CAPÍTULO 17

Victoria se paseaba por su diminuto cuarto intentando sortear los pocos muebles y golpeándose en las piernas con cada esquina.
Se había puesto el camisón. Había cepillado su pelo tantas veces que acabó escociéndole el cuero cabelludo.
Se había metido en la cama y había dado vueltas durante una hora.
Los nervios la estaban matando. No había la menor cordura en el comportamiento de Alasdair.
Había cruzado todas las líneas, se había comportado con ella como un verdadero canalla.
Le ardían los ojos solo de pensarlo, el modo violento en que la había besado escapaba a su entendimiento.
Sin embargo, había algo más extraño aún en todo aquello y era que él no pareció disfrutar de ese gesto, al contrario. Se detuvo y miró sus manos, las marcas de sus uñas en las palmas. Hacía eso cuando algo la torturaba y no podía sacarlo de su cabeza.
El pelo caía en cascada y agarró un mechón para enrollarlo en uno de sus dedos, pensativa. ¿Era eso? ¿Alasdair quería que alguien lo golpeara? ¿Necesitaba que le hicieran daño para dejar de… sufrir? Se sentó en la cama con la mirada fija en la pequeña ventana.
«Golpéame otra vez».
No podía ser tan estúpido.
«¿Por qué eres tú la que llora, si es a mí al que le duele?»
¿Qué le dolía? ¿Las manos? ¿Lo que había ocurrido en el baile?
¿Qué había pasado? Eran demasiadas preguntas y no iba a poder dormir si él no le daba algunas respuestas.
Respiró hondo varias veces y cogió la bata dispuesta a llamar a su puerta y…
Escuchó golpes provenientes del rellano y la voz apremiante del señor Ross, aunque no pudo entender lo que decía.
Debía estar intentando despertar a la señora Brown.
Se puso las zapatillas con rapidez y salió de su cuarto.
—¿Qué ocurre? —preguntó al ver al mayordomo.
—Vuelva a su cama —dijo el hombre—. Siento haberla despertado.
La señora Brown salió de su habitación y dio un respingo al verla.
—Señorita Crawford…
—De verdad —insistió el mayordomo—, es mejor que vuelva a…
—¿Qué está pasando? —lo cortó ella—. No voy a irme a la cama, no insista.
Los dos criados se miraron interrogadores.
—Es el señor —dijo el ama de llaves al fin—. Nos necesita.
—¿Por qué? ¿Qué pasa?
La mujer cerró los ojos un instante y se rindió.
—Venga conmigo. Usted vaya a calentar el agua para el baño, señor Ross. —El hombre se movió aliviado por tener algo que hacer—. Y prepare té, lo necesitaremos.
Victoria la siguió hasta las escaleras y luego por el pasillo hasta el dormitorio de Alasdair.
—Es mejor que se quede aquí —dijo la mujer en voz baja cuando estuvieron dentro del cuarto—. Si la ve se pondrá furioso.
Victoria la vio dirigirse a la terraza, de donde provenían unos quejidos lastimosos que le pusieron el vello de punta.
Se acercó despacio, poniendo mucho cuidado en no hacer ruido para no delatarse.
Asomó la cabeza y vio a Alasdair tirado en el suelo.
No llevaba la camisa puesta, tan solo unos calzones y estaba empapado en sudor.
El pelo se le pegaba a la cara y se retorcía entre gemidos.
La sangre abandonó el rostro de Victoria y su corazón se aceleró angustiado.
La señora Brown regresó al cuarto y la empujó hacia la puerta.
—Es mejor que se vaya.
Ella se soltó de su agarre y la miró con firmeza.
—¿Qué puedo hacer?
—Nada, no puede hacer nada.
—Algo se podrá hacer. ¿Qué le pasa?
—¿No es evidente? Le duele.
—Pero ¿qué le duele?
