CAPÍTULO 4

Zinnia la miraba con expresión seria. No había emitido el menor sonido al escuchar su explicación y la inglesa mantenía una entereza que estaba muy lejos de sentir.
—Yo voy a estar contigo, Zinnia. Seré tu institutriz.
Zinnia asintió pensativa y Victoria frunció ligeramente el ceño, mientras los McEntrie guardaban un silencio sepulcral.
—Di lo que piensas, Zinnia.
—Me parece bien —dijo la niña con una expresión hermética.
—¿Te parece… bien? —Victoria no se esperaba esa respuesta.
—Sí. Aquella es mi casa y quiero volver.
Victoria miró a los allí presentes. Sus ojos se encontraron con Clementine, que trataba de transmitirle su cariño y comprensión.
—¿Estás segura? ¿Quieres que hablemos a solas, Zinnia?
—No hace falta, Vicky, estoy bien y quiero volver a casa. —Miró a todos los demás—. De verdad.
Victoria dejó salir el aire de sus pulmones. De pronto se sentía estúpida por haber creído que Zinnia se volvería loca al saber que Alasdair la obligaba a regresar.
—La cena está lista —anunció el mayordomo.
Los McEntrie respiraron aliviados y se dirigieron hacia el comedor con paso tranquilo. Beth, la esposa de Cai, se agarró del brazo de Zinnia y le hizo un comentario gracioso mientras se la llevaba con ella. Victoria no podía moverse y dio un respingo cuando Rowena le tocó el hombro.
—¿Cómo está mi hijo? —preguntó con la mirada más triste que Victoria le había visto nunca.
—Está bien.
—No me mientas.
El salón se quedó vacío, pero ellas no se movieron de allí.
—Ha cambiado mucho —dijo Victoria—. Tiene dolor, ¿verdad?
Rowena asintió.
—La mano derecha lo tortura muchísimo. A veces el dolor es tan fuerte que lo vuelve loco. En esas ocasiones bebe hasta perder el conocimiento. No puede seguir tomando láudano…
—Su mano… ¿No puede usarla?
—Sí, pero el dolor… Intenta no hacerlo porque eso lo empeora. ¿La has visto?
Victoria asintió.
—¿Cómo…? No, mejor no me lo cuentes, no quiero saber lo que te ha dicho.
Estoy segura de que no me gustaría. —La cogió de las manos y la miró a los ojos poniendo en ellos su corazón—.
¿Podrás ayudarlo? ¿Podrás…? Se ha vuelto una persona cruel e injusta, no tengo derecho a pedirte que…
—Cerró los ojos para contener las lágrimas, pero estas escaparon igual y cayeron por sus mejillas—.
Conozco muy bien a mi hijo y sé que se escuda en ese odio y esa rabia para mantenerse en pie.
No lo estoy excusando, pero se parece a mí y lo entiendo.
Yo era así, me revestí de acero para que nadie pudiera hacerme daño.
—Tú no eras cruel —dijo Kenneth entrando en el salón—. Nunca fuiste cruel.
Rowena sollozó al escucharlo y él la abrazó contra su pecho.
—Nuestro hijo ha tomado el camino equivocado y no hay ninguna justificación que pueda exonerarlo.
—Es mi hijo —sollozó ella—. No quiero que hables mal de él.
—También es mi hijo. —La voz de Kenneth sonaba firme, aunque su cara denotaba lo mucho que le costaba sostenerse—. No sé cuánto podré aguantar esta situación, Rowena.
Ella apretó la tela de su chaqueta a la que se agarraba con fuerza.
—No vas a ir a verlo —advirtió—. No permitiré que lo alejéis de mí.
Trató de empujarlo para soltarse, pero Kenneth no se lo permitió. En lugar de eso le cogió la cara con las manos y la miró a los ojos.
—Es un hombre, Rowena, no es ningún niño. Si decide marcharse, se irá y nada ni nadie podrá impedírselo.
Ella lo empujó con una fuerza que sorprendió a Victoria.
—Te juro que si se va por tu culpa no te lo perdonaré mientras viva. ¡Él es bueno! ¡En el fondo es bueno!
Kenneth no apartó la mirada de sus ojos y Victoria se estremeció al ver la absoluta determinación que emanaba de él.
