El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1



Clementine miraba a su prima de arriba abajo, con los ojos brillantes de alegría.

—No sabes las ganas que tenía de verte —dijo abrazándola por enésima vez.

Victoria había dejado que la arrastrase hasta el cuarto que habían compartido el año anterior, donde dormiría con Zinnia mientras estuviesen en Slioscreige . Se sentaron en la cama, una junto a la otra.

—¡Qué bien que has venido! ¿Cómo están todos? Tienes que contarme los detalles de la boda de tu hermano y, sobre todo, por qué fue tan precipitada.

—¿Te parece que su boda fue precipitada, Clementine? ¿A ti? —Victoria torció su sonrisa con una mueca de lo más elocuente.

—Lo mío fue diferente.

—Muy diferente. Te casaste sin contar con nadie. En una cocina y a altas horas de la noche, mostrando una enorme desesperación y una escasez total de buen juicio.

—Estaba un poco borracha.

—¿Un poco? —se rio Victoria—. Debías estar como una cuba para comportarte así.

—No sabes las ganas que tenía de verte —repitió la otra abrazándola de nuevo.

—¿A ti qué te pasa? Estás demasiado cariñosa. No me digas que estás embarazada.

—No —dijo Clementine con mirada pícara—. Los trucos de Enid funcionan.

—¿Trucos? ¿Es que no quieres quedarte encinta?

—Todavía no. —Arrugó los labios haciendo un mohín—. Quiero disfrutar de mi esposo todo lo que pueda antes de tener hijos.

Victoria se sonrojó.

—Sigo soltera —le recordó—. Habla de estas cosas con Heather.

Clementine suspiró, consciente de que su prima no recibiría con agrado sus confesiones de cama.

—¿Cómo están las cosas por aquí? —Victoria se apresuró a cambiar de tema—. La carta de tía Rowena pidiendo que Zinnia regresara fue bastante escueta. Y muy tajante.

Toda la alegría desapareció del rostro de Clementine.

—Ay, Victoria… —Le cogió las manos—. Esa niña te va a necesitar.

Victoria se mordió el labio.

—No voy a quedarme mucho. Solo hasta que esté instalada en Slioscreige y…

—Sabes que Alasdair se trasladó a Reid House hace meses, ¿verdad?

—Sí. Pero Zinnia no puede volver allí. Y tampoco es buena idea que vivan juntos.

—¿Cómo está ella?

—Mejor. Más tranquila. Los primeros meses en Londres fueron espantosos. No podía dormir, no comía y acabó enfermando. Cuando terminó la temporada y los abuelos regresaron a Harmouth, le ofrecieron su casa allí, pero yo no iba a quedarme, así que viajó conmigo a Berksham.

—Y allí mejoró.

Victoria asintió.

—No había estado nunca con su hermano y creo que eso ayudó. Además, el revuelo con la aventura de Samuel la tuvo distraída.

—¿De verdad estuvo a punto de batirse en duelo? —Clementine no disimulaba su entusiasmo por el asunto.

—Por supuesto que no, eso fue una estupidez. El padre de Belinda es muy beligerante y lo amenazó con su escopeta, pero Samuel agachó la cabeza y lo convenció de que sus intenciones con su hija eran honorables. No hubo ningún duelo, eso son tonterías de Scarlett.

—¿Y tú cómo estás?

Victoria dejó escapar un tembloroso suspiro.

—Mejor.

—Victoria…

Su prima sonrió con cariño.

—De verdad, Clementine. Estoy mejor.

—¿Todavía tienes esas pesadillas?

—Sí, pero ya no son cada noche.

—No fue culpa tuya.

Victoria la miró con una sonrisa triste.

—De algún modo sí.

—No es justo que te culpes. Él decidió emborracharse. Las cosas… simplemente ocurrieron.

Victoria se mordió el labio para contener sus emociones.

—Por suerte, Zinnia no me culpa de ello. Al menos no lo demuestra, como sí hace con Alasdair. —Miró a su prima con fijeza—. ¿No te parece extraño?

—¿Que no te culpe? Por supuesto que no.

—Pero Alasdair tampoco tiene la culpa y… lo odia. Yo fui el motivo por el que Owen se emborrachó. ¿No debería odiarme también a mí?

Clementine lo pensó un momento. La lógica de Victoria era difícil de rebatir.

—Quizá te necesita demasiado.

Victoria asintió y luego suspiró.

—Solo quiero que esté bien.

