El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9



Murchadh dejó el caballo en una cuadra y se dirigió a la casa con paso tranquilo. Moss apareció a la carrera y se enredó entre sus piernas.

—Hola, muchacho —dijo agachándose para acariciarlo, pero en cuanto lo intentó el perro se apartó arisco y lo hizo reír a carcajadas—. Tan cariñoso como siempre. ¿Dónde está tu amo?

El perro ladró señalando hacia la casa y después se alejó corriendo.

—Chucho antipático —dijo burlón y se dirigió a la entrada.

Encontró a Alasdair en el ala este. Un escalofrío recorrió su espalda cuando entró en la que había sido la biblioteca.

Verla perfectamente amueblada, pero con las paredes ennegrecidas y sin el piso de arriba, seguía produciéndole náuseas.

Además, todas aquellas estanterías nuevas y sin libros… Parecía un mausoleo.

—Nunca estás aquí durante el día —dijo al entrar.

—Están montando estanterías.

—¿Tienes algo en contra de las estanterías?

—Tengo algo en contra de la gente. Hablando de gente, ¿a qué has venido?

—Yo también me alegro de verte —dijo sentándose en la butaca frente a él—. Zinnia y Victoria están en mi casa.

—¿Y has huido despavorido?

—Mi madre me ha enviado a decirte que almorzarán con nosotros. ¿Quieres unirte a la fiesta?

—No, gracias.

Murchadh lo miró interrogador.

—No estás aquí por eso —dijo Alasdair poniendo los ojos en blanco—. No empieces.

—Zinnia ha vuelto, tienes que arreglar esto.

—Métete en tus asuntos.

—Sabes que su hermano murió aquí, ¿verdad? ¿Te acuerdas de ese detalle?

—Ella no va a pisar esta zona de la casa. ¡Pero si incluso está construyendo una nueva biblioteca en el ala oeste! —Se levantó y fue hacia el mueble de las bebidas.

—¿No es un poco temprano para el whisky, Alasdair?

—He pasado una mala noche —dijo el otro sin volverse.

Esperó a que le diese una explicación, pero el McEntrie volvió adonde estaba y apoyó el vaso en el brazo del sillón una vez sentado.

—Tuve una… crisis.

Murchadh asintió.

—¿Es por ellas? —Murchadh se esforzó en que no se le notase la preocupación.

—Me tocan mucho las narices, sí.

—Estaban hablando con mi madre de montar un taller. ¿Estás de acuerdo con eso?

—Que hagan lo que quieran, mientras no me incomoden.

—Zinnia está bastante bien. Nada que ver con la niña que se marchó hace más de un año.

Alasdair dio un trago sin apartar la mirada de la chimenea encendida. Murchadh miró a su alrededor.

—Sería más fácil de calentar si levantaras las paredes y cerraras el techo.

El otro no respondió y bebió un trago.

—Los Moncrieff ya han convertido todas sus tierras en pasto —siguió Murchadh—. Los Buchanan tienen ovejas…

—Lo sé.

—El cultivo de la patata es muy arriesgado, Alasdair.

—Lo sé.

—¿Cuántos de tus arrendatarios no te pagaron en mayo? —Esperó, pero Alasdair no respondió—. Si el mes que viene vuelven a saltarse el pago, ¿qué harás?

Alasdair dio otro sorbo con la vista en el fuego.

—Tendrás que tomar una decisión. —Se inclinó hacia delante apoyando los codos en las rodillas—. Yo puedo ayudarte a criar ovejas. O puedes optar por el pasto. Cualquiera de las dos opciones es válida. Pero tienes que hacer algo o Zinnia solo heredará las deudas de su hermano.

—Tendré que echar a los granjeros —musitó Alasdair dando vueltas a su vaso.

—Algunos podrían reconducirse hacia las ovejas.

—Son unos cabezotas inflexibles, no atienden a razones.

—¿Quieres que yo hable con ellos?

Alasdair lo observó por encima de su vaso con expresión burlona.

—¿Crees que no puedo hablar con un puñado de granjeros? Lo que tengo inútil son las manos, la lengua todavía me funciona.

—Deberías haber asistido a la fiesta del final del verano. Tu familia…

La mirada que le lanzó, lo hizo replantearse el discurso.

