El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29



La despertó un pulsante dolor de cabeza. Abrió los ojos despacio y se sentó de golpe.

—¿Dónde estoy? —dijo mirando a su alrededor.

Aquel no era el cuartucho de la buhardilla.

La habitación en la que estaba tenía una cama amplia y cómoda, un gran ventanal por el que entraba ya la luz de la mañana y una chimenea cuyos rescoldos todavía caldeaban.

Cerró los ojos y se llevó la mano a la frente.

¿Se había cambiado de cuarto durante la noche y no se acordaba?

Se levantó rápidamente haciendo oídos sordos al dolor de cabeza y comenzó a desmontar la cama. Lavaría las sábanas y lo dejaría todo como estaba. Qué vergüenza cuando la señora Brown se enterase de que se había colado en un cuarto sin permiso.

Cuando la señora McFadden la vio entrar en la cocina llevando las sábanas, frunció el ceño interrogadora.

—¿Adónde va con eso?

—Lo siento mucho —dijo mirando a la señora Brown—. No sé cómo, pero anoche me metí en un cuarto que no era el mío. He quitado las sábanas y voy a lavarlas ahora mismo. Si no llueve, estarán secas en…

—Ese es ahora su cuarto, señorita Crawford. Nos lo ha dicho el señor esta mañana.

Victoria la miró sorprendida.

—¿Cómo sabía él que yo…?

El ama de llaves se encogió de hombros.

—Quizá la vio entrar en el cuarto. No nos lo ha dicho. Solo sé que ahora usted duerme allí. Fiona —llamó a la doncella—, encárgate de bajar sus cosas.

—La señora Brown también cambiará de habitación —dijo la cocinera con una sonrisa—. Ahora dormirá en la zona de servicio, en su antiguo cuarto. Y el señor Ross ha recuperado el suyo.

Victoria seguía con las sábanas en los brazos y miraba a las criadas sin entender nada.

—Deme eso —dijo Fiona cogiéndole la ropa de cama—. Volveré a ponerlas.

—Oh, no hace…

—Ahora duerme en la zona de la familia, así que la atenderemos como a ellos —insistió la doncella.

Victoria dejó que se llevara las sábanas y se alisó el vestido, que era el mismo del día anterior.

—Vaya a desayunar —dijo el ama de llaves—. La señorita Zinnia ya está en el comedor. Llegó hace media hora y seguro que tiene muchas cosas que contar.

—¡Por fin! —exclamó la muchacha cuando ella entró en el comedor—. Se te han pegado las sábanas.

Victoria seguía demasiado confusa y no respondió a eso.

—Buenos días —dijo y miró al mayordomo—. Té, por favor.

Se sentó en su silla y colocó la servilleta sobre la falda.

—¿Te encuentras mal? —preguntó Zinnia con preocupación—. Tienes muy mala cara.

—Me duele la cabeza.

—¿Has pasado mala noche?

Victoria asintió.

—Yo he dormido como un tronco. Cerré los ojos y los he abierto esta mañana.

Los McEntrie querían que me quedase a desayunar, pero yo sé cómo va eso, me quedo a desayunar y luego a almorzar y me veo durmiendo allí otra vez.

Se está tan bien con ellos que nadie querría irse.

No entiendo por qué Alasdair prefiere vivir aquí.

Victoria sintió un dolor en el pecho al escuchar su nombre. Cogió la taza y bebió un sorbo de té.

—El señor Ross me ha contado que tocaste el piano con él anoche. Están todos muy emocionados con eso.

De nuevo aquel pellizco doloroso. Zinnia entornó los ojos.

—Quizá os ha cogido algo a los dos —siguió la joven—. No es normal que Alasdair esté en la cama a estas horas.

Victoria levantó la mirada de golpe.

—¿Está en la cama? —Se giró hacia el mayordomo.

—El señor no ha pasado buena noche.

La preocupación en su rostro fue más que evidente.

—¿Por qué no me despertó la señora Brown?

—No nos avisó —dijo el hombre con pesar—. Lo hemos sabido esta mañana. Se quedó en el ala este toda la noche.

—¿Y usted no lo escuchó? Su habitación está en ese lado.

—Anoche me despertó y me hizo volver a mi antiguo dormitorio.

—¿Y no vio que estaba mal?

El mayordomo parecía mortificado.

—Lo siento —se apresuró a decir ella—, discúlpeme. Sé lo mucho que se preocupa por él.

—No se disculpe, tiene razón. Debería haberme percatado de que no estaba bien, pero había bebido mucho y no pensé…

—Tranquilo, lo entiendo .

Victoria suspiró y sus ojos se cruzaron entonces con los de Zinnia, se había olvidado de que ella estaba allí.

—¿Qué le pasa? —preguntó la joven.

—Nada.

—No soy tonta, Victoria. Está claro que a Alasdair le pasa algo. ¿Qué es?

Su amiga suspiró consciente de que no había manera de eludirla.

—A veces, sufre de terribles dolores.

—¿En las manos?

—Empieza en las manos, pero se extiende por todo el cuerpo.

—¿Y qué se hace?

—No puede hacer nada. Tiene que pasar la crisis y soportar el dolor.

Zinnia la miró aterrada.

—¿Cómo que tiene que soportar el dolor? Hay medicinas para esas cosas, ¿no?

—Para lo que le pasa a él no.

—Sé que el láudano se toma para el dolor.

—Pero Alasdair no puede usarlo. Tomó demasiado al principio y podría matarlo.

La niña miró a Victoria y al mayordomo alternativamente. Recordaba los gritos de Alasdair aquellos primeros días tras el incendio. Se escuchaban a veces de día y a veces de noche saliendo de su cuarto.

—¿Le duele como entonces? —preguntó asustada.

