CAPÍTULO 5

Victoria miraba el cuartucho visiblemente perpleja.
—No hay armario —dijo en tono bajo.
—No hay manera de subirlo por esas escaleras —explicó la señora Brown—. Yo le dejaría mi habitación, pero el señorito no me lo permite.
—Oh, no, por supuesto que no —dijo consciente de que el cuarto del ama de llaves no era mucho mejor que el suyo. Aunque ella tuviese un armario.
Se acercó al baúl colocado delante de la desvencijada cama y lo abrió para sopesar sus opciones.
—Lo hemos vaciado y limpiado —explicó la mujer—. Lilias le ha puesto unas cortinas y Fiona estuvo oreando el colchón todo el día de ayer.
Victoria miró la cama con poco entusiasmo. No estaba muy segura de si podría darse la vuelta sin caerse al suelo.
—Ay, señorita —gimió la mujer con desaliento.
Victoria se compadeció de ella y se obligó a sonreír poniendo una mano en su brazo.
—No se preocupe, señora Brown, estaré perfectamente. —Se acercó a la pequeña ventana y la abrió para que entrara el aire y ver el paisaje—. Desde aquí arriba las vistas son inmejorables.
La mujer se asomó por encima de su hombro y frunció el ceño sin decir nada.
—Colocaré mis cosas y luego ayudaré a Zinnia.
La había dejado en la cocina para que la señora McFadden la agasajara con toda clase de dulces.
—Usted vaya a hacer sus cosas, yo bajaré enseguida.
Cuando se quedó sola miró el cuarto con las manos en la cintura.
Sería como dormir en un armario. Pensó en su magnífica casa en Berksham, en su soleado cuarto, en su enorme y mullida cama y en su precioso armario de cuatro puertas.
Suspiró moviendo la cabeza. Estaba claro que Alasdair quería que lo tuviese lo más difícil posible.
Probablemente pensaba que iba a rendirse enseguida, pero se equivocaba.
No iría a ninguna parte. Si eso era todo lo que tenía, se iba a llevar una sorpresa.
Una hora después, tuvo que aceptar que no podía meter toda su ropa en ese mísero baúl, así que optó por usar el ingenio y quitó los cuadros de las paredes usando los ganchos como guardarropa extra.
Cuando terminó la habitación estaba decorada de encajes, sedas y otras telas vistosas que dotaban de color a aquella reducida y sombría estancia.
Sonrió divertida y dio por terminada su tarea.
Salió del cuarto y se dio cuenta de que si cerraba la puerta se quedaba a oscuras frente a unos empinados y estrechos escalones, así que tuvo que dejarla abierta para no arriesgarse a caer rodando y empeorar su situación allí.
Cuando estuviese familiarizada con el entorno, podría hacer ese recorrido a oscuras, pero de momento esa puerta se quedaría abierta.
En el rellano vio la que debía de ser la habitación de la señora Brown.
Estaba convencida de que no sería mucho mejor que la suya.
El señor Ross y ella impidieron que Alasdair socorriera a Owen durante el incendio.
Esa era su manera, mezquina e infantil, de castigarlos.
El mayordomo se alojaba en una habitación del ala este y, aun sin verla, podía imaginar lo poco confortable que era.
Cuando entró en la cocina Zinnia se reía a carcajadas con las manos metidas en harina y la punta de la nariz y las mejillas blancas.
—¡Victoria, ven! —gritó al verla aparecer—. La señora McFadden va a hacerme una tonelada de bannocks . Nadie los hace como usted, señora McFadden, se lo aseguro. La cocinera de los McEntrie es muy buena haciendo galletas, pero los bannocks no le salen tan bien.
—Creía que desharíamos tu equipaje —dijo Victoria sonriendo.
—¡Oh! —exclamó la niña mostrándole las manos pegajosas por la masa—. ¿Podrías hacerlo tú, Vicky? Por favor…
Victoria sonrió al tiempo que asentía.
—Claro. Pero luego quiero una buena ración de esos bannocks , con melaza.
—Dalo por hecho —dijo la niña guiñándole un ojo.
