CAPÍTULO 11

No había estado en esa parte de la casa y cuando entró su respiración se ralentizó.
No había puerta de entrada a la biblioteca, tan solo un espacio abierto y desolado.
Sus pasos no hicieron ruido y lo vio mucho antes de que él se percatase de su presencia.
Estaba sentado en una butaca junto al fuego, con un vaso de whisky en la mano y la mirada fija en la otra butaca, como si escuchara atentamente una explicación.
Estaba convencida de que cuando estaba solo se quitaba aquellos guantes, pero al parecer se habían convertido en su segunda piel.
Atravesó la estancia haciendo ruido con sus zapatos para llamar su atención.
—¿Qué…? —Alasdair dio un respingo en su asiento.
—Perdón, no quería asustarte.
Él se removió inquieto y miró hacia la otra butaca con preocupación.
—Quería hablar contigo a solas sobre… el baile.
Alasdair dio un trago y le hizo un gesto para que se sentara. Victoria lo hizo en el borde del asiento y apoyó las manos en su regazo.
—Te agradezco la invitación, pero…
—No era una invitación —dijo seco.
Ella esperó.
—Estás a mi servicio y necesito una acompañante.
—No estoy a tu servicio.
Él enarcó una ceja y torció la sonrisa.
—Estoy aquí para asegurarme de que Zinnia está bien.
—¿Crees que solo puede estar bien si tú cuidas de ella? Vaya, no sabía que fueses tan pretenciosa, Rompepromesas.
Ella apretó los labios para contener una imprecación y respiró hondo para calmarse antes de responder.
—Desde mañana pagaré mi comida y alojamiento. Estoy aquí en calidad de amiga de Zinnia, no soy tu sirvienta ni…
—Te dije que si mis condiciones no te gustan, puedes irte. En esta casa mando yo y, si te quedas, tú serás lo que yo diga que eres.
Su mirada gélida cayó sobre ella como agua helada y la hizo enmudecer. Pero Alasdair no había terminado de hablar.
—Si te marchas la enviaré a un internado. Está claro que no querrá vivir conmigo y yo no voy a irme a ninguna parte.
—Esta es su casa.
Alasdair se encogió de hombros.
—Lo sé. Y yo no la echaré, pero tampoco la obligaré a vivir conmigo. —Sonrió perverso—. Tienes su felicidad en tus manos. Después de todo, tú eres la responsable de su desgracia y, por lo que parece, no te culpa de ello.
Victoria se llevó la mano al cuello conteniendo la respiración.
—Eres muy cruel conmigo —musitó.
—Tú has venido aquí, yo no te he llamado.
—¿Debía casarme con él aunque no lo amase? —preguntó al fin con ojos anhelantes—. ¿Eso es lo que piensas? ¿Debería haberme entregado a él sin importar lo que yo sintiera ?
La mandíbula de Alasdair se marcó prominente mientras sus ojos la fulminaban con rabia.
—Jamás diría algo así —mordió cada palabra—. No te escudes en una falsa moralidad, Rompepromesas. Tú dijiste que sí. Aceptaste su proposición y dejaste que se ilusionara, que creyera que también lo amabas. Lo engañaste, lo utilizaste, Dios sabe con qué fin.
—¡No!
—¿He dicho algo que no sea cierto? —bramó.
—Creía que podría… —Las lágrimas caían de sus ojos sin que hiciese nada para frenarlas—. No tenía intención de engañarlo, es solo que…
Alasdair no mostró compasión. Apuró el contenido de su vaso y se levantó para rellenarlo.
—Lárgate —dijo dándole la espalda—. No quiero hacerte daño.
Ella se colocó a su lado para mirarlo.
—No tenía ningún plan maléfico. Dije que sí a su proposición porque me hizo sentir que era especial.
Me gustaba verlo pendiente de mí, sabía cuándo entraba en una habitación y parecía alegrarse siempre de verme.
—Se limpió las lágrimas con rabia—. Creí que podría ser una buena esposa para él y cuidar de Zinnia como una hermana.
Alasdair endureció su expresión.
—Pero cambiaste de opinión.
—¡Sí!
—¿Por qué?
—Porque… porque… No era él. No podía ser él.
Clementine me habló de lo que sentía por Anthony y yo comprendí que jamás había sentido algo así por nadie.
Y no iba a sentirlo por Owen. No podía engañarlo, ¿no lo entiendes?
Él sí parecía sentir esas cosas por mí y seguro que se decepcionaría conmigo cuando se diese cuenta de que no era… recíproco.
—Se dio cuenta —dijo él con desprecio—. ¿Quién da las gracias cuando alguien le dice que lo ama?
Las mejillas de Victoria se enrojecieron.
—No quise engañarlo —musitó angustiada con los ojos fijos en la botella—. Ojalá nada de eso hubiera ocurrido.
—Pero ocurrió. Y él está muerto.
Ella levantó la mirada y sus brillantes ojos se clavaron en él con desolación.
—Debes odiarme mucho —dijo con voz ronca.
Sin decir nada más abandonó aquel lugar y Alasdair rellenó su vaso con mano temblorosa.
—Eres un cabrón de mucho cuidado, amigo mío.
—¿Tú crees? —Giró la cabeza y vio a Owen atizando el fuego.
—Ya te digo. Si estuviera vivo y te oyera hablarle así, te daría la paliza de tu vida.
—Si estuvieras vivo no le hablaría así, imbécil. —Dio un largo trago y volvió a su butaca.
—¿Por qué no te casas con ella? —preguntó el difunto—. Así podrías ensañarte con ella todo lo que quisieras.