—Lo sé. Y lo estará. Pero… —Se mordió el labio inquieta—. Tía Rowena quiere hablar contigo a solas y me da miedo lo que te vaya a decir. Tanto ella como tío Kenneth están muy angustiados por Alasdair. No sabes lo mucho que ha cambiado. Es otra persona, Victoria.

—Sí, lo sé. Tía Elizabeth me escribió una larga carta hace unos meses, cuando él se marchó de aquí.

—Me da pena decirlo, pero sentí un enorme alivio cuando se trasladó —dijo Clementine con tristeza—.

Él me gustaba. Era tan bueno, tan amable y divertido…

Pero no queda nada de ese Alasdair. Nada.

No nos deja visitarlo. Ni siquiera a sus hermanos.

Amenazó con irse de Lanerburgh si un McEntrie volvía a poner un pie en las tierras de los Reid.

Victoria abrió los ojos como platos.

—Hizo limpiar el ala este —siguió su prima—, pero no ha permitido que la reconstruyan.

—¿Y… sus manos? ¿Puede… manejarse con ellas?

Clementine se mordió el labio y se limpió las lágrimas.

—Tuvo que aprender a usar la izquierda, que es la que quedó menos dañada.

Creemos que la derecha le duele demasiado.

Al principio su madre se empeñó en que ejercitara los dedos a pesar del dolor.

Había visto los efectos que provocan las quemaduras al cicatrizar y decía que se le convertirían en garras si no lo hacía. Fue espantoso, Victoria, espantoso .

Victoria se tapó la boca, conmocionada y sin poder decir una palabra.

—La tristeza se ha instalado en Slioscreige.

—Clementine suspiró—. Fingimos no darnos cuenta, pero es imposible disimularlo.

Tía Rowena y tío Kenneth son quienes peor lo llevan.

Cai, John y Eilidh tampoco están bien. Todos lo echan de menos.

Mucho. No era alguien que pasase desapercibido, precisamente.

—¿Qué pasa con los caballos? —preguntó Victoria con voz ronca.

—Ni siquiera monta. Tórradh está aquí. Anthony dice que jamás se había separado de él.

Victoria se limpió las lágrimas y respiró hondo varias veces, tratando de serenarse.

—¿Qué crees que quiere pedirme tía Rowena?

—No debería decirte nada…

—Clementine, por favor.

—Está bien. Fue Alasdair quien ordenó que Zinnia regresara. Tiene plena potestad sobre ella y ha decidido que debe volver a su casa.

—¿Qué? —El corazón de Victoria se aceleró—. No puede hacer eso. ¿Cómo va a volver a la casa en la que murió su hermano?

—No podemos impedirlo.

Victoria la miró incrédula.

—¿Dejaréis que se la lleve?

—Es su tutor legal. Él decide, Victoria.

Su prima se puso de pie y Clementine la agarró del brazo.

—Por favor, no atormentes a tía Rowena. Su salud… se ha resentido este último año.

Victoria frunció el ceño.

—¿Está enferma?

Clementine asintió levemente y Victoria cerró los ojos un instante antes de pedirle que la acompañase a hablar con ella .

Rowena tenía profundas ojeras y había perdido mucho peso. Seguía teniendo aquella mirada intensa y escrutadora, pero no quedaba rastro de su brillo.

—Te veo muy bien, Victoria —dijo con ternura—. Zinnia habla maravillas de Berksham y de tu familia. ¿Cómo están todos en casa?

Victoria tragó con el corazón encogido.

—Están todos bien. Os mandan saludos. Mi madre nos ha hecho traer regalos para todos.

—Caroline es una mujer muy detallista —sonrió Rowena levemente.

Lavinia entró en el salón y caminó con paso decidido hasta el sofá. Se sentó al lado de Rowena y miró a Victoria y a Clementine con expresión severa.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Rowena ceñuda.

—¿Ya le has dicho lo que quieres?

Victoria las escrutó a ambas con curiosidad.

—Aún no he tenido tiempo, acaba de sentarse como aquel que dice.

—Bien.

—¿Bien?

Lavinia se giró hacia su cuñada y enarcó una ceja con expresión irónica.

—Venga, díselo.

Rowena apretó los labios mientras cogía aire por la nariz y finalmente se encaró con Victoria.

—Zinnia tiene que volver a casa.

