Epílogo
Memento mori
El tiempo pasó, nunca dejó de hacerlo, Charlie dio a luz a una hermosa niña bastante saludable, una mezcla perfecta de ambos; tenía los dones de su padre y la belleza de su madre, la llamaron Cynthia Sullivan, por primera vez el doctor Sullivan experimentaba la dicha de ser abuelo, nunca fue más feliz que cuando la pequeña prodigio nació y, a diferencia de su padre, disfrutó de una infancia normal rodeada de amor en una casa de campo.
Charlie retomó la escritura como su pasión, inspirada por la vida de su amado y los relatos de Sullivan escribió un libro sobre todos los sucesos, lo llamó "El fantasma carmesí" aunque a Arthur no le gustaba mucho el nombre le hacía bastante gracia por la ironía.
No se hizo famosa como siempre había soñado, pero sí acumuló cierto grado de reconocimiento con el que estaba satisfecha, ya era feliz con su vida, después de todo, ya era la mejor escritora del mundo porque Arthur y Cynthia siempre la recibían como una estrella cuando volvía a casa.
Arthur usaba los consejos de Sullivan para ser un mejor padre, no siempre era perfecto ni pretendía serlo, lo mejor que podía hacer era estar para su hija cuando lo necesitara, cuidarla, cargarla y darle el amor que siempre había deseado experimentar.
Le enseñó a usar sus poderes para el bien, le heredó su amor por la naturaleza, por los animales, y le enseñó a impartir bondad como él lo había hecho, pero tampoco la engañó con que siempre encontraría personas buenas; fue justo, amoroso y estuvo presente en cada momento valioso conforme crecía.
Y de ese modo vivieron sus vidas, no volvieron a ser atacados por ningún demonio carmesí.
Sullivan envejeció, Arthur no, y cuando se marchó lo hizo en paz, en silencio, rodeado por la gente que lo amaba, después de una vida llena de pérdida pudo conocer la verdadera felicidad, pudo reunirse con su familia sabiendo que había dado lo mejor de sí mismo, nunca volvió a culparse ni a sentirse perdido en la oscuridad de la vida.
Pasados los años Charlie ya no era tan joven, pero ni Arthur ni Cynthia la abandonaron, los dos miembros de su familia que nunca envejecieron ni cambiaron se quedaron a su lado.
Una mañana de primavera la encontraron en su cama, había dejado de respirar, liberaron sus cenizas al mar y la observaron partir, liberándola de la tierra mortal sabiendo que su amado y su hija estarían bien.
Se despidió de ambos, en distintos tiempos, y con el mismo sentimiento, en la colina más alta donde el sol acariciaba la tierra en cada amanecer frente a su hogar en el campo.
Los amó, agradeció por el tiempo compartido, amó cada segundo que convivieron, y aprendió de las tristezas; sonrió a pesar del dolor justo cómo la vida le había enseñado, tomó a su hija en brazos y salieron a recorrer el mundo, esta vez juntos, pues no podía saber cuánto tiempo tenía con las personas, hasta que ya no estaban.
Arthur consiguió la felicidad que había deseado, fue una persona real, pero incluso antes de serlo él ya sabía quién era, y tal vez eso era suficiente...
porque él siempre quiso ser una buena persona.
Fin