CAPÍTULO 7

Victoria recurrió a una técnica para los almuerzos y las cenas, una que le enseñó su padre.
Cuando había tensiones entre sus trabajadores solía invitarlos a comer a casa.
Durante esos almuerzos hablaba de cosas que nada tenían que ver con el problema y los dirigía de manera magistral logrando que participaran en la conversación.
Victoria había visto a hombres que llegaron dispuestos a matarse reír a carcajadas con alguna de sus anécdotas y brindar con una copa de vino por el feliz nacimiento del hijo del otro.
James Crawford era increíblemente sabio y ella lo adoraba.
Echaba de menos sus buenos consejos. El fuerte brazo de su padre apoyado sobre sus hombros mientras paseaban para calmar alguna tonta preocupación.
Fue él quien hizo que amase las rosas, tanto por sus pétalos como por sus espinas.
Le enseñó a entender que la rosa solo trataba de protegerse y que no era su deseo herir.
«Entre una espina y la otra, siempre deja espacio para que dedos amables puedan sujetarla, hija».
Así que durante las comidas se dedicó a hablar y hablar, como habrían hecho Heather o Clementine, y Zinnia siempre la acompañaba. Alasdair se limitaba a comer en silencio y cuando terminaba se levantaba y se marchaba con un escueto «que tengáis un buen día» o «que descanséis».
La primera vez que Zinnia subió a la buhardilla, lloró. La segunda se puso tan furiosa que sus gritos se escucharon en la cocina. Pero en ambas ocasiones Victoria consiguió frenarla y evitar que se enfrentase a Alasdair, recordándole que tenía la potestad de echarla de allí si quería.
—¿Podemos hacer que al menos te traigan flores? —pidió la niña cuando consiguió calmarse.
—¿Y de dónde van a sacarlas? El jardín está hecho un desastre —dijo Victoria a la que se le acababa de ocurrir un nuevo plan—. ¿Qué te parece si nos ponemos a arreglarlo?
—¿Quieres que arreglemos el jardín? ¿Nosotras?
—¿Por qué no? Podríamos plantar unos cuantos rosales y algunos rododendros.
La niña frunció el ceño al recordar cómo era todo antes. Suspiró y finalmente asintió.
—De acuerdo. Pero vamos a estar muy ocupadas, entre la biblioteca y esto.
Victoria sonrió satisfecha. De eso se trataba.
El ser humano necesita rutinas y cuando consiguieron establecerlas, todo fue mucho más sencillo.
Se pasaban las mañanas en el jardín y, después del almuerzo, se metían en la que iba a ser la biblioteca, moviendo muebles, trasladando objetos y diseñando cómo querían que fuesen las estanterías.
La segunda semana ya estaban listas para ir a Lanerburgh a hablar con el carpintero, que se comprometió a trabajar para ellas en cuanto terminase la cama que estaba haciendo.
También fueron a visitar al señor Alpin, el antiguo jardinero de su familia, para que las ayudase con la tarea que se habían propuesto llevar a cabo y que era mucho más dificultosa de lo que parecía a simple vista.
El hombre se mostró encantado de volver a trabajar para los Reid.
Victoria solo esperaba que Alasdair estuviese de acuerdo, porque habían olvidado el pequeño detalle de consultárselo.
—No.
La voz de Alasdair sonó rotunda y grave, pero no levantó los ojos de Chispas, que descansaba en su regazo. Victoria estaba de pie frente a él, con las manos unidas sobre su falda y una expresión contenida.
—El jardín está destrozado, nosotras no tenemos tanta experiencia como…
—He dicho que no. Ya hay demasiadas bocas que alimentar en esta casa. —Levantó la mirada y la posó en ella con elocuencia.
Victoria sintió que se le caldeaban las mejillas por la insinuación y a punto estuvo de ofrecerse a pagar su propia comida. Se contuvo al darse cuenta de que eso era probablemente lo que él esperaba.
