CAPÍTULO 15

—¿Habéis visto esos guantes negros? Mi criada dice que los lleva puestos todo el tiempo.
—Por lo que dicen, se parecen más a la carne picada que a las manos de un hombre.
Eilidh entró en el tocador y miró a las damas que allí se encontraban acicalándose.
Todas guardaron silencio en cuanto la reconocieron y durante unos segundos se produjo una situación incómoda.
La joven no dijo nada, repuso las dos horquillas que había perdido y salió de allí despidiéndose con educación y cortesía.
Cuando estuvo tras la puerta cerrada escuchó de nuevo la voz de una de aquellas mujeres.
—El otro día me dijo uno de sus granjeros que vaga por las tierras en plena noche y que más de una vez ha asustado a los vecinos por creer que se trataba del fantasma del difunto señor Reid.
—Pobre hombre, qué desgracia más grande.
—Y tan joven.
—¿Es verdad que fue el McEntrie el que le empujó a beber de ese modo?
—No lo sé, pero mi hijo dice que eran como hermanos, así que no me extraña que se haya vuelto loco después de lo sucedido.
Las lágrimas le caían a borbotones cuando se alejó de allí con paso rápido. Se paró en seco cuando lo vio caminando en su dirección por el pasillo. Él también se detuvo.
—Eilidh —musitó.
Ella fingió no verlo y pasó a su lado sin responderle, pero Alasdair la sujetó del brazo con suavidad.
—¿Qué te ocurre? —preguntó.
Ella lo encaró con inquina.
—¿Y a ti qué te importa?
Él echó la cabeza hacia atrás como si hubiera recibido un puñetazo.
—Ninguno te importamos, ni nuestros padres, ni Cai, ni John, ni yo. Sobre todo yo.
—Eilidh…
—¿Por qué eres tan cruel? —Su llanto no encontraba resistencia—.
¿Por qué nos haces tanto daño, Alasdair?
¿Sabes que Tórradh no quiere salir de su cuadra?
He intentado montarlo, pero no se mueve.
Cai incluso pretendió obligarlo, pero nadie obliga a Tórradh a hacer nada que no quiera.
Es un digno descendiente de Strathspey, y se parece a ti.
—¿Qué te ha pasado? —preguntó señalando hacia el lugar del que venía—. ¿Alguien te ha dicho algo…?
—No es asunto tuyo —dijo elevando el mentón—. Lo que me pase, ya no es de tu incumbencia. Podría morirme esta noche, podría… podría…
Tiró de ella y entraron en una sala de música.
—¿Por qué haces esto? —sollozó angustiada—. ¿Por qué nos castigas así? Quiero a mi hermano conmigo. Te echo de menos, Alasdair, no sabes cuánto te echo de menos .
Él cerró los ojos con una congoja tan grande que a punto estuvo de ponerse a llorar como ella. La atrajo hacia su pecho y la abrazó.
—Alasdair… —suplicó ella.
Él no dijo nada, tan solo acarició su pelo hasta que los sollozos cesaron. Cuando se calmó, Eilidh se apartó para mirarlo.
—No vas a volver, ¿verdad?
Alasdair negó con la cabeza.
—Está bien —aceptó ella con la voz apagada—. Te quiero, hermano.
Eilidh entró en el salón de baile y no se detuvo hasta que llegó frente a Murchadh, lo agarró de la mano y tiró de él para llevarlo hasta la pista de baile. Se unieron al vals sin que el joven tuviera oportunidad de preguntar qué pasaba.
—¿Has llorado? —preguntó él.
—Sí.
—¿Por qué?
—Las personas no se vuelven mejores al cumplir años —dijo ella sin responder—. Una pensaría que la experiencia enseña, pero qué va…
Murchadh la llevaba por la pista sin decir nada. La conocía demasiado bien como para intentar sonsacarle información. Eilidh diría lo que quisiera decir y cuando quisiera decirlo, él solo debía limitarse a bailar con ella y actuar como receptor.
Ella giró bruscamente la cabeza para seguir a un grupo de mujeres que buscaban sitio en el que sentarse.
—Míralas, tan dignas y con la mente tan… sucia —espetó Eilidh.
Su amigo frunció el ceño, así que todo tenía que ver con esas mujeres. Reconoció a algunas de ellas.
—¿Con qué McEntrie se han metido? —preguntó sin dejar de mirarlas.
Eilidh clavó sus ojos en él.
—¿Y quién dice que ha sido con un McEntrie? Quizá se han metido contigo.
—¿Conmigo? —sonrió burlón—. No te pondrías así si se metieran conmigo.
—Ah, ¿no? ¿Quieres apostar? Les sacaría los ojos.
Murchadh siguió mirándolas.
—Veo a la madre de Arlene y a la de tu vieja amiga, Louise.
—Ahora entiendo por qué Louise es tan horrible.
—Nunca me has contado qué te pasó con ella.
—No.
—Creía que me lo contabas todo.
—¿Cómo voy a contártelo todo? ¿Eres tonto?
—Yo te lo cuento todo.
—Mentira.
—¿Qué no te he contado?
