CAPÍTULO 10

Una semana más tarde las estanterías cubrían las dos paredes más grandes de la estancia y Victoria las contemplaba arremangada y sudorosa, mientras Zinnia parloteaba sin cesar dando su opinión sobre el sistema que debían seguir para colocar los libros.
—Ahora toca limpiar —repitió por enésima vez pasándose el dorso de la mano por la frente—. Los libros no llegarán hasta mañana.
—Pero tenemos que saber cómo vamos a colocarlos.
—Por autor y orden alfabético. Es como todo el mundo coloca sus libros.
—¿Por qué? Yo preferiría colocarlos por título. ¿Quién recuerda al autor antes que al título?
—Todo el mundo, Zinnia.
—No es cierto. Yo no.
Victoria se dejó caer en el sofá y se tumbó cuan larga era.
Estaba agotada y no podía disimularlo más.
Llevaba todo el día limpiando y le dolían la espalda y los pies.
Zinnia se sentó en el suelo a su lado. Su mirada se fijó en el piano de pared que habían colocado bajo un cuadro de un rosal y junto a uno de los ventanales.
Apenas entraba la tenue luz del atardecer, pero aun así la hizo sonreír.
—Queda maravillosamente bien ahí —dijo como si Victoria supiese en lo que estaba pensando—. Y me alegro de haber dejado ese horrible cuadro.
—No es horrible. A mí me gusta mucho.
—Las espinas de las rosas se asemejan a cuchillos, y el rocío en los pétalos parece sangre —dijo la niña arrugando la nariz—. Pero, curiosamente, sí, queda muy bien ahí.
—Tenías razón —dijo Victoria con los ojos cerrados—. Ese era el mejor sitio para el piano.
Zinnia sonrió burlona.
—Y en lo del orden de los libros también tengo razón.
Victoria estaba demasiado cansada para discutir.
—Creo que me voy a ir a la cama sin cenar —dijo con voz somnolienta.
—No puedes dejarme sola con él.
El tono en la voz de Zinnia hizo que abriera los ojos. Se sentó despacio y le hizo un gesto para que se sentara a su lado. La observó unos segundos tratando de organizar sus pensamientos.
—Alasdair no hará nada para perjudicarte, Zinnia. Se preocupa por tu bienestar.
—No dejó que tuviera jardinero. Y no ha permitido que nadie del servicio nos ayude. Llevas todo el día limpiando y no eres una criada.
Para él sí lo era.
—Lo del jardinero es por tus finanzas. — Lo otro es porque me odia—. Ya hay demasiado personal en esta casa.
—¿Acaso ahora somos pobres? ¿Qué ha hecho con mi dinero?
—No ha hecho nada —la regañó con la mirada—. Vive de forma muy austera.
—Excepto por todo el alcohol que gasta .
De nuevo tenía razón.
—Escucha, Zinnia, mi padre siempre dice que ante un hombre malhumorado lo único que funciona son las buenas palabras.
—Tu padre es un santo, Victoria, tu madre lo dice todo el tiempo.
Victoria sonrió abiertamente al recordar que su madre usaba esa palabra de manera peyorativa.
—¿No puedes intentar llevarte bien con Alasdair? No puedo quedarme aquí para siempre, Zinnia.
—¿Qué? —El terror inundó sus ojos—. ¿Vas a marcharte? ¿Me vas a abandonar?
—¡No!
—No puedes irte —gimió la niña con ojos desorbitados—. No puedes dejarme, Victoria, no puedes.
Le apretó las manos sacudiéndoselas levemente.
—No voy a irme, Zinnia, cálmate.
—Te prometo que cuando esta sea mi casa dormirás en el mejor cuarto, te dejo el mío si quieres. Tú tomarás todas las decisiones, pero por favor, por favor, no me dejes. —La abrazó desesperada y Victoria se estremeció al sentir que su abrazo tensaba la soga.
—Tranquila —susurró acariciándole el pelo—. No voy a irme a ninguna parte.
