CAPÍTULO 3

La hizo entrar en lo que parecía un despacho y cerró la puerta tras él.
Después atravesó la habitación hasta el escritorio, abrió un cajón con la mano izquierda, sacó un documento y se lo tendió.
Victoria no pudo evitar fijarse en que la mano derecha colgaba de su brazo, inmóvil.
El rostro de Alasdair se endureció al captar su mirada, aunque no dijo nada.
—¿Qué…? —Victoria frunció el ceño al ver lo que había en ese papel.
—Es una copia del testamento, por si quieres leerla, Rompepromesas.
—No me llames así —pidió con voz temblorosa.
Alasdair enarcó una ceja y volvió a señalar el documento.
—Ahí pone claramente que soy el único que tiene potestad sobre Zinnia.
—Lo sé, pero…
—No me interesa tu opinión. No sé a qué has venido, pero ya puedes irte.
—Alasdair… Deja que…
—He dicho —la cortó— que no me interesa tu opinión al respecto. Tú no eres nadie aquí. Owen no te mencionó en su testamento y solo yo decidiré lo que es mejor para su hermana.
—Esta casa… —Dio un paso hacia él—. Por favor, Alasdair. Volver aquí será una pesadilla para ella. Ha costado mucho que pudiera volver a dormir, a comer… con normalidad. Si la obligas a vivir aquí, no sé lo que podría ocurrirle.
Una sombra de duda cruzó los ojos de Alasdair, pero la aplastó al instante.
—No tiene por qué acercarse al ala este. Este lado de la casa está intacto y aquí es donde vivirá. Ya le han preparado una habitación con cosas como las que tenía en la suya. Es incluso más grande y bonita.
—Quizá podrías esperar un mes o algo más. Dejar que viva en Slioscreige. —Sonrió complaciente—. Es una jovencita muy orgullosa, estoy segura de que alguien como tú no querrá…
—¿Alguien como yo? —la cortó con dureza—. ¿Qué significa eso?
—Me refería a alguien joven. No tienes experiencia en estos temas…
—¿Qué temas? Tengo una hermana pequeña.
—Eilidh tiene diecinueve años, Alasdair. Zinnia tiene catorce y una personalidad fuerte. —Dio otro paso hacia él, confiada—. Deja que se acostumbre a estar de nuevo aquí y, cuando pase un tiempo y se haya…
—No —la cortó tajante—. Debe volver aquí.
—¿Por qué? —preguntó, impaciente—. ¿Por qué de repente estas prisas? Has dejado que viviese más de un año conmigo.
—Y ha sido demasiado, por lo que veo. Ahora te crees con algún derecho sobre ella.
—No se trata de derechos, quiero a Zinnia.
—¿Igual que querías a Owen ?
La emoción que bullía en sus ojos hizo que ella diese un paso atrás. Sentía su rabia como una mano atenazándole la garganta.
—Yo…
Él esperó, pero ella no pudo construir una frase.
—No tenemos más que hablar —dijo él—. Esto no es asunto tuyo, vuelve a tu casa, a tu vida, y déjanos en paz.
Victoria estaba al borde de las lágrimas. No estaba preparada para aquel Alasdair. Veía su hermoso rostro, pero no reconocía al hombre que hablaba desde aquella mirada cortante y dañina.
—No la traeré —musitó, temerosa, fingiendo un valor que no sentía.
Una sonrisa cruel curvó los labios de Alasdair. Se acercó a ella hasta que pudo sentir su aliento a whisky.
—¿Quién te crees que eres? Mi familia te acoge por ser la sobrina de tía Elizabeth, pero ahí acaba todo su interés.
Para los McEntrie tú no eres nadie, Rompepromesas.
—Avanzó, obligándola a retroceder—. La única persona que se fijó en ti fue Owen y lo trataste como a una mierda.
Ni sueñes que vas a interferir en mi vida más de lo que ya lo hiciste.
