El fantasma carmesí 4
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escuchó el eco de la voz de Hazel en aquella ocasión, nunca lo había abandonado, como prometió, y la escuchaba cuando más lo necesitaba, esa hermosa parte de sí mismo que lo apoyaba incondicionalmente.

Sabía bien que cada acción y palabra para lograr un objetivo valía la pena, porque todo era importante para la meta que perseguían, el sueño no era tan inalcanzable cuando creían, cuando se esforzaban, tenían la fortaleza para continuar y vivir, tenía todo a su alcance para resistir un segundo más.

Se despidió de la mansión que solo existía en su memoria y comenzó a marchar de vuelta a la ciudad, jamás volvería por ese camino hacia un lugar que ya no existía, sin embargo, era como el hombre le había dicho: sanar no significa olvidar, sino agradecer el tiempo, los buenos momentos y las malas experiencias para aprender de sí mismo, todo aquello viviría en su memoria incluso si no existía en su presente… Y con la misma sonrisa serena dejó ir a Paulo y Aurora Fiore, les permitió descansar en su memoria agradeciendo por su gentileza en vida.

Y así como la dejó, decidió regresar a la ciudad, caminando con paso lento, pero seguro.

El muchacho exploró con la mirada cada rincón, la calle donde antes solo hubo prostitutas, drogadictos y ebrios había sido renovada, ahora se trataba de un conjunto bien cuidado, protegido e inmaculado, había nuevos puestos de trabajo, restaurantes y lugares que antes no existían, modernos, espaciosos e implementando arboles artificiales en su entorno; los robots, androides y drones que solían cuidarlo ya no eran exclusivos de laboratorios, ahora podían verse comúnmente ayudando a los transeúntes que podían costear el mantenimiento.

El mundo cambiaba, podía ver los proyectos de remodelación que incluía no solo la vida en las calles, sino el futuro de los países; puentes que se suspendían en el aire, edificios tan grandes que rozaban el cielo en todas partes, autos capaces de volar o navegar, prótesis y medicinas prodigiosamente avanzadas al punto de sepultar las enfermedades o ralentizar la muerte.

Todo aquello con lo que alguna vez soñó al ver tantas películas se estaba convirtiendo en realidad, Arthur se sintió perdido en un mundo diferente, no era la ciudad que conoció, como si él se hubiera estancado en el tiempo, quedando sumamente sorprendido por ello.

Tuvo que concentrarse para buscar el camino correcto, y así siguió avanzando, notando que las miradas que le dedicaron en ese sector, más que de admiración, parecían de confusión.

Leyó sus mentes y pudo entender que gran parte de la población, sobre todo los adultos mayores, lo reconocían, muchos lo habían visto caminar por esa misma calle en el pasado, susurraban que no había cambiado nada, se cuestionaban como era posible, un chico como él no pasaba desapercibido dos veces en una vida, pero con una gran diferencia de tiempo era imposible que no se quedaran boquiabiertos.

-Disculpa, jovencito, ¿Me permites un momento? -llamó su atención una señora, no tan anciana, pero que sí necesitaba un bastón para caminar debido a su mala postura-.

Me parece que ya te he visto antes, me resultas familiar.

-No lo creo, no he pasado por aquí en mucho tiempo, creo que me confunde con otra persona.

-intentó persuadir a la mujer, aunque era claro que sospechaba más que cualquier otro-

-No, no.

Estoy segura de que te he visto… -de pronto un brillo conmovedor cruzó por los ojos de la mujer-.

Oh, Dios mío. ¿Arthur?

Sintió escalofríos por todo su cuerpo cuando ella pronunció su nombre, no tenía idea de quién se trataba, se topó con muchas personas a lo largo de su vida, una anciana cerca de su lugar de origen era una completa desconocida para él… Pero cuando ella le dijo su nombre recordó que el tiempo no avanzaba de la misma manera para nadie.

-Soy Vanessa, tú me salvaste la vida cuando yo… era una dama de compañía, hace mucho tiempo.

Arthur empalideció, haber descubierto la identidad de aquella mujer era como un golpe de realidad, claro que recordaba cuando en su solitaria admiración de un mundo que no lo quería había descendido a un callejón donde un hombre casi abusaba de ella; no se consideró un héroe en aquel entonces, solo estuvo en el lugar y momento oportuno, y ella le invitó a comer el mejor pastel de chocolate de toda su vida como agradecimiento.

No pudo evitar sonreír, era como volver a encontrarse con alguien a quien jamás pensó volver a ver, allí estaba, tan sana como el día en que la dejó, pero mucho más vieja de lo que recordaba.

La mujer dejó escapar un par de lágrimas, no pensaba cuestionarle en absoluto la naturaleza de su juventud eterna, era igual a como lo recordaba años atrás, el muchacho no había envejecido ni un solo día en apariencias, pero en su mirada fragmentada podía ver que era todo lo contrario; el chico se sentía cansado, tenía la misma mirada de alguien que ha experimentado un sinfín de situaciones, la mirada de una persona que no teme a nada porque ha perdido más de lo que podría en una sola vida.