—Todo. Los brazos, la cabeza… Cada una de las heridas, y tiene muchas. Es como si estuviera ardiendo. Al menos eso es lo que dice cuando se le pasa, que vuelve a sentir lo mismo que sintió cuando se quemaba vivo.
—¿Quién hay ahí? —gruñó y enseguida se quedó sin aliento.
El ama de llaves la miró suplicante, pero Victoria hizo caso omiso y la sorteó para salir fuera. El frío de la noche la estremeció y se apretó la bata, que era del todo insuficiente.
—Márchate —gimió Alasdair.
Ella volvió al cuarto y comprobó que la señora Brown ya no estaba. Cogió una manta de la cama y salió con ella.
—Estás empapado, te pondrás enfermo —dijo haciendo ademán de taparlo.
—No —gruñó él—. Me quemo.
—No te quemas —dijo ella resuelta—. Tu mente te está engañando.
Lo cubrió y él se retorció como si ese gesto le doliese.
—Por favor —suplicó intentando quitársela de encima.
Victoria frunció el ceño al ver que su piel se enrojecía. Le quitó la manta y se envolvió con ella. Estaba muerta de frío.
—¿Qué puedo hacer?
Se fijó entonces en sus brazos. Las cicatrices de sus manos subían hasta su cuello. Apartó el pelo y vio que desaparecían en su espalda. En el pecho también tenía algunas marcas. Siguió revisándolo hacia abajo. No vio nada en las piernas.
—Márchate —masculló él entre dientes.
—¿Necesitas frío?
Él gruñó con los dientes apretados, pero asintió.
Ella volvió dentro y dejó la manta en el suelo. Corrió por el pasillo y no se detuvo hasta encontrar al señor Ross.
—No caliente agua —ordenó—. Llene la bañera de agua fría.
—Necesitará bañarse cuando la crisis remita y estará helado de frío.
—No. Lo bañaremos ahora. Necesita que le baje la temperatura. El calor le produce más dolor por eso su cuerpo busca el frío. Prepare un baño de agua fría, hágame caso.
Al ver que el hombre no la obedecía perdió la paciencia.
—Lo haré yo —dijo buscando un cubo.
—Señorita…
—Es lo que dijo Adam. Yo estaba allí cuando hablaba con su madre. Dijo que necesitaría baños de agua fría.
El mayordomo dudó un momento más, pero apartó la olla del fuego y luego le quitó el cubo de las manos.
—Yo llenaré la bañera.
Victoria lo miró aliviada y salió corriendo de allí. Cuando salió a la terraza, la señora Brown se disponía a darle algo.
—¿Qué hace? —la detuvo.
—Es láudano.
La joven abrió los ojos como platos.
—El médico dijo que no debía tomarlo más. —Clementine se lo había contado en una de sus cartas.
—Está sufriendo mucho —dijo la mujer con los ojos llenos de lágrimas.
Los gemidos de Alasdair eran como los de un animal atrapado en una trampa. Agónicos y profundos.
—Lo sé —susurró con el cuerpo tenso—. Pero eso lo matará.
—No lo matará —siguió el ama de llaves—. Tenemos mucho cuidado…
—¿Le han estado dando láudano todo este tiempo? —preguntó horrorizada.
—Solo cuando tiene una crisis como esta.
—Pero eso… —La apartó con delicadeza—. Lléveselo.
Alasdair gruñó con rabia y la agarró del cuello con su mano izquierda sin que se lo esperara. La tumbó en el suelo sin dejar de apretar y Victoria se quedó sin aliento.
—Suéltela, señor —suplicó el ama de llaves dejando el vaso en la bandeja.
Lo agarró del brazo y tiró de él, pero era como intentar mover una roca.
Victoria trataba de respirar, pero el aire no entraba en sus pulmones.
La soltó como la había agarrado, sin previo aviso y Victoria se apartó rodando y tosiendo al mismo tiempo.
