CAPÍTULO 30

Los días siguientes Victoria estuvo sumida en un estado de ánimo extraño.
Tenía mucho en lo que pensar. Zinnia no le había pedido que se quedase hasta que tuviese las riendas de su vida, le había dicho «para siempre», y ella le había jurado que así sería.
Por un lado sentía un enorme alivio, el peso con el que cargaba por la muerte de Owen se evaporó en el mismo instante en que hizo el juramento.
Ahora podía respirar y dormir tranquila.
Pero es que, además, ese juramento le quitó la presión de tener que decidir qué hacer con su vida.
Con el futuro. Ya no tenía que pensar ni planear nada, solo debía estar cerca de Zinnia.
Nada más. Su espíritu se llenó de una extraña y desconcertante alegría, dispuesta siempre a participar en cualquier plan que la joven propusiera.
Cuando Zinnia descubrió que Ninian Baxter la había invitado a un almuerzo en casa de sus amigos los Duthie unos días después, le pidió a Victoria que le preguntase a Ninian si le parecía bien que ella también fuese.
Él estuvo de acuerdo. La hermana de George Duthie, Evie, tenía la edad de Zinnia, así que tendría alguien con quien hablar.
—¿Cuándo podremos salir a montar? —preguntó Zinnia mientras se dirigían al comedor para el almuerzo.
—Alasdair devolverá a Meallan a Slioscreige si vuelvo a montar sin su permiso.
Cuando entraron al comedor él no estaba allí.
—El señor no almorzará hoy en casa —explicó Ross al ver su expresión interrogadora—. Ha ido a visitar a su familia y regresará después de comer.
—Oh.
Esa fue la respuesta de Victoria. La de Zinnia fue encogerse de hombros y continuar con su animada charla como si esa información no le importase lo más mínimo.

Rowena miraba a su hijo con expresión severa. Él la besó en la mejilla y se sentó a su lado en el sofá.
—¿Cómo estás, mamá?
—¿Ahora te importa cómo estoy?
—Siempre me importa cómo estás —dijo con ternura.
Ella no quería llorar, le enfurecía sentirse tan abrumada por las emociones, pero era su hijo, su niño querido, por más que fuese ya un hombre hecho y derecho.
Le cogió las manos y sin pedir permiso le quitó los guantes.
Él la dejó hacer sin resistirse y los dedos amorosos de su madre recorrieron sus cicatrices caldeando su corazón.
—¿Has tenido muchas crisis últimamente? —preguntó ella con voz ronca.
—No muchas —mintió él.
—¿Te pones el ungüento que te mandé?
—Sí, cada noche.
Levantó la vista para clavar sus ojos en él.
—¿Sirve de algo?
Alasdair negó levemente. Rowena dejó escapar el aire en un suspiro de impotencia, pero no lo soltó.
—No puedes hacer nada, mamá.
—Ninguna madre aceptaría que su hijo sufra sin hacer nada.
—Lo sé. Por eso me marché.
Ella lo miró dolida y él le sonrió con tristeza.
—Tarde o temprano tendrás que aceptar que no puedes curarme, mamá. Que tú enfermes, no me ayuda en nada.
—¿No puedes quedarte aquí? Te dejaré tranquilo, lo prometo.
—No puedes dejarme tranquilo —sonrió un poco más—. No está en tu naturaleza. Además, ya lo has dicho, una madre no aceptará que su hijo sufra sin hacer nada.
—¿Tan mal lo hice? Creía que te ayudaba.
—No se trata de que lo hicieras mal o bien. —Respiró hondo tratando de ordenar sus pensamientos—. No es por ti, mamá, es por mí. Veros sufrir hacía que el dolor fuese más insoportable. No puedo preocuparme por otros cuando estoy haciéndome pedazos.
Rowena asintió. Lo sabía y lo entendía. Ella habría hecho lo mismo, pero no iba a reconocerlo en voz alta.
—¿Te cuidan bien? ¿Ross y la señora Brown?
—Sí, me cuidan bien, mamá, no tienes de qué preocuparte.
—¿Y Victoria?
Él frunció el ceño y apartó las manos.
—¿Qué pasa con Victoria?
Rowena entornó los ojos.
—¿No os lleváis bien? Creía que erais amigos.
—Nos llevamos… bien. No está en Reid House por mí, sino por Zinnia.
—Lo sé, pero creí que sería agradable tener a alguien de confianza allí. ¿Qué pasa, Alasdair?
—No pasa nada —dijo él molesto. Estaba claro por qué se había marchado de allí—. He venido a hablar de ti, no de Victoria. Necesito que te cuides y que te recuperes de lo que sea que te pasa. No puedo estar preocupado por ti, eso empeora mis crisis, mamá.
Una expresión de temor afloró al rostro de Rowena.
—No tienes que preocuparte, hijo.
—Pero lo hago. Eres mi madre y te quiero, no viviré tranquilo sabiendo que te causo sufrimiento. Me marché de aquí porque no podía soportar eso. No me ayudas y necesito que me ayudes.
Rowena se llevó una mano a la boca para ahogar un gemido de angustia. La sola idea de estar agravando sus problemas la aterraba.
—Me pondré bien —aseguró con un sollozo—. Te lo prometo, hijo. Voy a cuidarme y me pondré bien.
Alasdair la abrazó y la sostuvo contra su pecho mientras le acariciaba el pelo. Rowena cerró los ojos y las lágrimas cayeron silenciosas.