—Yo le pagaré —dijo en su lugar—. Yo lo he contratado sin tu permiso, así que sus honorarios correrán de mi cuenta.
—He dicho que no —repitió él, aunque algo en sus ojos cambió.
—¿Por qué no?
—No doy explicaciones al servicio —dijo con desprecio—. El jardín está bien como está.
—Zinnia es la verdadera dueña de esta propiedad y ella quiere…
—Ella quiere lo que tú le inculcas —la cortó—. Deberías centrarte en su educación y no comportarte como si fueras parte de su familia. No lo eres. Rompepromesas.
Marcó cada sílaba con intención y Victoria soltó las manos y cerró los puños.
—Te pedí que no me llamaras así.
—¿No te gusta tu nombre?
Chispas saltó de su regazo y salió por la puerta. Alasdair sintió el frío que dejaba.
—Me llamo Victoria —dijo orgullosa.
—Pues yo creo que te pega más Rompepromesas —insistió él estirando la pierna con indolencia y obligándola a dar un paso atrás.
Victoria sentía que una mano le retorcía las entrañas, pero estaba acostumbrada a ceder y siempre trataba de apaciguar a aquellos que la rodeaban.
—Por favor, Alasdair. Sé que debajo de esa fachada de desprecio sigue habiendo un hombre justo y ama…
Las carcajadas resonaron en el salón haciéndola enmudecer. Victoria sintió la humedad en sus ojos y tragó intentando evitar que se derramaran.
—Está bien, le diré al señor Alpin que se marche, pero no podrás impedirnos que trabajemos nosotras en el jardín.
La risa de Alasdair cesó al instante y se puso de pie acercándose a ella. Victoria tuvo que hacer acopio de toda su resistencia para no huir despavorida.
—Puedo impedirte lo que me dé la gana, Rompepromesas. Formas parte del servicio, no lo olvides. Podría echarte de aquí solo chasqueando los dedos. —Los juntó delante de su cara con una clara amenaza en sus ojos—. ¿Quieres comprobarlo?
Victoria se limpió una lágrima impotente y él sonrió inclinando la cabeza con una expresión curiosa.
—¿La inocente Victoria está triste? —preguntó con voz falsamente dulce—. Pobrecita, tan buena y generosa ella…
—Eres malvado.
—¿Eso crees? ¿Por qué? ¿Porque no me dejo engatusar por tu falsa bondad?
¿Porque no dejo que me enredes como hiciste con Owen?
¿No era suficiente para ti? ¿Qué esperabas conseguir?
¿Un título? —Caminó a su alrededor—. ¿O es porque era escocés?
¿Te gustan más los ingleses? ¿Y a qué esperas para cazar a uno?
¿O es que para ellos tú tampoco eres suficiente, Rompepromesas?
Victoria hizo ademán de marcharse, pero él la agarró del brazo y no se lo permitió.
—Estamos hablando —dijo con la misma voz dulce—. No es de buena educación marcharse en mitad de una conversación, Rompepromesas.
—Déjala en paz —la fría voz de Zinnia hizo que él la soltara al instante—. ¿Cómo te atreves a llamarla así?
El cuerpo de Alasdair estaba tan tenso que parecía a punto de romperse. Victoria agarró a Zinnia del brazo y se la llevó de allí.
—¿Por qué dejas que te hable así? —preguntó la niña cuando estuvieron a solas.
—Está enfermo.
—No, no está enfermo, es malvado y cruel y lo odio.
—No hables así, Zinnia.
—¡Lo odio! —gritó furiosa.
—Él también sufre. Quería mucho a tu hermano.
—¡No lo defiendas! ¿Por qué haces eso? Siempre lo defiendes y él te trata como si fueras basura.
Victoria se mordió el labio a punto de derrumbarse.
—¿Te ha dicho que no, verdad? A lo del señor Alpin, ha dicho que no.
Cuando Victoria asintió con la cabeza, Zinnia se paseó por la que iba a ser la biblioteca con visible agitación.
