El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 22
31%

CAPÍTULO 22



Alasdair contempló en el papel aquella horrible letra que era ahora su caligrafía.

Había aprendido a escribir con la mano izquierda, pero jamás podría tener la fina soltura con la que trazaba las curvas de las letras tiempo atrás.

Se recostó contra el respaldo y apretó los dientes mientras esas manos deformes se agarraban a los brazos de la silla.

El dolor fue casi un consuelo en ese momento.

La puerta de su despacho se abrió y entró el mayordomo para anunciarle una visita.

—Está aquí el señor Baxter y ha preguntado por usted, aunque viene a ver a la señorita Crawford.

—Sí… —asintió con cansancio—. Hágalo pasar.

Ross volvió a la puerta y la abrió indicándole que podía entrar. Ninian atravesó la estancia y se fue directo hacia él tendiéndole la mano al llegar frente al escritorio. Alasdair miró esa mano con una ceja levantada y sin estrechársela le indicó una de las sillas para que se sentara.

—¿Le apetece un whisky?

—No bebo antes de las seis —dijo el otro tomando asiento .

Si el gesto de Alasdair de no estrecharle la mano le había molestado, no lo demostró.

—Ha venido a ver a Victoria. —Se sirvió un dedo de whisky y regresó a su escritorio con el vaso en la mano.

—Así es. Recibí su nota hace tres días y no he querido retrasarlo más. Mi madre está deseando que venga a visitarnos y me propongo invitarla mañana a tomar el té. Si a usted le parece bien.

—Victoria no es nada mío.

—Pero se aloja en su casa y para mí hace usted las funciones de su padre. O de su hermano, como prefiera.

Alasdair sonrió perverso, le hacía gracia que le hubiese dado esa función. Lo estudió por encima del borde de su vaso. Era bien parecido y estaba en forma, aunque no tenía el físico de alguien que ha ejercitado su cuerpo con algún deporte.

—¿Cuáles son sus intenciones? —preguntó metiéndose en el papel.

—Pues… deseo conocer mejor a la señorita Crawford en previsión de una posible unión futura.

—Veo que ya lo tiene claro. Y eso que solo se han visto una vez.

—Oh, no, ya nos habíamos visto hace tiempo, lo que ocurre es que ella no lo recuerda.

—Ah. —Bebió un sorbo sin dejar de mirarlo.

—Le seré sincero, si me lo permite.

—Por supuesto. No hay nada que valore tanto como la sinceridad.

—Voy a cumplir treinta años y creo que ha llegado el momento de formar una familia.

Soy un hombre responsable, no tengo vicios y sueño con ver crecer a mis hijos.

La señorita Victoria tiene todo lo que me gusta en una mujer.

Es respetuosa, culta, paciente y hermosa. ¿Qué más se le puede pedir a una mujer?

—Desde luego. Un dechado de virtudes. —No pudo evitar que el sarcasmo aflorase a su voz.

—Si me lo permite, querría cortejarla.

—Si ella está de acuerdo…

Ninian sonrió complacido.

—La noche del baile tuve la impresión de que había una conexión entre nosotros.

—¿Suele emborracharse, señor Baxter?

El otro frunció el ceño confuso.

—¿Cómo? Nnnno.

—Bien. Sobre todo no se acerque a una chimenea cuando esté borracho.

La confusión aumentó en el visitante, pero Alasdair no le dio más explicaciones. Le hizo un gesto con la mano para que supiera que la improvisada reunión había terminado.

—Su dama lo estará esperando.

Ninian se levantó y después de hacer una inclinación cortés, salió del despacho cerrando la puerta tras de sí.

Alasdair bebió un largo trago y dejó el vaso con cuidado sobre el escritorio.

Cerró el documento que había redactado y le puso el lacre antes de amontonarlo con el correo que debía salir al día siguiente.

Se volvió hacia la puerta y entornó los ojos pensando en la conversación que acababa de mantener con Ninian Baxter.

Era un buen partido, su padre era un terrateniente modesto, bastante querido en la zona, y él se le parecía.

Sabía que se encargaba de administrar las propiedades de su padre y le constaba que conocía bien a todos sus arrendatarios.

Después de recibir su nota pidiéndole visitar a Victoria, había hecho indagaciones sobre él y su familia, aunque ya lo conocía.

Su abuelo no era alguien muy querido para los McEntrie, de hecho, uno de los puntos a favor de Ninian era que su padre se había llevado siempre mal con el viejo conde de Ardbrock .

Se frotó la barbilla pensativo. Si Victoria recibía una propuesta matrimonial pronto, Zinnia tendría que prescindir de su compañía y estaba seguro de que eso le causaría un gran disgusto a la joven.

Sonrió burlón. Si se hubiese opuesto a que Ninian la visitara, la habría empujado a sus brazos.

Tenía esperanzas de que aquel hombre insulso cavase su propia tumba con un par de charlas tomando el té.

Se levantó para dejar el vaso vacío en el mueble y luego se quitó el guante de la mano derecha.

A pesar del tiempo que había pasado seguía retorciéndosele el corazón cuando la veía.

Si su madre no se hubiese empeñado en darle aquellos dolorosos masajes, con toda seguridad su mano sería ahora una garra de cuatro dedos.

La levantó frente a su cara y la giró despacio para verla con todo detalle.

Era realmente espantosa. Se imaginó acariciando el rostro de Victoria con ella y se preguntó cuánto tiempo aguantaría ella sin vomitar.

Una voz en su cabeza le recordó que lo había masajeado mientras estaba inconsciente.

No solo había visto sus manos, incluso las había tocado voluntariamente.