-Lo siento, me dejaste sin palabras, esto fue impresionante.

-confesó, teniendo que retroceder para sentarse en una banca, Arthur la ayudó para luego sentarse a su lado, permitiéndole recuperar el aliento-.

Dios, jamás pensé que te volvería a ver, mi niño.

-No pensé que me recordaría después de tanto.

-agregó el chico, suspirando al mismo tiempo-.

Veo que la vida le ha sonreído, se ve bastante saludable, señora Vanessa.

Ella asintió, sonriendo y eligiendo sus palabras cuidadosamente para no incomodar al chico.

-En efecto, desde aquella noche en que hablamos ocurrió un milagro, cuando fui al médico me dijeron que todas mis enfermedades desaparecieron, así como lo oyes… Al día siguiente simplemente era como si nunca las hubiera tenido.

Claro que lo sabía, recordaba haber tomado su mano discretamente y sanar todos los males en su cuerpo, el muchacho sonrió con ternura al saber que los efectos eran más duraderos de lo que podría haber imaginado.

Una de sus tantas pacientes tenía una mejor vida, ya no ejercía dicho oficio de compañía, ahora se dedicaba a la repostería, tenía su propio local; inspirada por cómo había quedado encantado con el pastel de chocolate decidió indagar en ese mundo, descubriendo así con bastante alegría que tenía un don para hacer postres, nunca se le había pasado por la mente por el miedo a intentar algo nuevo.

El muchacho escuchó a detalle su pequeño relato, asimismo, Vanessa le dio una pequeña muestra de su local, una porción de pastel de limón cuya acidez quedaba impregnada en su paladar de una forma exótica, el sabor simplemente fue algo diferente de todo lo que había comido en los últimos meses a través de su gran viaje, fue lo mejor que probó en muchos años… Al cerrar sus ojos pensó en el sabor, era tan dulce y agrío a la vez, le gustaba mucho, no recordaba la última vez que se detuvo a saborear un postre como ese, se preguntó si ese era el sabor a casa, de regresar dónde alguna vez fue feliz a pesar de las adversidades.

Arthur quedó maravillado por la receta, no era común encontrar alguien que pudiera dejarlo tan anonadado en un buen sentido, había pasado tanto tiempo huyendo, temiendo, llorando y repudiando que parar a descansar, a probar algo fuera de lo común, hacía palpitar su corazón atrapado en los muros que lo apartaban de todo lo demás.

El muchacho tuvo que sentir la máxima desesperación para apreciar las cosas más sencillas, parecía una norma de vida por la que todos debían atravesar en algún momento, no había sabor en el placer de las pequeñeces si no padecían la mayor de las agonías.

El muchacho preguntó si podía comprar algunos postres para su camino, a lo que Vanessa accedió más que encantada, pero no dejaría que él pagara, ella le regalaría las cajas que quisiera como muestra de gratitud.

Al principio no lo entendía, no sabía qué había hecho realmente para ganarse su corazón, el pastel de chocolate de hacía tanto tiempo ya era más que suficiente como pago cuando le salvó la vida, pero hacía mucho tiempo de eso, como dijo, y no era justificación para aprovecharse de su negocio tan prospero.

-No te estás aprovechando, mi niño.

-contestó la mujer, palmeando suavemente su cabello-.

Sabes, mis doctores nunca entendieron la razón, jamás pudieron comprender como es que mis enfermedades desaparecieron de un día para otro, pero yo sabía exactamente que fuiste tú, fuiste la razón por la que todos mis males desaparecieron y tuve la oportunidad de rehacer mi vida.

Arthur se quedó sin palabras, no porque ella hubiera deducido algo tan evidente, sino porque ella mantenía la calma, no era como la señora Potter que sintió una devoción casi religiosa cuando fue curada, Vanessa se mantuvo siempre agradecida y conmovida por su reencuentro con el niño carmesí.

-Conozco esa mirada, no te preocupes, no preguntaré nada que no desees, ni siquiera necesito saber qué eres… Para mí fuiste todo lo que necesitaba en mi vida, todo lo que hizo falta para sanar mi cuerpo y espíritu, al mirarme al espejo cada mañana entendí que me disté una nueva oportunidad incluso si no nos conocíamos, me pregunté por mucho tiempo ¿Por qué lo habrá hecho? Después entendí que la respuesta era bastante simple: eres una buena persona, un ser humano genuino.

Arthur quedó sin palabras ante su declaración, tenía razón al deducir que había sido la causa para sanar sus males, pero nunca pensó que su encuentro sería tan significativo para ella, ¿Qué hacía para ser recordado de esa manera? Entonces lo entendió, porque nunca se esforzaba por ser algo que no era, simplemente elegía ser él mismo, elegía hacerle caso a su naturaleza, y esa naturaleza le decía que ayudar estaba bien porque eso era lo correcto.

“Y por eso eres una buena persona”