El fantasma carmesí 6 #2
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Charlie no recordaba la última vez que se sintió así de bien, su cuerpo se movía al ritmo de Arthur, se conectaron de una manera tan íntima que no pudieron recordar con claridad si alguna vez llegaron a sentirse así; no comparó su experiencia con Cassandra, disfrutó del momento tanto como la chica lo hacía, le gustaba y eso era más que suficiente para sentir el placer que creía olvidado.

Ambos ardían con pasión, Charlie ponía las manos contra su pecho cuando él la embestía, no podía evitar excitarse cuando sentía el sudor bajando por su torso, no era tan musculoso, pero estaba marcado, le gustaba acariciarlo mientras aumentaba el ritmo, haciéndola gemir a todo volumen.

La temperatura en la habitación se elevaba, el deseo mutuo por explorar cada rincón de sus cuerpos los dominaba, en ningún momento parecía que quisieran detenerse, la lujuria solo iba en aumento, Charlie no había considerado siquiera que el muchacho le estaba compartiendo su estamina, ambos estaban tan perdidos en el calor del momento que no tenían ningún pensamiento lógico, lo único que querían era seguir dando todo de sí mismos para complacerse.

Sentía sus manos acariciando sus pechos, sus piernas, su abdomen y todas las zonas erógenas que prefería, como si supiera exactamente lo que deseaba, sabía dónde tocarla y cuanto hacerlo, era la mejor experiencia de toda su vida.

Arthur sentía su cuerpo más caliente que nunca, esa experiencia era algo que no se olvidaba, su primera vez con Cassandra fue influenciada por los nervios, pero ahora, tanto tiempo después y con el curso de la madurez, sentía todo con naturalidad; era como dejarse llevar por la corriente, su cuerpo ya sabía qué hacer para mantenerse a flote, sabía qué hacer exactamente, todo era parte de él, era más que consciente de lo que era capaz.

El muchacho la tocaba, besaba y lamía todo su cuerpo, no dudaba ni limitaba sus propias habilidades con tal de complacerla, era como estar en celo, se sentía igual que un animal consciente de lo que podía lograr por su pareja, con el deseo latente de aparearse por mucho tiempo.

En cierto momento tomaron un descanso, Charlie yacía debajo de él, jadeando y cobrando el aliento mientras sostenía su pecho, se sintió perdidamente enamorada de la buena vista que tenía de su cuerpo, no le importaban las heridas sino lo que cubrían, su piel, su torso y su rostro, todo estaba en sintonía, podía ver cómo se conectaban a los estímulos que le brindaba con tanta claridad.

-Puedo cambiar mi apariencia si lo prefieres… -confesó algo apenado, aunque sabía que mentía porque no importaba su forma pues las cicatrices seguirían presentes.

Sin embargo, ella lo interrumpió con un beso antes de que pudiera continuar-

Charlie aún jadeaba, su aliento y saliva estaban calientes, y al separarse dejó un pequeño rastro que relamió de sus labios.

-No, torpe, me gusta mucho como eres.

-confesó, besando cada una de sus cicatrices; iniciando en su rostro, pasando por los parpados cerrados dónde antes tenía un ojo, por sus mejillas y cuello, cruzando por todo su cuerpo para hacerlo gemir-.

Me gustan los sonidos que haces, no te detengas por nada, hacen que me excite de nuevo.

“No quiero parar, se siente tan bien, si se detiene le voy a rogar para que siga”

pensó la chica cuando retomaron su actividad, lamiendo y mordiendo el cuello de Arthur por el calor del momento, sintiendo su piel tan suave como la de un cachorro, alentándola a marcarlo como su pareja.

En la intimidad había otro factor para el chico, él no solo conectaba con el cuerpo de Charlie, sino que podía llevar esa conexión a un nivel mucho más profundo, podía ver todos sus recuerdos, podía experimentar muchas cosas que ella callaba en un día normal; sus cumpleaños, sus secretos, sus miedos y sus anhelos, podía conocerlo todo al mismo tiempo, volverse parte de ella y estar presente en cada instante de felicidad, era lo más cercano a volverse un único ser… Arthur era muy feliz porque ella le permitía experimentarlo todo, en el fondo deseaba lo mismo, anhelaba formar parte de su cuerpo, amaba que él estuviera dónde nadie más había estado, física y mentalmente.

Arthur estaba tan sumido en el placer que tuvo algunas lagunas mentales, en más de una ocasión tuvo que corregir su postura, recuperar el aliento y retomar la actividad, ni siquiera pensó en cuidar sus actos; no fue hasta que ambos llegaron a otro clímax que se percató de que no estaban usando protección, y como él no estaba prestando atención a controlar esa parte de su cuerpo no podía asegurar que no tendrían noticias imprevistas… Pero no le importaba, no era algo que realmente le preocupara.

Tras compartir su pasión, quedaron tendidos en la cama.

El muchacho yacía recostado sobre el pecho de Charlie, lo sostenía entre sus brazos mientras le sonreía, jugando con los mechones de su cabello, y él correspondió su sonrisa hasta que ella decidió romper el silencio.

