El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8



Victoria y Zinnia desayunaban juntas todos los días, pero ese día Victoria se había despertado antes del amanecer por culpa de una de sus pesadillas.

No había podido volver a dormirse y decidió bajar a desayunar más temprano.

El mayordomo terminaba de colocar las bandejas sobre los calentadores cuando ella le dio los buenos días.

—Apenas ha amanecido —advirtió el señor Ross sin ocultar su sorpresa.

Victoria se sentó y desdobló la servilleta para colocarla sobre su regazo.

—Esos huevos huelen de maravilla y tengo bastante hambre —dijo sonriendo.

El mayordomo le sirvió una taza de té.

—¿Quiere salchichas también?

—Los huevos serán suficiente, gracias. ¿El señor McEntrie no se ha levantado aún?

—Está dando su paseo matutino, señorita.

Ella frunció el ceño sin dejar de mirarlo mientras él colocaba los huevos revueltos en un plato.

—Creía que desayunaba antes que nosotras.

—No desayuna nunca. Toma un café en la cocina y luego sale a caminar un par de horas, a veces más.

—¿Un café?

El mayordomo asintió poniéndole el plato delante.

—Se lleva a Moss y Chispas. No se separan de él cuando sale de la casa.

—He visto a Chispas por la casa, pero el perro casi nunca está dentro —dijo Victoria antes de llevarse comida a la boca.

—Moss se queda en el ala este cuando no está fuera —explicó el mayordomo—. Cuando el señor se mudó aquí se trajo a su caballo y una oveja de lo más graciosa. Era curioso verla correteando con el perro todo el tiempo.

—¿Y dónde están ahora?

—Los devolvió a Slioscreige . El caballo se pasaba el día en la cuadra sin salir y debió pensar que estaría mejor con los demás.

—¿Y la oveja?

El mayordomo suspiró.

—No se acercaba ni dejaba que la tocara.

—Se encogió de hombros—. La señora Brown insistía en que era por los guantes y es muy convincente.

Así que un día se los quitó y la oveja comenzó a dar saltos alejándose de él.

Ese día la metió en un carro junto a Moss y Chispas, enganchó al caballo y él mismo los llevó de vuelta a Slioscreige .

Creo que su intención era dejarlos a todos, pero el perro y el gato lo siguieron de vuelta.

Victoria asintió pensativa.

—Señor Ross, ¿qué hace Alasdair durante todo el día?

El mayordomo lo pensó un momento antes de responder.

—Camina mucho, como le he dicho. Al amanecer y al anochecer, sobre todo. Parece un fantasma, un alma en pena vagando por ahí entre la bruma.

—¿Y cuando está en la casa?

—A veces se queda sentado mirando la pared o la chimenea durante horas. Pero la mayor parte del tiempo la pasa en el ala este… bebiendo.

—¿No es peligroso estar ahí?

—Apuntalaron las vigas y rehicieron el tejado, no hay riesgo de derrumbe. —Dejó la tetera en la mesa por si quería servirse más—. Nos hizo amueblar la antigua biblioteca tal y como estaba antes. Se retira allí todas las noches después de cenar. A veces se queda dormido en el sillón.

El mayordomo se disculpó para volver a sus quehaceres y Victoria pensó que en realidad estaba incómodo por haber hablado demasiado.

Fijó la mirada en la silla vacía que Alasdair ocupaba en las comidas y luego en la de Zinnia.

Una punzada de culpa la atravesó con aquel familiar pinchazo.

Todo aquello había sucedido por su cobardía.

Había destruido la vida de muchas personas por…

¿qué? ¿Qué fue lo que hizo que cambiara de opinión?

No tenía nada que ver con lo que Alasdair le había dicho.

No le importaba que fuera escocés ni tenía deseos de entrar en la aristocracia inglesa.

Era una persona sencilla, vivía en un pueblo pequeño y de niña jugaba con las hijas de los mineros.

La idea de casarse con Owen le gustaba mucho.

Él la miraba con devoción, parecía que realmente creía que era alguien especial.

Apoyó los codos en la mesa y metió los dedos en su pelo en un acto nada protocolario.

Las palabras que le dijo Clementine resonaron en su mente.

