CAPÍTULO 19

Zinnia la miraba con fijeza y sin la menor expresión en su rostro.
—Así que vas a Slioscreige a despedirte —afirmó.
Victoria asintió levemente. Había esperado gritos y lágrimas, pero ante sí tenía a la personificación de la más profunda indiferencia.
—Entonces dejaré que vayas sola. Iré a montar, como tenía previsto. ¿A qué hora partirás? Me aseguraré de estar aquí para decirte adiós.
—Zinnia…
—No te preocupes, Victoria. Lo entiendo. No tienes ninguna obligación de quedarte, no somos familia en realidad. Yo no tengo, pero tú tienes a tus padres y a tus hermanos en Berksham. Estarías loca si te quedaras aquí con nosotros.
La niña tenía las manos apoyadas en el regazo, con la espalda muy recta y una sonrisa en los labios que no concordaba con la mirada de sus ojos.
—¿Ya has hecho el equipaje o necesitas que te ayude?
—No, ya lo tengo preparado. — ¿Por qué se sentía como una persona horrible?
—Bien. Pues no se hable más —dijo poniéndose de pie—. Ve a despedirte de los McEntrie y yo estaré aquí a la hora que me digas.
—¿No quieres hablar más de ello? Me gustaría que entendieras…
—Lo entiendo. De verdad. He sido muy egoísta, y tú has sido muy buena conmigo a pesar de ello. Dime a qué hora quieres que esté aquí.
—¿A las once te parece bien?
Zinnia recorrió el espacio que las separaba y la abrazó con sentido afecto.
—Me voy a por Relámpago o acabaremos llorando como dos tontas.
Salió de la estancia y Victoria se llevó una mano al pecho aliviada. Pensaba que tendría que consolarla y que le costaría mucho convencerla de que era lo mejor. Esa niña nunca dejaba de sorprenderla.
Avisó a la señora Brown de que iba a Slioscreige y salió con paso decidido.
Eran las nueve de la mañana y hacía fresco.
Se arrebujó dentro de la capa y tomó el sendero hasta el camino que llevaba a Lanerburgh.
El paseo fue vigorizante y muy agradable.
Había olvidado lo mucho que le gustaba ese recorrido.
Las caballerizas bullían de actividad a esa hora.
Vio a Ewan revisando la pata de un caballo, mientras Anthony sacaba a un potrillo de las cuadras.
—¡Victoria! —la llamó este último, sorprendido—. ¿Adónde vas tan temprano?
—Venía a haceros una visita.
John salió de las cuadras y se acercó a ella antes de que lo hiciera Anthony.
—¿Algún problema en Reid House? ¿Mi hermano está bien?
—Todo bien —respondió ella y el muchacho asintió aliviado —. Anoche se marchó algo alterado del baile.
—Menos mal que tú estabas con él —dijo Anthony ya junto a ellos—. Nos quedamos todos muy preocupados.
Ella sintió una punzada de culpa por no contarles la verdad, pero no creía que fuese el momento ni el lugar.
—¿Sabes dónde estará Clementine?
Anthony sonrió.
—Hoy se le han pegado las sábanas, pero supongo que ya estará desayunando. Tiene algo que contarte, no podrías haber venido en mejor momento
Victoria se despidió de ellos, hizo un gesto con la mano a Ewan y siguió hacia el castillo.
Clementine todavía estaba en la cama y tuvo que subir a su cuarto a buscarla. Descorrió las cortinas y abrió la ventana para que el fresco de la mañana la despejara.
—Te estás volviendo una holgazana —dijo sentándose a su lado—. ¿Qué haces durmiendo a estas horas?
La otra se tapó la cabeza con las mantas y gruñó molesta.
—Cierra la ventana, hace frío.
Victoria la destapó y se rio de ella.
—Pero ¿a ti qué te pasa?
Clementine la miró a través de dos finas rendijas.
—Nos acostamos a las tantas de la madrugada.
—¿Tan tarde volvisteis de la fiesta?
—No. Nos marchamos en cuanto os fuisteis —dijo y a continuación bostezó tapándose la boca—. Pero luego Anthony y yo estuvimos hablando hasta que casi amaneció. Bueno, no solo hablando, ya sabes…
Victoria abrió la boca para quejarse, pero se contuvo a tiempo. Sabía que lo hacía para provocarla.
—Estoy embarazada —dijo Clementine sentándose de golpe.
—¿¡Qué!?
