CAPÍTULO 24

Pasó todo el día reviviendo aquel beso una y otra y otra vez.
Tuvo que hacer enormes esfuerzos para que Zinnia no notase lo turbada que estaba.
Después de ir al cementerio, visitaron a los Fraser.
La joven aprendiz de escultora se iba a pasar todo el rato hablando de su Medusa con Hannah, por lo que Victoria tuvo que ser atendida primero por Liam y luego por Murchadh.
—¿Te apetece dar un paseo? —preguntó Murchadh cuando terminó lo que estaba haciendo y pudo relevar a su padre—. No te van mucho las ovejas, ¿verdad?
Las mejillas de Victoria se colorearon levemente.
—¿No he disimulado bien?
—Digamos que tienes una tendencia natural a mostrar tus emociones.
Ella se rio ante la sutileza.
—Los animales me generan cierto temor —dijo sincerándose—. Esas ovejitas me han parecido adorables, pero sus padres…
—¿Por eso no montas?
—Sí. Los caballos son aún más aterradores.
— ¿Y Alasdair no te ayuda con eso? Siempre ha sabido cómo ayudar a los niños a los que les daban miedo los caballos. Tiene un don. Creo que es porque sabe comunicarse con ellos. Con los animales, digo.
—Ya no. —Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera pensarlo y abrió los ojos asustada—. Quiero decir…
—Sé lo que quieres decir —la tranquilizó—. Y tienes razón, ya no.
Siguieron caminando un trecho en silencio.
—¿Cómo está? —preguntó Murchadh al fin y vio la confusión que su pregunta le provocaba—. ¿Ha tenido alguna crisis últimamente?
Victoria no quería traicionarlo, pero era evidente que Murchadh estaba al tanto de ese asunto.
—Sí. Tuvo una hace unas semanas. Sabía que tenía dolor, pero no imaginaba que fuese tanto.
—¿La presenciaste? —Se detuvo para mirarla ceñudo—. ¿Lo viste durante una crisis?
Ella asintió.
—¿Y no te ha echado de esa casa? —Reanudaron el paseo—. Es todo un logro, Victoria.
—¿Tú… lo has visto?
—Sí, una vez. Y fue horrible. Golpeaba la pared con los puños ensangrentados. Estaba fuera de sí, necesité ayuda para reducirlo.
—¿De verdad no hay nada que se pueda hacer?
Murchadh se metió las manos en los bolsillos y pensó en ello. Soltó el aire con un bufido y apartó una piedra con el pie.
—Adam dijo que hay un médico francés…
—Sí, lo recuerdo, pero también recuerdo que mencionó que era una técnica muy arriesgada.
—Todas las técnicas nuevas lo son, ¿no? Cualquier cosa que probamos con las ovejas conlleva un riesgo, pero precisamente Alasdair siempre decía que el hecho de que una cosa sea compleja, no significa que no deba probarse.
—¿Tú sabes en qué consiste esa técnica? —preguntó ella interesada.
—Sé que tiene que ver con abrirle algunas heridas en las manos y hacer que el tejido cicatrice de nuevo.
—Sí, eso es lo que yo recordaba. Pero sería muy peligroso, podría haber una infección y que las manos quedasen peor.
—O que muriera, sí.
Ella suspiró decepcionada.
—Entiendo que no quiera someterse a algo así.
—Todos lo entendemos, pero si esas crisis se agravaran, su cuerpo no lo resistiría. Sabes que no debería tomar láudano, ¿verdad? —Vio que ella asentía—. Pero sé que el señor Ross y la señora Brown se lo siguen dando.
—Esa última vez, no.
Él arrugó el ceño.
—Creía que habías dicho que sufrió mucho dolor.
—Muchísimo. Pero probamos algo… distinto.
Murchadh volvió a detenerse.
—¿El qué?
—Lo sumergimos en agua fría. Se quejaba de que el cuerpo le quemaba.
—Sí.
—Estaba en la terraza prácticamente desnudo y hacía mucho frío. Así que pensé que si lo que necesitaba era eso, podíamos prepararle un baño y sumergirlo. Pero perdió el conocimiento cuando le impedí beber el láudano.
