CAPÍTULO 6

Alasdair estaba sentado en la cabecera de la mesa y habían preparado dos servicios más, uno a cada lado. Victoria se sentó a su derecha y Zinnia a su izquierda. El señor Ross y Gilchrist esperaban pacientemente delante del aparador para servirles.
—¿Te gusta tu habitación? —preguntó Alasdair con aparente tranquilidad y luego se llevó la cuchara de sopa a la boca.
Zinnia observaba sus movimientos con descaro, reparando especialmente en sus guantes.
—¿Ahora eres zurdo?
—Zinnia… —Victoria la miró con severidad.
La niña mostró una sonrisa de lo más encantadora.
—¿Está prohibido decir «zurdo» ahora en esta casa? Es una palabra de lo más normal. —Volvió a mirar a Alasdair—. ¿Por qué llevas guantes dentro de casa?
Él mantuvo la calma y la miró sin acritud aparente.
—Mis manos no son dignas de verse.
—¿No? Vaya, cuánto lo siento —siguió la joven con la misma malicia—. La habitación es muy bonita, sí. Gracias por decorarla tan bien. ¿Tenemos biblioteca?
La cuchara de Alasdair golpeó el plato al escapársele de la mano, pero antes de que pudiera decir nada, Zinnia siguió hablando.
—Ya sé que la antigua se quemó con todos los libros, pero me gustaría que tuviéramos biblioteca. Si a ti te parece bien, tutor.
Él movió la cabeza tan despacio que Victoria temió que estuviese a punto de explotar.
—Por supuesto —afirmó él con voz profunda—. Puedes abrir una cuenta en la librería cuando quieras, te daré una asignación semanal para que puedas ir reponiendo los libros poco a poco.
—Podríamos usar el cuarto que hay al final del pasillo. Es el más grande de esta parte de la casa y tiene una terraza que…
—Ese es mi dormitorio —dijo él.
—Oh. Claro, es el mejor. —Zinnia amplió su sonrisa—. Qué tonta soy. Bueno, ya encontraremos un sitio, ¿verdad, Vicky?
Alasdair arqueó levemente una ceja al oír cómo la llamaba y observó a Victoria con curiosidad. Ella tan solo asintió.
—Cuando arreglemos el ala este…
Alasdair volvió la cabeza de golpe hacia ella y su voz resonó en el comedor.
—No te acerques a esa parte de la casa —atronó—. ¿Me has oído, Zinnia?
La niña dio un respingo y lo miró asustada.
—¿Les sirvo más agua? —preguntó el mayordomo acercándose.
Alasdair lo dejó hacer con la mirada clavada en el mantel.
—Es… peligroso —dijo consciente de que había gruñido como un animal—. No te acerques allí, Zinnia.
Victoria habría jurado que la joven se estremecía al escucharlo decir su nombre.
La miró suplicante, pero la niña tenía la mirada clavada en su copa.
Durante los siguientes minutos comieron en silencio y el ambiente era tan tenso e incómodo que Victoria no conseguía tragar el delicioso caldo de la señora McFadden.
Retiraron los platos y sirvieron la carne.
Su aroma la alcanzó impregnado de especias y se dispuso a comer, pero antes de que el primer pedazo llegase a su boca, Zinnia volvió a hablar.
—Aún no he visto la habitación de Vicky.
Victoria detuvo su mano y miró a Alasdair con temor. Él no hizo el menor gesto y cortó una porción de carne de su plato.
—¿Es la que está junto a la mía? —siguió Zinnia.
—Esa era la sala de música —respondió Alasdair sin dejar de comer.
—¿La de enfrente entonces?
—Esa es una sala de lectura.
La niña frunció el ceño y dejó el tenedor sobre el plato. Cogió la servilleta de su regazo y se limpió la comisura de la boca.
—¿Qué libros?
Alasdair la miró sereno.
—No tenemos libros.
—Pero los tendremos, vas a empezar una biblioteca.
Zinnia miró a Victoria, que parecía muy interesada en la comida de su plato. Volvió a clavar los ojos en él.
—¿Dónde va a dormir Vicky?
—En la buhardilla.
—¿Qué? —Zinnia abrió mucho los ojos.
Alasdair siguió comiendo sin aparente incomodidad.
—Es una habitación… confortable —dijo Victoria con voz tensa.
Zinnia la miró incrédula.
—No vas a dormir ahí arriba. No me importa cómo intentes adornarlo.
—Zinnia… —suplicó ella.
La joven soltó la servilleta en la mesa con violencia y miró a Alasdair sin disimulos.
—No va a dormir ahí arriba .
