El fantasma carmesí 4 #3
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Llevaba una buena racha, se dijo a sí misma, con algunos cientos más estaría lista para marcharse de esa ciudad y empezar en otro lado, probablemente en un pueblo pequeño donde nadie la conociera, pensaba que algo así era lo que necesitaba después de haber pasado por tantas cosas en su corta vida.

Sus maestros siempre la habían tachado de poco creativa y que le faltaba talento para ser siquiera una escritora decente, si pudieran verla seguramente quedarían boquiabiertos al saber que era una excelente ladrona, nadie la había pillado, nadie se había enterado de sus pequeños atracos, con esa habilidad innata había logrado subsistir en los últimos años por sí misma.

La chica llegó al apartamento que alquilaba, era lo más barato que podía conseguir gracias a las mudanzas que las personas hacían casi cada semana, una parte fea de la ciudad que en algunos años sería remodelada para estar a la par de los sectores más tecnológicos.

Hasta entonces, le serviría como refugio y guarida, aunque estaba algo desordenada, era lo más cercano a lo que podía llamar hogar; después de otra noche de botines y comida, se acercó a la cama y dejó caer todo lo que traía en su bolsa, no siempre tenía tiempo de mirar lo que extraía del bolsillo de las personas, solo tomaba y caminaba como si nada, pero estaba segura de que habría algo de valor del último chico con el que se había topado.

Cuando dejó caer el contenido de la bolsa, su expresión de júbilo se tornó en desilusión e ira, solo había conseguido billetes arrugados, notas de papel, dinero extranjero y un anillo oxidado.

Se sintió tan decepcionada, pero como no era la primera vez se limitó a suspirar pesadamente y dejarse caer en la cama, descubriendo su rostro debajo de la capucha para luego girar y mirar al techo; estaba decepcionada, pero sabía que habría otra oportunidad, pero lo que sentía era una desesperación nacida de sus ansias para que todo acabara, ya no quería seguir robando, no quería hacer algo para lo que era buena, pero realmente no le gustaba hacerlo.

Era muy curioso como la vida se aseguraba de hacerse toda una ironía, una chica que siempre quiso vivir del arte, ser escritora para plasmar todos aquellos sueños con todo lo que nunca salía de su cabeza, en su lugar se había convertido en uno de sus personajes trágicos, una joven apasionada que solo servía como una vulgar ladrona, resultaba ser una excelente bandida como Artful Dodger.

No le gustaba esa vida, pero sin más opción hasta que pudiera marcharse, era mejor quedarse y hacerlo un poco más, un día más también significaba un día menos, era el único consuelo que tenía; sin amigos, familia o pareja, todo lo que ella podía hacer era esperar.

Entonces se presentó, si hubiera descrito esa escena como en uno de sus cuentos lo habría hecho como un momento sombrío, un instante en que el tiempo se congeló por toda la eternidad, por la figura inclinada sobre el marco de su ventana con el frío de la noche envolviendo la ciudad detrás de él; la luna se alzaba sobre su cabeza abrigada, y en su rostro había un único ojo carmesí que la vigilaba con tanta fascinación que ni siquiera parecía real, era como si un solitario rubí la mirase tan de cerca que podía entrar en su alma para hacer eco, y las palabras que le susurraba en silencio eran las mismas que las de un serafín que viene a anunciar el fin de los tiempos: no temas.

La chica saltó de la cama como un gato al que atrapan in fraganti, aterrizó en el suelo sobre su trasero, dejando salir un pequeño quejido, pero no tuvo tiempo para el dolor a causa de la extraña figura, se arrastró hacia atrás con tal de alejarse… Pero la figura se limitó a entrar en el apartamento con ambas manos levantadas, lo único que llevaba era una bolsa con dos cajas de la pastelería de Vanessa que conocía bastante bien.

-Cálmate, no te haré daño, solo quiero mi anillo, puedes quedarte el dinero si quieres.

-susurró la figura de ojo carmesí, inclinándose para mostrarle que no estaba armado-

-Vaya forma de presentarte, torpe.

-confesó la chica, más atrevida que temerosa o confundida-.

Está en la cama, tómalo y lárgate.

Arthur encorvó los hombros, un gesto que ya era parte de él, y se inclinó sobre la cama para buscar entre el dinero, las billeteras y otros artículos que cabrían en el bolsillo de las personas.

No veía su anillo con claridad, estaba tan enfocado en buscarlo que no le dio importancia cuando la chica se levantó y, para acorralarlo, lo presionó contra la cama boca abajo, sentándose en su espalda para apresarlo con su propio peso, la chica estaba segura de su nuevo poder sobre el chico, a pesar de lo tranquilo que él se mantenía, y puso una navaja contra su cuello.

- ¿Ahora qué harás, torpe? Si te mato y salgo corriendo tendré tiempo de sobra para escapar con mi dinero, ¿Acaso valió la pena venir? -confesó, sonriendo con cierto desquicio, pero su pulso temblaba, estaba nerviosa a pesar de que sabía cómo ocultarlo-

- ¿En serio? No tienes los ojos de una asesina.

-respondió, con el rostro contra la cama-

- ¿Y tú qué sabrás de ser un asesino, torpe?

-Nada, porque no quiero volver a matar.