—Parecido, sí.

—Pero… eso es espantoso. Yo no lo sabía.

—Él no quería que lo supieras.

—¿Por qué?

—Para no preocuparte.

Zinnia miró su plato y no volvió a hablar del tema.

—Me encanta esta habitación —dijo la joven cuando Victoria le mostró su nuevo cuarto—. Y está frente a la mía.

Fue hasta la ventana y miró fuera.

—Mis vistas son mejores, pero al menos tienes una ventana decente y un armario para colgar tus vestidos. —Sonrió alegre—. Anthony ha traído a Meallan esta mañana. ¿Vamos a dar un paseo?

Victoria recordó las palabras de Alasdair «Solo montarás a Meallan conmigo».

—De acuerdo —dijo asintiendo.

Avanzaban a paso tranquilo disfrutando del paisaje otoñal. Victoria sentía el frío en las mejillas y eso la llenaba de energía.

—Anthony dice que debes tomártelo con calma, hacer que Meallan se acostumbre a ti —le recordó Zinnia.

—Lo sé. No tengo ninguna intención de hacer una carrera, descuida.

—Echaba tanto de menos esto. Owen solía montar conmigo casi todos los días.

Él me enseñó cuando era muy pequeña, ¿sabes?

—Su voz era alegre, aunque su expresión mostraba su melancolía—.

En aquella época mi madre ya estaba delicada de salud y era él el que cuidaba de mí casi todo el tiempo.

Fue el mejor hermano que nadie podría tener. Fui muy afortunada de tenerlo.

—Desde luego —corroboró Victoria.

—Ayer, mientras cenaba en casa de los McEntrie me di cuenta de que esa familia ha sido una buena influencia para nosotros.

No teníamos parientes cercanos y Owen tuvo que cargar con demasiado peso desde muy joven, a causa de la prematura muerte de nuestro padre.

Tener cerca a los McEntrie le dio perspectiva y siempre lo ayudaron cuando lo necesitaba.

—Lo consideraban uno de los suyos.

—Lo sé .

Siguieron en silencio, disfrutando del entorno y la mutua compañía.

—No puedo perdonarle —dijo sin más—. Lo he intentado, pero no puedo.

Victoria la miró confusa.

—¿Hablas de Alasdair?

Zinnia asintió sin apartar la vista del camino.

—Mientras estaba en Slioscreige pensé mucho en ello. Debería perdonarlo.

—¿Por qué dices que no puedes?

Giró la cabeza y posó sus claros ojos en ella.

—Le advertí que había bebido demasiado. Estaba como loco.

Sabía que solo él podía sacarlo de ese estado, pero no lo hizo.

Permitió que perdiera el control. No sé cómo se produjo el incendio, pero mi hermano lo sacó de la casa estando borracho y luego volvió a entrar a buscarme, pensando que estaba en mi cuarto.

¡Alasdair me dijo que durmiera en el ala oeste! ¡Él sabía que yo no estaba allí!

—Zinnia, Alasdair estaba inconsciente, no pudo avisarlo.

—No me importa —masculló con rabia, pero sin alzar la voz—. No me importa. Lo único que sé es que él estaba allí y no lo impidió. Debería haberlo llevado a su cuarto y haberlo obligado a meterse en la cama. Y en lugar de eso, fue Owen el que tuvo que salvarlo a él.

—Alasdair ha sufrido muchísimo, no deberías culparlo por lo que ocurrió. La culpable soy yo y las dos lo sabemos.

Zinnia detuvo su caballo y Victoria la imitó.

—Tu hermano se emborrachó por mi culpa —siguió—. No hace falta que sigas fingiendo que no lo sientes así. Nada de todo lo que pasó habría sucedido, si yo no hubiese cambiado de opinión.

La niña no se lo rebatió, le sostuvo la mirada.

—Es cierto —dijo al fin.

—Entonces, ¿por qué maltratas a Alasdair y a mí en cambio…?

—Tú no estabas allí. Es cierto que Owen sufrió una gran decepción por tu causa y también es cierto que se emborrachó porque no era capaz de asimilar que sus sueños no iban a completarse. Pero tú no estabas allí cuando ocurrió. No podías impedirle beber, ni hacer que saliese de esa biblioteca.

—Igualmente, sigue siendo culpa mía. Te lo preguntaré de otro modo. ¿Me odias por ello, Zinnia?

Los ojos de la niña se llenaron de lágrimas cuando asintió. Victoria respiró hondo sin dejar de mirarla.

—No quiero odiarte —musitó Zinnia—. Te quiero mucho.

—Lo sé. Y lo entiendo.

—Me destroza cuando ese sentimiento me invade. Es como tener dos seres viviendo dentro de mí. Uno de ellos te quiere muchísimo y solo quiere tu bien y el otro…

—Lo entiendo.

—¡Yo no! ¡No lo entiendo! ¿Cómo se puede querer y odiar a alguien al mismo tiempo?

—Lo siento tanto…

—Lo sé, sé que si pudieras volver atrás le dirías que sí. Lo sé, pero eso es porque te sientes culpable, no porque lo ames. No lo amabas y él era digno de ser amado. Era el ser más maravilloso del mundo y se merecía que lo amases. ¿Por qué no lo amaste, Victoria? ¿Por qué?

Las lágrimas caían por sus mejillas sin freno y los sollozos la sacudieron.

—Volvamos a casa —dijo su amiga.

—Prométeme que no me dejarás nunca —exigió la niña—. Júrame que te quedarás a mi lado para siempre. Como mi hermana. Si de verdad sientes la desgracia que causaste, júramelo.

Victoria temblaba como una hoja y su corazón se constreñía dentro de su pecho.

—Te lo juro.