El fantasma carmesí 3 #2
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La niña era consciente de cuán insatisfecha se sentía en el presente tras haber esperado tanto tiempo y haber hecho tantas cosas crueles, pero ya era muy tarde para cambiar de parecer, por eso la risa era su única respuesta; no se lamentó ni se arrepintió, no se odió a sí misma ni a la vida, así como tampoco tuvo intenciones de cambiar, ya había arruinado todo lo que pudo haber sido diferente.

Ruby siguió carcajeando, luego volvió a invadir los sueños de Sullivan para proporcionarle la misma pesadilla en la que Phantom lo abandonaba, prolongando aún más la exorbitante risa que se escapaba de ella.

Todo rastro de humor y apenas una pobre imitación del arrepentimiento se desvanecieron cuando escuchó la voz de Phantom en su cabeza: Volveré a casa, Ruby.

-Ay, hermano mayor, me has alegrado el día.

Te estaré esperando para hacer fiesta.

-suspiró Ruby, enviando aquel amargo e infeliz mensaje-

Días pasaban, Arthur no estaba postergando, sino vagando, cruzar el mar y la tierra no era un problema en absoluto, la conexión intangible con Ruby le recordaba por dónde tenía que ir.

Los animales lo guiaban por la mejor senda, los ermitaños le ofrecían alimento y alojo cuando lucía tan cansado como decían, se sentía bien volver a ser un trotamundos sin poner en peligro a nadie, quizás porque la niña carmesí había decidido dejar de perseguirlo tras saber que vendría por voluntad propia, ¿Esa era la clase de vida que le esperaba después de acabar con ella? Vagando interminablemente por los confines de la tierra hasta que el mismo tiempo decidiera, pero la verdad era que no se imaginaba como sería todo después de regresar.

Había luchado por tanto tiempo con el destino, tanto tiempo huyendo de su propia sangre que nunca tuvo un instante para imaginar la infame posibilidad de que ella abandonara su búsqueda, no podía imaginar lo que haría con su vida si la única que podía acabar con él ya no estaba, ¿Qué haría realmente? Nunca se lo había planteado, y por primera vez despertaba un grado de emoción al considerar que era el momento oportuno para comenzar a hacerlo.

Llegó a una ciudad, le resultaba familiar, pero después de tanto tiempo todas las ciudades se parecían mucho, solo sabía que había regresado al reino donde alguna vez recorrió las carreteras con Sullivan mientras él le inspiraba confianza para hablar con Cassandra antes de su fiesta de cumpleaños, y reaccionaba con el mismo rubor que un niño cuando le hablaban de esa linda niña del salón.

El recuerdo hizo que se le dibujara una tierna sonrisa llena de nostalgia, acarició nuevamente el anillo oxidado que nunca se había quitado, ni un solo día, y miró al espectro a su lado que parecía esbozar la misma nostalgia mientras le regresaba la mirada… Algo en ella había cambiado, aquel espectro que siempre se mantenía silencioso y distante había comenzado a sonreír como lo hacía la chica cuando vivía.

Sintió mucha curiosidad, por lo que no pudo evitar caminar fuera la ciudad donde se robaba algunas miradas interesadas por la belleza de su aspecto fragmentado, y el camino fue un poco tardío a pie, pero valió cada segundo cuando encontró lo que buscaba: la mansión de los Fiore.

Siempre se regresaba a dónde se fue más feliz, eso era lo que Arthur pensaba, porque la naturaleza del alma era tan confusa que creaba su propio camino hacia aquellas cosas, las que de verdad habían tenido significado.

Nunca supo qué sucedió con ella después de que se marchó, lo único de lo que se enteró fue de que habían catalogado la masacre como un tiroteo de unos ladrones profesionales que entraron a robar, por supuesto, solo había sido una fachada creada por la corporación detrás de Genexis Sciences.

Cuando volvió entendió que la nostalgia era una trampa que las mentes creaban para llevar a sus víctimas a lugares que causaban un dolor insoportable, entendió que a pesar del tiempo que había pasado su alma seguía atrapada en un mejor lugar, uno que ya no existía por más que lo quisiera.

“Esto no es ella, nunca lo fue y aun así te aferraste”

recordó las palabras del hombre extraño, y tomó lo mejor de su encuentro para entender lo que sentía en ese momento, porque de haber sido el mismo chico de antes se habría derrumbado a llorar ante las puertas de la vieja estructura.

La mansión había sido ocupada y remodelada, los nuevos dueños eran personas diferentes, con deseos diferentes, podía percibir el interior con un empapelado y adornos completamente nuevos.

Observó a una familia bastante grande que vivía allí, el padre, la madre, sus hermanos e hijos, muchas personas en aquel lugar tenían una buena vida, no había ni un solo enfermo, lo que solía ser la habitación de Cassandra se había convertido en una sala de juegos con una cuna en medio, y el gran salón de baile era un garaje para todos los coches en posesión de la nueva familia, nada era como lo recordaba, todas las posesiones de los Fiore fueron subastadas en su totalidad.

Era tan irreconocible que ni siquiera podía creer que fuera el mismo lugar, pero la posición de los árboles, las hectáreas, el viento que soplaba e incluso el aura que percibía, todo le indicaba que era el lugar correcto después de todo, no había duda en los hechos.

Arthur notó que un niño, que se asomaba de una de las ventanas del segundo piso, lo estaba mirando, probablemente vio al chico carmesí admirando la casa con aquella determinación que solo otro niño podría reconocer… Lo que vio fue a un muchacho bien vestido, pero lastimado, tenía un hermoso cabello rojo que caía sobre un rostro lleno de cicatrices y medio ciego, en lugar de tener miedo porque era un extraño y le habían enseñado a temerles sintió una profunda pena por él.

Arthur le mostró una sonrisa muy serena, como si supiera lo que pensaba, pero no le importaba que creyera que era un vagabundo sin amor, pues eso era.

Entonces el niño le saludó, dejándolo sorprendido al principio, pero luego le devolvió el gesto con la misma amabilidad de siempre, aquel niño era mucho más joven que él, había llegado a ese punto de su vida en que podía presenciar como la nueva vida llegaba al mundo, dónde los jovencitos se habían vuelto adultos, y los adultos en ancianos, pero él se mantenía igual que al principio de su vida… Nada en él había cambiado salvo la forma de su alma moldeada por las sensaciones.

El tiempo pasaba y les daba la razón a las palabras del hombre extraño, todo a lo que Arthur se aferraba no eran más que memorias, cosas que habían pasado hacía mucho negándose a sanar apropiadamente, culpándose por todo lo que pudo haber hecho para cambiar el resultado como si aún estuviera a tiempo.

No era su culpa haber nacido, no era su culpa haber perdido, todos en la vida perdían lo que amaban conforme continuaban, solo podía seguir compadeciéndose o elegir arriesgarse a creer que todo llegaría a cambiar… Solo debía resistir, un segundo más, un segundo menos, todo hacía la diferencia.

“¡Por supuesto, cada paso cuenta!”