IV En el estómago de la ballena #2
-confesó la chica, dejando salir una de sus tantas dudas en torno a la naturaleza de su origen, algo que probablemente ni siquiera él conocería plenamente-
-Tengo entendido que muchos gobiernos y megacorporaciones estuvieron involucrados, pero el principal benefactor era la corporación Marston, la que inventó esos drones que salen en la televisión.
Pero, aunque siempre hubo más involucrados, nunca me interesé por investigarlos a fondo.
-contó tras un leve suspiro, no parecía que le incomodara, sino que su falta de conocimiento le impedía profundizar más en el tema-. Esas personas siguen vivas, todos los involucrados en pagar para que yo existiera siguen libres por el mundo.
Charlie sintió escalofríos por lo que dijo, porque era verdad, ninguno de esos hombres que pagaron, vieron y estuvieron presentes para su tortura había pagado por sus crímenes, ni sus allegados o las corporaciones que dominaban el mundo desde las sombras.
En un momento de lucidez la chica pensó en la tecnología que avanzaba a pasos agigantados, en los últimos veinte años ya existían las inteligencias artificiales capaces de interactuar con el público, robots, drones, todo lo que alguna vez fue ficción comenzaba a ser realidad, además de las medicinas que curaban las viejas enfermedades daban paso a otras nuevas, como si todo estuviera dentro de un plan de negocios: todo sucedía cuándo, dónde y cómo alguien quería.
Pensó que quizás ese inevitable futuro tecnológico que se avecinaba no era producto del ingenio, sino parte de un plan maestro orquestado para que al final, los niños nacidos en laboratorios, la genética controlada, las armas y la tecnología no fueran más que decisiones corporativas… Y quizás esa era la realidad de ese universo en que habían nacido: llegar a un punto de no retorno en que todo estaba diseñado por la mente humano, y lo natural pasaba a ser artificial.
Ese fue el pensamiento más aterrador que tuvo en su vida, pensar en el futuro como un cumulo de planes y estrategias, una sociedad basada en el plan orquestado por mentes maestras que dominaron el mundo a través de la economía, de su presencia entre las sombras.
Arthur era una prueba viviente de que al final del día todo era posible con suficiente dinero, todo estaba en el control de las masas, y su vida fue diseñada para encajar en los planes de aquellos que no dudarían en tirar del gatillo cuando ya no les sirviera de nada, siempre que pudieran poner los bloques necesarios para su imperio de luces exorbitantes, de robots pensantes y coches volares, para un futuro que indudablemente llegaría a ellos.
En cierto momento decidieron acampar, a Arthur no le costó nada armar una tienda de campaña improvisada y pescó en el río más cercano; mientras él hacía todo por insistencia, Charlie se aseguró de encender una fogata, buscar leña para el fuego y despejar el espacio donde descansarían, no le gustaba quedarse sin hacer nada mientras su amado lo hacía todo.
Al verlo trabajar arduamente y hacer todo con facilidad no pudo evitar admirarlo por todo lo que sabía, algo que todos parecían siempre olvidar era cuanto aprendizaje acumulaban cuanto más avanzaban, toda la información que iban recopilando conforme vivían sus vidas con normalidad, para ellos era algo tan ordinario, tan común, que nunca se detenían a pensar por un segundo que eran capaces de más de lo que creían.
Arthur le contó que hubo una época en su vida en que pensaba que lo único para lo que servía era para lastimar, pues todas las personas que pudo amar terminaron dañadas, alejadas o muertas, por su naturaleza era muy fácil lastimar a los demás seres, no podía quedarse en un solo lugar por temor a ponerlos en peligro.
Sin embargo, él parecía no ver todo de lo que era capaz, no hablaba únicamente de sus poderes, sino de sus conocimientos, ¿Qué muchacho se interesaba tanto por la pesca, la supervivencia o el cuidado de los animales? ¿Qué persona era tan sincera como él cuando admitía hacer todo eso por ella y no porque realmente lo necesitara?
Todo de lo que era capaz, todas sus grandes cualidades, y a veces él se olvidaba de ellas porque nadie nacía para verse a sí mismo, nadie en la tierra recordaba realmente cuanto lograban hasta que alguien más se los hacía ver.
Ella sonrió con ternura mientras se acariciaba el vientre, pensaba mucho en lo maravilloso que era el chico carmesí a pesar de todo, era un gran ser humano, y al final del día su naturaleza siempre fue y sería ser una buena persona.
-Bien, todo listo, traje algo de pescado y frutos, río arriba me encontré un granjero amable que me vendió unas verduras… -confesó el chico al regresar, y notó la extraña mirada de Charlie que lo estudiaba-.
¿Sucede algo?
Él se había jurado no leer sus pensamientos, quería respetar su privacidad.
-No, solo te admiraba, torpe.
-confesó la chica mientras palmeaba un lugar junto a ella, quería tenerlo cerca mientras la comida estaba lista-
Durante la noche Charlie dormía con una mano en su vientre, el subconsciente delataba cuán emocionada estaba por tener un bebé, era como si su instinto materno despertara con antelación, le fascinaba mucho la idea de criar una familia con él, había vivido esos años con tanta soledad y reclusión que la idea de abrir su corazón a alguien más sanaba sus heridas, ya no se sentía mal y había recuperado el deseo de volverse escritora.