—No te creas que no lo he pensado —musitó antes de volver a beber.
—Sería la jugada perfecta. Tú la torturarías a ella y ella te torturaría a ti. Justicia divina.
Alasdair no dijo nada y se llevó el vaso a los labios. Owen se sentó en la butaca de enfrente.
—¿Te puedes creer que eso es lo que más echo de menos? Mmmm, lo que daría por un buen whisky.
Alasdair volvió a beber como respuesta.
—Hoy va a ser una mala noche, ¿verdad? —preguntó Owen y su amigo recostó la cabeza y cerró los ojos.
—Me toman por imbécil —musitó—. Creen que soy tan estúpido que no me doy cuenta de que aguan el whisky. No entienden que eso solo hace que beba más y más.
—Y que mees más —se burló el otro—. No te quejes, tú al menos puedes disfrutar del sabor.
El McEntrie abrió los ojos y lo miró interrogador.
—¿Por qué me hiciste tu albacea, Owen?
—¿A quién querías que le dejase la protección de mi hermana? No tenía a nadie aparte de ti. Si Victoria se hubiese casado conmigo, habría cambiado el testamento, claro.
Alasdair soltó el aire en un bufido y volvió a cerrar los ojos.
—Márchate, Owen. Ya está empezando.
—Sabes que nunca me voy cuando ocurre.
—Te gusta verme sufrir —dijo tensando los músculos del cuello.
—Para eso estoy aquí.
Alasdair abrió los ojos y lo miró con fijeza.
—Pues debes estar disfrutando una barbaridad.
—Y pienso seguir haciéndolo mucho, mucho tiempo.
El vaso cayó de la mano izquierda de Alasdair y se agarró la muñeca derecha jadeando y con los dientes apretados. Owen se levantó de la butaca y comenzó a tararear una cancioncilla que cantaban cuando estaban borrachos.
Victoria estaba tumbada en la cama, con los ojos muy abiertos repasando cada marca en las vigas del techo.
Le había dado muchas vueltas a todo lo sucedido durante el día, a las conversaciones que había mantenido tanto con Zinnia como con Alasdair.
Necesitaba salir de aquella casa, hablar con otras personas.
O acabaría por volverse loca. Se sentía perdida mientras daba vueltas sobre un punto, como una peonza.
¿Qué podía hacer? ¿Qué era lo que ella quería en realidad?
Por más que intentaba dar respuesta a esa pregunta, no lograba el menor avance.
Era como si de repente ella no existiera, como si no importara.
Toda su preocupación era que Zinnia fuese feliz.
Que recuperase parte de lo que la vida le había arrebatado.
Que ella le había arrebatado. Si Alasdair fuese de otra forma, si quisiera ocupar el lugar de su hermano…
Pero él no quería eso, solo quería torturarla.
Era su deporte favorito, ahora que no podía montar.
¿Realmente no podía montar? ¿O simplemente no quería hacerlo porque no podía ser el de antes?
Imaginó que le dolían las manos al llevar las riendas.
¿Le dolían siempre? Parecía que así fuese.
Pero Adam dijo algo de un tratamiento experimental, ella lo recordaba vagamente.
En aquel entonces estaba sumida en una niebla de la que le resultaba muy difícil salir.
Se colocó de lado hacia el ventanuco y sonrió con amargura.
Echaba de menos su enorme ventana. Ver las estrellas desde su cama…
Echaba de menos la sonrisa dulce de su madre, sus divertidas bromas que tanto la hacían reír.
Y los brazos fuertes de su padre cuando la recostaba sobre su pecho, sentados en el sofá escuchando a su madre contar algún chascarrillo con ese humor que la caracterizaba.
Sus padres eran maravillosos. Y se amaban profundamente.
Los ojos se le llenaron de lágrimas, sabía que eran de autocompasión, pero no le importó.
Quería llorar. Lo necesitaba. Llorar por ella misma, por el camino que se abría ante ella, tenebroso y solitario.
Llorar por todo lo que nunca tendría por haber tomado una estúpida y mala decisión.
Ojalá pudiera volver atrás, ojalá pudiera devolver aquel beso, responder a aquella declaración con un «yo también te amo».
Pero en el fondo de su corazón sabía que, si el destino la dejase volver de nuevo a aquellos momentos, no cambiaría nada, porque ella no sentía nada de eso.
Lo que sí haría sería decir que no. Si le permitieran volver al instante en el que Owen Reid le pidió que fuera su esposa respondería con un claro y rotundo no.
¿Quién le pide a la mujer que ama que vaya a visitarlo para hacerle una propuesta de matrimonio?
No podía ni imaginar que era eso lo que él quería decirle.
No pudo pensarlo, prepararse, descubrir qué era lo que ella quería en realidad.
Lo vio ante sí, tan ilusionado, tan necesitado y no fue capaz de pensar en nada más.
En ella. En lo que ella deseaba. ¿Por qué le costaba tanto anteponer sus deseos a los de los demás?
¿Por qué sentía que para ser querida, debían necesitarla?
Escondió la cara en la almohada y gruñó con rabia.
Se odiaba tanto que no podía soportarlo.
Si sus adorables padres supieran lo que había hecho, si pudieran juzgarla por sus actos, se sentirían desolados.
Avergonzados y muy decepcionados. No la mirarían con el amor que la habían mirado siempre.
Agarró el camisón a la altura del pecho y apretó el puño contra su esternón. Ese dolor tenía que parar. Ya no sabía qué más hacer para que la dejase respirar. Cerró los ojos y siguió clavando los nudillos en la carne. El dolor físico la aliviaba. Era lo único que podía aliviarla.