CAPÍTULO 27

Victoria hizo un esfuerzo para tomarse la sopa, pero con el segundo plato no hubo manera y solo paseó la comida de un lado a otro.
—¿Zinnia no debería haber vuelto ya? —preguntó después de beber un sorbo de agua.
—Dormirá en Slioscreige esta noche.
Lo miró con incredulidad.
—¿Y cuándo pensabas decírmelo?
—Cuando preguntases.
—Eres insoportable —dijo y le hizo un gesto al mayordomo para que le retirasen el plato.
Gilchrist se apresuró a llevárselo.
—Ya he terminado de cenar, ¿puedo retirarme?
—No. —Alasdair se llevó la copa a la boca sin dejar de mirarla con una expresión divertida.
—¿Por qué no?
—Porque no.
Ella apretó los labios y respiró hondo por la nariz tratando de no ponerse a insultarlo como una niña con un berrinche.
—Señor Ross —dijo él levantándose—, tomaremos el postre en la biblioteca.
—Como guste el señor.
—Vamos —dijo haciéndole un gesto como haría Moss.
—No soy un perro.
—Desde luego que no —afirmó él sin dejar aquella sonrisa maléfica—. Moss mueve la cola siempre que me ve.
Caminó delante de ella y Victoria estuvo tentada de desviarse y tomar la escalera de servicio para ir a su cuarto. Se había despejado con todo lo sucedido, pero no quería estar con él a solas. Temía que acabaría por hacerla llorar.
—¿Tocarías algo para mí? —pidió él de pie en mitad de la biblioteca.
—¿Qué?
—Sé que tocas el piano maravillosamente y a mí me gusta mucho la música.
—Has escuchado a Heather, yo no le llego ni a la punta del zapato.
—Pero ¿tocarás para mí?
Se lo estaba pidiendo de buenas maneras y su expresión no parecía de burla. Dudó unos segundos más, pero finalmente se rindió, caminó hasta el piano de pared y tomó asiento.
—Tocaré el Nocturno nº2, en mi bemol mayor, opus 9, de Chopin —dijo colocando las manos sobre las teclas suavemente.
Estudió sus manos como si fueran un prodigio de la naturaleza.
Hermosas, pequeñas y con dedos ágiles, se movían por encima de las teclas con una soltura hipnótica.
Y de pronto la sala desapareció de su vista y se vio arrastrado por unos recuerdos que había mantenido escondidos en un lugar muy recóndito de su mente.
Estaba sobre Tórradh y galopaban con el viento de cara.
La brisa del mar llegaba hasta ellos y el corazón latía enérgico.
Detrás escuchaba los gritos de Anthony y Craig amenazando con rebasarlo, y él se reía a carcajadas.
De repente tenía la mano de Owen entre las suyas, mientras le colocaba las vendas para que no se destrozara los nudillos boxeando.
—Espero que hayas apostado por mí —decía su amigo riendo.
Recordó el funeral de la madre de Owen y de Zinnia, cuando él le pidió que no lo dejara derrumbarse, que su hermana debía verlo entero.
Los dedos de Victoria tocaron la parte final del nocturno inclinando el cuerpo hacia delante para ejercer la tensión justa a esas últimas notas. Cuando acabó, permaneció inmóvil unos segundos antes de volverse. Alasdair tenía una expresión tan solitaria y triste que se le encogió el corazón.
—No debería haber elegido una pieza tan melancólica —se disculpó.
Él apartó rápidamente la mirada.
—¿Quieres tocar conmigo? —preguntó Victoria.
Alasdair entornó los ojos evaluando su intención.
—¿Te burlas?
—¿Por qué dices eso?
Él levantó las manos enguantadas.
—Quítatelos. Cuando estemos solos no deberías llevarlos puestos. —Sonrió con calidez.
Esperaba algún comentario ácido o desagradable.
Pero esa noche Alasdair estaba distinto.
Muy despacio se quitó el guante de la mano izquierda y Victoria sintió su mirada fija en su rostro.
Esperaba alguna clase de rechazo por su parte, pero ella no se inmutó.
Se quitó entonces la otra y la tensión de su mandíbula era tan evidente que temió escuchar un crujido.
