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Sin embargo, abrió sus ojos al escuchar el estruendo del piso una vez más, aquel que había anunciado la presencia de la bestia titánica; al principio sintió escalofríos, pensó que si había regresado se debía a que había cazado a Charlie, había desmembrado o se había comido a su amada junto a su hijo, ese pensamiento le produjo mucho dolor y pesar, se maldijo por haber perdido nuevamente a otro amor, pero entonces, en medio de la ola de pensamientos que el sonido trajo sobre él, vio lo impensable, observó a su primogénito abalanzarse sobre Ruby para apartarla de él, atacándola igual que un perro salvaje usando sus garras y mordiscos para apresarla contra el suelo, aprovechándose de la diferencia de tamaño para arrancarle varios pedazos de carne mientras la niña rugía como el monstruo que era.
- ¡Suéltame, estúpido, yo soy tu madre y debes obedecer! -gritó la niña carmesí, levantándose tras sujetar su cuello, sosteniéndolo por el pescuezo como un animal sin valor que pataleaba y aullaba, intentando alcanzar su rostro, pero lo único que lograba era rasguñar su brazo-.
¡¿Eso quieres?! ¡Bien, solo fuiste un fiasco para mí, perdí veinte años contigo, engendro!
Dicho eso, ante los ojos atónitos de Arthur, Ruby atravesó el pecho de su hijo con la fuerza de su brazo, de la espalda monstruosa del primogénito brotaba el brazo ensangrentado, enseñando la brusquedad y letalidad con la que había arrojado ese ataque impiadoso, sin importarle todos los años que convivió con esa criatura a la que consideró un experimento fallido.
La criatura detuvo sus movimientos, poco a poco su cuerpo retomó su forma original, ese niño sin amor se presentó ante Arthur quien empalideció y quedó congelado por el horror de esa visión, la crueldad de Ruby rompió su mente y le hizo ver que nada, ni siquiera la idea de compartir su sangre, tenía valor para ella, el dolor en el rostro del niño fue inigualable, la banda de su rostro se desprendió revelando las dos cuencas vacías que seguían llorando sangre a pesar del tiempo… Hasta el final, todo lo que conoció por parte de su madre fue desprecio, y el calor que había percibido antes solo fue una mera ilusión, pero al menos eso bastó para querer desafiarla.
“La ironía de todo esto, madre, es que esta es la primera vez que me muestras algo de piedad, es la única vez en toda mi vida que me has regalado lo que he deseado con todo mi corazón”
pensó el primogénito mientras sentía como la vida se le iba de entre las manos, pudiendo rasgar la superficie de la muerte como un lago frío en que las almas se ahogaban.
Arthur se sintió reflejado en su hijo cuando Ruby dejó caer el cuerpo, ese niño que nunca pidió nacer seguía sufriendo la agonía de sus últimos momentos, carente de sentido, preguntándose por qué había nacido, por qué un ser superior permitiría su existencia si el destino que le esperaba era uno tan cruel y solitario, pero lo peor fue percatarse de que no había una respuesta, las cosas malas simplemente sucedían sin que nadie pudiera hacer nada al respecto, sin que nadie lo amara a pesar de ser otra víctima de su propia naturaleza.
Sabía que no debería sentirse mal por el niño que encarnaba el resultado de sus abusos, él era un recuerdo viviente de todo lo que Ruby le había hecho, las horas de tortura sexual a las que ella lo sometió para reclamarlo como su propiedad, pero no podía evitar compadecerse por la forma infantil que se retorcía de dolor mientras agonizaba, pálida y jadeante, lamentando su propia existencia; ese niño sin nombre fue una criatura condenada a la compañía de Ruby, era una abominación que ni siquiera quería serlo, un titan de muerte forzado a odiar al padre que lo abandonó y a la madre que lo abusó, una víctima de las condiciones de su existencia.
Forzado a odiar, forzado a la ceguera, al final solo fue otro juguete para la niña carmesí, a quien no le importaba el fruto de su amor con su hermano mayor, solo le importaba usarlo para sus delirios de un amor no correspondido; por más contradictorio o extraño que resultara se vio empatizando con el producto de su violación, no odió ni detestó al niño tras descubrir que anheló lo mismo que él, deseó el amor de un padre, de una madre, y la sensación de libertad no conoció más allá de las ruinas del laboratorio.