«¿Quieres besarlo? ¿Quieres que te toque? ¿Quieres enterrarte en sus brazos y no salir jamás? ¿Quieres comer con él, dormir con él, que tu único paisaje sean sus ojos? ¿Quieres oír su voz cuando te despiertas y escuchar su risa cuando cree que no le estás mirando?».

En aquel momento respondió a cada una de esas preguntas en su cabeza y el miedo la sacudió por dentro.

Imaginó la decepción que sentiría él cada vez que ella le fallase.

La misma que vio en sus ojos cuando la besó y ella no pudo responder a ese beso.

Volvió a verla cuando le dijo que la amaba y ella le dio un simple «gracias».

Nunca se le había dado bien mentir. Le gustaba la idea de ser su esposa.

De ser una esposa. Le gustaba la idea de ser la señora de esa casa, la hermana de Zinnia.

Tener hijos a los que amar con verdadera pasión.

Sentirse útil y saberse necesitada. Pero Clementine le habló de un amor totalmente distinto.

Quizá Owen sentía ese amor, pero ella no.

¿Le habría bastado su afecto formal y distante?

¿Debería haberle dicho cuáles eran sus verdaderos sentimientos y haber dejado que él decidiera?

¿Eso habría sido mejor que lo que hizo? ¿Eso habría impedido que se emborrachara, muriera y destruyera la vida de los que lo amaban?

Suspiró con cansancio, pero se irguió rápidamente al escuchar pasos que se acercaban.

—¡Buenos días! —saludó Zinnia con entusiasmo—. ¡Qué bien he dormido!

Victoria contempló su plato, esos huevos debían estar completamente fríos. Zinnia llenó el suyo con toda clase de cosas y lo llevó hasta la mesa sin que se borrara su sonrisa.

—Se me ha ocurrido una idea para el piano. ¿Qué te parece si lo colocamos al lado del ventanal? Cuando estén abiertos, la música se escuchará también fuera de la casa.

—¿Y para qué quieres que se escuche fuera? —preguntó Victoria sorprendida.

—No sé… —Se encogió de hombros—. Cuando llegamos a Slioscreige se oía a Heather tocando el piano y me resultó de lo más agradable. Fue como una bienvenida especial.

Victoria se rio moviendo la cabeza.

—¿Qué? Yo creo que es una buena idea. Además, tendrás luz natural para ver las partituras.

—Eso es cierto —reconoció Victoria aún con la sonrisa en los labios.

—¿No has descansado bien? —preguntó la niña al ver las ojeras en su rostro—. ¿Has vuelto a tener pesadillas?

—Sí —suspiró.

—Un día tienes que contármelas. Owen siempre decía que si las cuentas no vuelven.

Pues Owen se equivocaba . Yo les he contado mis pesadillas a mi madre y a Clementine y no se han marchado.

—¿Entonces estás de acuerdo conmigo en lo del piano? —siguió la niña ajena a sus pensamientos.

—Lo pondremos donde tú quieras. Esta es tu casa, no tienes que pedir permiso .

La mirada de Zinnia se oscureció y su voz sonó fría y distante como si estuviese hablando con Alasdair.

—Si esta fuese mi casa tú no dormirías en la buhardilla. Ni la señora Brown. Ni el señor Ross estaría en ese cuartucho maloliente y…

—Zinnia… —La miró con ternura.

La niña bajó la vista al plato y su pecho subía y bajaba como si le costase coger aire. Después de unos segundos, volvió a mirarla con la misma sonrisa de antes.

—Hoy traen las estanterías —dijo alegre—. La casa apestará a barniz y a cera. ¿Quieres que salgamos a montar?

—Ya sabes que yo no monto.

—¿Por qué?

—¿Cuántas veces vas a preguntármelo? —se rio Victoria.

—No entiendo que tengas miedo a los caballos. Nunca te has caído de uno.

—¿Tú sí?

La niña asintió.

—Una vez, pero no fue culpa de Relámpago, fue mía.

Lo monté a pelo y lo hice levantarse sobre las patas traseras.

Me resbalé y caí por detrás. Era muy pequeña y no tenía agarre en las piernas.

Ahora no me caería. —Sonrió llevándose la rebanada de pan a la boca, disfrutando de la cara de susto de Victoria.

—Estás loca.

—Quiero montar —canturreó con la comida en la boca—. Por favor, Victoria, monta conmigo.

—No.

—Por favor.