—Me lo ha dicho Clementine —respondió la recién llegada—. Pero eso no va a ser posible. Ella no está lista para…

—Mi hijo es su tutor y él ha ordenado que Zinnia vuelva a casa.

—Pero…

—Sé lo que me vas a decir, pero no importa, Victoria. Ella tiene que volver a su casa.

La dureza en la voz de Rowena hizo que Lavinia sonriera.

—¿Así te parece bien? —Rowena miró a su cuñada con ironía.

—Muy bien.

—Lavinia cree que estoy enferma porque me estoy conteniendo todo el tiempo —explicó a las otras dos.

—Y así es. Tienes demasiado carácter y, desde que Alasdair se marchó, has estado conteniéndote. Esa resistencia acabará matándote.

—No seas exagerada.

—¿Exagerada? —Lavinia miró a Victoria—. Hace más de un año que no la ves, dilo tú. ¿Parece o no parece una moribunda?

Todos los ojos se clavaron en ella y Victoria carraspeó antes de responder.

—Nunca he visto a un moribundo —susurró.

—¿Qué? —Lavinia frunció más el ceño—. ¿Cómo que no has visto a un moribundo?

—No. Nunca. He visto a algún muerto, pero antes de morir estaba… bastante sano.

—Ah, claro, la mina —asintió Lavinia—. Olvidaba que tu padre tiene una mina.

—Tres, en realidad —aclaró ella.

—Bueno, pero seguro que te has percatado del cambio que se ha producido en Rowena.

—Lavinia, por favor, que estoy presente.

Su cuñada la miró como si disfrutara poniéndola en evidencia y después volvió a centrar su atención en Victoria, que tuvo claro que no se iba a librar.

—Parece estar un poco… delicada de salud.

—¿Delicada? ¡Parece al borde de la muerte!

Rowena dejó escapar el aire en un suspiro.

—¿Lo ves? Hace un año me habría dicho de todo. Me habría agarrado de los pelos, si hubiera sido necesario. —La señaló con expresión cansada—. Ahora suspira.

—Lavinia, ya hemos hablado de esto.

—Ya lo creo que hemos hablado, y más que vamos a hablar. Todos piensan igual que yo, incluso Kenneth.

—Deja a mi marido en paz. Bastante tiene.

Lavinia resopló con la tensión visible en su cuello.

—Al final seré yo la que vaya a hablar con tu hijo y…

—¡Ni se te ocurra! —La voz de Rowena sonó como un estruendo en aquel salón y sus ojos se abrieron tanto que pareció que iban a salirse de sus órbitas—. Como mi hijo se marche de Lanerburgh por tu culpa, no te lo perdonaré nunca.

Lavinia empalideció levemente y luego movió la cabeza, dándose por vencida. Rowena miró a Victoria con cansancio.

—Tienes que hablar con Zinnia, hacer que comprenda su situación. No quiero que sufra, pero…

—No puedo enviarla allí. Clementine me ha dicho que no se ha arreglado la casa, que todo sigue… igual.

Una lágrima se deslizó por la mejilla de Rowena cuando asintió.

—Esa niña ha sufrido muchísimo. Hasta hace poco no dormía una noche entera —siguió Victoria.

Rowena se agarró las manos para que no le temblaran.

—Lo sé y, si por mí fuera, se quedaría aquí. Pero nadie más que Alasdair puede decidir sobre su futuro. El abogado fue muy claro al explicárnoslo, y tanto Caillen como Craig nos advirtieron de que no podemos contravenir sus órdenes al respecto.

Victoria sintió que se le helaba el corazón.

—¿Cuándo? —preguntó—. ¿Cuándo tengo que… llevarla?

—La llevaremos nosotros…

—¿Cuándo? —insistió.

—Mañana.

—Alasdair no quiere que pase más de una noche aquí —explicó Clementine—. Para que no se… acostumbre a Slioscreige .

Victoria se llevó una mano al pecho y trató de coger aire. Las lágrimas caían a borbotones de los ojos de Rowena y Lavinia apretó los labios para no decir lo que pensaba.

—¿De verdad no hay nada que se pueda hacer? —suplicó Victoria—. ¿Nada?

Clementine negó con la cabeza sin disimular su pesar.

—Habla con ella, Victoria. Solo tú puedes ayudarla a aceptar las cosas. Tienes que hacerle entender que Alasdair no es su enemigo. Es su protector.

Aquellas palabras la atravesaron. Victoria enderezó la espalda.

—Está bien —asintió—. Hablaré con ella esta noche.