—Está bien. ¿Qué me dices del baile de los Moncrieff? Acudirán todos los terratenientes de la zona y quizá ellos puedan darte una solución más beneficiosa. Además, debes mantener el contacto con ellos. Por Zinnia.

—Solo soy su tutor.

—Sabes cómo funciona esto, Alasdair. En tres años, Zinnia estará en edad de casarse, no puedes aislarla de su entorno.

—Ella no puede asistir a bailes.

—Pero tú sí. Y también deberías permitir que reciba a gente aquí. Que Victoria invite a algunas damas a tomar el té y, a poder ser, que tengan hijos de su edad.

—¿De la edad de Victoria? —se mofó Alasdair.

—De la de Zinnia, imbécil.

El McEntrie se llevó el vaso a los labios y cerró los ojos un instante por el alivio que le proporcionaba el alcohol. Murchadh sabía que siempre le dolía, pero el whisky no solo no iba a solucionarlo, sino que, además, acabaría por agravar sus problemas.

—¿Has pensado en hacer el viaje a Francia para ver al médico ese… Roux o como sea?

—Ni siquiera Adam confiaba en que su técnica me ayudase. Y hay demasiado riesgo.

—¿Prefieres vivir el resto de tu vida con dolor?

El otro no respondió y Murchadh sabía que no tenía sentido insistir. Se puso de pie.

—¿De verdad prefieres comer aquí solo antes que venir a casa?

—¿Y arriesgarme a que tu madre quiera hacer una escultura de mis preciosas manos? Paso —se burló.

Murchadh soltó una risotada consciente de que eso era algo que podía ocurrir perfectamente.

Estaba bastante seguro de que el efebo que habían encargado los Buchanan para su glorieta cinco años atrás tenía su pene.

Claro que se lo cortaría antes de preguntarle a su madre en quién se había basado para esculpirlo .

Antes de abandonar la casa se pasó por la zona de servicio para hablar con la señora Brown y esta lo acompañó hasta el vestíbulo para hablar a solas.

—Le dije que me avisara siempre que le ocurriera.

—La última vez se puso como una fiera y nos despidió al señor Ross y a mí. Nos costó mucho que nos perdonara. Jamás había visto al señor Ross arrodillarse. —La mujer lo miraba pálida pero decidida—. No arriesgaré mi puesto aquí, señor Fraser. No es por mí, usted lo sabe, es por esa niña.

—Es un cabezota irresponsable —masculló Murchadh moviendo la cabeza—. Su madre es la única que puede ayudarlo cuando se pone así, pero no da su brazo a torcer.

—Lo atendemos lo mejor que podemos. La señora McEntrie nos explicó lo que debíamos hacer y la cantidad de láudano que usar, pero me temo que ya no es suficiente.

—No deben exceder la dosis —dijo visiblemente asustado—. Eso podría matarlo.

—Lo sabemos —asintió retorciéndose las manos.

—¿Y el whisky? —preguntó Murchadh.

—Lo seguimos aguando, sí. Y, de momento, no se ha dado cuenta. Lo hacemos muy lentamente.

—Bien. Ahora también bebe por el día, por lo que acabo de ver.

—Solo después de una crisis.

—¿Qué cuchicheáis? —La voz de Alasdair detrás de ellos en el vestíbulo, hizo dar un respingo al ama de llaves.

—La señora Brown me está contando lo insoportable que eres —dijo Murchadh sin inmutarse.

—¿Tú no te ibas? Deja de conspirar con el servicio y lárgate de una vez.

—En serio, Alasdair, cuanto más borde eres, más pena das —dijo caminando hacia la puerta—. Piensa en lo que hemos hablado y si decides ir a la fiesta de los Moncrieff, dímelo y te acompañaré.

—¿Quieres que te reserve un baile? —preguntó el otro torciendo la sonrisa.

—Que te den.

Murchadh salió de casa y Alasdair miró a la señora Brown con expresión muy seria.

—¿Qué estaban hablando?

—Me ha preguntado por lo que ocurrió anoche.

Él apretó los dientes y su mandíbula se marcó amenazadora.

—No le he dicho nada de eso, se lo juro —dijo asustada.

Alasdair entornó los ojos para afilar su atención y la mujer estuvo segura de que podía entrar en su cabeza y ver lo que allí había. No se movió hasta que él se dio la vuelta y se marchó sin decir nada más. Se llevó una mano al pecho y suspiró aliviada.