Alasdair cogió entonces el vaso y se lo llevó a los labios, pero antes de que llegara a su destino alguien le dio un manotazo y salió disparado de su mano chocando contra la pared y haciéndose añicos.
Victoria dio un paso atrás cuando él clavó sus ojos rojos en ella y lo vio ponerse de pie como si de un monstruo gigantesco se tratase.
Tenía las venas del cuello hinchadas y los tendones se le marcaban por la tensión.
Respiraba con mucha dificultad y el corazón le latía tan rápido que estaba seguro de que acabaría por explotar.
Cayó de rodillas y se desplomó inconsciente.
Cuando despertó, estaba sumergido en la bañera y alguien le masajeaba la mano concienzudamente. Parpadeó varias veces y vio a Victoria concentrada en su tarea. Tenía los brazos dentro del agua y la bata empapada.
—¿Qué haces? —preguntó con voz ronca.
Ella levantó los ojos y enseguida se le humedecieron.
—¿Te duele?
—Un poco —dijo él.
Ella sonrió aliviada.
—¿Qué haces? —repitió señalando su mano con los ojos.
—Intento que la sangre circule por tu mano.
—Eso es lo que hacía mi madre.
—Lo sé. La vi hacerlo.
Él cerró los ojos y suspiró como si hubiese estado conteniendo la respiración todo el tiempo que había estado inconsciente.
—Al final me diste el láudano —dijo con voz calmada.
—No —negó ella.
Alasdair abrió los ojos sorprendido.
—¿Cómo has…?
—Te sumergimos en agua fría y te he masajeado los brazos y las manos.
Él frunció el ceño sin saber qué decir.
—¿Qué hora es?
Ella estiró el cuello para ver el reloj que había sobre la repisa de la chimenea.
—Las cinco y cuarto.
—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?
—Unos cincuenta minutos.
—¿Dónde están los criados?
—Esperan en la cocina. Tuve que echarlos, me ponían muy nerviosa.
Él sonrió y por un instante volvió a ser el Alasdair de siempre.
—Pueden ser insoportables —musitó.
—No sabes las veces que repiten las cosas. Da igual que sepan que no vas a hacerles caso.
—Creo que forma parte de sus obligaciones.
—Sí, debe de ser eso.
Él clavó la mirada en sus manos masajeándolo.
—¿No te da… asco?
—No.
Alasdair cerró la mano envolviendo una de las suyas y usó el pulgar para acariciarla.
—Hacía mucho tiempo que no sentía el contacto de otra piel —musitó pensativo.
Victoria notaba los latidos de su corazón golpeándole en el pecho, pero no se movió, temerosa de que un solo gesto suyo trajese de vuelta al otro Alasdair.
—¿De verdad vas a irte? —preguntó él antes de mirarla y sus ojos al hacerlo tenían una muda súplica—. Vete, Victoria. No quiero hacerte daño.
—No me lo hagas —dijo ella atrapada en aquellos ojos.
—No puedo evitarlo.
—Sí puedes. Solo tienes que dejar de odiarme.
Él siguió acariciándole la mano bajo el agua. Casi podía imaginar que sus manos eran las de antes.
—El odio es lo único que me mantiene vivo, Rompepromesas —dijo y su mirada se vació por completo.
Victoria bajó la cabeza un instante y dejó salir un amargo suspiro entre los labios. Después se puso de pie apoyándose en la bañera y lo miró desde arriba.
—Le pediré al señor Ross que venga a ayudarte a salir de la bañera.
Él se puso de pie como respuesta y salió chorreando agua sobre la alfombra.
—Espero que te marches antes del almuerzo —dijo burlón.
Ella se dio la vuelta y caminó hasta la puerta.
—Rompepromesas —la llamó y ella odió detenerse—. Nunca, bajo ninguna circunstancia, vuelvas a entrar en mi dormitorio. ¿Te ha quedado claro?
Ella no respondió, salió de allí cerrando tras ella de un portazo.