Arthur estaba feliz de tenerla como compañera, existía un ápice de temor, pero no dejaba que eso le impidiera llevarla con él, ya no era el mismo niño incapaz de proteger a los que amaba de las garras de su hermana.
Mientras ella dormía él hacía guardia, no necesitaba descansar y sabía los riesgos de hacerlo por mero placer, por lo que decidió quedarse despierto toda la noche, no quería que se repitiera la situación de Hazel.
“Puedes dormir tranquila, yo seré tu vigía…”
le confesó en sus sueños, plantando un suave beso en su mejilla y otro en su vientre, apreciando cada instante a su lado incluso cuando descansaba, era una necesidad tan humana que incluso llegaban a apreciar el sueño más de lo que él lo hacía.
En plena noche, con el ulular de los búhos y los aullidos de los lobos, que para Arthur no eran más que palabras al tener la lengua de los animales, el chico se preguntó nuevamente qué sería de la vida de Sullivan, de vez en cuando se lo cuestionaba.
En ese instante la silueta fantasmal de Ruby se levantó desde las sombras, estaba acostumbrado a que lo acosara como siempre para convencerlo de regresar, llevaba días sin aparecerse, pero tenía la certeza de que volvería a intentarlo… no obstante, en su gesto malévolo no hubo sonrisa ni placer, no hubo discordia como ya era costumbre, y dejó desconcertado a su hermano mayor al sentarse a su lado.
Se mantuvo alerta, no bajó la guardia ni por un segundo, puso tantas barreras mentales como fueran posibles, no detectó ningún ataque o intenciones malignas, aun así, sabía que no podía confiarse con Ruby cerca, estaba listo para atacar si llegaba a lanzar alguna abominación o si llegaba a aparecerse físicamente… Pero nunca lo hizo, ella se mantuvo como ese fantasma que solo él podía ver, con una expresión agotada, y tampoco se confió porque sabía que era muy manipuladora.
-Hola de nuevo, hermano mayor…
-Hola, Ruby.
-saludó sin bajar la guardia-
- ¿Por qué siempre tenemos que hablar de noche? No me gusta hablar en la oscuridad.
-agregó, intentando romper el hielo de alguna forma-
Arthur solo esperó que dijera lo que fuera que tuviera en mente, no tenía mucho que decirle a la niña.
-Te he extrañado, hermano mayor.
-Siempre dices que me extrañas, es la misma rutina de siempre.
-contestó con desdén, pero luego Ruby alzó la mano para darse pequeños golpecitos-
-Sí, pero esta vez me duele, aquí en el pecho.
¿Es lo que llaman un corazón roto? -suspiró, dejando todo rastro de expresividad-.
Me di cuenta en estos años de que no siempre podemos pelear y ganarle a todo, creí que éramos invencibles, pero no es verdad. No podemos ganarle a la naturaleza de las cosas, no podemos ganarle a la humanidad porque siempre surgirá otro obstáculo… No podemos ganarle a nada, y todo lo que hice en esta vida fue intentar ganar, vencer, matar y derrotar.
Arthur estaba desconcertado, esas eran palabras que jamás pensó escuchar por parte de Ruby, era algo que nunca imaginó que diría, y por un solo minuto en toda su vida supo que estaba siendo sincera.
-Entonces no hagamos esto, no tenemos que pelear hasta matarnos, solo debes rendirte.
-sugirió el chico con una mínima esperanza por dejar atrás todo eso de la forma más inesperada posible-
-Pero no puedo rendirme, no está en mi naturaleza hacerlo, deseo poseerte, tenerte para mí.
Esa es mi paradoja, no puedo tolerar la idea de ver que eres feliz con alguien que no soy yo, no puedo tolerar que estés lejos de mí, los humanos se motivan con no rendirse para alcanzar sus sueños… Y tú eres mi sueño, ¿Como podría rendirme si no puedo ganarle a mi propia naturaleza? Así es como soy, hermano mayor.
El chico suspiró con pesar, había tanto que le habría gustado vivir con ella, tanto que podrían haber hecho diferente si tan solo no fueran del modo en que eran; quizás en otra vida sí fueron hermanos normales, él cuidaba de ella cuando la llevaba a la escuela, la defendía de los bravucones, besaba sus heridas antes de untarle ungüento y jugar videojuegos juntos, se pelearían como todos los hermanos, pero resolverían sus diferencias; en otro universo eran más unidos que la mayoría, probablemente ella sería su único apoyo para seguir sus sueños, y él sería el suyo, vivirían juntos hasta que pudieran cumplir sus metas, se reunirían los fines de semanas y en fiestas para ponerse al día.
En otra vida ella sería una tía maravillosa, jugaría con sus sobrinos y bromearía con ellos sobre lo tonto que era su padre cuando eran niños, le avergonzaría, pero estaría feliz de tenerla cerca porque era su única hermana, era lo mejor que le había pasado en la vida, era la criatura que cuidaba con tanta devoción como su otra mitad.