El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2



Después de almorzar, Zinnia quiso pasar un rato con los niños. Henry no se había separado de ella desde que entró con Victoria en el cuarto de juegos, y la pequeña Eliza la miraba con demasiada fijeza.

—Mi hija cree que Henry es de su propiedad —explicó Katie sosteniéndola sobre sus piernas—. Creo que no está muy de acuerdo con la predilección de su primo por ti.

Victoria sonrió ante la expresión ceñuda de la pequeña. Zinnia le hizo gestos a la niña para que se sentara con ellos en el suelo y su madre la dejó ir sin quitarle los ojos de encima.

—¿Te parece bien quedarte aquí con los niños? —preguntó Victoria llevándose la mano a la frente—. Estoy agotada del viaje y me apetece echarme un rato.

Zinnia le hizo un gesto con la mano.

—Ve y descansa, abuelita —dijo burlándose.

La casa a esa hora estaba muy tranquila y Victoria pudo coger su abrigo y salir por detrás sin que nadie la viese.

No quería pasar por el sendero que llevaba a las caballerizas, así que dio un rodeo, rogando no encontrarse con ningún McEntrie en los alrededores.

Una vez que se hubo alejado lo suficiente, respiró aliviada y caminó con paso vigoroso hacia Reid House.

Durante el camino repasó una y otra vez la conversación que pensaba tener con Alasdair.

Era Alasdair. Tenía que poder conectar con él.

Siempre se le habían dado bien esas cosas.

Su padre la avisaba cuando había un conflicto en la mina para que apaciguase los ánimos.

Sonrió al pensar en su padre. No le había hecho ninguna gracia que volviera a Escocia, quería tenerla siempre cerca.

Así era James Crawford. Si por él fuera, ninguno de sus hijos se habría marchado de su casa.

«¿Para qué tenemos tantas habitaciones?», había repetido un millón de veces.

Envidiaba a Craig McEntrie por haber conseguido que sus hijos y nietos quisieran vivir en Slioscreige .

Dejó atrás el sonido del mar contra los acantilados y poco a poco el aroma salado dio paso al olor húmedo de la tierra y el brezo.

Había dejado una nota sobre la mesilla de noche por si alguien la buscaba.

No quería que se preocuparan, pero tampoco quería que la detuvieran.

Había visto el terror en los ojos de Rowena ante la posibilidad de que alguien molestase a su hijo, pero ella no tenía intención de incomodarlo.

Al contrario, pensaba hablarle con franqueza y explicarle la situación de Zinnia. Nada más. Aceleró el paso decidida.



Era la primera vez que veía la casa tras el incendio y habría deseado no tener que verla nunca.

El sol de la tarde comenzaba a descender y proyectaba sombras fantasmagóricas sobre la fachada.

Había un silencio sepulcral, no se oía ningún sonido procedente de la casa ni de los alrededores.

Las plantas que en otro tiempo habían rodeado el edificio ya no estaban y el jardín se había convertido en un lugar yermo y desolado.

Su mirada se cla vó en las ventanas tapiadas con maderos y en la piedra ennegrecida por el fuego.

Tragó saliva y notó el sabor salado de las lágrimas.

No podía moverse, tan solo mirar y seguir mirando mientras los recuerdos se agolpaban en su mente, tratando de hacerse sitio.

Las risas de Zinnia durante sus clases, el modo que tenía aquella niña de sacar punta a cualquier cosa que ella dijera para ponerla en dificultades.

La paciencia de Owen, su dulzura para con su hermana.

La suavidad de su voz y de sus gestos. El modo en que la miraba, haciéndola sentirse importante…

Se limpió las lágrimas y ahogó un sollozo.

El corazón se le hacía añicos al recordar su expresión cuando le dijo que se marchaba.

Nunca olvidaría aquella mirada. La certeza en sus ojos de que no volvería.

Respiró hondo varias veces, tratando de serenarse.

Limpió sus mejillas de nuevo y luego se secó las manos en la falda de su vestido.