—Yo te necesito. Eres mi hermana. Esta será tu casa también.
—Se apartó para mirarla—. Colocaremos los libros como tú quieras.
Esta biblioteca también es para ti. Tú decidirás, ¿de acuerdo?
—Forzó una sonrisa—. Todo se hará a tu gusto, como tú lo harías si fuera tu casa.
Es tu casa… Lo será. Tú y yo viviremos aquí y él se irá.
¿Podrás aguantar hasta entonces, Vicky? ¿Podrás soportarlo por mí? Por favor.
Victoria suspiró y una sonrisa se dibujó en sus labios mientras le colocaba un mechón de pelo detrás de la oreja.
—Seis años pasarán volando, ya lo verás —siguió la niña—. Y entonces todo será nuestro y podremos hacer lo que queramos.
En seis años ella tendría veintinueve. Sería oficialmente una solterona.
Algo que, por otro lado, ya empezaba a asumir.
Owen fue quizá su única oportunidad de convertirse en esposa y no solo la desaprovechó sino que con su egoísmo provocó una hecatombe que se llevó a un montón de personas por delante.
Zinnia se puso de pie y le tendió una mano.
—Vamos a lavarnos y a cambiarnos de ropa para la cena, Vicky. —La otra se levantó intentando mantener la sonrisa—. ¿Qué te parece si esta noche jugamos a las cartas en lugar de leer? Echo de menos jugar con tus padres y Samuel.
Caminaron hacia la puerta y Victoria se giró un momento para asegurarse de que lo dejaban todo en orden. Al día siguiente continuaría con la limpieza.
Durante la cena Alasdair se había limitado a comer, como hacía siempre, sin participar en la conversación de la que Zinnia claramente lo excluía. Hasta que su profunda voz las sorprendió cuando acababan de empezar con el postre.
—La semana que viene los Moncrieff organizan un baile. —Miró a Victoria—. Vendrás conmigo.
—¿Qué? —Bajó el tenedor que viajaba hacia su boca, perpleja—. ¿Yo? ¿Un baile? ¿Por qué?
—No voy a ir solo.
—¿Por qué no?
—Porque no.
Zinnia los observaba con fijeza y Victoria se mordió el labio al percatarse de ello.
—Mi familia estará al lí —aclaró él—. No tendrás que soportarme apenas.
El alivio se mostró sin disimulo en su rostro y Zinnia sonrió abiertamente.
—¡Qué bien! ¡Un baile! Estoy deseando ir a bailes. Pienso pasarme toda la noche bailando la primera vez que asista a uno.
Alasdair la miró severo.
—Para eso falta mucho.
—El año que viene.
—De eso nada.
—Cumpliré dieciséis y ya podré asistir.
—No.
—¿Por qué no?
—Hasta los dieciocho no podrás ir a bailes.
—¿Por qué?
—Es lo que tu hermano querría.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo sé.
—¿Te crees que lo conocías mejor que yo?
Alasdair enarcó una ceja.
—Por supuesto.
—Era mi hermano —masculló la niña.
—Y mi mejor amigo. Te aseguro que nadie lo conocía mejor que yo.
Apartó la silla para ponerse de pie y salió del comedor sin decir nada más. Zinnia apretaba el tenedor en su mano conteniendo el impulso de gritarle.
—Zinnia…
—Es odioso. Nunca lo voy a perdonar. Jamás.
—Zinnia…
—Owen me quería más a mí.
—Por supuesto que te quería más, eras la persona más importante para él .
Zinnia la atravesó con una mirada gélida.
—No. Tú eras la persona más importante para él.
El frío la traspasó y contuvo la respiración. Durante unos segundos ninguna dijo nada, hasta que los hombros de Zinnia se relajaron y poco a poco la calidez volvió a su mirada.
—¿Qué vestido llevarás al baile? —preguntó la niña antes de llevarse un pedazo de tarta a la boca.
A Victoria le costó despojarse del frío que sentía, pero siguió hablando con ella sin demostrar turbación alguna.