Victoria la abrazó riendo. Los brazos de Clementine colgaban a ambos lados de su cuerpo y su prima se apartó para mirarla.
—¿No te alegras?
—Sí. No. Bueno, sí, pero… ¿No te parece que es demasiado pronto? No sé si estoy preparada para ser madre. Apenas sé cómo ser una esposa.
—Debe dar mucho miedo —dijo Victoria.
—¿Por qué a ellos no? Anthony se volvió loco de alegría. Me di cuenta de las ganas que tenía, ni siquiera lo sabía.
—Ellos no tienen que parir a la criatura —dijo Victoria como si eso lo explicase todo.
—Ya. Eso es cierto. —Bajó la cabeza y se miró la barriga—. Pensar que va a crecer ahí dentro da miedo.
—Lo que da más miedo es que luego tiene que salir.
Clementine sonrió como una boba.
—Me hago pis y necesito lavarme la cara. ¿Esperas a que me asee antes de contarme lo que sea que pasa?
—¿Por qué crees que pasa algo?
Clementine se bajó de la cama y se desperezó estirando los brazos al tiempo que bostezaba otra vez. Victoria tuvo que taparse la boca para bostezar también. Con lo poco que había dormido, solo le faltaba eso.
—Has venido temprano. Y sola. Pasa algo, seguro. Pero no digas una palabra porque entonces no podré ir a asearme y me haré pis encima.
Victoria se asomó para mirar debajo de la cama.
—¿No tienes un bacinilla?
—¿Debajo de la cama? ¡Ni loca!
Corrió hacia el cuarto de aseo y entornó la puerta. Victoria sonrió al recordar que era muy pudorosa con esas cosas. Se tumbó sobre las mantas y cerró los ojos un momento. Cuando volvió a abrirlos, Clementine estaba vestida y sostenía una taza de té en las manos.
—Buenos días, dormilona —dijo sonriendo con afecto desde la silla en la que se había sentado a contemplarla.
Victoria se sentó de golpe y se frotó los ojos.
—¿Me he dormido?
—Como un tronco.
—¿Qué hora es?
—Las diez y media.
—¿Qué? ¡No! Tengo que irme. —Se puso de pie y un mareo la hizo volver a sentarse.
—¿Desde cuándo no comes? —preguntó Clementine ofreciéndole un bollo de canela de un plato que había sobre una mesita—. He pedido que me subieran el desayuno aquí y es mi segunda taza de té. Ya está frío, pero si quieres…
—No, de verdad que tengo…
—Vamos, vamos, no te voy a pedir que te quedes a almorzar con nosotros.
Ya sé que en esa casa no pueden prescindir de ti.
—Clementine le sirvió una taza de té y Victoria la cogió sin protestar—.
No sabes lo aliviados que estaban todos sabiendo que tú estabas con Alasdair después de lo ocurrido.
Ese McKenzie es una mala persona. Anthony estaba tan angustiado que de no haber estado tú, habría ido a por él y lo habría obligado a volver aquí. Sabiendo lo peligroso que es.
Victoria se llevó la taza a los labios e intentó no hacer ningún gesto que delatase lo mucho que le desagradaba el té frío.
—No creo que peligroso sea la palabra adecuada.
—Anthony cree que sí. Alasdair está teniendo muchos problemas para solucionar el desbarajuste que dejó Owen, y eso sin contar que tiene muchas secuelas del incendio.
Por suerte ya no tiene aquellas crisis que le daban, ¿verdad?
—la miró interrogadora—. ¿Has visto que haya tenido mucho dolor alguna vez?
Su familia lo dejó marchar porque les juró que ya no las tenía, si supieran que aún las sufre lo harían volver. Y eso…
Victoria frunció el ceño y dejó la taza sobre la mesilla.
—¿Qué es eso que no me cuentas, Clementine? Creía que entre nosotras no había secretos.
Excepto los que yo te escondo porque ahora estás embarazada y no podría soportar ser la causante de otra desgracia.
—Esto no puede salir de aquí, Victoria. —Miró hacia la puerta y se inclinó hacia delante bajando el tono hasta que su voz era solo un murmullo—. Alasdair… intentó…
Victoria esperaba la continuación, pero Clementine parecía tener problemas para explicarse.
—¿Qué intentó?
—Estaba desesperado y decidió… acabar con todo.
La otra abrió los ojos como platos.
—¿Qué?