—¿Meallan, Anthony? ¿En serio te pareció buena idea?
Su primo enarcó una ceja con expresión burlona y Alasdair abrió los ojos como platos.
—¡Serás cabrón! —exclamó al darse cuenta de su jugada.
—Sabía que vendrías —dijo Craig riendo—. Te conoce demasiado bien.
—Supongo que has venido a buscar a Tórradh —dijo Anthony ignorando su enfado—. Necesitarás a tu caballo para enseñarla a montar.
—Sabe montar. Muy mal, pero sabe.
Anthony lo cogió de los hombros y lo llevó hacia las cuadras.
—Lo hemos cuidado bien y cada día lo ha montado uno de nosotros. Nos costó bastante sacarlo de su cuadra, pero al final pudo más su espíritu salvaje que su melancolía. Está en plena forma.
Le palmeó fuertemente la espalda y lo soltó.
Alasdair no pudo disimular la emoción que sintió al ver a su caballo y el animal apoyó la cabeza en su hombro en cuanto se acercó.
—¿Cómo estás, muchacho? ¿Me has echado de menos?
El caballo relinchó y lo empujó con el hocico.
—Lo sé, lo sé —dijo él abrazándolo—. He sido un capullo, puedes tirarme cuando te monte, me lo merezco.
—No le des ideas —dijo Anthony que contemplaba la escena con el hombro apoyado en la madera y los brazos cruzados.
Alasdair revisó concienzudamente al animal y se aseguró de que los cascos estaban limpios y en buen estado.
Lo sacó de la cuadra y le colocó la silla y los arreos sin ayuda de nadie.
Cai llegó corriendo después de que Craig lo avisara y antes de que hubiese acabado de preparar a Tórradh, todos sus primos y sus hermanos estaban allí.
—¿Hay una fiesta y no me he enterado? —preguntó Daniel al verlos—. Ni que hubiese venido alguien importante, solo es el idiota de Alasdair.
Su primo no levantó la vista, no quería que leyesen en sus ojos que estaba emocionado. Se subió al caballo sin decir nada y su hermano John corrió a las cuadras a buscar el suyo.
—Yo también voy —dijo Craig soltando lo que tenía en la mano para ir a por Ealain.
—¿Una carrera? —dijo Daniel caminando de espaldas hacia la cuadra de Rionnag.
—¡Nos apuntamos! —dijo Nuna tirando de Pòg.
Alasdair negó con la cabeza apoyando las manos en el pomo de su silla para girarse.
—¿En serio queréis una carrera conmigo?
Anthony amarró la silla de Neònach y soltó una carcajada.
—Llevas un montón de tiempo sin montar. Te vamos a dar una paliza.
—Yo no necesito practicar, bocazas. Podría ganarte montando de espaldas con los ojos cerrados.
Siguieron provocándose hasta que estuvieron todos sobre sus caballos.
—¿Qué hacen? —preguntó Brodie a Ewan señalando desde uno de los cercados.
—Ha venido Alasdair.
—¿Van a hacer una carrera?
—Eso parece.
—Apuesto por él —dijo Brodie.
—¿Por quién? —preguntó Dougal acercándose a ellos.
—Alasdair.
—Lleva mucho sin montar —dijo Dougal—. Creo que esta vez ganará Anthony.
—Ni de coña —negó Kenneth dándole una sonora palmada entre los omóplatos—. Mi hijo les va a dar una paliza.
—Pues yo apuesto por Nuna —dijo Lachlan sobre Bran—, pero voy a verlo.
Los hermanos se miraron un segundo y corrieron hacia sus caballos.

—¿Desde cuándo eres tan buen jinete, Nuna? —Alasdair la miraba admirado.
Su prima sonreía burlona.
—Desde que tú te bajaste del caballo.
Los demás no parecían nada contentos.
—Habéis hecho trampa —dijo John—. Los dos.
—De eso nada —respondieron Nuna y Alasdair al tiempo.
—No habíamos estipulado que no se pudiese recortar —aclaró Nuna.
—Pero eso se sobreentiende —apuntó Daniel—. Es una norma no escrita, que todos respetamos.
—Todos menos ellos —señaló Craig.
Alasdair se rio burlón.
—¿Alguien está escocido? —preguntó.
—Hay que reconocer que Tórradh ha estado magnífico —dijo Cai.
—Porque lo montaba yo —respondió su hermano con arrogancia.
—Pagadme —dijo Lachlan a sus hermanos.
Se habían quedado a cierta distancia de la meta para que no les oyeran.
—¿Cómo sabías que ganaría Nuna? —preguntó Kenneth mirando a su sobrina con falsa inquina.
—La he visto entrenar —explicó Lachlan.
—Es muy buena —dijo Kenneth asintiendo—. Podría ganar, si dejasen que las mujeres participasen en las carreras.
—Ni se te ocurra decírselo —dijo Dougal nada contento—. Ya bastantes normas se salta, como para que tú le sugieras una más.
—No finjas que no estás orgulloso de ella. —Caillen le guiñó un ojo—. Se te cae la baba, hermanito.
Dougal soltó una carcajada dándose una palmada en el muslo.
—¡Menuda paliza! —se rio.
Los otros no tuvieron más remedio que darle la razón.
Regresaron todos a las caballerizas y se lavaron para el almuerzo. Volver a estar con ellos fue una caricia para el alma de Alasdair. Cuando llegó el momento de irse, todos actuaron con naturalidad, conscientes de que lo harían sentirse incómodo si montaban una despedida.
—Ha sido agradable, ¿no? —preguntó Anthony mientras lo ayudaba a ensillar de nuevo a Tórradh.
—Sí.
—No esperes tanto la próxima vez.
Alasdair subió al caballo y sin decir nada más se alejó de allí al trote.