CAPÍTULO 26

Victoria se pasó por el salón antes de subir a su cuarto. El señor Ross le dijo que Alasdair llevaba allí un par de horas sin hacer nada. Ella no pensaba cenar, estaba demasiado cansada y, además, había comido muchas pastitas con el té. Necesitaba un rato a solas para pensar.
—Buenas tardes —saludó al entrar.
Alasdair no se movió.
—¿Estás bien? —preguntó ella al ver que no decía nada.
Se colocó frente a él y lo miró preocupada. Hizo un repaso buscando en él algo que le indicara que estaba sufriendo, pero no vio nada que la alertase. Estaba claro que no quería hablar, así que hizo ademán de marcharse.
—¿Qué tal tu día? —preguntó él de pronto.
—Bien.
—¿Dónde está Zinnia?
—¿No te han mandado aviso de Slioscreige ?
—Algo de que regresaría después de cenar. Pero tú estás aquí.
—Yo he ido a casa de los Baxter, ¿lo has olvidado?
Alasdair posó sus ojos en ella por primera vez y enarcó una ceja al tiempo que torcía una sonrisa.
—¿Ya os habéis comprometido?
—Por supuesto que no.
El escocés hizo un gesto interrogador y Victoria se sentó en la otra butaca. Era sorprendente lo agotador que resultaba socializar.
—La señora Baxter no recibe muchas visitas. Ninian me pidió…
—¿Ninian? ¿Ya os habéis apeado del tratamiento?
—Somos amigos.
—¿Amigos que se besan?
Ella envaró su espalda.
—No.
—¿Todavía no?
Victoria apretó los labios, pero no respondió. Alasdair recostó la cabeza en el respaldo sin dejar de mirarla. Tenía los ojos vidriosos, pero no había ningún vaso cerca de él.
—¿Te duele algo? —preguntó con preocupación.
—¿El alma duele?
Ella sintió una mano estrujándole el corazón y tuvo el impulso de acercarse a él, pero fue lo bastante fuerte para contenerlo.
—¿Qué te ocurre?
—No me ocurre nada. Es un día como otro cualquiera. Uno más.
—Alasdair…
—Cuéntame lo que habéis hecho. ¿De qué habéis hablado?
—La señora Baxter quería saber…
—No. Ninian y tú.
Ella frunció el ceño.
—¿Por qué quieres saberlo?
Él se encogió de hombros. Victoria suspiró.
—Le he dicho que solo somos amigos.
—¡Vaya! —se rio—. Qué manera de ponerlo en su sitio. ¿Y cómo se lo ha tomado?
—Es un caballero.
—Desde luego.
—Cuando le he explicado lo que pasó con Owen lo ha…
Él cambió de expresión y su rostro se endureció.
—¿Le has explicado lo que pasó con Owen?
—Le he contado que me pidió matrimonio y que yo… cambié de opinión.
—¿Nada más? —su voz era áspera como papel de lija.
—Nada más.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló. Ella sentía su escrutinio como si pudiera rozarle la piel.
—En su nota, Anthony me pedía que preparase una cuadra para Meallan.
Las mejillas de Victoria se caldearon.
—Zinnia se ha empeñado en que monte con ella.
—No sabes montar.
—Ya le he dicho que lo hago fatal.
—¿De quién ha sido la idea de escoger a Meallan?
—Mía.
—¿Tuya? ¿Y a Anthony no se le ha ocurrido decirte lo mala idea que era?
—Lo he acariciado y a él no parecía disgustarle.
—Ah, bueno, entonces no pasa nada. ¿Has estado alguna vez sobre un caballo que se levanta sobre sus patas traseras? Es muy divertido, ya lo verás.
Ella abrió los ojos como platos.
—¿Qué?
—Meallan es un pura sangre. Desciende de Strathspey, uno de los caballos de carreras más veloces que hemos tenido. No es un caballo para ti. ¿Por qué narices lo has elegido?
—No lo sé.
— ¿No lo sabes? —preguntó enfadado.
—Lo vi tan solo, apartado de todos y… —Se encogió de hombros.
Alasdair entornó los ojos y la estudió como si pudiera leerle la mente.
—¿Quieres salvarlo también? —preguntó.
—¿Qué?
—Tienes que salvarnos a todos, ¿verdad? Esa es tu misión en la vida, salvar a todo el mundo. —Hizo una pausa estudiada—. Menos a Owen.
Victoria sintió que se le erizaba el vello de la nuca y respiró hondo, consciente de la tensión que emanaba de él. Se puso de pie y trató de fingir indiferencia.