—Zinnia, no me gustan los caballos… O sea, sí me gustan, pero no me gusta montarlos.

—¿Por qué?

—Eres muy pesada —dijo la otra impaciente.

La niña frunció los labios desilusionada.

—¿Y pasear podemos? Si nos quedamos aquí no dejaré de impacientarme y pondré nerviosos a los carpinteros.

—¿Quieres que hagamos una visita a los Fraser? —preguntó la otra sabiendo cuál sería la respuesta—. Podemos pedirle consejo a Hannah sobre tu taller.

La niña soltó el tenedor y se levantó para ir a besarla. Victoria se rio a carcajadas.



Cuando entraron en el taller, Hannah le daba indicaciones a su hijo y a su esposo de dónde colocar el andamio que arrastraban con sumo cuidado.

—Un poco más a la derecha. Ahí, sí. ¡Liam!

—¿Qué? —exclamó el otro secándose el sudor de la frente.

—Vas a tirar a Perséfone, papá —dijo Murchadh señalando detrás de él.

Su padre se movió con cuidado apartándose de las piezas terminadas. Hannah suspiró y se volvió hacia ellas con las manos en la cintura.

—Buenos días, señoritas —dijo con una enorme sonrisa.

—No queríamos interrumpir vuestro trabajo —se excusó Victoria.

—Oh, ya han terminado. Necesitaba mover el andamio para trabajar esta parte de la estatua.

—¿Quién es? —preguntó Victoria señalando la figura del Highlander .

—Se parece a Murchadh —dijo Zinnia burlona.

Él se incorporó después de colocar las cuñas que había puesto para inmovilizar el andamio y la miró con una ceja levantada.

—Es Murchadh, sí, pero no este Murchadh —dijo Hannah.

—Es el del cuadro que hay en casa de los padres de Liam —dijo Zinnia que había estado allí un par de veces con su hermano.

Victoria las escuchaba con curiosidad.

—Son unos antepasados de los que los Fraser están muy orgullosos —se burló Hannah señalando a su esposo.

—Eran guerreros —dijo Liam sacando pecho—. Es para estarlo.

—Le pusieron su nombre —siguió Zinnia—. Seguro que creían que se parecería a él, pero solo tiene su físico. Este era un guerrero y a Murchadh le gustan las ovejas.

El otro sonrió consciente de que pretendía molestarlo y movió la cabeza sin decir nada.

—¿Necesitas algo más, madre?

—No, hijo. Gracias por ayudarme.

Murchadh se dirigió a la puerta, pero al pasar junto a Zinnia se inclinó para decirle algo que solo ella pudo escuchar.

Victoria frunció el ceño al ver que se sonrojaba y siguió a Murchadh con los ojos antes de interrogarla a ella con la mirada.

Pero la joven negó con la cabeza y se apartó rápidamente para que no insistiera.

Hannah estuvo encantada de ayudarlas a planificar un pequeño taller. Les hizo una lista exhaustiva del material que consideraba imprescindible y luego a ñadió todo lo que, no siendo totalmente necesario, le sería muy útil.

—Las cosas de esta lista puedes ir añadiéndolas poco a poco, a medida que tus esculturas sean más grandes. Al principio no las necesitarás. Y por la piedra no te preocupes, yo te conseguiré toda la que quieras.

—¿Y un andamio?

—Nada de andamios al principio —dijo Hannah—.

Y deberías fortalecer de algún modo esos brazos.

Y tampoco te iría mal que ejercitaras tus piernas.

Si de verdad quieres hacer esto, es un trabajo muy exigente y quedarás agotada enseguida si no te preparas.

Le puedes pedir a Clementine que te ayude con eso.

Si no, yo puedo darte algunos ejercicios.

—Clementine estará encantada de ayudarte —dijo Victoria convencida.

—¿Os quedáis a almorzar?

—No —dijo Victoria rápidamente—. No hemos avisado.

—Murchadh puede ir a avisar. A caballo es un momento.

—A Alasdair no le gusta recibir visitas —dijo Victoria con pesar.

—De los McEntrie, pero a Murchadh lo recibe sin problemas.

—¿En serio?

Hannah asintió.

—¿Os quedáis entonces?

Victoria miró a Zinnia cuya sonrisa deslumbrante fue una respuesta de lo más elocuente.