Él cogió su servilleta y los guantes negros resaltaron contra la blancura de la tela. Se limpió los labios despacio y luego la depositó a un lado del plato. Entonces miró a Zinnia y dejó salir el aire de sus pulmones.
—La señorita Crawford está aquí como institutriz tuya. Es parte del servicio de Reid House. La habitación de la buhardilla es más que suficiente para ella.
Victoria empalideció mientras Zinnia se encendía de rabia.
—Ella es… ella… —Sus ojos se llenaron de lágrimas—. Es mi amiga.
—No —negó él con firmeza—. Es tu institutriz y si he permitido que almuerce con nosotros, en lugar de con los criados, ha sido única y exclusivamente por ti.
—Ella es amiga de tu familia —espetó Zinnia incrédula.
—Y por eso en Slioscreige es una invitada. —Hizo una pausa para que no perdiera detalle—. Aquí es parte del servicio.
Zinnia apretó los dientes sin dejar de mirarlo con inquina. Miró a Victoria con fijeza.
—Dormirás conmigo, Vicky. Mi cama es enorme y…
—Si no acatas mis decisiones y te comportas como se espera de ti, la señorita Crawford saldrá de esta casa inmediatamente.
Zinnia lo miró incrédula, al borde del llanto.
—No puedes…
—Puedo —la cortó—. Y lo haré.
—Por favor —pidió Victoria mirándolos a los dos—. No me importa dónde tenga que dormir, Zinnia, de verdad.
La niña apretó los labios y se limpió una lágrima que escapó por el rabillo de su ojo. Alasdair cogió la copa y bebió un largo trago de agua.
—No quiero comer más, ¿puedo retirarme? —pidió Zinnia.
Alasdair miró su plato intacto.
—Cuando acabes de almorzar —dijo sin inmutarse, y siguió comiendo.
Zinnia miró a Victoria y esta le hizo un gesto con la cabeza para que comiera, aunque también tenía los ojos brillantes. La niña tomó el tenedor y el cuchillo y obedeció.
Después del almuerzo Victoria la convenció de salir a dar un paseo. Hacía fresco y el otoño se iba abriendo paso por las tierras altas transformando el paisaje. Caminaron un buen trecho en silencio, dejando que el vigorizante esfuerzo calmara sus emociones.
—Es un monstruo —musitó Zinnia cuando pudo hablar—. Si Owen lo hubiese sabido, no me habría dejado a su cargo.
Victoria la cogió por los hombros y la sacudió con una sonrisa.
—¿Qué importa eso? Lo importante es que has vuelto a casa y que estamos juntas, ¿no?
La niña sonrió levemente y asintió.
—Lo de hacer una biblioteca me ha parecido una idea maravillosa, Zinnia. No me habías dicho nada.
—En realidad fue idea tuya —dijo la niña relajando su expresión—. Me dijiste que esa era tu habitación preferida de esta casa.
Victoria frunció el ceño.
—¿Cuándo te dije eso?
—Cuando aceptaste… Ya sabes.
Victoria la soltó con disimulo y siguieron caminando. Después de la muerte de Owen nunca habían hablado de aquella época. Le sorprendió que sacara el tema de pronto.
—Dijiste que podrías vivir ahí, entre esos libros. Y también me explicaste cómo la organizarías si fuese tuya.
—¿Por eso quieres hacerla?
—A mí también me gustan los libros. No tanto como a ti, pero quiero que tengamos un lugar para estar las dos juntas. He pensado colocar allí un piano. Así, mientras una lee, la otra puede tocar…
—A ti no te gusta tocar el piano —se rio Victoria.
—Pero a ti sí.
La inglesa frunció el ceño.
—¿Solo has pensado en cosas que me gustan a mí?
—No. También he pensado en hacer un taller para mí. Como el que me arregló tu madre. —Suspiró—. Echo de menos a Caroline.
Yo también , quiso decir Victoria, pero se contuvo.
—Pienso replicarlo, lo haré exactamente igual, aunque aún no sé dónde.
—Podemos buscar el sitio juntas, si quieres. No conozco bien tu casa, pero estoy segura de que encontraremos el lugar adecuado.
Zinnia asintió. Respiró hondo para llenar sus pulmones y luego lo dejó salir con un largo soplido.
—Echaba de menos respirar este aire —dijo—. No me malinterpretes, Berksham me encanta, pero…
Volvió a coger aire con los brazos en cruz y Victoria se rio al verla dar vueltas.
Iba a cuidar de ella y no se marcharía hasta que todo estuviese donde debía estar. Se lo debía a Owen y se lo debía a ella. Se acarició el cuello como si notase la cuerda que se había atado alrededor.
Estaremos bien , se dijo. Y siguieron caminando.