por favor —dijo temblando—. Por favor…
— ¿Crees que Victoria merece tu castigo? ¿Y quién te castiga a ti?
Alasdair le sostuvo la mirada desafiante.
—¿Quieres castigarme tú? Dime qué quieres que haga y te doy mi palabra de que lo haré sin protestar. ¿Quieres que me lance desde lo alto de los acantilados de Slioscreige ? Si no lo he hecho aún, ha sido por no dejarte sola. Porque se lo debo a Owen. ¿Qué quieres de mí, Zinnia?
Ella tenía los ojos clavados en él y Alasdair percibía en su mirada las cábalas que estaba haciendo, aunque no podía ver el mecanismo. Tardó mucho en responder, pero cuando lo hizo sus palabras cayeron sobre él como un aguacero en pleno invierno.
—Te casarás con Victoria —sentenció.
Tardó unos segundos en reaccionar, el tiempo que sus pulmones aguantaron sin aire. De repente inspiró como si acabara de salir del agua y su pecho subió y bajó agitado.
—No quiero que ella se marche nunca y no quiero que tú la empujes a hacerlo. Así que lo mejor es que te cases con ella.
—No puedo hacer eso —musitó horrorizado y levantó las manos como si pudiera verlas debajo de los guantes.
—A ella no le importa que seas un monstruo deforme.
—Tú no lo entiendes…
—Has dicho lo que yo quiera.
Él entornó los ojos escudriñándola con ellos y de pronto lo entendió.
—Quieres castigarnos a los dos.
Zinnia elevó el mentón y su expresión se tornó amarga y cruel.
—¿No es perfecto? Vosotros pagáis por lo que hicisteis y yo obtengo lo que quiero. Seguro que Owen estará orgulloso de mí.
Cuando Zinnia se colocó al lado del sillón en el que se sentaba su amigo, Alasdair se preguntó si de verdad no podía verlo. Si en realidad Owen sí estaba allí.
—Creía que la querías —dijo con tristeza.
—Y así es. —La sonrisa de Zinnia era tan perversa como la de Owen—. Por eso quiero que se quede para siempre en Lanerburgh.
Alasdair se apretó el puente de la nariz mientras su cerebro buscaba una salida.
—Has dicho lo que yo quisiera —repitió ella—. ¿Cumplirás tu promesa, Alasdair?
—No aceptará.
Zinnia torció su sonrisa.
—Tendrás que ingeniártelas para que lo haga —dijo atravesando la estancia para marcharse—. Mantendré a salvo tu secreto y no le diré a nadie que estás loco.
Alasdair escuchó las carcajadas de Owen y Zinnia se marchó. Sus pasos resonaron en el ala este hasta mucho tiempo después de que se hubiese ido.