Se deslizó en el asiento para dejarle sitio y él se acomodó a su lado, aunque casi todo su trasero quedó fuera de la banqueta.
—Eres demasiado grande —dijo ella divertida.
Alasdair colocó los dedos sobre el teclado y observó el contraste de sus manos. Las de ella, suaves y delicadas. Las de él… Victoria impidió que las retirara y el escocés se quedó paralizado al sentir su contacto.
—Tocaremos algo fácil. Sé que no aprendiste a tocar muy bien.
—Solo sé una canción —dijo él con voz profunda—. My love is like a red, red Rose.
Puso la mano izquierda sobre las teclas y comenzó a tocar suavemente el acompañamiento.
Victoria sonrió y dibujó la melodía haciendo que la biblioteca se llenase de música.
Alasdair se concentró en seguirla a pesar del gran esfuerzo que le costaba.
Cuando sus dedos tropezaban o se atascaban, ella lo miraba con aquella brillante sonrisa que lo hacía seguir.
Poco a poco su rostro se relajó y Victoria vio al antiguo Alasdair sentado junto a ella.
Añadió algo de dificultad a su ejecución, dándole a la ligera pieza escocesa una pátina más compleja.
Él continuó con el acompañamiento que conocía y juntos completaron la canción.
—¡Bravo!
Se giraron y vieron a todos los miembros del servicio allí. La señora McFadden lloraba a moco tendido, mientras que Fiona y Lilias daban palmadas y saltitos. Victoria les sonrió y luego miró a un azorado Alasdair que parecía tener dificultades para esconderse de ellos.
—¿No tienen trabajo que hacer? —gruñó él sin mirarlos.
La señora Brown se excusó y les hizo gestos para que salieran de allí. El señor Ross miró a Victoria con una expresión que a ella le pareció de agradecimiento y salió de allí dejando la puerta abierta.
Alasdair se levantó de la banqueta y fue hasta la ventana. Fuera estaba muy oscuro, pero se quedó allí como si estuviese viendo el paisaje. Victoria esperó sin moverse de donde estaba a que él dijese algo.
—¿No vas a comerte el postre? —preguntó él sin volverse.
—No me apetece. ¿Y a ti?
—No.
—Debería retirarme, hoy ha sido un…
Alasdair se giró bruscamente hacia ella.
—Por favor, quédate.
El corazón se tropezó con uno de sus latidos y Victoria cogió aire que entró tembloroso en sus pulmones. Asintió levemente y los dos fueron a sentarse en las butacas colocadas cerca del fuego. Alasdair se puso los guantes.
—¿Por qué te los pones? Ya te he dicho que a mí no me molesta.
Se levantó y fue hasta él. Se arrodilló y le cogió la mano derecha sintiendo su mirada clavada en ella.
Deslizó el guante y cuando se lo hubo quitado, lo miró también.
Alasdair apartó la cara y sus ojos se concentraron en las llamas que crepitaban en la chimenea.
Casi dio un bote en el asiento cuando ella pasó sus dedos por la superficie dañada.
—¿Puedes cogerme la mano? —preguntó ella con timidez.
Él negó con la cabeza sin mirarla y Victoria las colocó palma contra palma.
—Inténtalo.
Alasdair tardó unos segundos en moverla, pero finalmente la cerró alrededor de la suya.
Muy despacio giró la cabeza hasta que sus ojos se posaron en aquellas dos manos entrelazadas.
Luego la miró a los ojos y durante unos segundos el mundo se concentró en aquellos iris brillantes que lo removían por dentro.
—Victoria…
Ella se levantó y sin pedir permiso, se sentó en su regazo, le cogió el rostro entre las manos y lo besó.
Quería sentirlo, quería acariciarlo y volver a escuchar su nombre saliendo de su garganta con aquel sentimiento contenido.
Cogió su mano derecha. La mano que él no podía ni mirar.
La mano mutilada y deforme que tanto dolor le causaba.
La colocó sobre su mejilla sin dejar de mirarlo.
Después deslizó su boca y lo besó en la palma.
Un beso suave que lo hizo gemir como un animal herido.
Ella abrió los labios y volvió a besarlo, esta vez con un beso húmedo y cálido que acabó con él por completo.
La atrajo hacia su cuerpo y la besó en la boca sin contención.
