El fantasma carmesí 3
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Arthur mantuvo su sonrisa complaciente, nada le haría más feliz que dejar de estar relacionado con una criatura como esa, no quería tener nada que ver con Ruby y que ella misma ya no lo reconociera le hacía sentir que finalmente se estaba deshaciendo del mal que siempre lo había mantenido en su control.

Ruby arqueó las cejas, asqueada por las palabras del muchacho, por su presencia, por su poco parecido y por la humana que había traído, por primera vez pensó en él como un extraño que no merecía su compañía, como si hubiera descendido un escalón en su forma de ver la cadena alimenticia, pues se había codeado con los humanos por tanto tiempo que ya olía como ellos.

Ruby apretó el cuello de su hijo en un acto de rabia, desahogándose como lo haría con un muñeco antiestrés, la criatura reaccionó soltando un rugido ahogado que hizo retumbar los escombros y los restos de las plataformas, Charlie tuvo que cubrirse las orejas para que la intensidad no rompiera sus tímpanos, era algo tan desgarrador como el grito de una abominación y el llanto de un bebé al mismo tiempo… Era la cosa más horrenda, nauseabunda y triste que había escuchado.

-Ya no eres divertido, eres tan aburrido, tan simple, ahora sé que no me vas a dar lo que quiero.

-dicho eso, sus iris carmesíes consumieron sus ojos, el rojo se expandió para profanar su rostro y portar la horrenda mueca que realmente definía su verdadero ser, era una expresión horrenda con dientes afilados, ojos rojos y una nariz hueca como un cráneo.

El demonio se reveló ante ellos como lo que era: vil, despiadado, grotesco y desalmado-. Cambié de opinión, creo que optaré por matarte, matar a tu familia y luego matarme.

Dicho eso, el primogénito se despegó del abrazo de su madre y los rodeó a todos al andar en sus cuatro patas, su alargada y poderosa figura acentuó la cruda presencia de su creadora, entonces soltó otro poderoso rugido listo para pelear cuando su madre lo exigiera, al mismo tiempo, Arthur cargó a Charlie en sus brazos y dio un gran salto hacia atrás para escaparse del poderoso azote de la bestia que consiguió arrancar varios fragmentos del suelo hasta hacerlos volar por el aire, dejando detrás la estela carmesí de sus garras; él colocó a la chica en un lugar seguro mientras susurraba sobre su plan, pidiéndole que se pusiera a buscar lo que le había pedido mientras él peleaba y le conseguía el tiempo suficiente.

- ¡¿Qué sucede?! ¡Creí que querías vivir como humano, lo justo es que mueras como uno! -clamó la voz demoniaca de la niña cuando Arthur regresó para encararla a ella y al primogénito-

Nunca imaginó que tendría que pelear con dos a la vez, la niña cambió su cuerpo para convertirse en la criatura arácnida con el rostro torcido, hacía tiempo que no usaba su verdadera forma, y el primogénito era como una fiera asechando, le recordó a un diente de sable con las malignas extensiones de su figura monstruosa, convirtiéndose en una amenaza latente cada vez más cerca de sus víctimas.

Arthur inmediatamente convirtió sus brazos en garras, se hizo más fuerte y hercúleo para combatir, con sus instintos como los de un felino, y de su espalda emergieron extremidades largas, afiladas como las patas de una araña, listo para igualar su poder con la bestia que se hacía llamar hermana.

Encaró a ambas criaturas malignas, observando cuan grandes e imponentes eran, cuanto parentesco tenían entre sí, una familia enfermiza unida por lazos detestables de un poder inigualable, e irónicamente él era la oveja negra por haber elegido a los humanos por encima de ellos, no sabía si dentro de la psique trastornada de su hijo había espacio para el desprecio por la humanidad, o si acaso su primitiva forma de pensar era genuina o solo producto de lo que Ruby había inculcado, en todo caso no podía permitir que ninguno le impidiera obtener lo que quería.

No había incendio, no había rehenes, en esa ocasión solo serían ellos listos para pelear, para destruirse hasta que no quedara nada más que sus restos, pero a diferencia de Ruby él tenía muchos motivos para ganar, tenía mucho por lo cual pelear hasta el fin en lugar de solo rendirse a la idea de matarse a sí mismo.

“A esto se reduce todo, a enfrentar aquello que odiamos; la idea de volver a casa, y en tu caso la idea de que nunca te amaré como tú lo deseaste, de esto se trata la vida en todas partes, Ruby, de enfrentar las cosas que a nadie le gusta porque lo bueno es temporal, lo que queremos no dura nada en comparación con lo que despreciamos”

pensaba Arthur con cada ataque, azotando al primogénito y a su hermana, desatando la ira que había acumulado en toda su vida.

