El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5)
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PRÓLOGO
El atardecer derrama su luz roja sobre la casa y compone una visión extraña.
El resplandor danza entre las ruinas del ala este, mientras la otra mitad permanece intacta.
Miro hacia el camino y aguzo el oído. Nada.
Todavía no se habrán dado cuenta de que me he escabullido.
En cuanto lo averigüen, alguien saldrá a buscarme para devolverme a ese cuarto donde me guardan como a un inválido o a un demente.
Temen por mí, lo sé. Me vigilan, me consuelan, me rodean de cuidados.
Y, sin embargo, no hacen sino estrechar un poco más las paredes de mi encierro.
Avanzo despacio hacia la entrada, con el cuerpo entorpecido y la mente sumida en esa niebla espesa que desde hace semanas no me abandona.
Cuando cruzo el umbral, es como si entrase dentro de mi cabeza.
La parte quemada de la casa es un esqueleto ennegrecido, la sombra monstruosa de lo que un día fue.
Y yo la recuerdo con una nitidez tan cruel que por un instante casi puedo ver de nuevo las alfombras, el brillo de la madera y las lámparas encendidas.
El crujido de mis botas sobre los escombros se confunde con el estruendo del fuego en mis oídos, un rugido que sigo oyendo día y noche.
Me dirijo al ala este. A la biblioteca. Pero al pasar frente a la escalera medio derruida, me detengo.
He imaginado este momento tantas veces que creí haber agotado ya todo cuanto podía hacerme sentir.
Me equivocaba. Nada se parece a esto. Owen subiendo por esos peldaños, torpe por el alcohol, con el juicio embotado y el terror apretándole la garganta.
Owen comprendiendo, quizá, lo que iba a suceder.
Una punzada me atraviesa el pecho y me deja sin aliento. Me inclino, presa de las arcadas, y al apoyar las manos vendadas sobre las rodillas, el dolor me sube por los brazos con violencia y me estalla en la cabeza. Me enderezo de golpe y contengo un gemido.
—¡Joder! —grito.
El temblor me recorre entero. Las náuseas arrecian con obstinación. Después de tres meses padeciéndolas, empiezo a temer que no me abandonen nunca. Náuseas y dolor. He ahí la miserable herencia que el fuego me dejó.
Recorro el pasillo y cuando entro en lo que había sido la biblioteca, me ocurre algo inesperado.
Todo está tal y como lo recuerdo, y una calma inexplicable desciende sobre mí.
Exhalo un largo suspiro y me enderezo, como si el peso que me aplastaba los hombros hubiese desaparecido.
Reconozco cada mueble, cada detalle. Los estantes cargados de libros.
Las pesadas cortinas de terciopelo que cubren los ventanales.
El sillón predilecto de Owen, vuelto ligeramente hacia la chimenea.
El pequeño velador con la botella y los vasos.
Las butacas donde tantas noches nos sentábamos a jugar a las cartas, a discutir y a reírnos de necedades que daría cualquier cosa por volver a escuchar.
Todo está… intacto. Y, por primera vez desde aquella noche, el alma se me llena de una paz terrible.
—Ya pensaba que no vendrías nunca.
Me vuelvo hacia el sillón y lo veo allí sentado, con un vaso vacío en la mano y una media sonrisa indolente.
—Owen… —murmuro.
—La próxima vez trae whisky. Esto es condenadamente aburrido sin nadie con quien hablar y sin nada que beber.
No me muevo. Apenas me atrevo a respirar. Temo que el más leve gesto lo haga desaparecer.
—Zinnia se ha marchado —prosigue—. Se ha pasado estos tres meses arrodillada ante mi tumba como si creyera que podía hacerme regresar a fuerza de lágrimas. Me alegra que se haya ido a Londres con Victoria. Aunque no fue eso lo que te pedí.
—Apenas puedo ocuparme de mí mismo. —Alzo las manos vendadas—. Además, he perdido el juicio. Ahora hablo con los muertos.
Owen se ríe con la misma insolencia de siempre.
—No seas melodramático, Alasdair.
—Tu hermana me odia.
—¿Y la culpas por ello? Yo era cuanto tenía.
—No, no la culpo. Tiene razón en odiarme.
La sonrisa desaparece de su rostro.
—Estaba borracho. Tendrías que haberme sacado de aquí en cuanto empezó el fuego.
—Y tú fuiste un necio al volver a entrar —replico con la misma crudeza—. Fuiste un necio al emborracharte. Fuiste un necio al arrojar el libro de tu madre a la chimenea.
—No me dijiste que Zinnia dormiría en el ala oeste. Tú lo sabías. Fue idea tuya.
—¿Habrías preferido que se abrasara?
La sangre abandona mi rostro. Siento un vacío súbito en las piernas, un balanceo oscuro en el aire. Pero debo decirlo. Debo oírlo. Debo soportarlo.
Owen se encoge de hombros.
—Estoy muerto. Ya he pagado por mi estupidez. ¿Qué me dices de ti?
La niebla se espesa a mi alrededor.
Y todo se vuelve negro.