—¿Le impediste…? ¿Y no te echó al día siguiente? —El escocés no daba crédito.
—Me he dado cuenta de que masajearle las manos le alivia.
—¿Te deja que lo toques?
—Estaba inconsciente —dijo obviando que hubo una segunda vez.
—¡Vaya! —Movió la cabeza incrédulo—. Esto sí que no me lo esperaba, Victoria. Has conseguido romper una de sus barreras. Mucho más de lo que cualquiera de nosotros…
—Oh, no —lo interrumpió—. Alasdair me odia.
Siguieron caminando.
—¿Qué quieres decir con que te odia?
—Cree que soy la culpable de la muerte de Owen.
El otro apartó la mirada para que no leyera en su expresión que ya lo sabía.
—Él me odia a mí y Zinnia lo odia a él.
—¿Y tú a quién odias? —preguntó Murchadh muy serio.
Ella no había pensado en ello. ¿Odiaba a alguien aparte de a sí misma? De pronto se dio cuenta de que la respuesta era afirmativa. Sí odiaba a alguien.
—A Owen.
Murchadh no se sorprendió ni le afeó el comentario.
—Lo entiendo.
—Sé que no lo hizo a propósito —musitó ella—. Sé que no quería morir y dejar a su hermana y a su mejor amigo en esta situación, pero odio que se emborrachara. Odio que volviera a entrar en la casa…
Y, sobre todo, odio que me eligiera sabiendo que yo no era la adecuada.
—A veces dejamos que nuestras emociones nos gobiernen y eso no nos permite razonar con inteligencia. Un cúmulo de malas decisiones y mucha mala suerte, eso fue lo que ocurrió aquella noche. Y tanto Zinnia como Alasdair tendrán que aceptarlo para poder seguir con sus vidas.
Victoria no dijo nada.
—Tú también —añadió Murchadh.
—Yo lo he aceptado.
—No, no lo has hecho. Pero lo harás —sonrió convencido.
Cuando regresaban a casa, Zinnia iba resoplando todo el camino esperando que Victoria le preguntase, pero su amiga sabía muy bien por qué lo hacía y no tenía intención de complacerla.
—¿Por qué tenemos que ir a todas partes caminando? —preguntó al fin—. Me siento como una pobretona.
—¿Una pobretona? Caminar es un ejercicio de lo más saludable y no tiene nada que ver con tus finanzas.
—Creo que tengo las piernas más fuertes que las de un soldado, no necesito fortalecerlas más. Y me gusta mucho montar. Relámpago se aburre por lo poco que lo saco de su cuadra.
—Puedes montar con Murray.
La niña se detuvo con gran dramatismo.
—¿Quieres que salga a montar todos los días con el mozo de cuadra? ¿En serio?
—¿Qué tiene de malo?
—¡Que es Murray! Su conversación se reduce a… nada. No tiene conversación.
Victoria no pudo evitar echarse a reír.
—¿Ahora te ríes de mí? —Echó a andar enfadada.
—No me río de ti, tonta —dijo alcanzándola.
—¿No podrías hacer un esfuerzo? —la enfrentó—. Montaste aquel día…
—Y lo pasé fatal.
—No es cierto, vi tu cara. Estabas preocupada por mí, pero parecías... distinta.
—Eso fue por la emoción de encontrarte.
— ¿Vamos a Slioscreige ?
—No son horas de hacer visitas. Vamos a llegar a casa para el almuerzo y sabes que a Alasdair no le gusta que lleguemos tarde.
—Podríamos almorzar con los McEntrie.
—No hemos avisado en casa.
—Mandarán a alguien. Por favor, Victoria…
Su amiga lo pensó un momento. Lo cierto es que no le apetecía nada ver a Alasdair después de lo que sucedió la noche anterior.
Por la tarde iba a ir a tomar el té con la madre de Ninian Baxter, que probablemente la agasajaría y llegaría a casa sin apetito para la cena.
Con un poco de suerte, no lo vería en todo el día.
Sonrió al fin y Zinnia se puso a dar saltitos de la alegría.
—Le pediremos a Anthony que te consiga un caballo.
