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había cantado uno de los turpiales a los que salvó y cuidó como si fueran suyos antes de emprender el vuelo, sus palabras resonaron después de tanto tiempo porque, como él mismo había deseado, comenzaba a creer en todo lo que le dijeron, todos los que vieron el corazón de Arthur entendieron su verdadera naturaleza mucho antes de que él lo hiciera.
No se podía luchar contra la naturaleza, no podía huir de su propio corazón, todo en lo que creía, todo lo que sabía era por una razón, todo era para vivir en momentos como ese, donde las personas podían vivir una buena vida gracias a él; a Phantom lo crearon para lastimar, pero Arthur nació para ayudar.
-Yo solo hice lo correcto, señora Vanessa.
-confesó Arthur con la misma sonrisa serena que había aprendido en su vida, la sonrisa de una persona que había pasado por mucho y, aun así, buscaba la felicidad-
Pasaron la tarde tomando café, comiendo postres y charlando mayormente de cosas triviales, Vanessa le mostraba fotos de sus hijos que ya se habían graduado, de las cosas que hacían juntos como ir a la playa, comer todos los domingos, pasar el tiempo con sus nietos.
Para ella la vida había sido placentera y prospera, incluso a su edad la vida podía ser maravillosa, aprovechó cada segundo después de su encuentro; por su parte, él le contaba mucho de sus viajes, de las diferentes culturas que había conocido, de las amistades que había hecho y los trabajos que tuvo, la percepción del tiempo hacía que algunas cosas le parecieran sumamente cortas, pero para los demás fue más longeva de lo esperado.
Ella le preguntó si tenía un momento favorito, a lo que él contestó que las auroras boreales fueron el mayor consuelo de todos, fue como si el universo le hablara en su propio idioma, ver aquellos colores deslizándose por el cielo como una manta bajo las estrellas le hicieron soñar despierto en más de una ocasión.
Pero no fue lo único, hubo mucho que amar del mundo, mucho que apreciar cuando se detenía a descansar, y al recordar con dedicación podía ver más de lo evidente.
-Cuando iba por la sabana podía ver a los animales correr en manadas, hallaba la vida y la muerte como un ciclo que se complementaba y no tenía que ser triste; cuando miraba a las montañas sentía cuán grande era todo, cuán majestuoso era todo si veíamos más allá de nuestro pequeño mundo, fue hermoso; cuando navegaba por el atardecer, el océano y el cielo parecían no tener frontera, me hizo entender que todas las personas, en esencia, están igualmente solitarias… Estamos perdidos en este mundo que parece un dibujo hecho por Dios, pero intentamos hallarnos a nosotros mismos.
Vanessa asentía, sumamente conmovida por las palabras que usaba y su forma de ver la vida, tanto por lo que había pasado y aun así elegía buscar el sentido a todo, elegía buscar su propia felicidad, fue así como el muchacho se quedaba grabado en la mente de las personas con las que se encontraba.
A pesar de sus heridas y sus cicatrices, a pesar de haber perdido un ojo, él no estaba roto, no estaba solo o incompleto, siempre actuó como quiso, no vivió como le habría gustado, fue infeliz durante algún tiempo, pero fue su vida… Y agradeció en silencio por haber tenido la oportunidad de vivirla.
Cuando llegó el momento de despedirse lo hicieron con un abrazo, Arthur tuvo cuidado de no lastimarla con su fuerza, pero conservaría la memoria de aquel gesto por toda la eternidad, ver el resultado de sus dones lo motivaba a continuar y pensar con certeza de que tenía muchas oportunidades para ayudar justo como había aprendido.
Ella le deseó felicidad, prosperidad, salud y mucho bienestar, lo bendijo de la misma forma que las abuelas suelen bendecir a sus nietos, y luego le entregó dos cajas de pasteles recién hechos para que compartiera con sus seres queridos, algo que le hizo esbozar otra sonrisa nostálgica.
“Adiós, Vanessa…”
se despidió silenciosamente mientras andaba por la calle durante el atardecer, pensando en ese encuentro inesperado con alegría y satisfacción, deseando la próxima taza de café, sin saber si acaso habría una próxima vez.
Cuando llegó la noche, en otro sector de la ciudad lleno de juergas, Arthur exploró una nueva cara de la vida nocturna, nunca había estado en una fiesta que no fuera un cumpleaños, no le interesaba mucho estar en una, pero sin duda era fascinante ver como se divertían las personas.
Era algo entretenido al descubrir todo de lo que eran capaces, las luces eran su parte favorita, le gustaba los colores que resaltaban y el neón, si hubiera tenido amigos le habría gustado compartirles los pasteles que llevaba, pero seguramente no era algo que las personas hicieran en las fiestas, se le hizo una escena muy graciosa.