El monstruo lloraba y rugía, el niño le cuestionaba a su padre por qué nunca estuvo presente, le cuestionaba por qué los había abandonado, y sin necesidad de saber la verdad ya le cuestionaba por qué lo había dejado a solas con la malvada Ruby, pensaba que él había vivido una buena vida en el exterior mientras él se quedaba para ser el sujeto de pruebas de su progenitora, detestó su vida desde que fue consciente de sí mismo en el vientre de su madre, y hasta ese momento todo lo que había sentido era dolor.

Arthur compadecía al niño porque, como él, nunca pidió nacer, y lo único que conoció al principio de su existencia fue un dolor inconmensurable, no había ningún alivio a donde fuera que mirase porque había agonizado desde el día de su concepción, el vientre fue la antesala del dolor porque Ruby siempre lo había usado para reemplazar el vacío que su hermano dejó, aunque ni para eso sirvió realmente; durante la batalla podía compartir sus pensamientos, no tenía tanto control sobre sus poderes al igual que Arthur no lo tuvo por mucho tiempo, era torpe y descuidado, dejaba escapar las señales de su mente que su padre captaba inmediatamente.

“Duele, me duele mucho, quiero que se acabe el dolor… Madre, padre, ¿Por qué me hacen pelear? No quiero hacerlo, pero este odio que siento me hace continuar; odio a mi madre por castigarme y a mi padre por abandonarme.

Los detesto, quiero morir, pero ustedes no me dejan”

clama el niño doliente condenado a existir, forzado a experimentar sentimientos que nunca había pedido, condenado con la maldición de la vida y el castigo de un corazón que no dejaba de doler.

Ruby también escuchaba esos pensamientos, y al hacerlo se jactaba de que así fuera como se sentía al respecto, le fascinaba la idea de que el odio era el sentimiento que hacía más vulnerables a las personas, tan moldeables como el barro, a través de ese feroz sentimiento como la lava caliente podía manipular a quien ella deseara, cegaba los corazones e inundaba las mentes con deseos homicidas.

Cada ataque, cada mordida y zarpazo estaba cargado con su forma de pensar, con sus propias emociones enervando sus cuerpos respectivamente proclamados por lo que la vida les había enseñado, y todo en la cuna de su existencia, en aquellos fríos laboratorios que se iban destrozando más de lo que ya estaban.

El padre, la madre y el hijo se debatieron con violencia, generando respuestas violentas, castigándose mutuamente como si en el fondo supieran que merecían ser castigados, como si cargaran con todos los males de la tierra; uno reflejaba la inocencia arrebatada, los estragos que los abusos dejaban en sus víctimas, otra encarnaba la maldad, la falta de empatía, la alegría que puede haber cuando se cometen atrocidades y crímenes contra sus semejantes, tanto que derramar sangre no era suficiente, necesitaba poseer aquello que sangraba… Y la creación de ambos, el hijo concebido del más enfermizo deseo encarnaba el dolor más puro de todos, el resultado del mal encarnaba a las víctimas de las que nadie hablaba y que eran olvidadas con el tiempo.

Sin que él supiera nada al respecto, repitió el ciclo que prometió romper: su historia comenzó como la de un niño al que le faltó un padre, y Arthur, de un modo u otro, faltó para el hijo que lo necesitó.

Mientras Arthur peleaba con ambas criaturas, teniendo que concentrarse para esquivar cada zarpazo, cada lanza y cada golpe letal con el fin de no correr riesgos innecesarios, Charlie ingresaba en cada sala, exploraba cada habitación buscando el viejo collar eléctrico de Arthur; él le contó que era un instrumento que portó por mucho tiempo para mantenerlo bajo control, la electricidad hacía que cediera a causa de sus sentimientos incontrolables, por eso había aprendido a ser tan sereno, pero Ruby nunca tuvo ningún control sobre sus emociones, ella no tenía ningún límite ni nada que la restringiera, si el collar llegaba a rodear su cuello ella no podría hacer mucho al respeto.

-Maldita sea, torpe, no sé cómo hallaré un collar entre estas ruinas, o siquiera si funciona despues de tanto tiempo, espero que creas en los milagros porque necesitamos uno… -suspiró la chica con una mano en su vientre y la otra escarbando por todas partes-

Ella siguió buscando, y ocasionalmente miraba por encima de los marcos mohosos para ver como avanzaba la pelea, y no tenía forma concreta de describir cuan aterrador era ver a su amado convertido en un monstruo arácnido para igualar los poderes de su hermana e hijo, porque ninguno de ellos tenía una forma definida, sino que iban cambiando constantemente al poseer figuras titánicas que destrozaban todo a su paso, el daño colateral hacía añicos los últimos vestigios del piso con los escritorios que aún quedaban y los esqueletos que trituraban.

Con solo dar un paso o un golpe ya era suficiente para dejar grietas por todas partes, al moverse ya era suficiente para reducir cualquier cosa a polvo, y el aire arrastraba la certeza de que nada iba a sobrevivir despues de esa lucha de titanes, Charlie quedó convencida de que en cualquier momento podrían aplastarla como la hormiga que era frente a su colosal tamaño.