Victoria dejó escapar un suspiro, pero optó por no discutir. Ya lucharía esa batalla cuando la tuviese delante.
Visitar a los McEntrie siempre era motivo de alegría para las dos jóvenes y disfrutaron del opíparo almuerzo, de la compañía y de las risas.
Zinnia quería pasar un rato con los niños y al final decidieron que Victoria se marcharía directamente a casa de los Baxter, mientras que Anthony acompañaría a Zinnia a casa a caballo después de cenar.
—Estos dos son tan mansos que ni relinchan —dijo Anthony cuando Zinnia, Clementine y él la llevaron a las caballerizas.
Nada convencida, había aceptado que le llevaran un caballo a Reid House. Ni siquiera se comprometió a montar con Zinnia al día siguiente, pero sí a intentar familiarizarse con uno de ellos.
—A estos no les gusta correr —siguió Anthony—, y son de lo más obedientes. Te aseguro que no hay caballo más pacífico en toda la caballeriza.
Pero Victoria estaba mirando a un precioso caballo negro que permanecía separado del resto en el cercado. Anthony siguió su mirada y luego clavó sus ojos en ella.
—¿Te gusta Meallan?
Ella asintió con una extraña sensación en el pecho. El caballo le recordaba a Alasdair, pero no lo diría en voz alta ni aunque le fuera la vida en ello.
—Es un ejemplar magnífico —corroboró Clementine.
—¡Sí! —exclamó Zinnia—. Ese, ese.
—Parece… peligroso —susurró Victoria.
—Ven conmigo —dijo Anthony haciéndole un gesto para que lo acompañara—. Tienes que acariciarlo, es el único modo de ver si puede ser el elegido.
Entraron en el cercado, mientras que Zinnia y Clementine se quedaban al otro lado de la valla.
—¿Iba a marcharse? —La pregunta de Clementine cogió a Zinnia por sorpresa—. No tienes que disimular conmigo. El día que vino a verme, era para despedirse, ¿verdad?
Zinnia asintió despacio.
—¿Qué pasó? —siguió preguntando la inglesa.
—No lo sé. Alasdair, supongo.
En ese momento Victoria estaba a punto de acariciar a Meallan.
—¿La trata mal? —Clementine siguió con su interrogatorio.
—Él es arisco y cortante con ella. Y cuando están solos la llama «Rompepromesas».
—¿Qué? —Clementine abrió los ojos como platos.
—Si le dices que te lo he contado, nunca volveré a decirte nada —advirtió la niña—. No quieren que yo lo sepa, se esconden de mí, pero no son tan hábiles como ellos se creen.
Clementine frunció el ceño sin apartar la mirada del perfecto perfil de Zinnia. Su fría voz no era propia de una jovencita de catorce años.
—¿Crees que ella… corre algún peligro con él?
La niña se encogió de hombros.
—El Alasdair de antes jamás habría hecho daño a una mujer ni a un animal. —Torció una sonrisa—. Ahora no estoy tan segura. Hay una oscuridad casi palpable en él, aunque conmigo trata de ocultarla. No le sale muy bien.
Clementine se acarició el vientre de manera instintiva. No le gustaba el modo en el que hablaba Zinnia. Había una rabia silenciosa que no quería mostrar, pero que se percibía entre sus palabras. Se movió y, agarrándola del brazo, la obligó a mirarla de frente.
—Alasdair no tuvo la culpa de lo que le ocurrió a tu hermano.
La niña no contestó, pero le sostuvo la mirada.
—Owen se emborrachó y hubo un accidente. Alasdair estaba inconsciente cuando tu hermano volvió a buscarte.
Zinnia respiró profundamente.
—No tiene la culpa. Nadie la tiene. Los accidentes ocurren, Zinnia.
Pero la otra siguió en silencio y Clementine tuvo que darse por vencida. Gruñó algo entre dientes y volvió a prestar atención a lo que ocurría tras el cercado.
—Sois todos unos estúpidos cabezotas —dijo para sí.
Victoria les hizo un gesto con la mano para que supiesen que estaba bien. Pero Clementine sabía que no lo estaba y empezó a preguntarse si no habría sido mejor que hubiese regresado a Berksham.