Victoria chocó contra la puerta, hasta donde él la había hecho retroceder, y el nudo en su garganta no la dejó hablar. Miraba a Alasdair con auténtico terror.
—¿Quieres verlo? —susurró él acercándose a su oído—. ¿Quieres que te enseñe lo que me hiciste, Rompepromesas?
Metió la mano izquierda bajo el borde del guante derecho y tiró despacio.
Victoria sintió la violencia seca y contenida de aquel gesto y supo que llevaba mucho tiempo esperando ese momento.
Quizá lo había imaginado durante las noches en que el dolor no le permitía dormir.
Alasdair dejó caer el guante al suelo y alzó la mano entre los dos.
Ella contuvo el aliento y no hizo amago de apartar la vista.
La piel cicatrizada tenía un aspecto tirante en unas zonas y, en otras, un relieve desigual y arrugado.
El fuego había desdibujado sus nudillos casi por completo.
Los dedos reposaban en una curvatura extraña, forzada.
Cuatro dedos. Victoria los contó mentalmente una y otra vez, mientras sus labios temblaban con tanta violencia que tuvo que apretarlos para contenerse. Faltaba el más pequeño.
Alasdair tiró de la manga y se la subió un poco más y mostró la muñeca, blanca en unos tramos, enrojecida en otros, brillante, tensa, surcada de pliegues irregulares.
Las cicatrices ascendían por el brazo y se perdían bajo la manga.
Victoria sintió un sabor amargo en la garganta y un dolor lacerante en el pecho.
—¿Vas a vomitar? —preguntó él con el mismo tono cruel.
Ella siguió apretando los labios y negó con la cabeza. Las lágrimas le caían por las mejillas sin que pudiera contenerlas, pero se obligó a seguir mirando, aunque apenas veía nada.
—¿Quieres tocarla? —rio él con amarga incredulidad.
Ella alzó los dedos hacia él. Alasdair se apartó, dando un paso atrás, con expresión sorprendida.
—¿Qué haces?
—Has dicho…
Con gesto torpe, se agachó a recoger el guante y volvió a ponérselo, rehuyendo su mirada. Victoria se limpió las lágrimas con las manos y sorbió por la nariz.
—Vete —dijo él dándose la vuelta.
—Por favor, Alasdair —dijo con la voz ronca—. Zinnia ha sufrido mucho…
—Mañana —sentenció.
El cuerpo de Victoria temblaba. La impotencia la desbordaba. La culpa se enroscó alrededor de su cuello como una soga antes de ejecutar la sentencia. Si ella no hubiese dicho nada. Si se hubiese callado.
—Entonces yo vendré con ella.
Alasdair se giró a mirarla con brusquedad.
—¿Qué?
—Me quedaré con Zinnia. Seré… su institutriz .
Él frunció el ceño.
—¿Me estás pidiendo trabajo?
—No tendrás que pagarme, solo darme alojamiento y comida.
—¿Y por qué habría de aceptar eso?
—No me creo que Zinnia no te importe. Que su sufrimiento no te importe. Owen…
—No digas su nombre —la cortó mordiendo las palabras—. Nunca digas su nombre.
Victoria asintió y permaneció en silencio, a la espera. Alasdair la seguía mirando con aquella dureza cruel que en otras circunstancias la habría hecho salir corriendo de cualquier parte.
—Solo serás una empleada —aclaró él—. Nada más que una institutriz.
Victoria asintió.
—No podrás tomar ninguna decisión que afecte a Zinnia. Yo soy el único que puede decidir sobre ella.
Victoria lo aceptó en silencio. Los labios de Alasdair se curvaron despacio.
—De acuerdo, Rompepromesas, veamos cuánto aguantas antes de huir como la cobarde que eres.
Ella se tragó la píldora envenenada, respiró hondo, se limpió las lágrimas y salió de allí sin mirar atrás.