Debía mostrarse calmada y segura frente a Alasdair.

Él no necesitaba sensiblerías. No después de todo lo que había tenido que soportar.

—Lo siento, señorita Crawford, pero el señor no recibe visitas.

Duncan, el mayordomo de Reid House, sostenía la puerta dejando claro que no era bienvenida. Victoria no se esperaba aquello y durante unos segundos no supo qué decir.

—Necesito hablar con él, señor Ross.

El hombre parecía de lo más incómodo, pero no se movió.

—Son órdenes del señor, señorita. No puedo dejarla entrar.

Victoria se mordió el labio y se removió inquieta. Miró a su alrededor.

—Pronto oscurecerá y he venido caminando, como puede ver —dijo con expresión inocente—. No querrá que me marche y se me haga de noche en el camino. Además, me duelen los pies y tengo frío.

El mayordomo la vio abrazarse tiritando y frunció el ceño sin saber qué hacer.

—Seguro que la señora Brown no estará contenta si se entera de que me ha tratado con tan poca consideración.

El hombre miró instintivamente por encima de su hombro y la señora Brown apareció a su lado. Abrió la puerta del todo y miró a Victoria con una ligera sonrisa irónica. La joven supo enseguida que la había calado, pero mantuvo su papel sin dejar de frotarse los brazos.

—Pase, le daremos algo caliente —dijo con voz autoritaria—. No se preocupe, señor Ross, yo me encargo de ella. Usted dígale a Drew que prepare el coche. Llevará a la señorita Crawford a Slioscreige en cuanto haya entrado en calor.

Victoria entró en la casa y contuvo el aliento al ver la escalera inservible y las paredes de la derecha completamente en ruinas. A pesar de la desolación que allí se respiraba, todo estaba sorprendentemente limpio, aunque eso no sirviera para casi nada.

—Venga conmigo a la cocina —dijo el ama de llaves mirando con disimulo hacia el corredor oscuro y siniestro, que Victoria sabía que llevaba hacia la biblioteca.

En cuanto entraron en el ala oeste la atmósfera cambió.

Estaba todo tal y como ella lo recordaba.

No había ni rastro del desastre. Supuso que Alasdair debía de estar en alguna de sus estancias y estiró el cuello, tratando de ver algo al pasar, pero la señora Brown la llevó con paso ligero hacia la cocina y le fue imposible vislumbrarlo.

—Señora McFadden, tenemos una inesperada visita —anunció al entrar en la cocina—. La señorita Crawford tiene frío y agradecería una taza de té si no es molestia.

La cocinera la miró con ojos muy abiertos.

—¿Molestia? Ninguna. Acomódese en la salita y se lo llevo ahora mismo.

Victoria se lo agradeció con un gesto y siguió a la señora Brown.

Allí estaban Fiona y Lilias, las doncellas, y Gilchrist y Fyfe, los lacayos.

Frunció el ceño sorprendida de que Alasdair hubiese mantenido a todo el servicio.

Supuso que lo había hecho por Zinnia, para que cuando regresara se encontrase la casa tal y como siempre había sido.

No. Zinnia jamás podría ver aquella casa como era antes.

Alasdair había tenido un año para reconstruir el ala este y, sin embargo, seguía tal y como el fuego la dejó.

Que los criados permanecieran allí no cambiaría el terrible impacto de ver aquel esqueleto lúgubre desde el sendero de la entrada.

Aceptó el té y respondió a algunas preguntas de cortesía. Se mostró afable e interesada por el delicado trabajo que hacía Lilias cosiendo un mantel antiguo.

—Es del ajuar de la señora —explicó Lilias después de enseñárselo—. De vez en cuando lo sacamos y lo aireamos para que no se estropee. Aunque ahora nadie lo use, quizá la señorita algún día…

—¿Cómo está la señorita? —preguntó Fiona con interés.

—Muy bien —respondió Victoria—. Ha recuperado el peso que perdió y está más tranquila. Mi madre destinó un cuarto para ella y le consiguió material para esculpir.

