El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 12
17%

CAPÍTULO 12



La semana siguiente estuvo repleta de libros, trabajo duro y muchas risas.

Victoria y Zinnia se pasaban el día en la biblioteca y tan solo veían a Alasdair durante las comidas.

Las dos mujeres habían perfeccionado hasta tal punto su técnica para ignorarlo que a veces ni se percataban de que el McEntrie se había marchado.

—¿A quién se le ocurre colocar los libros en horizontal? —Se reía Victoria—. ¿Cómo no se te iban a caer encima al sacar uno de la mitad? No hace falta ser muy listo para darse cuenta.

—Lo que estuvo mal fue colocarlos tan altos, pero en horizontal caben más —respondió Zinnia con el ceño fruncido.

—¿Para qué quieres más espacio? Tardarás años en llenar esos estantes.

—No si sigue comprando al ritmo que lo está haciendo —dijo Alasdair interviniendo en la conversación.

Las dos lo miraron sorprendidas y él se preguntó si sabrían que estaba allí. A juzgar por lo mucho que hablaban sin parar y sin mirarlo ni de refilón, estaba bastante seguro de que no.

—Dijiste que podía comprar los que quisiera. —La voz de Zinnia cambió a un tono mucho más frío.

—Pero no esperaba que quisieras completar la biblioteca en el primer mes. —La miró con calidez y Victoria se estremeció al darse cuenta de lo mucho que extrañaba que la mirase así.

—Dijiste que podía abrir una cuenta en la librería del señor Griogair.

—También te dije que tendrías una asignación para comprar los libros poco a poco, Zinnia.

—¿Ahora somos pobres? —Lo retó con la mirada.

Alasdair cogió la copa de agua y se la llevó a los labios antes de responder.

—No eres pobre —puntualizó—, pero no por eso has de derrochar el dinero.

—Dijiste…

—Podemos hacerlo poco a poco —intervino Victoria con voz suave—. No hay prisa, Zinnia.

La niña miró a su amiga dispuesta a protestar, pero finalmente asintió.

—Está bien —aceptó—. Me ajustaré a esa asignación.

—Te lo agradezco mucho. —Se puso de pie para marcharse, pero antes posó sus helados ojos en Victoria—. Recuerda que esta noche es el baile de los Moncrieff. No cenaremos en casa. Que tengáis una buena tarde.

Zinnia esperó mientras salía del comedor y luego miró a Victoria.

—«No cenaremos en casa» —lo imitó con voz grave—. «Que tengáis una buena tarde».

Su amiga no pudo evitar reírse y la niña estalló en carcajadas.

—Parece un actor en el teatro —siguió Zinnia—. ¿Tú crees que ensaya delante del espejo?

—No seas mala.

—Yo creo que sí .

Se puso de pie y fue a ocupar la silla de Alasdair. Victoria miró al mayordomo que permanecía en su puesto impertérrito, pero a Fyfe le estaba costando un mundo no reírse también.

—Voy a ser malvado —siguió la niña forzando la voz—. Victoria, cómete la comida o tendré que castigarte en el sótano.

—¡Zinnia! —exclamó la otra sin parar de reír.

—Te mantendré despierta haciéndote cosquillas en los pies.

—¿Por qué arrugas los labios así? —Le costaba respirar—. Para, por favor.

—Yo decidiré cuándo paro —continuó Zinnia conteniendo la risa.

Se apoyó en el respaldo y dio golpecitos con la mano en el brazo de la silla, imitando una de las poses de Alasdair—.

Aquí mando yo. Soy el rey supremo de esta casa medio en ruinas.

Y a partir de hoy solo responderé al título de Rey manco.

La risa se congeló en la boca de Victoria.

—Eso ha sido muy cruel —dijo perpleja.

—Tienes razón, pobrecito. —En su voz no había la menor compasión.

—Zinnia…

—¿Las has visto? Sus manos, digo.

Victoria estaba tan sorprendida por aquel cambio que no supo cómo responder.