—Te has estado viendo con la hija del boticario. Rosa, ¿verdad?
Murchadh frunció el ceño.
—¿Se puede saber cómo te has enterado?
Ella elevó el mentón con expresión divertida.
—Me entero de todo lo que me interesa, ya deberías saberlo. Pero no desvíes el tema. ¿Te interesa de verdad o solo te estás divirtiendo?
—Solo hemos dado un paseo o dos.
—¿Hasta San Columba? —se burló ella.
Murchadh soltó una carcajada.
—Solo tú bromearías con eso —negó con la cabeza—. No hemos ido a ver al santo, no.
—Ajá.
—¿No me crees?
—La cabra tira al monte.
—¿Y eso qué significa?
—Pues que tus padres son famosos en esta región por lo fogosos que son.
—Viniendo de una McEntrie es casi un halago.
—Ay, Murchadh, espero que no te conviertas en un canalla, eres mi mejor amigo y detestaría tener que odiarte.
Él le guiñó un ojo con cariño.
—Sabes que eso es imposible.
Cai bebía de su copa sin quitarle la vista de encima a su hermana.
—Hacen buena pareja —dijo Craig a su lado.
—¿Tú crees?
—Murchadh es un buen chico.
—Ya.
—¿Ya? —Craig lo miró divertido—. ¿No te gusta para tu hermana?
El otro hizo gestos con la cara como si no encontrase las palabras exactas.
—¿Crees que eso es posible? —preguntó Cai—. Encontrar a alguien que te guste para tu hermana. No tengo problema con que mis hermanos se casen con quien quieran, pero Eilidh…
Craig asintió.
—A mí me pasó lo mismo con Constance.
—¿Sí? Creía que Jason te caía bien.
—Y me cae bien. Es un buen marido y un padrazo, pero cuando se acercó a ella…
—Ya.
—Eso, ya.
Craig vio a Alasdair regresar al salón y le dio un codazo a su primo.
—¿Has hablado con él? —preguntó.
—No. Cada vez que intento acercarme, se escabulle. No sé cuánto tiempo va a tardar en aceptar lo ocurrido —se lamentó.
Craig ha bía intentado ponerse en su lugar, pero, aunque apreciaba mucho a Owen, no eran tan amigos. Él nunca había tenido ningún amigo así. Tenía a sus primos, pero no era lo mismo.
—Supongo que dependerá de cada persona.
—Sí, supongo que sí —dijo Cai.
—¿De qué habláis? —Beth se acercó a su marido y lo agarró del brazo con cariño.
—De Alasdair.
—¿Has intentado hablar con él?
—Varias veces.
Beth no preguntó más, consciente de lo mucho que les afectaba aquella situación.
El vals acabó y arrastró a su esposo hasta la pista para bailar una cuadrilla.
Cuando se colocó en la posición que le correspondía sus ojos se posaron en Victoria que estaba sentada en un sofá con otras tres mujeres. La música empezó y sonrió a su marido.
Victoria acababa de conocer a esas mujeres y trataba de seguir la conversación que había analizado cada vestido y cada pieza elegida para el baile.
Una de ellas era Arlene Barclay, de la que había oído hablar, pero que nunca antes había visto.
Era una joven muy hermosa y entendía por qué Owen y Cai habían estado enamorados de ella, tiempo atrás.
En un momento dado las dos damas de más edad se levantaron para ir en busca de algunos pastelitos y Arlene cambió de asiento acercándose a Victoria.
—Tenía muchas ganas de conocerla —dijo con una sonrisa luminosa.
Victoria pensó que nunca había visto unos dientes tan blancos.
—Yo también he oído hablar de usted.
—Espero que bien —dijo Arlene—. Me caso dentro de dos meses, ¿estará por aquí? Me encantaría que asistiese.
—Oh, muy amable por invitarme. Sí, creo que voy a pasar una larga temporada en Escocia.
—¿En casa de Alasdair McEntrie?
—No es su casa, es la casa de mi alumna, Zinnia Reid.
—Ah, sí, por supuesto. Me he expresado mal.
—No se preocupe.
—Tengo entendido que hace usted las veces de institutriz, aunque es casi un miembro de la familia. De la parte inglesa de los McEntrie.
Victoria sonrió.
—Algo así, sí.
—Yo tengo una hermana de su edad y debo decir que la compadezco. Adoro a Kitty, pero es agotadora. Malcolm la sabe manejar mejor que yo y me da vergüenza decirlo. Se supone que las mujeres tenemos un sexto sentido para estas cosas.
Victoria no dijo nada y siguió mirando los movimientos de los bailarines.
—¿Conoce a mi futuro esposo? —Señaló hacia un grupito en el que también estaba Ninian Baxter—. George y Ninian son amigos desde hace años. Al principio creí que me casaba con los dos.
Victoria sonrió ante la ocurrencia.
—Espero que seamos buenas amigas, Victoria. Cuando tenga mi casa, la invitaré a visitarnos. Dígame que aceptará.
—Por supuesto —asintió ella.
—Ninian se alegrará de saberlo.
Victoria la miró confusa por el comentario, pero la expresión alegre de la joven la obligó a aceptarlo como un halago.