El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14



El se ñor Moncrieff anunció que la siguiente pieza sería un vals y los caballeros buscaron a sus parejas para llevarlas a la pista. Baxter sonrió a Victoria caminando hacia ella, pero una alta y oscura figura se adelantó y le ofreció el brazo con decisión.

—Es nuestro baile.

Victoria se mostró confusa.

—Alasdair… —lo saludó Heather.

—Hola, prima —dijo él sin apartar la mirada de Victoria—. Luego hablaremos.

Consciente de que resultaría muy violento que lo rechazara y que, además, generaría muchísimas preguntas por parte de sus amigas, colocó la mano en su brazo y lo siguió hasta la zona de baile, no sin antes mirar a Ninian con una disculpa en los ojos.

—No sabía que hubiésemos concretado este baile —dijo ella cuando empezaron a moverse por el salón.

—¿Para qué crees que te he traído?

—Lo cierto es que no lo tengo muy claro.

Él sonrió levemente.

—Quizá no eres tan lista como te crees .

Ella hizo ademán de soltarse, pero él no se lo permitió y agarró su mano con más fuerza. Un músculo se contrajo en el rostro del escocés en un gesto apenas perceptible, que no pasó desapercibido para Victoria.

—¿Cumple con tus expectativas? —preguntó burlón.

—¿A qué te refieres?

—Ya sabes a qué me refiero. Es amable y te mira con ojos de cordero. ¿Te gustan las ovejas, Rompepromesas? —dijo bajando tanto el tono que ella tuvo que leerle los labios para saber lo que le había llamado.

Levantó el mentón orgullosa y lo atravesó con una mirada hiriente.

—Lo cierto es que sí. Es todo un caballero y me trata con delicadeza.

—Mmmm. Ya veo. ¿Una nueva víctima? Deberías advertirle de que no debe acercarse al fuego estando borracho.

Horrorizada, intentó zafarse de su agarre, pero de nuevo no se lo permitió.

—No querrás dar un espectáculo —algo en su voz hizo que Victoria mirase su mano.

Enseguida empalideció al darse cuenta de que su forcejeo debía haberle hecho daño.

—Lo… siento —dijo con voz aturdida.

Él endureció su expresión y se despojó de toda hilaridad.

—No te atrevas a tenerme lástima —dijo entre dientes—. No necesito tu compasión, Rompepromesas.

Esta vez lo dijo en un tono normal y Victoria miró a su alrededor temiendo que alguien lo hubiese oído. Él apretó los dientes y, sin advertirle, la sacó de la pista de baile y la dejó sin mediar palabra.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Clementine junto a ella.

Las dos vieron cómo Anthony seguía a Alasdair fuera del salón.

—Nada —dijo Victoria.



—¡Alasdair!

Él continuó caminando. Anthony aceleró el paso para alcanzarlo y lo agarró del brazo para detenerlo.

—¿Adónde vas?

—No es asunto tuyo —dijo zafándose de su agarre.

Anthony miró a su alrededor y finalmente tiró de él hacia un pasillo.

—Suéltame.

Anthony se detuvo y lo miró ceñudo.

—Necesitas una copa —dijo señalándole la mano—. ¿Te duele, verdad?

—¿A ti qué mierda te importa?

Anthony miró de nuevo hacia el vestíbulo.

—¿Quieres que nos pongamos a gritar aquí en medio para que todos puedan disfrutar del espectáculo o prefieres un lugar más discreto y con whisky?

Alasdair no tuvo que pensarlo mucho, pero caminó delante de él dándole la oportunidad de largarse.

Bebió un largo trago de su vaso y después respiró hondo un par de veces antes de enfrentarse a su primo.

—Os dije que no os acercarais a mí.

—Claro que sí —asintió Anthony torciendo una sonrisa—. Y recuérdame una cosa, ¿desde cuándo mandas tú en nuestra familia?

—Vete a la mierda —dijo caminando hacia la puerta para largarse con el vaso en la mano.

—Te seguiré adonde vayas y te diré lo que he venido a decirte. A mí me importa muy poco lo que los demás piensen.

Alasdair se detuvo frente a la puerta y maldiciendo entre dientes se volvió hacia él.

—Si estás pensando en pelear conmigo, piénsatelo dos veces —advirtió Anthony—, te daré la paliza de tu vida.

No hablaba en broma y él lo sabía bien.

—¿Qué quieres?

—Hablar contigo.

—¿De qué?

—De lo que sea.

Alasdair fue hasta el sofá y se dejó caer agotado. Parte del whisky se vertió sobre su chaqueta y volvió a maldecir entre dientes.

—Tranquilo, hay más. —Anthony señaló la botella y luego arrastró una butaca para acercarla a él—. ¿Cómo estás? Y nada de mentiras.

—Estoy bien —mintió.

—Eres imbécil.

El otro no se inmutó.

—Tu madre está enferma.

Una sombra cruzó por delante de su rostro y apartó la mirada para que no leyera en sus ojos.