—Estaban bajo el agua —musitó—, probablemente ni las veía.

Sintió sus dedos acariciándolo despacio, con ternura y el anhelo se le enroscó en la entrepierna tirando de él como si alguien le hubiese atado una cuerda.

Maldijo al notar cómo su pene se endurecía y se colocó el guante rápidamente despejando su mente de aquellos pensamientos.

Hacía demasiado que no visitaba la casa de tolerancia de Glenwherry.

Los McEntrie no se acostaban con prostitutas, era una máxima que habían mantenido siempre.

Pero, desde que sus manos habían dejado de ser útiles, las posibilidades de satisfacer sus deseos más íntimos habían desaparecido.

Por lo que ahora, si quería desahogarse, debía pagar por ello.

Se había decantado por ir a Glenwherry por varios motivos.

El primero fue la distancia con Lanerburgh, pensó que eso haría más difícil encontrarse allí con alguien conocido.

Pronto descubrió que no era el único que había pensado en ello.

La primera vez que se encontró con un vecino, pasó un mal rato, pero enseguida comprendió que era una soberana estupidez.

La segunda razón, y la más importante después de las cosas que había oído sobre otros burdeles, fue que madame Louise cuidaba muy bien a sus chicas y estas eran limpias y cuidadosas.

En su casa no se aceptaban borrachos, ni maltratos y todo el mundo debía comportarse allí con corrección.

Nunca se quitaba los guantes, dejaba que ellas lo tocaran en todas partes, menos en las manos y jamás las penetraba.

Solo usaban las manos y los pechos para satisfacerlo y había asumido que eso sería todo para él hasta que su cuerpo aceptase que no debía esperar nada más.

Dejó escapar el aire asqueado y una rabia silenciosa se coló entre sus costillas.

Imaginó a Ninian tocándola, sintiendo en la yema de sus dedos el tacto suave de su piel.

Él la había acariciado con el pulgar debajo del agua y fue el gesto más íntimo que había tenido con ningún ser humano en toda su vida.

Ninian podría tocarla donde quisiera. En cualquier parte.

Cerró los puños y apretó los dientes mientras el aire separaba las aletas de su nariz.

Salió del despacho y se dirigió al ala este con grandes zancadas.



—No puedes dejarla con él. —La voz de Owen sonó demasiado aguda.

—¿Por qué no? Es una mujer libre.

—No —negó el otro—. No lo es. Siempre estará atada a mí. Morí por su culpa. Mi hermana se ha quedado sola por su culpa, no vas a dejar que se salga con la suya.

—Rompió el compromiso.

—No lo rompió. Solo dijo que tenía que marcharse .

A Alasdair le dolía la cabeza y cerró los ojos con ella apoyada en el respaldo. Owen se paseaba por el cuarto y se preguntó cómo era posible que un fantasma hiciera tanto ruido.

—Creía que el culpable era yo —musitó—. Creía que todo era culpa mía.

—Tú tienes tu culpa y ella la suya.

Alasdair suspiró, pero permaneció con los ojos cerrados.

—Deja que se ilusione —dijo Owen tomando asiento en el brazo del sillón.

Alasdair abrió los ojos ceñudo.

—Tienes otro sillón ahí mismo.

—¿Qué pasa, te molesto? Te jodes, estoy muerto y me siento donde me da la gana.

—Tengo tu culo en mis costillas.

—Siempre he tenido un buen culo —dijo Owen dándose una palmada.

Alasdair se levantó para apartarse de él. Apoyó las manos en la repisa de la chimenea y dejó caer la cabeza como si le pesara.

—Ninian es un buen tipo.

—Oh, sí, un buen tipo de los que aburren a las piedras —dijo Owen deslizando su trasero hasta el asiento.

—A Victoria le gusta.

—¿Y eso desde cuándo nos importa, Alasdair?

El otro miró a su amigo que con las piernas por encima del brazo del asiento tenía una pose ridícula.

—¿Qué quieres que haga?

—Fácil. —Owen sonrió—. Deja que se ilusione y entonces le das la estocada. Debe saber que no hay un lugar para ella. No habrá nadie para ella.

—¿Por qué eres tan retorcido? —masculló Alasdair.

—¡Tú eres el retorcido! Yo solo estoy en tu cabeza. En realidad eres tú el que no deja de pensar en un modo de castigarla. —Cambió de posición bajando los pies al suelo—. Aunque algunos de esos castigos parecen bastante placenteros para ti. Eres un pillín, Alasdair.

El otro apretó los dedos en la repisa y el dolor irradió en sentido ascendente por sus brazos. Si no se calmaba, esa noche no descansaría. Se apartó, movió el cuello haciendo rotaciones y respiró hondo varias veces. Cuando miró a Owen su amigo sonreía con expresión bobalicona.

—¿Cuándo te irás?

—¿Por qué habría de irme? Estar muerto es muy aburrido. Casi tanto como tomar el té con Ninian Baxter —se rio a carcajadas—. En serio, quizá la mayor tortura para Victoria sea dejarla con él.

—No vas a compadecerte de nosotros, ¿verdad?

Owen suspiró y su rostro mostró una frialdad que él solo había visto al mirarse al espejo.

—Mientras Zinnia no sea feliz, nadie será feliz. ¿Me has oído, Alasdair?

Él asintió despacio.

—Bien. —Volvió a sonreír—. ¿Qué tal si te bebes un whisky? Al menos cuando tú bebes puedo saborearlo.

Alasdair caminó hasta el mueble de las bebidas y se sirvió una pequeña cantidad. En realidad, no quería beber, pero aun así, lo hizo.