Al igual que el minotauro del laberinto de Creta, esa abominación creía que el universo se reducía a lo que había conocido, ese espacio cerrado diseñado para contenerlo a él y a su madre, y al igual que la criatura del mito, rogaba en silencio para que algo le pusiera fin a su existencia.
- ¿Puedes creerlo, Arthur? -clamó Ruby con una carcajada siniestra-.
El niño apenas se defendió.
El muchacho dejó salir una sola lágrima antes de devolverle la mirada a Ruby, a quien ni siquiera le afectó en lo más mínimo haber acabado con la vida de su hijo, no le importaba haberlo cargado en su vientre ni haber convivido con él por muchos años, si no podía cumplir su más grande deseo no tenía ningún valor en absoluto, ella seguía carcajeando mientras lamía la sangre de su puño y se jactaba de lo que había hecho como si no tuviera valor alguno.
-Era nuestro hijo…
- ¡Oh! ¡¿Ahora sí te importa?! -exclamó Ruby, para ese punto estaba agotada mentalmente y se había entregado a su sadismo-.
¡No importa, podemos hacer más, todos los que tú quieras!
Ella comenzó a reírse todavía más, perdida en su propia demencia mientras Arthur gruñía, no obstante, al percibir a Charlie escabulléndose supo que su plan estaba en marcha, por lo que hizo tiempo con lo poco que podía, alimentando su sádico ego.
-Todo lo que has vivido, Ruby, y sigues siendo una niña… -mencionó, sanando sus heridas, aunque las cicatrices se quedarían-.
Ya veo que nunca cambiaste.
- ¿Eso te preocupa? ¡Puedo cambiar todo lo que quieras, hermano mayor! ¡Puedo ser lo que tú quieras que sea! -dicho eso, ella comenzó a alterar su anatomía; se convirtió en una mujer voluptuosa, en una chica con muchos atributos, en una modelo de revistas, en una con obesidad mórbida, incluso probó a cambiar su género y se convirtió en un chico atractivo, en un chico musculoso e incluso en un anciano-.
¡Soy todo a la vez, no hay límites en el placer que te puedo dar!
-Entonces, ¿Puedes cambiar y ser una niña pequeña?
- ¡Justo como solía ser! -al concluir, ella se transformó en la misma niña con cabello largo, ojos rojizos y figura infantil que había sido tantos años atrás, la misma forma con la que se conocieron ese fatídico día en la habitación blanca, sin atributos ni curvas-.
¡Soy lo que tú desees, hermano mayor, puedo ser cualquier cosa que me pidas!
Arthur sonrió y suspiró aliviado, Ruby no lo entendió hasta que fue muy tarde y Charlie colocó el collar eléctrico alrededor de su cuello, accionando inmediatamente la llave de activación.
-Pues, a mí me gustaría que fueras un cadáver… -susurró la chica humana tras alejarse-
-Maldito simio lampiño, ¿Como te atreves? -reclamó Ruby, pero la ira de ese momento rápidamente desencadenó la descarga eléctrica, el collar detectó sus emociones como un torrente que impulsó su función-
Ruby sintió inmediatamente la electricidad por todo su cuerpo, nunca contenía sus emociones por lo que era fácil para el collar detectar todo con intensidad, desprendiendo la luz roja que inmovilizó a la niña sobre sus rodillas mientras su expresión se tornaba dolorosa e intensa, incapaz de resistir las constantes descargas que solo Arthur había aprendido a controlar con el tiempo.
Ruby intentó mover sus manos para quitárselo, tenía el poder, pero no el control sobre su cuerpo, por primera vez en toda su vida se sintió impotente, no podía hacer nada a pesar de todos sus poderes, se convirtió en una víctima y prisionera de su propia carne.
- ¡Maldita humana, me las pagarás! -exclamó, luchando por controlarse y ponerse en pie, mientras luchaba su rostro demoniaco se hizo presente, luchando por ponerse en pie.
Charlie se cubrió la nariz para ignorar el mal olor de la carne quemada por la electricidad, a Ruby no le importaba en absoluto, luchaba por ponerse en pie, pero inevitablemente volvía sobre sus rodillas-.
¡No, estúpido cuerpo, obedéceme!