—Él no manda. Esto es mío. Todo es mío. No puede impedirme nada. ¡Nada!
—Zinnia, cálmate.
—Es un monstruo y lo odio.
—¡Basta! —dijo Victoria perdiendo la paciencia.
La niña la observó con sorpresa.
—¿A mí sí me haces callar?
—Escúchame, Zinnia —dijo sujetándola por los brazos—. Te quiero muchísimo y no dejaré que el odio te corrompa. No lo voy a permitir, ¿me oyes? Serás una persona buena y comprensiva. Serás paciente y serás compasiva con los demás.
Las lágrimas le caían a borbotones por las mejillas.
—Tendrás tu biblioteca, tu taller de escultura, tu jardín y todo lo que quieras tener. No permitiré que te priven de nada —sollozó—. Pero, por favor, te lo suplico, no dejes que el odio te consuma.
La niña se abrazó a ella y rompió a llorar con desesperación. Victoria le acarició el cabello con una mano mientras la otra la sostenía con firmeza contra su pecho.
—Hablaré con el señor Alpin. Le pagaré para que nos enseñe cómo hacer las cosas nosotras mismas.
Quizá Gilchrist o Fyfe sepan algo de plantas y quieran ayudarnos.
—Le apartó la cabeza para verle los ojos y le limpió las lágrimas con los pulgares—.
Por lo pronto vamos a ir a Lanerburgh a la librería del señor Griogair y abriremos una cuenta para tus pedidos. ¿Quieres?
La niña asintió y volvió a abrazarla.

Llevaban dos horas revisando los libros de la tienda. Tomaban nota de todos los que querían comprar y, cuando se la mostraron al librero, este se sintió muy complacido.
—Aquí faltan muchos, si lo que quieren es replicar la biblioteca de Reid House.
—¿Sabe qué libros teníamos? —se asombró Zinnia.
—Su madre era una de mis mejores clientas, señorita Reid. Tengo todos los pedidos que me hizo durante años. Y los de su hermano, también .
La niña miró a su amiga entusiasmada y la inglesa asintió sonriendo.
—Sí, señor Griogair, creo que vamos a necesitar también su lista.
Victoria se sintió aliviada al verla tan entusiasmada. La conversación con el librero despertó en Zinnia viejos recuerdos y empezó a hablar sin parar de momentos que había vivido en su biblioteca y los desastres que había provocado con más de un libro.
—Soy muy patosa —dijo encogiéndose de hombros—. Nadie debería permitirme acercarme a un libro con algo en las manos susceptible de derramarse.
—Lo sé muy bien —dijo Victoria—. Mi ejemplar de Sentido y sensibilidad , de la señorita Austen, engrosó sus páginas gracias a un vaso de leche tibia.
Zinnia se sonrojó hasta la raíz del cabello.
—Lo siento tanto… Te compraré otro ejemplar.
—Oh, no, de ninguna manera. Prefiero tener ese en mi estantería como prueba de tu paso por ella.
—No es buena idea —dijo el librero—. De hecho, debería escribir a su familia para que retire ese libro antes de que contamine a todos los demás y los llene de hongos. Si es que no lo ha hecho ya.
Victoria abrió los ojos asustada.
Cuando regresaron a casa, Zinnia no había dejado de hablar y Victoria apenas pudo intercalar algún que otro monosílabo para darle cuerda.
Ese día Alasdair no almorzó con ellas y tampoco apareció en el comedor a la hora de la cena.
—¿Ocurre algo, señor Ross? —preguntó Victoria al mayordomo después de que le sirviera el primer plato.
—El señor ha preferido cenar hoy en su dormitorio.
Ella arrugó el ceño.
—¿Eso es normal?
—De vez en cuando ocurre, sí.
Victoria siguió mirándolo, pues esperaba algo más de información, pero el hombre se colocó al lado de Gilchrist con la vista al frente. Estaba claro que no quería contarle nada más y, aunque durante la cena no pudo quitárselo de la cabeza, tampoco podía hacer nada al respecto.