El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20



Llegó con el corazón acelerado y sin aliento por haber dado una pequeña carrera en el último tramo. Imaginaba que el carruaje estaría esperándola en la entrada y Zinnia habría vuelto de su paseo, pero lo que encontró fue muy distinto.

—Relámpago no está en las cuadras. La señorita se escabulló sin que Murray la viera. Ese muchacho es cada día más torpe.

La señora Brown se frotaba las manos nerviosa delante de ella.

—¿Dónde está Alas… el señor?

—En su despacho. Ay, señorita, estaba furioso con usted por dejarla sola, es mejor que no vaya…

Pero antes de que acabara de hablar, Victoria ya se alejaba en esa dirección. Tocó a la puerta y esperó hasta que escuchó un «entre» seco y amargo.

—¿Por qué no has salido a buscarla? —preguntó acercándose al escritorio.

—¿Qué por qué no he salido a buscarla? ¿Dónde narices te has metido tú? —bramó poniéndose de pie—. Lo único que tienes que hacer es estar con ella y asegurarte de que está bien. ¿No eres capaz de hacer siquiera eso?

Ella lo miró sorprendida por su violencia, pero rápidamente se recuperó. Dejó salir un suspiro largo y relajó los hombros.

—En primer lugar, no vuelvas a gritarme nunca, Alasdair McEntrie. Puedes odiarme todo lo que quieras, pero no te consiento que me faltes al respeto.

Él torció una sonrisa y se cruzó de brazos a la espera de que terminase.

—En segundo lugar, he ido a despedirme de tu familia.

La expresión cambió al instante y la sorpresa afloró a los ojos de Alasdair.

—¿Le has dicho a Zinnia que te marchabas?

—Sí.

—¿Y cómo ha reaccionado?

—Extrañamente bien.

Él dio un golpe en la mesa.

—¿Y eso no te ha parecido sospechoso?

—No. Lo cierto es que me ha producido tanto alivio que no he querido pensar en nada más.

A él se le abrieron las aletas de la nariz cuando cogió aire profundamente.

—Tienes que ir a buscarla —dijo ella—. Conoces estas tierras mejor que nadie.

—No puedo —respondió eludiendo su mirada.

—Sí puedes y lo harás. Zinnia podría haber sufrido un accidente.

—No tengo caballo.

—Hay caballos de sobra en las cuadras.

Alasdair apretó los labios porque sabía que iba a rebatirle cualquier cosa que dijese.

—Iré si vienes conmigo.

Ella frunció el ceño.

—El peso excesivo ralentizará al caballo.

—Irás en tu propia montura. Como has dicho, hay caballos de sobra.

—No sé montar.

Él inclinó la cabeza escudriñando sus ojos.

—Bueno, sí sé, pero no lo hago nunca.

Él se mantuvo inamovible en su decisión y Victoria no tuvo más remedio que acompañarlo.

Llevaban una hora galopando y Victoria había dejado de temblar, aunque para ello Alasdair tuvo que regañarla, advirtiéndole de que el caballo se estaba contagiando de su miedo y acabaría por tener un accidente.

Ella lo observaba con disimulo. Sujetaba las riendas con la mano izquierda, mientras que la otra reposaba sobre el pomo de la silla.

A su mente volvió la noche anterior. Había podido verle las heridas de todo el cuerpo y, sobre todo, había podido comprobar lo dañada que tenía la mano derecha.

El dolor que debió sufrir se le antojaba imposible de comprender.

En ningún momento sintió repugnancia o rechazo.

Al principio apenas veía a través de las lágrimas.

Aun dormido no dejaba de gemir y sin la conciencia sus lamentos parecían los de un niño asustado.

Cuando empezó a masajearle las manos, la angustia en ella se calmó.

Sentirse útil era su lugar seguro. Lo hizo bajo el agua porque le resultaba más fácil y a él menos doloroso, a juzgar por el ronroneo que emitía entre uno y otro gemido, cada vez más espaciados.

Al ver sus manos enguantadas se preguntó si aquellos guantes no estarían perjudicando a su recuperación.

Sabía que nunca volvería a tener las manos a pleno rendimiento y, desde luego, no había forma de mejorar su aspecto, pero quizá le aliviara el dolor que les diera el sol y el aire, en lugar de llevarlas siempre metidas dentro de esa prisión de cuero.

—Debe de ser la una del mediodía —dijo Alasdair mirando la posición del sol—. Está claro que lo está haciendo a propósito.

—Quizá ha sufrido un accidente.

—No. Zinnia, además de ser una excelente jinete, conoce estas tierras como la palma de su mano. Se está escondiendo a propósito. —La miró enarcando una ceja—. ¿De verdad no te diste cuenta de que planeaba algo?

Victoria negó con la cabeza con expresión culpable.

—Quita esa cara —dijo él de malos modos—. Esto no es culpa tuya, Rompepromesas.

Aquella extraña combinación de ternura y agresión casi la hace sonreír.

—Si me quedo, tienes que parar de hacer esto.

La miró sorprendido.

—¿Si te quedas?

—Sí. Me lo estoy pensando.

—¿Qué ha pasado en Slioscreige ? Has dicho que habías ido a despedirte.

—No he podido hacerlo —dijo enfurruñada—. Clementine está embarazada.

—¿Qué? —Una chispa de alegría apareció en sus ojos, pero enseguida se esfumó como por ensalmo.

—Supongo que no tienes intención de ir a felicitar a tu primo, aun sabiendo que tu felicitación sería el mejor regalo que podría recibir al respecto.

—Habrá tenido muchas felicitaciones —dijo arisco.

—Pero no la tuya.

Alasdair detuvo el caballo y miró a su alrededor.

—Eso es —dijo pensativo—. Su cumpleaños…

—¿Qué? —Victoria lo interrogó con la mirada.

—Ya sé dónde está Zinnia. —Miró a la inglesa con gesto serio antes de arrear al caballo—. ¡ Siuthad !

Desmontaron del caballo y caminaron hacia el árbol bajo el que la niña estaba sentada. Victoria pudo sentir el peso con el que la tristeza la aplastaba. Se veía tan menuda y… sola.

Alasdair le había explicado que ese era el lugar favorito de su padre y que solían ir allí de picnic los cuatro en su cumpleaños.

—Hoy sería ese día —dijo él—. Después de que murió venían con su madre y cuando esta también falleció, Owen y ella solos.

Victoria se limpió las lágrimas que se deslizaban por sus mejillas, mientras se dirigía hacia ella. Tenía que escoger precisamente ese día para decirle que la abandonaba. Le entregó las riendas de su caballo a Alasdair y se arrodilló frente a la niña, apoyando las manos en el regazo.

—¿Has venido a caballo? —preguntó Zinnia, que tenía los ojos rojos e irritados.

Victoria asintió y de nuevo las lágrimas se deslizaron por su cara.

—Perdona que no haya ido a despedirte. Quería hacerlo, pero no he podido.

—Lo siento, Zinnia. Yo no lo sabía.

—No te preocupes. Ya te he dicho que lo entiendo. —Sonrió con tristeza, aunque su mirada estaba cargada de cariño—. Has sido muy buena conmigo todo este tiempo y sé que a veces no te lo he puesto nada fácil.

Victoria la rodeó con sus brazos y la apretó contra sí. Zinnia la envolvió a ella también y sus ojos se posaron en Alasdair con frialdad. Luego lenta e inexorablemente, sonrió.