El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28



Owen lo recibió dando palmas.

—Magnífico. Buena actuación.

—Cállate —masculló él quitando el tapón de la botella.

Se la llevó a los labios y bebió directamente un largo y ardiente trago. La dejó en el mueble sin soltarla y boqueó como si le faltase el aire. Después llenó un vaso y fue a sentarse en su butaca. Estaba mareado y temía desplomarse.

—Menudo espectáculo habéis dado —dijo Owen sentándose frente a él—. Creía que ibas a beneficiártela ahí mismo.

Alasdair apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos repitiéndose que él no estaba allí, que todo era fruto de su imaginación.

—No voy a irme a ninguna parte, si es lo que pretendes —siguió su amigo—. No dejaré que te vayas de rositas. Ni ella tampoco. Aquí nadie descansa hasta que mi hermana tenga la vida que merece.

Abrió los ojos y los clavó en el fantasma.

—Eres un desgraciado.

Owen se encogió de hombros.

—Te salvé la vida, no lo olvides.

—Teniendo en cuenta que fuiste el que la puso en peligro…

El otro suspiró con cara de aburrimiento.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó obviando el otro tema.

—Nada.

—Oh, ya lo creo que sí. Victoria te ha confesado que te ama.

—No me ama. Está confusa.

—Si tú lo dices.

—No me ama —insistió—. No puede amarme. Me he comportado como un canalla con ella.

—Amaba al otro Alasdair y es tan inocente que cree que aún queda algo de él en ti.

Alasdair bebió otro trago y gruñó para sí.

—¿Y tú? —preguntó Owen—. ¿La amas?

No contestó, en lugar de eso apuró el contenido de su vaso. Sentía aquel dolor de cabeza con lo que todo empezaba y no quería pasar por eso esa noche. No podía con más dolor. Se levantó y rellenó el vaso.

—¿Pretendes emborracharte hasta quedar inconsciente?

—Qué bien me conoces, Owen —dijo y bebió con fruición.

—No arreglarás nada. Estarás inconsciente, pero sentirás el dolor igual.

Bebió de nuevo.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó girándose hacia su amigo—. Sé que no estás aquí, que todo es fruto de mi tormento, pero ¿qué es lo que quieres? ¿Quieres que salte de los acantilados? ¿Es eso? Porque te recuerdo que fuiste tú el que impidió que saltara. Tú me dijiste que ese no era el camino.

Owen sonrió como solía hacer justo antes de cometer una travesura.

—Morir era una cobardía, Alasdair. ¿Y qué pasa con mi hermana si tú mueres? Eres responsable de ella, tienes que cuidarla y asegurarte de que llega a la edad adulta sin que nadie se aproveche de ella. Va a heredar muchas propiedades…

—¿Propiedades? ¡Lo que heredará son deudas, cabrón! ¿Por qué no me contaste que tenías problemas de dinero?

Owen no respondió a eso y Alasdair soltó una carcajada.

—¡Claro! No puedes responderme porque en realidad no estás aquí. No puedes decirme nada que yo mismo no sepa y yo no tenía ni idea de que tus finanzas estaban tan mal. —Siguió riéndose—. Soy patético. Completamente patético.

Se dejó caer en la butaca y parte del whisky se vertió sobre su pantalón. Lo sacudió con la mano y se dio cuenta entonces de que no llevaba puestos los guantes. Recordó cómo ella lo había acariciado, cómo se había llevado su deforme mano a los labios y la había besado.

—No has contestado a mi pregunta —dijo Owen con una sonrisa burlona—. ¿La amas?

Alasdair bebió otro trago. El dolor se despertaba lentamente y en menos de una hora estaría en el mismo infierno.

—No —negó—. Es una puta rompepromesas. No la amo. No la amo. No. La. Amo.

Owen asintió.

—Eso es. Sigue repitiéndolo.