—Pensó en saltar desde los acantilados durante la noche. —Extendió la mano para detener sus pensamientos—. Pero lo importante es que no lo hizo. Eso es lo que importa. Por más desesperado que estuviese fue capaz de encontrar la calma y regresó a casa sano y salvo.
—¿Cuándo fue eso? ¿Por qué no me lo habías contado en una de tus cartas?
—¿Crees que eso es algo que se puede escribir en una carta, Victoria?
—¿Cuándo ocurrió eso? —repitió aterrada.
—Antes de marcharse a Reid House.
—¿Sus padres lo saben?
—Oh, no, no. Por Dios, Victoria, no se te ocurra decirle esto a Rowena.
—¿Entonces quién lo sabe?
—Solo Anthony. Y yo. Y ahora tú.
Victoria se tapó la boca para ahogar un gemido.
—Si te lo he contado es porque confío plenamente en ti.
«El odio es lo único que me mantiene vivo, Rompepromesas» .
Aquella frase cobraba ahora un nuevo sentido.
Necesitaba a alguien para descargar su angustia y frustración.
Necesitaba un saco de golpes. Eso era ella.
Se puso de pie y miró a su prima, suplicante.
Tenía que ayudarla, tenía que decirle cómo quitarse aquella soga que llevaba alrededor del cuello.
Tenía que decirle que podía irse, volver a su vida y dejar todo aquel dolor atrás.
—¿Qué ocurre, Victoria? Me estás asustando.
Clementine. Ella era fuerte. Se había enfrentado a unos bandidos. Falsos, sí, pero ella no lo sabía y se enfrentó a ellos. Si se lo contaba todo sabría qué hacer.
—Sabes que puedes contarme lo que sea. Si necesitas algo de mí, lo que sea… ¿Ocurre algo con Zinnia? Creía que la biblioteca te hacía mucha ilusión.
—Sí —musitó Victoria casi sin voz.
—¿Alasdair está siendo desagradable contigo? No me gustó el modo en el que te avisó ayer de que os marchabais, fue muy incómodo. Y no pudimos ni despedirnos de ti. Aunque… Ninian Baxter sí se despidió, ¿verdad? Es un hombre muy…
Victoria quería pedirle que se callara, que la dejara pensar, pero Clementine hablaba y hablaba sin parar y ella no sabía cómo pedirle ayuda sin angustiarla.
Si supiera cómo la trataba Alasdair, donde estaba durmiendo, que la había besado a la fuerza…
No habría modo de pararla. Iría a Reid House y le patearía el culo ella misma.
—Tengo que irme —la cortó de repente, aunque hacía rato que había perdido el hilo—. Lo siento, Clementine, pero no puedo quedarme más.
Su prima la vio ir hacia la puerta.
—Pero, espera, quería que hablásemos del nombre del bebé.
—Ya habrá tiempo de eso —dijo saliendo del cuarto—. Vendré a verte otro día.
Aceleró el paso rogando no cruzarse con nadie, pero eso era pedir demasiado en una casa con tanta familia.
—Victoria —la llamó Eilidh que bajaba las escaleras hacia el vestíbulo.
—Ya me iba —dijo ella con expresión inquieta.
—¿Cómo está mi hermano? ¿Ayer llegó bien a casa?
—Está… bien.
—No sabes lo que tuve que oír, Victoria. De verdad que nunca en mi vida he estado tan cerca de faltar el respeto a nadie.
—¿De qué hablas?
—Estaban hablando de él en el tocador cuando fui a arreglarme el peinado que se me enganchó en uno de los candelabros por hacer el tonto con Alison. Esas mujeres fueron muy crueles, hablando de él como si fuese un monstruo. Si yo escuché eso, a saber lo que oiría él.
Victoria la cogió del brazo para infundirle ánimos.
—Tu hermano es fuerte, no se amilanaría por nada que dijese nadie.
—Él es su peor enemigo —asintió Eilidh—. Gracias por cuidar de Zinnia. Estoy segura de que el día que ella esté bien, él también mejorará.
Victoria asintió y se dio la vuelta para marcharse.
Saludó con la mano a los McEntrie que la vieron desde los cercados, pero no se detuvo.
Agradeció que Anthony no estuviese allí porque no habría podido pasar de largo sin felicitarlo.
Cuando dejó atrás las caballerizas empezó a respirar con normalidad.
Por suerte, había un buen paseo hasta Reid House. Tenía mucho en lo que pensar.