El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31



Cuando Victoria bajó a desayunar, como cada mañana, se sorprendió al encontrar a Alasdair en el comedor.

—Buenos… días —dijo deteniéndose bruscamente—. Alasdair… ¿qué haces aquí?

—Vivo aquí —dijo cogiendo la taza para llevársela a los labios.

Victoria caminó hasta su silla y se sentó sin borrar la sorpresa de su rostro.

—¿Hoy no sales a caminar?

—Vamos a montar.

—¿Qué? Pero… ¿por qué?

Él se llevó una tostada de pan a la boca y le dio un mordisco sin distraer su atención de ella.

—Tengo cosas que hacer —dijo Victoria, inquieta.

—¿Qué cosas?

—Cosas…

—¿Qué cosas? —insistió él.

—Soy la maestra de Zinnia, tengo que darle clase.

—Se la das más tarde.

—Más tarde tendremos otras cosas que hacer.

—¿Qué cosas? —repitió burlón.

—No puedo montar contigo. Tú eres… un McEntrie. Todos sabemos cómo montan los McEntrie. Ya estoy montando… con Zinnia.

—A pesar de que te dije que no montaras con nadie.

—Soy una mujer adulta y tomo mis propias decisiones. —Elevó el mentón fingiendo seguridad.

—¿Me estás retando? —Se giró hacia el mayordomo—. ¿Qué opina, Ross? ¿Cree que me está retando?

—No, señor, en absoluto.

Alasdair se rio satisfecho.

—¿Para eso trajiste a Tórradh de Slioscreige ? —preguntó ella—. Llevas mucho tiempo sin montar, necesitarás habituarte. Ya montaremos juntos más adelante.

—Tú me has obligado a montar de nuevo al elegir a Meallan —sonrió con malicia—. ¿Es un modo de llamar mi atención, Victoria? Un poco desesperado, ¿no crees?

Ella apretó los labios mirándolo con inquina. No esperaba que utilizase su confesión para torturarla. Era una completa estúpida.

—Todo tiene un precio —sentenció él con dureza—. Haces algo y pagas por ello.

A Victoria se le erizó el vello y bajó la cabeza, avergonzada.

—Buenos días. ¡Oh! ¿Qué haces aquí, Alasdair? —preguntó Zinnia mostrando la misma sorpresa que había mostrado su amiga.

—Hoy empiezo a enseñar a montar a Victoria.

—¡Oh! El pobre Meallan te lo agradecerá. Lo obliga a ir tan despacio que podría ganarlo caminando. A la pata coja. Con una venda en los ojos. Sin…

Se detuvo al ver la expresión de Victoria.

—¿Te enfadas? Es la verdad, Vicky. ¿Me pones unos huevos, Gilchrist? —pidió al lacayo—. No se puede frenar tanto a un caballo como Meallan. Es bueno que Alasdair te quite ese miedo. Si consigue que al menos trotes, le estaré agradecida.

Alasdair hizo un gesto cortés con la cabeza ignorando la mirada asesina de Victoria.

—Tiene especial problema en saltar escollos, hace que el animal sortee la más mínima piedrecita del camino. En serio, a veces son tan pequeñas que es imposible verlas.

—¿Y tú te llamas amiga? —masculló Victoria.

—Y ni se te ocurra tratar de subir una montaña —siguió Zinnia ignorándola—. Está convencida de que el caballo se caerá hacia atrás. Necesita mucha ayuda, te lo aseguro.

—Haré lo que pueda.

—¿De dónde viene ese miedo, Victoria? Nunca me lo has contado. ¿Acaso has tenido alguno de esos sueños?

Zinnia pinchaba un pedacito de huevo de su plato y no vio la expresión asustada de su amiga. Alasdair en cambio…

—¿Qué sueños? —preguntó el escocés entrecerrando los ojos.

Zinnia levantó vista y comprobó que Victoria estaba pálida. Se dio cuenta entonces de su metedura de pata y se mordió el labio.

—Lo siento —musitó.

Alasdair las observaba a las dos alternativamente, pero estaba claro que ninguna iba a decir nada más.

—Yo aprovecharé para trabajar en mi escultura —dijo la niña intentando cambiar de tema—. Creo que en dos semanas más la tendré lista.

—¿Te gusta tu taller? —preguntó Alasdair—. ¿Tienes todo lo que necesitas?

—Teniendo en cuenta la nimia cantidad de dinero que me permites gastar, no está mal.

—Lo siento. —Alasdair bajó la cabeza.

—Con Owen nunca tuvimos problemas de dinero —siguió Zinnia—. Pero él era demasiado bueno en todo lo que hacía.

Victoria se percató de que Alasdair apretaba los labios. Aquella mañana Zinnia estaba especialmente irritante.

Una hora y media entrenando con Alasdair y le dolía la espalda y le temblaban los brazos.

—¿Podemos caminar un poco? —pidió ella ansiando bajarse del caballo—. Por favor.

