CAPÍTULO 23

Victoria miró de nuevo la silla vacía de Alasdair, mientras Zinnia hablaba de las herramientas que Hannah le había regalado.
—Tengo que encontrar un obsequio para ella —decía la niña—. Algo que demuestre lo agradecida que estoy por todo lo que hace por mí. Me gustaría ir a visitarla mañana, ¿te parece bien, Vicky?
La otra se llevó una cucharada de sopa a la boca con expresión distraída.
—¡Vicky! —exclamó Zinnia—. No me estabas escuchando.
—¿Qué? Sí, claro que te escucho. Me parece bien, te acompañaré.
Zinnia miró la silla vacía y luego al mayordomo.
—Señor Ross, ¿dónde está Alasdair?
—El señor… tiene cosas que hacer.
—¿Has oído, Victoria? Tiene cosas que hacer.
La otra asintió fingiendo no estar interesada.
—No me has hablado de tu visitante. —Zinnia cogió un pedazo de pan, se lo metió a la boca y luego hizo lo mismo con una cucharada de sopa.
—Ha sido muy agradable. El señor Baxter me ha contado su viaje a Egipto.
—¿Ha visto las pirámides?
Victoria asintió.
—De hecho, estuvo dentro de Kefrén. Si quieres, mañana podemos hablar sobre el Antiguo Egipto. Es un tema de lo más interesante.
—¿Y de qué más habéis hablado? ¿Te ha invitado a su casa?
—Sí, de hecho pasado mañana iré a tomar el té con su madre. Es una mujer muy culta y algo reservada, pero dice que quiere conocerme.
Zinnia frunció el ceño.
—¿Ya quiere que conozcas a su madre? ¿No es un poco pronto?
—Solo es una visita de cortesía. Nada más.
—Mmmm.
Aquel sonido y su enfurruñamiento repentino le recordó a Alasdair. Terminó su sopa pensando que esos dos se parecían más de lo que creían.
—Mañana, después de visitar el taller de Hannah podríamos pasarnos por Slioscreige —siguió Zinnia—. Me gustaría felicitar a Clementine. ¿No es maravilloso que vaya a tener una criatura? ¿Tú quieres tener hijos, Vicky?
Victoria se apartó para dejar que Fyfe le retirara el primer plato y el mayordomo le sirviese el segundo.
—Sí, me gustaría.
—Yo querría tener muchos hijos —dijo Zinnia cogiendo su copa de agua—. Diez.
—¿Diez? ¡Válgame el cielo! —exclamó horrorizada.
—Algún día quiero ver esta casa llena de niños. Escuchar sus pasos correteando, los gritos y las risas. ¿Tú cuántos quieres?
—No lo he pensado nunca. Dos o tres, supongo.
—Yo quiero diez. O más. Quiero una familia enorme como la de la señora Stuart, de Berksham.
Me imagino rodeada de niños cuando sea vieja.
Un montón de nietos y biznietos. Y muchos hijos, con sus esposas y maridos.
Owen se conformaba con dos, pero yo no. —Le dedicó a Victoria una cándida sonrisa—.
¿Alguna vez has imaginado cómo habrían sido vuestros hijos?
Yo sí, muchas veces. La niña sería como tú, pero con los rizos de mi hermano.
Y el niño sería igualito a Owen, pero tendría tus ojos.
Yo los querría con locura, sería la mejor tía del universo.
Los consentiría todo el tiempo y taparía sus travesuras para que no las descubrieras nunca.
Lo siento, Vicky, pero entre ellos y tú, los elegiría a ellos, tienes que entenderlo.
Victoria la miraba con una mezcla de tristeza y compasión. Verla fantasear con una vida en la que seguía teniendo una familia y que esa familia crecía tanto…
—La señora Stuart siempre tiene mucho trabajo —aclaró Victoria.
—Pero sus hijos mayores la ayudan mucho. Es lo que pasa en las familias grandes. Mira los McEntrie, todos viven en ese enorme castillo y se ayudan y se protegen los unos a los otros.
Victoria asintió y luego bebió un sorbo de agua.
—Menos a Alasdair, claro, a él se lo han quitado de encima en cuanto han podido.
Un ataque de tos atacó a Victoria ante semejante comentario.
—¿Se encuentra bien? —preguntó el mayordomo solícito—. ¿Necesita algo?
—Estoy bien —respondió cuando el aire volvió a entrar en sus pulmones. Miró a Zinnia con expresión reprobadora—. Eso no ha estado bien.
— ¿El qué? ¿Acaso no es cierto? Tú siempre me dices que no debo mentir.
Victoria no era tonta y se daba cuenta del juego que se traía Zinnia. Empezaba a ver un patrón bastante claro en su comportamiento y se preguntaba si no sería ese el modo que tenía de curar sus heridas.
—Ahora que tienes todas las herramientas que necesitas y una buena cantidad de piedra, ¿vas a empezar a esculpir?
Zinnia frunció levemente el ceño, pero pronto su expresión se suavizó.
—Por eso también quiero visitar a Hannah mañana. Quiero ver su estatua de Medusa. Me fascina esa escultura.
Victoria la observó mientras Zinnia cortaba la carne en pedacitos pequeños.
—¿Conoces la historia de Medusa? —preguntó con curiosidad.
Zinnia levantó los ojos de su plato y asintió.
—Era una de las tres hermanas Gorgonas. Su belleza llamó la atención de Poseidón y Atenea la castigó por ello convirtiendo su preciosa cabellera en serpientes. Además la maldijo haciendo que su mirada convirtiese a cualquiera en piedra. Después la desterró para que viviera en soledad.