—Estoy muy cansada y…
—Solo montarás a Meallan conmigo —dijo tajante.
Una nueva razón para no montar jamás. No respondió y se dirigió a la puerta.
—No voy a cenar solo. Si no bajas al comedor, yo mismo iré a buscarte a ese cuartucho.
Ella lo miró molesta, pero apretó los labios para no decir lo que pensaba.
—No te retrases —sentenció él.

No iba a bajar. Estaba muy cansada y lo único que quería era tumbarse en la cama y leer un rato antes de dormir. Además, sabía lo que él buscaba, quería discutir con ella. Conocía bien aquella mirada, era la que ponía cuando quería guerra y no estaba en condiciones de presentar batalla.
Dio la vuelta a la llave, no porque creyera que cumpliría su amenaza de subir a buscarla, pero así estaba más tranquila.
Se puso el camisón y deshizo el recogido antes de cepillarse el pelo.
Cuando se metió en la cama, a punto estuvo de apagar la lámpara para dormirse sin más, pero tenía muchos pensamientos en la cabeza y temía acabar desvelándose.
Así que optó por leer un rato y dejar que el sueño la venciera.
La segunda vez que el libro se le cayó de las manos, decidió que ya era suficiente.
Apagó la lámpara y se encogió bajo las mantas.
En ese cuarto no había chimenea, por supuesto, y hacía mucho frío, así que el peso que soportaba por todas las mantas que se ponía encima era considerable.
Pero, curiosamente, eso la ayudaba a dormir. Cerró los ojos y el mundo desapareció.
El ruido la sacó del sueño con un sobresalto. Alguien estaba golpeando la puerta.
—Victoria, la cena se enfría.
La voz de Alasdair era suave, pero se percibía la tensión en ella. Estaba demasiado oscuro para saber qué hora era. Bajó los pies al suelo y encendió la lámpara. Faltaba un cuarto de hora para las ocho.
—Estoy durmiendo —dijo temblando de frío. Volvió a meterse bajo las mantas.
—Victoria, abre la puerta.
—Te he dicho…
—Abre. La. Puerta.
Se levantó rezongando y se envolvió en un chal antes de hacer lo que le decía. Él estaba al otro lado, con los brazos cruzados y el hombro apoyado en el marco.
—¿Qué haces?
—¿Tú qué crees?
—Te he dicho que no iba a cenar solo.
—Pues pídele a Ross que cene contigo. Yo estoy durmiendo.
Alasdair torció la sonrisa e inclinó la cabeza. Se asomó a la habitación y luego entró apartándola con suavidad.
—No había estado aquí… —Arrugó la frente—. Joder, qué frío hace.
La miró entonces de arriba abajo. Llevaba puesto un camisón y unos calcetines gruesos. Estaba envuelta en una toquilla y el pelo le caía en cascada hasta la cintura. El vaho que salía de su boca evidenciaba que la temperatura exterior era mucho más baja que la suya. Él se fijó entonces en la cama.
—De verdad estabas durmiendo.
—Ya te lo he dicho.
Alasdair se paseó por la habitación fijándose en los vestidos que colgaban de los ganchos en las paredes.
Se chocó un par de veces con los pocos muebles que allí había y Victoria contuvo las ganas de decirle que se lo merecía.
Entonces él se sentó en su cama y la arruga de su ceño se hizo más profunda.
—¿Cabes en este catre?
—¿No lo elegiste especialmente para mí? —se burló ella—. Creía que habías escogido la peor cama que habías encontrado.
—¿Tienes la ventana abierta? —siguió ceñudo—. Noto el aire que entra.
—¿Te refieres a ese minúsculo ventanuco de ahí? —señaló—. No, está cerrado.
La miró avergonzado.
—No sabía que este cuarto era tan… horrible.
—Oh, venga, Alasdair…
Él se puso de pie y la miró muy serio.
—Te juro que no había subido aquí nunca. No tenía ni idea. Creía que sería un cuarto sin lujos, pero no… esto.
Repasó de nuevo toda la estancia y se frotó la nuca antes de hablar.
—Ponte un vestido encima de eso y baja a cenar. No me hagas volver a subir, Victoria, te lo advierto. Te espero en el comedor.
Salió de allí con grandes zancadas y lo vio detenerse en el rellano donde estaba el cuarto de la señora Brown. Después desapareció. Ella cerró la puerta y resopló. Estaba claro que iba a cenar, le apeteciera o no.