-No imaginé que te gustaría ser dominado, me sorprendiste, torpe.

-confesó Charlie mientras soltaba una pequeña risa-.

Eres realmente adorable, pidiéndome que tome las riendas.

-Supongo que me gusta que tomes el control.

-confesó, ronroneando contra su cuello, sintiéndose como un animal domado-.

Significa que soy tuyo, tienes a tu propia bestia.

-No digas eso, no eres una bestia, torpe.

-corrigió al darle un pequeño coscorrón, luego le besó su mejilla-.

Pero sin duda eres mío y de nadie más, no lo olvides.

Arthur sonrió y asintió, entonces a Charlie se le ocurrió una idea para ayudarlo a confiar en su amor por él.

-Tengamos una cita, ya sabes, una romántica caminata por el parque y esas cosas que suelen poner en las películas que te gustan.

-pidió la chica con entusiasmo, acariciando su cabello-.

Y quiero que vayas con otras prendas, algo más liberador, no ocultes tu cuerpo.

Al principió dudó, pero con el paso de los minutos disipó las dudas con un suspiro y asintió, prefirió arriesgarse a creer en el amor que le tenía antes que seguir encerrándose en la creencia de que nunca sería amado.

A la mañana siguiente Arthur dejó el apartamento para ir a comprar otras prendas, Charlie se quedaría para recuperarse después de la noche que tuvieron y luego comería algo decente, acordaron encontrarse en Hyde Park para su cita.

La chica estaba ansiosa, era la primera cita romántica que tendría en años, estaba sumamente intrigada por pasar el día con Arthur, su corazón latía con la posibilidad de formar una vida con él, sentía que era la clase de persona que buscaba algo duradero, incluso con sus poderes y su trágica historia no dejaba de creer en el amor; el muchacho era atractivo, empático, sabía muchas cosas por lo que era interesante y apasionado por todo lo que amaba, Charlie pensó que era la chica más afortunada del mundo.

Un pequeño temor cruzó por su cabeza, pensó que quizás él no se presentaría a su cita, que tal vez habría tomado esa oportunidad para marcharse como ya acostumbraba a hacer.

Recordó el relato de su estancia en Japón, cuando tuvo la oportunidad de ser feliz en un trabajo que le gustaba, pero lo abandonó porque sabía que la clase de vida que tenía no le permitía ser feliz, no podía permitirse un momento de tranquilidad porque la sola idea le hacía apartarse de todo y todos a los que conocía; el muchacho estaba muy herido como para quedarse dónde podría ser feliz, como si en el fondo se dijera a sí mismo que no lo merecía.

Charlie sacudió su cabeza, no quería pensar en eso, aunque temía que así fuera, llevaba un lindo vestido negro para la ocasión, no era demasiado elegante porque no tenía con qué pagarlos, pero sí resaltaba sus brazos y piernas sensualmente para complacer la vista del muchacho.

-Tranquila, chica, él vendrá, no es la clase de chico que te dejaría plantada, él no es así… espero que no.

-suspiró un tanto dolida por experiencias pasadas-

Entonces, en el momento en que el ocaso cubrió al mundo, Arthur se presentó; no fue fácil para él, había tomado tiempo para reunir el valor de salir a la calle, raramente se quitaba la ropa que Cassandra le había regalado, únicamente lo hacía para lavarla, esa era la primera vez que se atrevía a usar algo diferente que revelaba un poco más de su cuerpo: tenía pantalones cafés, una camiseta y botas negras, no eran holgados, sus brazos llenos de cicatrices eran visibles para todos.

Peinó su cabello rojo hacia atrás por lo que revelaba más de su rostro fragmentado con las marcas de los parpados que permanecían cerrados, sus cejas rojas como la sangre y su ojo como rubí resaltaban mucho más, características que normalmente ocultaría a plena vista.

A pesar de todo, mantenía la misma serenidad de siempre, aunque no acostumbraba a cambiar de ropa tan seguido, no estaba incomodo en lo más mínimo, era como un chico que después de un largo descanso apartándose de toda interacción humana se atreve a volver a creer en ellos.

Saludó a Charlie con un beso en la mejilla y una pequeña sonrisa, la chica parecía no tener palabras para describir lo que sentía en ese momento.

-Así que viniste, a pesar de mis heridas… -confesó el chico, mirándola directamente con una sonrisa.

Charlie aún no respondía, solo mantenía la misma expresión de una niña enamorada, el muchacho inclinó un poco la cabeza como un cachorro curioso-.

¿Y esa sonrisa? Me esforcé escogiendo estas ropas, solo para ti, puedes decirme si me veo raro, soy un chico grande.

Charlie negó con la cabeza, la había dejado boquiabierta porque lucía muy bien, le gustaba mucho sin importar lo que usara, tenerlo cerca era más que suficiente para alegrarse, su compañía le daba consuelo y su sonrisa satisfacción; la chica estaba muy enamorada de él, eso era todo lo que importaba.

Arthur quedó flechado por sus palabras, le gustaba mucho escucharla porque lo hacía con sinceridad, ella no lo aparentaba, pero estaba más nerviosa que él cuando se trataba de tener una cita.