Victoria se alegró de que no conociese los detalles. La historia era demasiado cruel. Poseidón no solo se encaprichó de ella, la violó en el templo de Atenea, del que era sacerdotisa, y luego la dejó a expensas del odio de la diosa sabiendo que él la había forzado.
Siguieron hablando de mitología y de las distintas estatuas que Zinnia pensaba esculpir y luego estuvieron en la biblioteca hasta que la niña se retiró a descansar.
Victoria cerró su libro una hora más tarde, pero en lugar de irse a dormir, se dirigió al ala este donde encontró a Alasdair adormilado en su sillón.
Se acercó a recoger el vaso vacío que se le había caído al suelo y lo dejó en su sitio.
Después atizó las llamas y puso otro tronco en la chimenea.
Se quitó el chal que llevaba sobre los hombros y lo tapó con él.
Cuando iba a darse la vuelta para marcharse, Alasdair la agarró de la muñeca y tiró de ella sentándola en su regazo.
—¿Qué haces, Rompepromesas? —preguntó con voz pastosa y abriendo una rendija en sus ojos.
—Deberías irte a la cama —dijo ella sin intentar levantarse.
—Mmmm. ¿Me arroparás también allí?
Ella le apartó las greñas de delante de los ojos. Tenía la mirada vidriosa y sangre en el labio, pero no vio herida alguna que la justificase. Bajó la mirada a sus manos y vio sangre en la muñeca. Deslizó el guante lo suficiente para ver de dónde salía.
—Te has mordido —dijo con temor.
—A veces es lo único que puedo hacer para que pare.
Ella trató de ponerse de pie, pero él apretó su agarre alrededor de su cintura para impedírselo.
—Tengo que curarte —dijo ella.
—Shssssss. —Cerró los ojos de nuevo—. Me gusta sentirte sobre mis piernas.
Victoria le sostuvo la mano en la suya mientras con la otra le sacaba el guante poco a poco.
Las quemaduras habían sido más graves en la mano derecha.
Supuso que ser diestro hizo que se llevara la peor parte.
Aun así, su aspecto daba buena cuenta del sufrimiento que debió padecer aquel día y que todavía lo torturaba.
La sintió fría y seca, muy diferente de cómo la notó debajo del agua.
Lo primero que se percibía era el contraste, eran muchas texturas y formas viviendo en una misma mano.
Tenía zonas brillantes, tensas, de un rosa oscuro tirando a púrpura.
Recordaba a la cera derretida y vuelta a solidificar.
También había parches de un blanco lechoso.
Pasó el pulgar por la piel lisa y dura y fue como acariciar una piedra tibia.
Siguió deslizándose y pasó por encima de donde deberían estar sus nudillos.
Ahora el tejido cicatricial los cubría desdibujando los contornos.
Los dedos se curvaban ligeramente hacia dentro.
Los acarició uno a uno sintiendo la resistencia que ejercía su tensa piel contra los tendones.
Con la punta del dedo índice dibujó los bordes, donde las partes quemadas se encontraban con lo sano.
Crestas irregulares, pliegues extraños… Al tocarlos sintió el relieve áspero y los recorrió sin prisa, como si tratara de memorizarlos.
Le dio la vuelta a la mano. La palma había resistido mejor.
Tenía zonas en las que la piel era la de antes, con algunos surcos marcados.
Presionó con el pulgar en el centro de la palma y él contuvo el aliento.
Victoria comenzó a masajear con movimientos circulares, hundiendo los dedos en la base de los suyos y estirando la piel con suavidad.
La sangre caliente se fue deslizando por toda la mano.
Al principio estaba rígido, pero poco a poco notó como sus dedos se soltaban y sus músculos se aflojaban.
Siguió masajeándolo hasta que la notó flexible y relajada, y entonces levantó la mirada y lo vio mirándola con fijeza.
No se apartó cuando subió la mano enguantada hasta su nuca.
Tampoco cuando la atrajo hacia sí. No se apartó cuando sus labios la rozaron ni cuando se movió contra los suyos.
No se apartó cuando deslizó su lengua y se movió lento, deleitándose con su sabor.
En lugar de apartarse le rodeó el cuello con los brazos y le devolvió la caricia.
Su cuerpo respondía solo, sin que necesitara de su permiso.
No había nada en el mundo que desease más que aquel contacto y no podía pensar en nada que se resolviese fuera de aquella boca.
Alasdair gimió hambriento y su mano acarició la piel de su hombro bajándole el vestido.
Su boca la devoraba y su lengua la buscaba y luchaba por dominarla.
Victoria apenas podía respirar y sentía que se abrasaba por dentro.
No sabía lo que le estaba pasando, pero estaba segura de que si él la apartaba gritaría de rabia.
Metió los dedos en su pelo y los cerró en un puño y él mordió su labio inferior para castigarla por ello .
Nunca en su vida la habían besado, ahora lo sabía. Lo anterior solo había sido un ensayo para lo que estaba ocurriendo. Aquel era su primer beso y él era el único que…
—¡Au! —gritó al caer al suelo.
Alasdair estaba de pie furioso y respiraba con tal agitación que su pecho subía y bajaba por los jadeos. Se inclinó para levantarla, agarrándola del brazo sin miramientos. Después la soltó y se llevó la mano al pelo.
—¿Qué…?
—¡Lárgate! —gritó él.
Ella lo miraba confusa, con los labios amoratados y el hombro del vestido caído.
—Yo…
—¡Vete! —bramó él inclinándose hacia ella amenazador—. ¡Ahora!
Victoria echó a correr avergonzada y no se detuvo hasta estar dentro de su cuarto y con la puerta cerrada. Solo entonces se dio permiso para pensar en lo que había hecho y el mundo se le cayó encima.