El fantasma carmesí 5
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La serenidad con la que lo decía, y con la que actuaba en general, sin miedo o nervios, mantenía a raya sus decisiones.

Ella aún permanecía sobre él en esa posición para apresarlo, con la navaja contra su cuello, pero ni el filo que presionaba en su carne hacía temblar al chico, ¿Como podía mantener la calma en un momento así? Ella estaba más intrigada que asustada o preocupada, sentía la misma curiosidad que sentiría por la naturaleza de una criatura interesante.

-Por favor, sé que no quieres hacer esto, aunque lo hagas no me podrías lastimar, ya lo intenté.

- ¿Acaso te crees inmortal, estúpido? No me conoces, no sabes lo que quiero hacer, podría dañarte si eso quisiera.

-confesó la muchacha, incapaz de descifrar su propio interés-

De improvisto, con gran velocidad y reflejos, Arthur se dio la vuelta en la cama para quedar boca arriba, la dejó permanecer sentada en su regazo, pero con aquel movimiento le hizo entender que no estaba indefenso en lo más mínimo, tenía más control del que aparentaba sobre la situación.

La miró con profundidad, con su único ojo, y estudió su alma con suma atención antes de que siquiera pudiera reaccionar, a pesar de la capucha que aún ocultaba parcialmente su rostro podía detectar los rasgos más finos como sus ojos rasgados, la palidez de sus mejillas o los hoyuelos que se formaban con cada gesto que hacía, era una chica atractiva con una expresión lastimada, como si hubiera pasado por muchas cosas… Compartían el mismo rostro fragmentado.

La chica pudo estudiar su expresión, aunque en una menor escala, y pudo ver las cicatrices que iniciaban en su rostro y se extendían por su cuello hasta el resto de su cuerpo, le faltaba un ojo y tenía lo que parecían zarpazos; el muchacho era más fuerte de lo que aparentaba, su expresión llena de serenidad le daba a entender que no tenía nada que perder, que poco le importaba lo que pudiera sucederle, y aun así conservaba una determinación envidiable por la vida, como si hubiera encontrado el deseo de salir hacia delante.

-Entonces cuéntame qué deseas, déjame conocerte… -cuestionó el chico con gentileza, mostrándole una tierna sonrisa-.

Quién sabe, quizás nos hagamos amigos, por la forma en que vives creo que necesitas uno.

Su amabilidad a pesar de la situación en la que se hallaban era desconcertante, cualquier otra persona intentaría pelear con ella, intentaría contratacar y dominarla, pero Arthur solo estaba mostrándole la misma gentileza que el señor Sullivan le había enseñado.

Lo irónico era que en ningún momento necesitó de sus poderes para lograrlo, todo lo que requería era una sonrisa sincera y una gentileza natural, aunque ya sabía su nombre y gran parte de su historia, dejó el resto a lo que ella quisiera contarle, esperando que su propio aspecto le diera la confianza necesaria para abrirle su corazón, incluso si era un desconocido.

-Por qué… ¿Por qué te importa quién soy? Solo toma tu anillo y vete.

-a pesar de lo que decía, que no se moviera de su posición insinuaba algo más, algo íntimo que nunca había tenido la oportunidad de hablar con nadie.

Una chica de su edad, bonita y talentosa, no era algo común que se encontrara en una parte fea de la ciudad dentro de un apartamento sucio donde solo hallaría una terrible vida como carterista, esa clase de personas nunca terminaban bien-

-Porque creo que estuve en ese mismo lugar donde te encuentras ahora mismo, y me habría gustado tener la ayuda que necesitaba… Aunque era bastante terco para admitirlo.

-agregó con la misma sonrisa altruista-

La chica aún sostenía la navaja en sus manos, pero en sus ojos muertos hubo un destello de algo diferente, era un sentimiento que no experimentaba en bastante tiempo, como si hubiera visto algo diferente en el rostro de Arthur además del desprecio que muchas personas le habían dedicado, ¿Como saber que estaba siendo sincero? No tenía nada para saberlo, lo único con lo que podía empatizar era el rostro fragmentado del chico, un rostro que le contaba parte de las crudas experiencias por las que había pasado, toda una historia llena de adversidades, dolor y tristezas nunca compartidas… Y él quería evitarle más dolor, porque sería una pena llegar a identificarse como Arthur.

-Me llamo Charlie.

-confesó la chica con una voz más delicada, como la de una niña temerosa en su primer día de clases, con la navaja aún entre sus manos, descubriendo finalmente su rostro debajo de la capucha-

Ella tenía un precioso cabello negro corto, las uñas negras y ojos café, le gustaba escribir historias, pero siempre fue consciente de que no era una pasión muy fructífera en esos tiempos, esa fue una de las principales razones por las que abandonó su hogar apenas cumplió la mayoría de edad.

Se confió de más, fue lo que dedujo Arthur y lo que ella misma confirmó mientras le contaba como había llegado a la ciudad, pensó que podría tener más oportunidades para cumplir su sueño que estando en un pueblo lejos de todas las grandes editoriales, era buena en otras cosas, pero nunca despertaron la misma chispa que ella tenía cuando se ponía con lápiz y papel a redactar cientos de cuentos.