—¿A qué hora será el almuerzo, señora McFadden?
—A las doce y media —respondió la mujer.
—Entonces voy a darme prisa —dijo saliendo de la cocina.
Cuando entró en el dormitorio de Zinnia respiró aliviada.
Era un cuarto precioso. Las paredes habían sido revestidas en un tono marfil cálido que recogía la luz que entraba por los altos ventanales y la devolvía con una claridad serena.
La chimenea de mármol claro tenía en su repisa un retrato de Owen.
Victoria se acercó con el corazón latiendo acelerado y cogió aquella pintura con dedos temblorosos.
El pintor había captado su mirada de un modo estremecedor…
—Te dije que era un buen cuarto.
La voz de Alasdair hizo que el retrato se le escapara de las manos y tuvo que hacer malabares para que no se le cayera al suelo. Volvió a dejarlo donde estaba y se giró para mirarlo.
—Sí, es precioso.
—¿Ella lo ha visto?
—No. Está en la cocina haciendo bannocks con la señora McFadden.
El McEntrie se apoyaba en el marco de la puerta con los brazos cruzados delante del pecho. Su media sonrisa no era agradable.
—¿Te ha gustado tu habitación?
Victoria respiró varias veces antes de responder.
—Estaré bien.
—Mmmm.
Ella esperó a que él dijese algo más, pero se dio la vuelta y se marchó dejándola sola.
Contempló la cama, amplia y con un dosel ligero.
La colcha, bordada en tonos suaves de rosa empolvado y crema, la vestía sin ceremonia.
A los pies había un arcón tapizado, que a ella le habría ido muy bien para guardar sus vestidos, en lugar del mísero baúl con el que contaba.
Al observar la habitación en su conjunto, era más que evidente que se había cuidado hasta el último detalle.
Suspiró aliviada y se dispuso a guardar la ropa de Zinnia en el armario y la cómoda.
Zinnia se dejó caer sobre la cama y estiró los brazos con expresión sonriente. Victoria se alegraba de verla así. Quizá volver a Reid House sí había sido buena idea.
—Me lo he pasado tan bien con la señora McFadden. ¿Sabes que me daba azúcar tostado a escondidas de mamá cuando era niña? Decía que era bueno para el resfriado —se rio sentándose en la cama—. ¿Ya me lo has guardado todo? ¡Qué rápida eres, Vicky!
—He distribuido las cosas en los cajones de la cómoda igual que las tenías en Berksham.
—Muy bien —dijo la niña poniéndose de pie—. Vamos a ver tu habitación. ¿Es mejor que la mía?
Victoria se puso tensa.
—Luego. Es casi la hora del almuerzo. Ya te la enseñaré más tarde.
—Vale —dijo la niña encogiéndose de hombros—. La señora McFadden no me ha dejado comerme un bannock siquiera y tengo hambre. ¿Tenemos que comer con él? A mí no me importaría hacerlo en la cocina.
—No estaría bien.
Zinnia volvió a encogerse de hombros sin protestar. Victoria se acercó a ella y le colocó un mechón que se le había desprendido del peinado.
—¿Cómo estás, cariño? —preguntó con ternura.
—Estoy bien, hermanita —dijo Zinnia.
Victoria la dejaba llamarla así porque sabía que eso le daba sensación de pertenencia. Había perdido a su única familia y necesitaba tener algo a lo que agarrarse. Ella podía ser ese algo.
—No quiero que me engañes ni me ocultes nada, ¿de acuerdo? Si estás triste, si necesitas un abrazo o que te escuche, dímelo. ¿Lo harás?
Zinnia asintió y luego la abrazó recostando la mejilla en su pecho.
Permaneció así un buen rato, hasta que sus ojos se fijaron en el retrato sobre la chimenea.
Soltó a Victoria y caminó hacia él. Lo tomó en sus manos y lo observó con una expresión de profunda tristeza.
No dijo nada, tan solo acarició el amado rostro de su hermano y Victoria sintió que se le rompía el corazón.
Después de unos segundos dejó el retrato donde estaba y miró a su amiga con una radiante sonrisa.
—¿Vamos a almorzar?