—Usted las habrá visto, señor Ross. ¿Son tan horribles como para que las tenga que llevar siempre tapadas con esos guantes?

—Zinnia, basta. —Victoria tenía una expresión severa.

—Solo quiero saber. Le diría que me las enseñara, pero no creo que quisiera.

—Señor Ross, ¿podrían dejarnos solas?

El mayordomo y el lacayo abandonaron el comedor y Zinnia resopló pasando las manos por los brazos de la silla en la que se sentaba Alasdair.

—¿Qué te ocurre, Zinnia? Tú no eres así.

La niña siguió mirando la madera brillante que acariciaba.

—Esta era la silla de mi hermano. Yo solía decirle que era el rey de los bufones porque me hacía reír tanto que a veces no podía ni comer.

Luego me regañaba por dejarme comida en el plato.

—Su voz se quebró y miró a Victoria con los ojos acuosos—.

No soporto verlo aquí sentado. Podría ocupar cualquier otra silla, ¿por qué usa la suya?

Victoria estiró el brazo para agarrarla de la mano, pero Zinnia pareció no darse cuenta y retiró la suya antes de que la alcanzara. Se puso de pie y la miró con una sonrisa. Tenía una capacidad asombrosa para recuperar la calma.

—Tenemos poco tiempo esta tarde para colocar libros —dijo cogiéndola del brazo cuando Victoria se levantó también—. ¿Ya sabes qué vestido te vas a poner?

Su amiga asintió.

—Dime que has escogido el azul noche. Ese vestido hace brillar tus ojos como ningún otro. Aunque el de tafetán verde también me gusta mucho.

Pasaron la tarde en la biblioteca, pero Victoria tardó mucho en quitarse de encima aquella viscosa y desagradable sensación que se había pegado a ella durante el almuerzo.

De vez en cuando miraba a Zinnia con disimulo y se preguntaba qué era lo que de verdad había dentro de su cabeza.

Empezaba a darse cuenta de que no la conocía tan bien como pensaba.



—¡Dios mío, estás preciosa! —exclamó Zinnia dando palmas.

Victoria se miraba en el espejo, complacida.

El vestido de seda realmente favorecía al tono de su piel y hacía brillar sus ojos, tal y como había dicho la niña.

El escote, ribeteado con un encaje fino de color marfil, era ancho y dejaba a la vista sus hombros.

Mangas cortas y abullonadas, talle en uve, ceñido con el corsé, y falda amplia con dos volantes, también de encaje.

—¿Me das los guantes? —pidió con una sonrisa.

Zinnia se apresuró a entregárselos y ella se los subió hasta el codo sin prisa. Había tardado menos de lo esperado en vestirse y quizá hasta podría tomarse una taza de té antes de marcharse.

Se llevó la mano al pelo, para asegurarse de que todo estaba donde debía. Los tirabuzones que le había hecho Fiona caían con gracia enmarcando su rostro y la trenza que rodeaba el moño bajo servía de adorno sencillo y con buen gusto.

—Estás guapísima —volvió a decir Zinnia—. A mi primer baile iré vestida exactamente así, como tú vas hoy. Y me haré el mismo peinado.

Victoria sonrió divertida.

—Me apetece mucho un té —dijo con expresión traviesa.

Zinnia sonrió también.

—Hay tiempo de sobra —dijo cogiéndola de la mano para llevarla a la cocina.

La cocinera llevaba un rato con la boca abierta mirándola de arriba abajo.

—Ya se lo dije —Fiona la miraba orgullosa de haber participado en su éxito—. Ese vestido es precioso.

—¡Está bellísima, señorita Crawford! —exclamó Lilias sin contenerse.

—¿Cree que podría tomarme un té? No he tomado nada desde el almuerzo y me vendría bien algo caliente antes de irme.

—Por supuesto —afirmó la cocinera, recuperando el habla—. Ahora mismo se lo preparo. Espere en la salita, aquí podría ensuciarse.