Lo predecible sucedió: la vida no era como uno de sus cuentos, la presencia ángeles no significaba que los milagros sucedieran porque, aunque muchos nacen con el talento no todos nacen con la suerte, y a Charlie le sucedió lo mismo que a miles de aspirantes todo el tiempo, no recibía ninguna respuesta de las editoriales y el pequeño círculo de lectores que tenía se limitaba a sus familiares.

Muy pronto la frustración, desesperación y ambición hicieron que perdiera los ahorros con los que se había mudado a la gran ciudad, y siendo mayor de edad era común que los padres se negaran a aceptar a sus hijos de vuelta en casa, no era como en otros tiempos y otros países donde eran más que bienvenidos… Charlie tuvo que aceptar el hecho de que se hallaba esencialmente sola.

Con el tiempo se vio en la necesidad de cambiar de apartamento, y al haberse enfocado únicamente en un solo talento no aseguró ningún empleo para esos casos, por lo que tuvo que recurrir al robo, ahí fue donde descubrió amargamente que tenía talento para ser carterista, pero en el fondo se daba asco a sí misma por haber recurrido a ello.

Y así transcurrieron 5 años, ahora con veintitrés años, Charlie no tenía a dónde ir, seguía robando lo necesario únicamente hasta llegar a un monto especifico con el que podría iniciar una nueva vida en otro pueblo, uno dónde nadie la conociera.

Charlie estaba fumando un cigarrillo tras contarle sobre sí misma, Arthur pensó que por la ocasión no le haría ningún mal fumar también, ya tenía el anillo de vuelta en su dedo; tomó un cigarrillo, se acercó a ella y se sentó en el marco de la ventana mientras lo encendía, fumando juntos conforme la chica sentía interés por él.

- ¿Y cuál es tu historia?

Por un momento pensó en el hecho de que era mayor que ella por haber sido consciente de su existencia desde su nacimiento, en cierto sentido había alcanzado un punto en su vida en que las personas a su alrededor, en su mayoría, eran niños comparados con él… Pero eso no hacía que los viera como inferiores en absoluto.

-Soy un vagabundo, no tengo casa ni a dónde ir, ni familiares o amigos, solo voy por mi rumbo haciendo lo que quiero.

-confesó, exhalando el humo por su nariz-.

Tampoco tengo sueños o metas, solo existo.

-Que envidia, solo existir sin ambiciones.

Bueno, lo digo porque es como ese proverbio de que el deseo es la causa del sufrimiento.

-respondió la chica, sintiéndose genuinamente interesada por la conversación-. Entonces, somos un par de almas perdidas, navegando en este mar de incertidumbre… Parece una idea romántica.

Arthur carcajeó, no porque se estuviera burlando, sino porque le parecía sumamente interesante su manera de ver como se conectaban, eran más parecidos de lo que podría esperar.

El muchacho había nacido con un propósito, le habían dicho mil veces que sería el arma perfecta, destinado a lastimarlos a todos, sin un alma ni opiniones que pudieran salvarlo; él había elegido romper lazos con esa creencia, decidido a romper lazos con su propia hermana con tal de tener elecciones, y al apartarse de su destino llegaba a sentirse obsoleto, sin dañar ni salvar a nadie, solo fue un muchacho vagando por el viento, un monstruo de Frankenstein preguntándose por su razón de ser, una mera cosa.

Charlie había perseguido un sueño por mucho tiempo, y a causa de un propósito arriesgado con el fin de alimentar su hambre de satisfacción había olvidado a todo el mundo con tal de escucharse a sí misma, purgando cada elección, cada alternativa, para centrarse únicamente en aquello que había soñado por tanto tiempo.

Al final, la oscuridad del camino no se disipaba solo porque cerraba sus ojos, en su lugar quedaba rezagada hasta el momento de mayor dolor, dejando entrever que las elecciones, por más seguras que estén las personas, siguen teniendo consecuencias imprevistas; la chica soñó con las letras, pero en su ciega determinación no contó con que el mundo era mucho más grande de lo que pudo imaginar.

Después de pensarlo supo que ella tenía razón, se parecían bastante, y por su forma de vestir también le encontró bastante parecido con Cassandra, su primer amor, y al pensar en la chica sintió que el espectro acentuó su mirada sobre él… Aunque no era ella, era lo más cercano que tenía.

-Y si has viajado tanto, y has hecho tantas cosas… -cuestionó la chica, para ese punto llevaban un rato fumando, bebiendo un poco de alcohol y comiendo algunos de los pasteles que él traía-.

¿Por qué decidiste regresar, torpe? Digo, por lo que dices, perdiste más de lo que obtuviste.

Para Arthur era una sorpresa que Charlie no le cuestionara la veracidad de sus poderes, una pequeña muestra le ayudó a corroborar que le decía la verdad, aunque ella no dudaba en absoluto, tal vez era por esos tiempos en que los robots, androides, ángeles y otras maravillas ya no se limitaban a aparecer en los cuentos de Asimov o King.