El fantasma carmesí 5 #2
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El hecho lo llenó de esperanzas sin fundamentos, pero para ese punto ya no era el mismo psicólogo que solía ser, ya no se analizaba a sí mismo ni creaba barreras emocionales, su esperanza era lo único que le mantenía con vida para ese punto, sin amigos o familiares, todo lo que podía hacer era vivir del recuerdo y de esperanzas alimentadas con migajas.

Los últimos años habían sido de desdicha para él, no hubo día en que no buscara a Arthur, había creado un sitio web exclusivamente dedicado a su búsqueda, se había esmerado en viajar a los lugares donde los rumores sobre su presencia eran muy prominentes, porque solo eso tenía para apoyarse en su búsqueda, simples rumores de un chico de cabello carmesí que vagaba de pueblo en pueblo dejando su huella.

Había leído muchos reportes, muchas experiencias anónimas rondando por internet, y lo único que le impedía seguir buscando era su avanzada edad sumado a su depresión, solo era un viejo alucinando con que algún día su hijo regresaría, cada vez que el cartero o algún visitante venía él los recibía pensando que era su Arthur.

De pronto escuchó que alguien tocó a su puerta, y como todo anciano que no recibe visitas, se emocionó y se preguntó quién podría ser, otra parte se llenó de ilusiones.

-Tal vez sea mi hijo que por fin vino a perdonarme.

-murmuró con su voz arrastrando las palabras-

Solo cuando Sullivan tomó su bastón pudo levantarse y caminar hasta la puerta, pero le tomó algo de tiempo hacerlo, no era lo que solía ser.

Al abrirla, se le fue el aliento al ver a dos jóvenes tomados de la mano, no conocía a la chica, pero el muchacho fue un espectro en vida salido de su pasado; Arthur estaba frente a él, con el único ojo de rubí que le quedaba mirándolo con fascinación, estudiando su rostro envejecido, estaba cubierto de cicatrices, pero seguía siendo de la manera en que lo recordaba con la ropa que la hermosa Cassandra le había regalado hacía tantos años, no había cambiado en absoluto después de tanto tiempo.

Arthur no tuvo palabras, como todo hijo que ve a su abuelo cada día más viejo y arrugado, cada día más debilitado por el paso del tiempo, se le rompió el corazón por ver el inevitable paso del tiempo en un ser querido; cuando conoció a Sullivan era un hombre de 50 años, pero no lo aparentaba, se mantenía fuerte y podía hacer muchas cosas, si no le hubieran dicho su edad jamás habría imaginado que fuera un cincuentenario.

No obstante, a veces se olvidaba del paso del tiempo, por muchos años en su larga desventura perdía la noción de este, pensaba que todo el caos había empezado unas cuantas semanas o unos meses atrás, pero la verdad definitiva de su tiempo por el mundo era que habían transcurrido 20 años humanos.

Frente a él no estaba el hombre que conoció, sino un anciano de 70 años con barba blanca, un bastón para caminar y más arrugas sobre su piel desgastada, era un mortal arrastrado por el inevitable paso del tiempo.

-Hola, señor Sullivan… -saludó incómodamente, pues no sabía qué reacción era la más apropiada-

El anciano casi se caía frente a él, tuvo que sostener sus hombros con ayuda de Charlie para que no se derrumbara frente a ellos, le preocupaba que sufriera un ataque al corazón por la sorpresa de encontrarse nuevamente.

Él estaba bien, por fortuna, era un anciano saludable a pesar de lo que podría haber imaginado, solo estaba sumamente conmovido por su reencuentro… Tuvo que tocar su cabello carmesí para saber que no era un sueño, de verdad era él, su hijo Arthur, después de tantos años podía ver y tocar su rostro.

-Han pasado 20 años, Arthur, pero luces exactamente igual.

-resaltó Sullivan, temblaba con cada movimiento mientras ambos jóvenes lo ayudaban a levantarse-.

¿No le darás un abrazo a tu viejo padre?

Sullivan mantuvo los brazos abiertos esperando que el niño que recordaba se abalanzara para abrazarlo, poco sabía o consideraba que incluso él podría madurar con el tiempo, hacerse más sereno y menos enérgico, el chico tuvo sus dudas al respecto, no era igual que antes, la serenidad del viaje le arrebató gran parte de la alegría con la que siempre se movía, no podía volver a ser un niño feliz.

Antes de acercarse, Arthur miró a Charlie, la chica estaba tan conmovida que debía contener las lágrimas, ella solo asintió para que lo abrazara, merecía volver a estar en los brazos del hombre que lo amó como su hijo después de tantos años, ya no tenía que contenerse, no tenía que esperar lo peor, todo el mal se había terminado… Ya era su turno de ser feliz.

-Solo un abrazo, Arthur, y mi corazón podrá descansar en paz.

Arthur sorbió un trago de saliva, le dolía mucho ver el estado tan demacrado de su padre, pero no podía hacer nada, la vejez no era una enfermedad, solo era el proceso natural de los humanos, por lo que intentó dejar de pensar en eso y simplemente se acercó para abrazarlo, no sabía cuánto tiempo le quedaba, pero se aseguraría de disfrutar cada segundo con él.

-Está bien, todo está bien, señor Sullivan… Ya se terminó la pesadilla.

-confesó con una gran sonrisa, apartándose para mirarlo a los ojos-.

Ya podemos ser una familia.

-Arthur, en todos esos años solo he pensado en pedirte perdón… esas cosas que dije no fueron verdad, solo intentaba que Ruby no te controlara.

-Lo sé, señor, ella me lo dijo… Pero la verdad yo debería pedirle perdón a usted, porque en esos 20 años yo siempre pensé que usted me odiaba, pude haberlo buscado antes, pero no lo hice porque pensé que no me quería.

-Arthur sonaba muy dolido, toda su vida hasta antes de que Ruby le dijera lo contrario, había pensado que Sullivan lo despreciaba-.

Jamás podré recuperar el tiempo perdido, pero le prometo hacer nuevos recuerdos, le prometo quedarme con usted y amarlo toda mi vida porque… usted es mi padre.

No era necesario perdonarse, porque después de todo esta era una historia de padres e hijos imperfectos, era una historia llena de dolor y pérdida, de angustia y soledad, que después de tanto se tornaba en alegría genuina para aquellos que pudieron resistir un segundo más, porque era tal y como Arthur había dicho tantos años atrás:

“Todos herimos y terminamos heridos, esa es la condición que te pone la vida para disfrutar de ella: el dolor es la culminación del amor”

Y así, el niño carmesí creado en un laboratorio, se volvió un niño de verdad.