Victoria y Zinnia acompañaron a las doncellas y estas corrieron a apartar una silla para ella.

—Esta es la silla de la señora Brown. Es la más cómoda —explicó Lilias.

—Ya tiene una edad —dijo Fiona—. Y ha perdido mucho peso en este último año.

—Será por tener que subir hasta ese cuartucho —se lamentó Lilias—. Esos empinados escalones me cuestan hasta a mí.

Victoria no dijo nada, aunque estaba segura de que sabían que los últimos peldaños hasta su dormitorio eran mucho peores.

—¿Qué estás bordando, Lilias? —preguntó para cambiar de tema.

—Una sabanita para mi sobrino. —Se levantó para coger la prenda—. Voy a regalársela para su primer cumpleaños.

—Es precioso —dijo Victoria acariciando el bordado con el guante—. ¿Es su primer hijo?

—Oh, no —negó la joven riendo—. Mi hermana es una coneja…

Fiona le dio un codazo y la otra frunció el ceño.

—Perdón, señorita.

—No se preocupe.

La cocinera entró en la sala llevando una bandeja.

—He puesto también unas pastitas, no está bien que llegue a esa fiesta famélica.

—Muchas gracias, señora McFadden, pero no era necesario.

Fiona le sirvió el té y añadió una cucharadita de azúcar antes de entregarle la taza. Las tres mujeres se sentaron a la mesa, emocionadas por tenerlas allí.

—Cuando me fui tu hermana estaba embarazada —dijo Zinnia volviendo al tema anterior.

—Pues vuelve a estarlo. Y con este serán cinco. Mi madre le ha ordenado que pare, pero a ella le encantan los niños y dice que tendrá los que Dios quiera. Pero el que tiene la culpa es mi cuñado. Le gusta demasiado hacer uso del matrimonio.

—¡Lilias! —exclamó la cocinera.

—Es la verdad, señora McFadden y usted lo sabe.

—Pero hay una niña sentada a la mesa —la regañó.

Lilias miró a Zinnia con expresión culpable.

—Lo siento.

—Creo que estos temas le dan más vergüenza a Victoria que a mí. —Zinnia contuvo la risa.

Las tres mujeres miraron a la susodicha y a Victoria se le encendieron las mejillas.

—Pero si usted ha vivido con los McEntrie —se sorprendió Lilias—. Son famosos por su…

—¡Lilias! —exclamó Fiona antes de que dijese lo que tenía en mente.

—¿Qué? ¿Acaso no es cierto? Todo el mundo ha oído alguna historia sobre ellos.

—De verdad que no tienes remedio —negó Fiona con la cabeza—. ¿Hablarías de esto con la señora Rowena, por ejemplo?

Lilias apretó los labios para esconder una sonrisa.

—¿De qué te ríes?

—Todos conocemos la historia de lo que vio el reverendo Campbell una vez que se alojó en su casa, no disimules.

Fiona abrió la boca sin dar crédito y Victoria bebió un sorbo de té fingiendo estar muy interesada en las molduras del techo.

—¿Qué vio el reverendo? —preguntó Zinnia con interés.

—Nada, niña, no vio nada —se apresuró a decir la cocinera.

Zinnia frunció el ceño.

—Algo vería, digo yo. Era de noche, pero había luna llena.

—¡Zinnia! —exclamó Victoria con ojos muy abiertos.

La niña se encogió.

—Mi hermano y Alasdair no es que hablasen en voz baja, precisamente. Les escuché hablar muchas veces, aunque no me interesaran sus temas en absoluto.

—Pero…

—Tranquila, la mayoría de las cosas que decían no las entendía, pero sé que el reverendo Campbell vio algo en el jardín que solo debería suceder en una habitación. Tras una puerta cerrada. Y en una cama.

Victoria trató de esconderse detrás de la taza, pero no pudo ocultar que se ponía roja hasta la raíz del pelo.