—No dejaré que se convierta en un ser despreciable. No me quedaré de brazos cruzados viendo cómo destruye a todos los que se acercan a él.
Rowena señaló a Victoria.
—Ella lo ayudará. Necesita que alguien lo ayude.
Kenneth miró a la joven, ansioso, pero en cuanto vio su expresión aterrada, la pequeña llama de esperanza se apagó sin remedio. Agarró a su esposa de los hombros con ternura.
—Echó a la familia de Donal de las tierras de los Reid.
Esa familia llevaba viviendo allí más de tres generaciones.
Trata a sus criados como si fueran sus esclavos.
El viejo Duncan solo trató de protegerlo y no merece que le hable como lo hace.
La señora Brown, Rowena, esa mujer tiene casi sesenta años y la obliga a dormir en la buhardilla. ¡Por Dios!
Rowena escondió la cara en su pecho y lloró desconsolada. Kenneth la abrazó con fuerza y miró a Victoria.
—No tienes por qué aceptar, muchacha. Nadie te lo reprochará si te niegas.
Sacó a su esposa de allí y Victoria se dejó caer en el sofá completamente exhausta.
—No has cenado —dijo Zinnia metiéndose en la cama—. ¿No tienes hambre?
Victoria terminó de soltarse el cabello y negó con la cabeza.
—¿Es por mí? —preguntó la niña con un tono de lo más alegre.
Victoria la miró sorprendida y se acercó a la cama para no perderse ningún detalle de su rostro.
—Pareces contenta.
—Lo estoy —reconoció la otra colocando las manos sobre las mantas—. Me alegro de volver a casa.
—¿De verdad?
Había algo extraño en su mirada, pero Victoria no era capaz de descifrarlo.
—Tengo ganas de ver a la señora Brown y a Lilias. Y a los demás, claro.
—¿Y a Alasdair?
El rostro de Zinnia se transformó en una máscara extraña. Sus ojos eran fríos, pero su sonrisa seguía allí, perenne.
—También.
—Zinnia, no hemos hablado de él en todos estos meses.
—¿Por qué tendríamos que haberlo hecho?
—Es tu… tutor.
—Ajá.
—Él es responsable de ti.
—Ajá.
—¿Cómo te sientes con eso?
La jovencita se encogió de hombros.
—Es algo temporal. Cuando cumpla veintiún años podré disponer de mi dinero, mi casa y mis propiedades. Solo tengo que aguantar seis años. Puedo hacerlo.
—¿Entiendes por qué tu hermano hizo lo que hizo?
—Claro.
—¿Quieres explicármelo?
La niña suspiró pensativa.
—Owen creía que Alasdair era como un hermano. El hermano que no tuvo. Yo soy menor, la ley no le permitía dejarme a mí al mando, así que lo eligió a él.
—Has dicho que Owen creía, ¿tú no crees que Alasdair fuese como un hermano?
—No importa lo que yo crea, Victoria. Las cosas son como son y yo solo puedo aceptarlo y ser paciente.
Victoria afiló la mirada buscando en su rostro aquello que no decía.
—¿Por qué no me odias? —preguntó al fin. Si iba a dar ese paso, tenía que saberlo.
—¿Odiarte? ¿A ti? —La niña la miró sorprendida—. ¿Por qué iba a odiarte a ti?
—Tu hermano se emborrachó por mi culpa.
La niña se echó a reír.
—Mi hermano se emborrachó muchas veces, Vicky. Él estaba triste porque te marchabas, pero yo sé que tú habrías vuelto y que os habríais casado. ¿Cómo voy a odiarte? Eres mi hermana.
—Pero él…
—Tú no estabas allí —la cortó Zinnia cogiéndole una mano—. Tú no estabas allí, Vicky.
Victoria sintió la humedad en sus ojos. A pesar de escuchar que no la culpaba, había algo en su discurso que le ponía el vello de punta.
—Acuéstate de una vez —dijo la niña riendo—. Suerte que no hemos desempaquetado todo. Sería un fastidio tener que volver a hacer el equipaje.
Victoria rodeó la cama y se metió bajo las sábanas. Poco después Zinnia dormía plácidamente, pero ella no pegó ojo en toda la noche.