Los avistamientos de los ángeles, así como sus relatos de sus encuentros con los humanos, disminuyeron con el tiempo, muchos especulaban que habían regresado a su reino, otros decían que habían muerto, pero nadie sabía la verdad… Un día, una majestuosa luz abrió el cielo a la mitad, los humanos no recordaban lo que había sucedido, pero al despertar del sueño en el que se habían sumido la humanidad no volvió a experimentar cercanía con aquellos seres.
Quizás era lo mejor, aunque Arthur nunca los conoció personalmente, porque nada bueno había salido de ello.
Cuando caminaba por la acera era normal chocar con algunas personas que andaban con prisa, muchos trabajaban y otros iban tarde a clases, el futuro seguía construyéndose y él no podía interferir en absoluto, todos cumplían con un rol que daría vida a las aparatosas promesas tecnológicas que cambiarían el rumbo de la tierra, probablemente Arthur viviría los cambios de primera mano y lograría adaptarse a ellos… Si es que llegaba a sobrevivir a su encuentro con Ruby, aunque dudaba al respecto, lo cierto era que ese futuro dependería de lo que sucediera cuando decidiera regresar al laboratorio.
En cierto punto volvió a tropezar con una persona, en esa ocasión una chica encapuchada que inmediatamente volteó a mirarlo con una sonrisa complaciente.
-Fíjate por donde andas, torpe.
Arthur simplemente encorvó los hombros con desinterés y siguió su camino con las cajas de pasteles en la mano, no le importó mucho la actitud tosca de la chica porque era muy común toparse con personas que caminaban como si el mundo fuera demasiado pequeño para ellos, o como si fueran el centro de atención, nunca dejaría de haber personas groseras por más que el tiempo transcurriera.
Al continuar por su senda entre la multitud se preguntó dónde podría hospedarse, debía reunir sus fuerzas para enfrentar a Ruby y armar un plan, no podía simplemente ir sabiendo que ella lo estaría esperando con todas sus fuerzas para hacer que se le uniera, había estado más callada de lo normal, y un poderoso horror pasó por su cabeza.
¿Y si ella conseguía ponerle su viejo collar otra vez? Ambos sabían que él no aceptaría ninguna propuesta, no cedería sin pelear si estaban en las mismas condiciones, su capacidad mental había madurado al punto en que la niña ya no podía controlarlo, pero si le colocaba el collar eléctrico o una versión mejorada del mismo podría doblegarlo a su voluntad; en ese caso no tendría escapatoria, no podría hacer más que obedecerla ciegamente como solía hacer, convertirse en su zángano y su cómplice mientras el mundo ardía por sus deseos.
Sabía que tenía que calmarse de alguna forma, tener esos pensamientos lo harían más vulnerable ante la niña, lo que menos necesitaba era volver a ser de la forma en que era, debía ser mejor.
Pensar de más no le ayudaría, hiperventilar solo le estorbaría, había superado esa faceta hacía mucho tiempo, pero al encarar su mayor miedo sentía que volvía a ser un niño temeroso del mundo fuera de las cuatro paredes blancas, solo que en aquella ocasión su miedo se hallaba dentro de lo que consideraba un hogar, había sentimientos encontrados que involucraban a Ruby y a los fantasmas que solían castigarlo con experimentos aberrantes.
A pesar de lo que el hombre extraño le había dicho, intentó buscar consuelo en el anillo que aún conservaba, a veces acariciarlo resultaba terapéutico, le ayudaba a recobrar la fortaleza que sabía que tenía, además del espectro con el que aún se atormentaba, pero que en los últimos días había pasado a ser un consuelo del que no quería desprenderse, un consuelo con la hermosa sonrisa que su amada solía esbozar.
Su sorpresa fue muy desagradable al percatarse de que ya no tenía su anillo, levantó la mano solo para ver su dedo desnudo donde hace pocos minutos aún llevaba el anillo oxidado.
Su primera reacción fue buscar en todos sus bolsillos, incluso debajo de su gorro negro y por el suelo, aún entre las piernas de las personas que seguían por sus propios caminos podía notar que no había nada fuera de lugar, nada que resaltara como el color cobrizo de su anillo… Por lo que inmediatamente dedujo que alguien se lo había quitado.
Recapituló todo lo que hizo desde que se alejó de Vanessa, tener control sobre sus memorias era casi como regresar a ese punto exacto del tiempo con lujo de detalles, podía ver todo como si estuviera de vuelta en ese lugar.
Vio todos los rostros a detalle, analizó sus formas y genomas, todos eran normales, algunos con múltiples enfermedades, demasiados para poder curar en una sola noche, algunos con males que despertarían después de algunos años, pero en todos podía ver el tiempo de vida que les quedaba… Entonces la vio, la misma chica encapuchada de antes, tropezarse con él había sido una excusa para hurtarle su anillo y el dinero que llevaba ahorrado desde su trabajo en la calle Akihabara.
-Una carterista. -suspiró-