Había algo salvaje en aquel beso y Victoria lo sentía en todas partes, como si lo que hacía su lengua tuviese el poder de transportarse por el aire y colarse debajo de su vestido.
Entonces él puso una mano encima de uno de sus pechos y a pesar de que había tela entre ellos, lo sintió tan intensamente que se imaginó desnuda en sus brazos.
Gimió y jadeó buscando aire, pero al parecer él quería que respirase de su boca y no se apartó ni un milímetro.
El anhelo de Alasdair era insoportable. Hacía mucho que no estaba con una mujer y Victoria le había nublado el entendimiento.
No podía pensar, todo era aquella ansia que endurecía su pene hasta doler.
Aquella hambre, primitiva y salvaje, que lo cegaba por completo.
Sentir la suave piel en sus dedos, acariciarla sin los guantes, fue insoportablemente delicioso y si no la había tumbado ya sobre la alfombra y se había hundido en ella, era porque todavía le quedaba una pizca de cordura.
Pero era tan liviana y frágil que temió por su vida si no encontraba el modo de detenerse.
—Tienes que irte —susurró apoyando su frente en la de ella—. Por Dios, Victoria, haré algo irreparable si no te vas ahora mismo.
—No… quiero.
Él se apartó lo suficiente para que viera en sus ojos la fiebre que lo dominaba.
—Quiero poseerte. Quiero entrar dentro de ti.
Quiero hacerte mía ahora, ¿lo entiendes?
Te arrancaré el vestido y tocaré todo tu cuerpo con mis manos y con mi lengua.
Te abriré de piernas y me sumergiré en la calidez de tu centro hasta oírte gemir.
Te lameré, morderé y besaré hasta quedarme sin aliento.
El corazón de Victoria latía desesperado y había dejado de respirar, pero seguía allí sentada sobre sus piernas sin moverse.
—Por favor, Victoria. —Sus manos se aferraron a su cintura casi dolorosamente.
—Te amo, Alasdair.
—¿Qué? —masculló él empalideciendo.
Victoria asintió lentamente.
—Creo que siempre te he amado.
—¡No! —Su voz se hizo más áspera.
—Por eso no pude casarme con Owen —siguió ella, que ahora que había destapado aquella verdad, no podía devolverla al frasco—. Cuando Clementine me habló de lo que sentía por Anthony me di cuenta de que yo también sentía todas esas cosas, pero no por…
—¡Basta! —Se puso de pie furioso y la apartó de él—. No sigas hablando, maldita seas.
Ella abrió los ojos como platos.
—Te digo que te amo y me maldices.
—¡Márchate!
—¿Tan horrible te parece que yo…?
—¡Deja de hablar, joder! —Se llevó las manos a la cabeza y enterró los dedos en su pelo—. No puedes amarme. No puedes amarme.
—¿Por qué no?
—¡Porque eres suya!
—¿Suya? —Frunció el ceño confusa—. ¿De quién hablas?
—¡De Owen!
Ahora fue la sangre de Victoria la que abandonó su cuerpo.
—Alasdair…
—Eres suya y siempre lo serás. Tú le diste tu palabra y la palabra no puede romperse.
—Eso no es cierto —dijo horrorizada.
—Eres suya —insistió rotundo—. Yo no siento nada por ti. Deseo tu cuerpo. Es cálido y sé que me acogería con una suavidad que necesito, pero no significas nada para mí. Puedo conseguir eso en un burdel.
Ella abrió la boca horrorizada.
—¿Acabas de compararme con una…?
—¿Crees que ellas son distintas a ti en algo? Acabas de sentarte en mis rodillas, me has besado y estoy seguro de que si hubiese continuado no me lo habrías impedido. ¿También te has sentado en las rodillas de Ninian? ¿Tan necesitada estás de atención que la buscas de un modo tan rastrero?
Los ojos de Victoria estaban llenos de lágrimas y sus labios temblaban visiblemente.
—No vuelvas a decir lo que has dicho —la amenazó con el dedo—. Jamás vuelvas a decirlo, Rompepromesas o te echaré de esta casa a patadas.
Sin esperar respuesta salió de la biblioteca a grandes zancadas. Victoria cayó de rodillas sobre la alfombra y escondiendo la cara entre las manos lloró con absoluta desesperación.