El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25



—Querida, estoy encantada de que aceptara mi invitación. —Lady Baxter la recibió con cariño—. Por desgracia, no tengo muchas visitas. Siéntese, por favor.

Victoria hizo lo que le pedía, colocándose ligeramente torcida para poder mirarla de frente cuando la mujer ocupó el lugar a su lado.

—Vosotros tres podéis marcharos —dijo la anfitriona aventando a sus hijos—. ¿Qué hacéis ahí parados como tres pasmarotes?

Victoria sonrió divertida. Los hermanos de Ninian, Malcolm y Thomas, estaban uno a cada lado de él y no apartaban los ojos de ella.

—¿No podemos quedarnos, mamá? —preguntó Thomas, el pequeño.

—Por supuesto que no. ¿Acaso os interesan los temas de mujeres?

—No, pero queremos conocerla —dijo Malcolm.

—Ya la conoceréis. —Lady Baxter sonrió mirándola con complicidad—. Seguro que la señorita Crawford nos visitará a menudo a partir de ahora. Marchaos de una vez.

Ninian dedicó una sonrisa cómplice a Victoria y sacó a sus hermanos de allí. Dos doncellas entraron entonces llevando sendas bandejas.

—He pedido que nos preparasen una variedad de dulces, no la conozco aún y no sé cuáles son sus gustos. Así tendrá donde escoger.

—Oh, no tendría que haberse molestado.

—Por supuesto que sí. Estoy encantada de hacerlo.

Esperó hasta que les hubieron servido el té y se quedaron solas al fin. Entonces le preguntó por su familia y su vida en Inglaterra. Victoria respondió a sus preguntas con agrado y el ambiente se fue distendiendo de manera natural.

—¿Tiene pensado quedarse mucho tiempo? —La señora Baxter cogió otra pasta sin dejar de mirarla.

—Aún no lo sé. Como le he dicho, echo de menos a mi familia, pero no quiero dejar a Zinnia aún.

—Lo que le ha pasado a esa niña es tan injusto que no puedo pensar en ello sin que se me encoja el corazón. Primero sus padres y ahora su hermano.

Victoria se llevó la taza a los labios.

—Pero no hablemos de cosas tristes. Cuénteme —dijo con expresión divertida—, ¿ha visto usted a la reina? Dicen que es muy joven y hermosa. ¿Ha asistido a algún baile en el que su majestad estuviese presente?

Victoria sonrió abiertamente. El brillo en los ojos de la mujer le recordó al que veía en los de la señorita Ashton siempre que le pedía cotilleos para entretenerse.

Durante más de media hora hablaron sin parar de los bailes en la corte, de libros y de otras generalidades.

Hasta que la señora Baxter llevó el tema de conversación hacia su hijo primogénito.

—Ninian es el mejor hijo que una madre podría tener. No lo digo porque esa madre sea yo, se lo aseguro, soy una persona muy racional. Pero es realmente un buen hombre.

—Estoy segura de ello.

Victoria se agarró las manos nerviosa, pero miró a lady Baxter con absoluta firmeza.

—Señora Baxter, no querría que hubiese ningún malentendido. Entre su hijo y yo tan solo se está iniciando una amistad.

La mujer mostró claramente su sorpresa, pero enseguida recuperó la compostura y mostró de nuevo su amable sonrisa.

—Oh, querida, ha hecho muy bien en ponerme en mi sitio.

Si me hubiese dejado, ya estaría planificando una boda.

—Puso una mano sobre las suyas con afecto—.

Las madres siempre nos precipitamos en estas cosas.

Cuando mi hijo me habló de usted tan entusiasmado ya creí que iba a presentarme a su futura esposa.

—Solo nos hemos visto un par de veces —musitó ella.

—Lo sé, lo sé, discúlpeme, Victoria. No me haga caso. Usted ha venido a tomar el té conmigo, nada más.

Victoria sonrió aliviada y siguieron charlando ya sin malentendidos.



—Mi madre ha caído rendida a sus pies, señorita Crawford —dijo Baxter cuando la acompañó en su carruaje—. Debería haberse quedado a cenar con nosotros, así habría conocido a mi padre, y mis hermanos podrían haberla acosado a preguntas también. ¿Ha sido muy duro para usted?

—Oh, no, de ningún modo. Su madre ha sido de lo más encantadora —respondió ella—. Es una gran lectora y compartimos algunos libros favoritos. Además he podido satisfacer su curiosidad por su majestad la reina Victoria y creo que eso la ha hecho muy feliz.

—Estamos muy lejos de la corte —dijo él con cierta timidez—, espero que no la haya agotado.

Victoria lo enfrentó directamente, armándose de valor.

—Señor Baxter, entre usted y yo tan solo hay una amistad, ¿verdad?

Él no apartó la mirada.

—De momento, así es, pero no voy a esconderle mis intenciones, señorita Crawford.

Ella respiró hondo.

—¿Puedo ser totalmente sincero?

—Se lo ruego. Hábleme con la confianza de un amigo.

Él sonrió y relajó sus hombros.