—Necesita saber de ti.

—Los criados ya le cuentan lo que necesita saber.

—¿En serio, Alasdair? ¿Te parece una respuesta normal?

El otro lo miró rabioso.

—Está mejor sin mí.

—Algo que ninguna madre pensaría jamás.

Bebió un largo trago sintiendo el calor que le recorría el gaznate y deseando que fuese suficiente para calmar el dolor de sus manos.

—Si hubiera sabido que vendrías, habría hecho el esfuerzo solo para verte. No sale de casa y come como un pajarito. Está muy angustiada por ti.

Alasdair apretó los labios, empezaba a sopesar sus posibilidades en una pelea. Pésimas.

—¿Tanto te cuesta ir a verla? No tienes que hablar con nadie más.

—Sí, porque los McEntrie son famosos por aceptar los deseos de los demás. No hay más que verte a ti ahora.

—Esto era una urgencia. Alguien tenía que decirte que te estás comportando como un cabrón con tu madre.

—Podrías haberme enviado una nota.

Anthony dejó escapar el aire en un bufido.

—Clementine me ha dicho que no atenderías a razones.

—Siempre fue más lista que tú.

El otro dejó el vaso sobre una mesilla y se inclinó hacia delante en una actitud muy poco amigable.

—Mira, todos estamos teniendo mucha paciencia contigo, sabemos por lo que has pasado…

—¡Oh, no! —exclamó Alasdair echando la cabeza hacia atrás en el respaldo y llevándose una mano a la frente—. No me des el puto sermón, por favor.

—¿Vas a esperar a que se muera? —gritó Anthony furioso—. ¿Es eso? ¿Esperarás a que se muera y entonces la llorarás el resto de tu vida?

Alasdair lo miró incrédulo y de repente lanzó el vaso contra el suelo haciéndolo estallar en pedazos.

—¿Qué has dicho, desgraciado?

Los dos se pusieron de pie.

—Ve. A. Ver. A. Tu. Madre.

Alasdair lo agarró de la solapa y Anthony le cogió la mano y se la apartó sin miramientos. El dolor lo hizo empalidecer y tuvo que sentarse.

—Lo siento —dijo Anthony al darse cuenta.

—Joder… —masculló él respirando con dificultad.

—¿Qué necesitas?

—Unas manos nuevas —dijo con voz entrecortada.

Anthony se sentó a su lado en el sofá y se quedaron en silencio durante un buen rato.

—Si salimos de aquí antes de que nos vean, quizá no se enteren de que hemos sido nosotros —dijo Anthony señalando el vaso roto.

Alasdair enarcó una ceja.

—¿No eras tú el que decía siempre que tenemos que hacernos responsables de nuestras acciones?

—Owen —respondió mirándolo—. Era Owen el que lo decía. Yo solo lo repetía.

Alasdair asintió. Respiró hondo y bufó para dejar salir el aire.

—¿Te duelen mucho?

—Define «mucho».

—¿Te acuerdas de aquella vez que te mordió una cabra? —preguntó Anthony burlón.

—Ya lo creo. Joder, la cabrona me hizo mucho daño y las curas de mi madre no se quedaron atrás. ¿Por qué es tan bruta cuidando?

—¿Te duele más que aquello?

Alasdair lo pensó un momento.

—Diría que en una escala en la que diez es el mordisco de aquella cabra, ahora mismo esto me duele un ocho y subiendo.

—Ya veo. —Clavó sus ojos en él—. En esa escala, ¿hasta dónde has llegado?

—No preguntes.

—Alasdair…

El otro dejó caer la cabeza y suspiró con cansancio.

—¿A cien? ¿A mil? No sabría valorarlo. Cuando estoy en una crisis desearía que alguien me cortase las manos con un hacha.

Anthony retuvo el aire un instante y durante un par de minutos ninguno dijo nada.

—Cualquier cosa que te pase, no será tan terrible como las que tus padres imaginan. No puedes apartarlos de tu vida, Alasdair.

—No lo hago por ellos —dijo sincero y su voz sonó distinta, como si por un momento volviera a ser el de siempre—. Lo hago por mí. Estar en esa casa me volvía loco. Sentía que debía mejorar como fuese. Pero no hay nada que yo pueda hacer, Anthony.

Se puso de pie y tiró de los guantes con un gemido que su primo no supo si era de dolor o de alivio.

—Si no me hubiese marchado, habría acabado lanzándome desde un acantilado. Dile eso a mi madre y encontrará la manera de recuperarse.

—No puedes decirlo en serio.

—Sí, lo digo en serio. Es una mujer fuerte y entenderá que dejándome ir, me está salvando la vida. Solo necesita entenderlo. Dile que la amo con toda mi alma.

—Owen también era mi amigo —dijo Anthony antes de que saliera por la puerta.

—Lo sé. Pero tú no estuviste allí para impedirlo. Yo sí.

Anthony cerró los ojos y lo dejó marchar.