El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16



A pesar de estar cansada, el baile con Ninian Baxter estaba siendo lo más reconfortante de aquella velada.

—La he visto hablando con mi buena amiga Arlene Barclay, no sabía que se conocieran.

—No nos conocíamos hasta esta noche —dijo ella con timidez—. No asisto a muchos eventos sociales.

—Cosa que espero que cambie, a partir de ahora. Sepa que pienso buscarla en cada salón que visite después de hoy.

Las mejillas de Victoria se colorearon y una sonrisa turbada se dibujó en sus labios, lo que le daba un aspecto adorable.

—Hábleme de Berksham, quiero saberlo todo de usted.

—Mi padre posee tres minas de estaño, cobre y arsénico. Podríamos decir que todo el mundo en Berksham vive de las minas.

—¡Qué interesante! —dijo él sin perder el paso—. ¿Y usted? ¿A qué dedica su tiempo?

—Además de ayudar a mi madre en casa, me ocupo de que los niños no falten a clase y ayudo a la señorita Horton cuando me necesita. La señorita Horton es la maestra de Berksham. También ayudo al doctor Mathews cuando hay heridos o enfermos. Tiene una enfermera, pero a veces no da abasto.

—Veo que ayuda a mucha gente. —Ninian no disimulaba su admiración—. Ahora está ayudando a la señorita Reid, después de su desgracia.

Victoria se mordió levemente el labio. Por algún motivo, aquella afirmación la había incomodado. No se había percatado de que su vida consistía básicamente en ayudar a los demás. Esa era su única misión, al parecer.

—¿Echa de menos a su familia? —siguió él, ajeno a sus pensamientos.

—Muchísimo —afirmó—. Estoy muy unida a ellos. Añoro sus buenos consejos.

Ninian entornó los ojos.

—¿Necesita consejo? No me considero muy sabio, pero si puedo ayudarla con algo, no dude en pedírmelo.

Ella sonrió agradecida. Definitivamente, ese joven le parecía de lo más agradable.

—No será nece…

Se interrumpió al escuchar un estruendo de cristales rotos y al volverse hacia el lugar del que provenía vio a Craig sujetando a Alasdair.

—Solo un desgraciado como tú sacaría ese tema aquí —gruñía Alasdair—. Eres una rata, McKenzie.

—He intentado hablar contigo en las últimas semanas, pero no recibes a nadie.

—Te dije que te pagaría antes de que acabara el año y aún no ha acabado.

Se libró del agarre de su primo y se arregló la chaqueta con gestos torpes. Tiró de los guantes asegurándose de que estaban en su sitio y se percató de las damas que lo miraban horrorizadas. Algunas de esas respetables damas le habían concedido sus favores no hacía mucho tiempo.

—Disculpen mis modales —dijo con sarcasmo y dio un paso hacia lady Buchanan para tomarle la mano enguantada y besársela.

La mujer dio un respingo cuando lo hizo y él torció una sonrisa, pero no dijo nada. Caminó hacia la puerta y antes de salir le hizo un gesto a Victoria con la mano, como si llamase a su perro.

—¡Nos vamos!

Victoria dejó la pista de baile y Ninian la siguió caballeroso.

—Puedo acompañarla yo más tarde —se ofreció—. No es necesario que se marche ahora.

Alasdair se detuvo en mitad del vestíbulo y se giró despacio para clavar sus ojos en él.

—La señorita ha venido conmigo y regresará conmigo, señor Baxter.

Ninian sonrió afable.

—No se preocupe, me encargaré personalmente de…

—Victoria es mi invitada y mi responsabilidad —lo cortó sin miramientos—. Seguro que puede encontrar a otra dama para que lo entretenga.

Victoria empalideció y Baxter endureció su expresión.

—La señorita Crawford no me estaba entreteniendo —dijo con voz gélida—. Y estoy seguro de que en alguna parte todavía le quedan modales.

Alasdair entrecerró los ojos y dio un paso hacia él.

—¿Quiere ver dónde guardo mis modales?

Victoria se colocó rápidamente entre ellos y buscó los ojos de Alasdair, suplicante.

—Por favor…

Él bajó la mirada hacia ella. Había algo en sus ojos que le erizó el vello. Tenía la mirada turbia y las ojeras eran más oscuras de lo normal.

—Despídete —ordenó él y, dándose la vuelta, se dirigió a la entrada—. ¡Mi coche!

Victoria se giró hacia Ninian con expresión compungida.

—Lo siento mucho, no se lo tenga en cuenta. Él no está… bien.

Ninian asintió levemente y la cogió de las manos para llevárselas a los labios. La besó en ellas sin dejar de mirarla.

—Prométame que volveremos a vernos o no la dejaré marchar.

Victoria sonrió asintiendo. Recuperó sus manos y, sin decir nada más, corrió hacia el carruaje que la esperaba.

Durante los primeros quince minutos del trayecto soportó la mirada penetrante de Alasdair clavada en ella. Sentía la tensión que emanaba de él y sabía que no debía provocarlo, así que se mantuvo en silencio fingiendo estar muy entretenida mirando por la ventanilla.

—¿Te ha besado?

—¿Qué? —preguntó perpleja.

—Baxter, ¿te ha besado?

—¡No!

—¿Querías que lo hiciera?

Ella entornó los ojos.

—Estás borracho.

—Un poco, pero eso no tiene que ver con la pregunta.

Ella volvió a fijar la vista en lo poco que se veía por la ventana, dispuesta a ignorarlo.

—Él quería besarte. Lo he visto en sus ojos. Quería besarte y meterte la lengua hasta la garganta.

No pudo ignorarlo. Jamás nadie le había hablado así. Sus mejillas se pusieron tan rojas y se sintió tan avergonzada que apenas podía respirar.

—¿Crees que te habría gustado? —Estaba recostado y cerró los ojos apretando los dientes—. Owen pensaba que no te gustó.

—Esto es demasiado —dijo ella sin entonación.

Cuando Alasdair abrió los ojos, los tenía empañados.

—¿Te gustó, Victoria?

—No tienes derecho a hablarme así.

—No, no lo tengo —dijo y de pronto se incorporó, le agarró la cabeza y cubrió su boca con un beso rudo y violento.

Ella lo empujó con todas sus fuerzas y le dio una sonora bofetada. Alasdair sonrió perverso.

—Otra vez —pidió.

—¿Qué?

—Golpéame otra vez.

Ella temblaba como una hoja, pero no entendía nada.

—¡Hazlo!

—No.

—Volveré a besarte entonces.

Cumplió su amenaza y recibió otra bofetada. Las lágrimas caían por las mejillas de Victoria, que seguía con aquella expresión perpleja y confusa.

—¿Por qué eres tú la que llora, si es a mí al que le duele? —masculló él volviendo a recostarse.

Ella se encogió en una esquina de su asiento y se cubrió la cara con las manos. Sus sollozos se le metieron en el cerebro y Alasdair supo que jamás podría olvidar ese sonido mientras viviera.

Cuando el coche se detuvo frente a Reid House, Victoria no lo dejó salir primero.

—Me iré a primera hora —dijo con voz serena.

Abrió la portezuela y bajó sin esperar respuesta. Alasdair la vio caminar hacia la casa con determinación y soltó el aire que se le había atascado en los pulmones.