Alasdair enarcó una ceja valorando negarse, pero finalmente accedió. Victoria gimió de gusto al estirar las piernas, y se masajeó primero la cintura y luego la nuca.

—No estás en forma, Victoria, tienes que hacer más ejercicio.

Ella no protestó porque sabía que tenía razón. Había dejado sus caminatas por Zinnia y ahora cuando salían a pasear hacían eso, paseaban.

Con las riendas de sus caballos en la mano recorrieron un buen trecho en silencio.

Ninguno de los dos parecía querer dar el primer paso, o simplemente no tenían nada que decirse.

Victoria disfrutó del paisaje y del frío.

Era agradable percibir el frescor helado, después de haber hecho ejercicio.

Respiró hondo y llenó sus pulmones, pero enseguida tuvo que sorber la humedad de su nariz.

—¿A qué sueños se refería Zinnia? —preguntó Alasdair de repente.

Victoria se alegró de estar oculta por Meallan.

—Una tontería.

—Me gustaría oírla.

—No hay nada que contar.

—Aun así.

Ella maldijo para sí haciendo gestos con la cara.

Después de unos segundos en silencio, pensó que había comprendido que no quería hablar de ello y respiró aliviada.

Subieron el sendero que llevaba hasta la Ermita de San Columba.

Victoria se detuvo a observarla desde esa distancia para abarcarla por completo.

—Este lugar es… mágico —murmuró.

Alasdair cogió las riendas de Meallan de su mano y se llevó los dos caballos hasta un árbol. Los ató a una de sus ramas y luego volvió con ella.

—¿Quieres entrar?

Ella negó.

—Ya la he visto por dentro —dijo con la vista fija en ella—. Lo que me gusta es verla así, magnífica y lúgubre al mismo tiempo.

—¿Nos sentamos en esa piedra? —Señaló.

Ella asintió, su trasero ansiaba descansar, aunque no estaba segura de que no se quejase.

Alasdair la miró con una sonrisa burlona al ver que contenía los gemidos con los dientes.

—¿Te duele?

—¿El qué, concretamente? Porque me duelen hasta las pestañas —dijo malhumorada.

—Me refería al trasero.

Ella se sonrojó visiblemente. El escocés caminó sin alejarse, jugando con la hierba bajo sus pies.

Victoria lo observó en silencio y con el corazón latiendo muy despacio.

Sentía una inquietud creciente estando con él, pero también un placer culpable del que no hablaría ni consigo misma.

Cuando levantó la cabeza y sus ojos se encontraron, el calor la arrolló imparable y él sonrió perverso.

Se maldijo un millón de veces por haberle confesado sus sentimientos.

—Cuéntame tus sueños, Victoria.

Ella se miró los pies y fingió que había algo muy interesante allí.

—¿Salgo yo? ¿Por eso no quieres hablar de ello?

—¿Qué? —Levantó la cabeza de golpe—. ¡No!

— ¿Entonces? Cuéntamelos.

—Es solo uno —dijo con timidez—. Y es una tontería.

Él estaba cada vez más interesado.

—¿Un sueño? ¿Tienes siempre el mismo sueño?

—Siempre no. Pero… se repite.

Alasdair se acercó y su cuerpo le hizo sombra.

—Cuéntamelo —pidió.

Ella se mordió el labio consciente de que no tenía escapatoria.

—Hay una casa. Y una pared rota.

Alasdair frunció el ceño y endureció su expresión.

—¿Por qué no quieres contármelo? ¿Haces algo indebido en ese sueño?

—¿Por qué piensas eso?

—No lo sé. —Él se encogió de hombros—. No entiendo esa reticencia.

—Es un sueño ridículo y sé que te vas a reír de mí, por eso no quiero contártelo.

—¿Te preocupa que me ría de ti y me confiesas tu amor?

Ella empalideció.

—Eso ha sido muy cruel —musitó.

Se puso de pie y se dirigió hacia donde estaban los caballos.

—Victoria…

No se detuvo hasta estar junto a Meallan. Cogió las riendas y puso el pie en el estribo, pero antes de que pudiera impulsarse él la había alcanzado y la apartó del animal.

—Lo siento —dijo, aunque su expresión no mostraba la menor contrición.

Ella lo enfrentó furiosa.

—¿Por qué tienes que ser tan odioso?

—Ya lo sabes, Rompepromesas.

Se sintió impotente, atrapada y al borde de perder la paciencia.

—Déjame en paz, Alasdair, por favor.

—Puedes irte. Yo no te detend ré. Márchate y dejaré de torturarte.

—No voy a irme a ninguna parte. —Dejó caer las manos rendida.

—Cuéntame el sueño.

Ella suspiró y ahogó un sollozo frustrado.

—Estoy en la cama y el silencio es tan abrumador que me despierta.

No reconozco mi cuarto. Me levanto y salgo de allí descalza.

Camino por un largo pasillo, algo me atrae, parece un latido lento y grave.