—¡Oh! —exclamó Lilias—. ¡Como la señora Fraser!

Victoria asintió.

—Sí, tiene unas manos prodigiosas. Mi familia y nuestros vecinos tienen ahora las casas repletas de obras suyas —rio—. Le he dicho que va a tener que empezar a venderlas.

El ambiente se había relajado y la oscuridad del exterior era ya visible a través de la ventana cuando el mayordomo entró con paso rápido y mirada severa.

—La cena —dijo.

—¿Ya? —La señora McFadden frunció el ceño—. Es pronto aún.

El mayordomo la miró con elocuencia, y la cocinera suspiró al tiempo que se levantaba de la silla para volver a la cocina.

—Gilchrist, ve a preparar el comedor. Usted debería irse, señorita Crawford —dijo con la misma severidad.

Victoria asintió.

—Me ha gustado mucho charlar con ustedes —dijo y después se dirigió al mayordomo—. ¿Podría indicarme un tocador antes de marcharme?

El hombre suspiró impaciente y le indicó a Fiona que la acompañara.

Victoria la siguió sin perder detalle del recorrido.

Sabía dónde se hallaba el comedor e intuía que Alasdair podía estar en el salón contiguo, esperando que le sirviesen la cena.

Un poco pronto, ciertamente, pero tampoco conocía sus horarios.

Realmente no sabía en qué consistía su jornada ni en qué ocupaba su tiempo.

—Este es el cuarto de invitados y tiene un tocador privado —indicó la doncella.

—Perfecto. ¿Te importaría traerme una jofaina con agua caliente?

La muchacha abrió los ojos sorprendida, pero enseguida pensó que aquella debía de ser una costumbre inglesa y asintió.

—Por supuesto —dijo, y volvió por donde había venido.

En cuanto oyó sus pasos alejarse, Victoria se dirigió silenciosa hacia las escaleras de servicio, las únicas que podían usarse ahora.

Cuando llegó abajo, caminó de puntillas al pasar junto a la zona donde había dejado a los criados y se mordió el labio, rogando que no la descubrieran.

Asomó la cabeza al salón contiguo al comedor, pero estaba vacío.

El corazón le latía con fuerza cuando se acercó al comedor.

Temía que Gilchrist estuviese ya allí y la delatase, pero a quien encontró fue a Alasdair, sentado ante una mesa sin vestir, inmóvil y con la mirada perdida.

Se quedó un momento bajo el marco de la puerta, observándolo.

El pelo negro le caía sobre los hombros con descuido.

Estaba más fornido y mantenía la espalda tan recta que daba la impresión de que una cuerda tiraba de él hacia arriba.

Pero lo que le erizó el vello fue aquel rostro carente de expresión. Aquellos ojos vacíos.

—Hola, Alasdair.

Él dio un respingo, como si algo lo hubiese golpeado, y la miró primero con terror y luego con una furia desconocida.

—¿Qué haces aquí? ¿Quién te ha dejado entrar?

Mordió cada palabra, y el frío que emanaba de su voz la dejó tiritando.

—Necesito hablar contigo.

—Márchate de aquí —ordenó él bajando el tono.

—Tenemos que hablar de Zinnia.

—¡He dicho que te marches! —bramó poniéndose de pie con tal brusquedad que la silla salió disparada y se estrelló contra el suelo detrás de él.

—Tenemos que hablar de Zinnia —insistió ella, aunque no pudo disimular el temblor en la voz y en el cuerpo.

—No tengo nada que hablar contigo, Rompepromesas.

Victoria empalideció al escucharlo y su corazón se desbocó. Cerró los puños tratando de darse fuerza.

—Alasdair…

—He dicho que te marches.

—No traeré a Zinnia si no hablas conmigo primero.

A ella misma le sorprendió su firmeza. El escocés entornó los ojos con una mirada casi felina. Se retaron con los ojos durante unos segundos y finalmente él se dirigió a la puerta con largas zancadas.

—Sígueme —ordenó.

Y ella lo siguió.