—Mi deseo sería que avanzáramos en esta amistad hasta dar el paso a algo más. No quiero abrumarla ni asustarla, pero ya he cumplido los treinta años y creo que es el momento de encontrar una esposa.

Ella sonrió levemente.

—¿Estoy en alguna clase de carrera, señor Baxter?

—Si así fuese, diría que va en cabeza y con mucha distancia de cualquier otra rival.

Ella no pudo evitar reírse al imaginar esa estampa.

—¿Puedo preguntarle por qué ha sentido la necesidad de plantearme este tema? —preguntó él con curiosidad—. Convendrá conmigo en que no es en absoluto una manera normal de proceder.

Victoria lo miró evaluándolo y después de unos segundos se decidió a sincerarse.

—Tuve una mala experiencia el año pasado, como seguro que sabrá.

—¿Se refiere al desgraciado accidente del señor Reid ?

Ella asintió.

—Entonces es cierto que estaban prometidos.

—Lo estuvimos… unos pocos días. —Ella bajó la mirada sintiendo de nuevo aquel peso sobre sus hombros—. Yo me eché atrás.

—No tiene que contarme nada.

—Quiero hacerlo. Si vamos a ser amigos, quiero ser totalmente sincera con usted.

Él asintió y mantuvo una expresión sin juicio.

—Creí que eso era lo que quería y me equivoqué. Cuando me di cuenta de mi error hablé con él y sé que le causé un gran dolor. No volveré a cometer jamás el mismo fallo, señor Baxter. Quiero dejar claro que para mí es usted un amigo y que no hay nada más.

—De momento —puntualizó él con una sonrisa.

—No puedo afirmar que en algún momento eso cambie.

—Tampoco puede negarlo, ¿me equivoco?

Ella entornó los ojos mirándolo con más atención.

—No —sonrió—, no se equivoca.

—Bien. No nos precipitemos entonces. Seremos amigos y dejaremos que el destino decida por nosotros, ¿le parece bien, señorita Victoria? ¿Me deja que la llame Victoria?

Ella asintió sin dejar de sonreír.

—Entonces usted llámeme Ninian, por favor.

—No quisiera causar ningún disgusto a su familia por esto.

—¿Lo dice por mis hermanos? No les haga ni caso. Están deseando librarse de mí, eso es todo.

—No le creo en absoluto. Es evidente que lo adoran.

Ninian sonrió abiertamente.

—Tengo suerte de la familia que me ha tocado, la verdad.

—Yo puedo decir lo mismo. Adoro a mis hermanos y tengo los mejores padres que podría imaginar.

—Su padre estuvo en el ejército, ¿verdad?

—Así es, pero lo dejó por mi madre y para ocuparse de las minas de mi abuelo.

—Yo estuve tentado de hacer carrera en el ejército, pero eso le habría costado la salud a mi madre, así que opté por encargarme de la administración de las tierras del condado de Ardbrock. A mi tío William no se le dan nada bien esas cosas y mi abuelo ya es muy mayor, por lo que necesita ayuda.

—Tenía entendido que no se llevaban bien.

—Digamos que soy el miembro más paciente de la rama de mi padre.

Las comidas en las que se junta toda la familia serían dignas de tener espectadores, se lo aseguro.

Mi abuelo disfruta torturando a mi padre y mi tío William bebe demasiado, así que no es de extrañar que acabe subido encima de la mesa o llorando por alguna pérdida del pasado.

Victoria tenía los ojos muy abiertos y trataba de averiguar si le estaba hablando en serio.

—No me mire así, le aseguro que no estoy inventando nada. —Se rio divertido—. Estoy seguro de que ha oído hablar de mi abuelo a sus amigos los McEntrie. Me consta que no eran precisamente amigos.

Ella asintió, pero no quiso entrar en detalles. El coche se detuvo y al mirar por la ventanilla se dio cuenta de que habían llegado.

—Se me ha pasado el viaje en un suspiro —dijo sincera—. Lo he pasado muy bien hoy.

—Me hace muy feliz saberlo —dijo antes de bajar del coche.

Victoria se apoyó en su mano para descender y una vez frente a él volvió a darle las gracias.

—Unos amigos organizan una comida la próxima semana y me gustaría mucho que me acompañara. Los conozco desde hace años y son muy agradables. No será una fiesta, pero seremos unos cuantos y a veces acabamos bailando o jugando a las cartas… No le apetece —dijo al ver su expresión confusa.

—Oh, no, no es eso. Me parece un plan excelente, pero…

—¿Teme que confundan nuestro vínculo?

Ella asintió.

—Lo entiendo, pero no debería privarse de hacer cosas que le apetezcan solo por lo que los demás piensen, ¿no cree?

Victoria lo pensó un momento y sin querer sus ojos se dirigieron a la casa, que a esa hora resultaba fantasmagórica. Un escalofrío recorrió su espalda, pero se obligó a sonreír.

—De acuerdo, iré.

—Será el martes. Vendré a buscarla sobre las once, ¿le parece bien?

Ella asintió y sin más se despidieron y ella caminó hasta la entrada. Antes de cruzar la puerta se giró y vio que él seguía de pie en el mismo sitio y le hizo un gesto con la mano.