Pom. Pom. Pom. —Sus ojos estaban brillantes y acuosos—.

Me detengo frente a un muro, una pared lisa y sin adornos.

Acerco la oreja y escucho ese latido al otro lado. Pom. Pom. Pom.

Alasdair estaba hipnotizado. Su voz, suave como el terciopelo, y aquellas lágrimas a punto de desbordarse lo atrapaban como un cepo.

—Llegado ese momento siempre apoyo las manos y la pared se derrumba dejando un hueco para poder pasar.

Al otro lado está la misma casa, como si la viera en un espejo.

Es la misma sala, solo que parece abandonada.

Cruzo a ese lado. Las telarañas cubren las lámparas, hay polvo por todas partes.

Camino y al girarme contemplo las huellas que dejan mis pisadas.

También veo el agujero en la pared y la luz al otro lado.

Sé que ese es el lado bueno de la casa, pero aun sabiéndolo, no puedo evitar seguir avanzando.

Quiero saber qué habita allí y por qué me llama.

La tensión entre ellos era más que evidente. Los dos estaban sumidos en ese sueño y habían perdido el mundo de vista.

—Y entonces lo veo, pero yo sé que no está ahí, que no es real, porque la tenue luz de la luna menguante lo atraviesa.

Y entonces me pregunto, ¿los fantasmas tienen corazón?

Porque escucho su latido, fuerte y claro.

Lo siento golpear contra mi pecho, como si estuviésemos conectados de algún modo.

Y cuando empieza a girarse, me despierto.

Alasdair tenía los labios entreabiertos y la mirada clavada en ella.

—¿Desde cuándo tienes ese sueño?

—Desde que tenía la edad de Zinnia.

Él frunció el ceño.

—Mientes.

Victoria negó con la cabeza.

—No miento. Puedes preguntarle a Clementine, ella lo sabe.

—¿Qué significa?

—No lo sé. —Se encogió de hombros—. Nunca lo he sabido.

—¿Estás tratando de manipularme? —Su expresión se contrajo furiosa—. ¿Crees que soy tan estúpido?

Ella resopló y se dio la vuelta dispuesta a subir a su caballo. Se agarró al pomo de la silla y colocó el pie en el estribo, pero Alasdair volvió a tirar de ella, esta vez con menos delicadeza.

—No hemos terminado de hablar, Rompepromesas. ¿Qué crees que significa?

—No lo sé —dijo con el corazón latiendo acelerado.

—¿Es Owen ese fantasma?

Ella abrió los ojos como platos.

—¡No!

—¿Cómo lo sabes? No le has visto la cara. ¿Cómo sabes que no es él?

—Alasdair, los fantasmas no existen —dijo temblando.

—Oh, ya lo creo que existen. —Se apartó de ella llevándose una mano enguantada a la cabeza.

—¿De qué estás hablando? —inquirió—. ¿Acaso tú…?

—No lo digas —le advirtió acercándose de nuevo.

—¿Pero tú…?

La atrajo hacia sí y la besó. Un cúmulo de sensaciones la envolvieron: anhelo, esperanza, deseo, alegría, miedo…

Todas juntas, sin orden ni concierto. No se resistió, dejó que la tomara sin resquicios.

Él agarró su cabeza para acomodarla a su boca y profundizó más el beso.

Victoria notó la otra mano en la parte baja de su espalda y cómo la pegaba a él sin recato.

Dejó de pensar, de hacerse preguntas, de buscar una explicación lógica a lo que le pasaba.

Estaba viva y era él, eso era lo único que le importaba.

Su boca era dura y exigente, igual que él, y ella se convirtió en gelatina en sus manos.

No se dio cuenta de que lo abrazaba, de que su pecho se pegaba al cuerpo masculino.

Sus lenguas se enredaron y sintió su sabor con cada fibra de su ser, como si fuese un veneno que había entrado en su torrente sanguíneo para contaminarla entera.

Se bebió su aliento y suprimió su raciocinio.

—Quiero que seas mía —dijo él contra su boca—. ¿Serás mía, Rompepromesas?

—No me llames así —suplicó.

—Es tu nombre —dijo perverso—. Contesta a lo que te pregunto, Rompepromesas, ¿te entregarás a mí?

—No —susurró sin fuerzas.

—Sí —dijo él. Le mordió el labio inferior y tiró de él—. Te quebrarás para mí, Rompepromesas. Juro por Dios que te haré suplicar…

Volvió a besarla y sintió en los labios el sabor salado de sus lágrimas.

Gruñó, pero no se contuvo y siguió acometiendo con su lengua demostrándole que la tenía en sus manos.

Y de repente, igual que había empezado, se apartó de ella y la soltó.

Victoria se sintió embriagada y confusa.

Dejó salir un largo y sentido suspiro y se limpió la humedad de las mejillas.

—Monta —ordenó él.

Las manos de Victoria temblaban cuando se agarró al pomo de la silla. Él la esperó hasta que estuvo lista y regresaron a casa.