El fantasma carmesí 3
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-Es cierto, es difícil amar y que te amen… Pero, realmente no lo ves, no se trata de no lograrlo, se trata de intentarlo.

Tienes que intentarlo porque ni siquiera deberías estar aquí, viajaste muy lejos para buscar control de ti mismo, para buscar valor, pero eso ya estaba en ti, sabes de lo que eres capaz y aun así dudas, te autosaboteas y te restringes a ti mismo.

-confesó el hombre, escarbando cada vez más en la herida-. Oh, no me mires así, sabes que te autosaboteas, porque repites que no eres capaz, que no vales la pena, que eres esto y lo otro… ¿Alguna vez te has mirado al espejo y te has amado a ti mismo?

Arthur guardó silencio, quiso decir algo, pero era inútil, el hombre tenía razón, no hubo un momento en su vida que él mismo se dijera las cosas que siempre quiso escuchar, esa clase de amor le resultaba desconocido e imposible, le resultaba descabellado pensar en aquello que el señor Sullivan le decía o en lo que Cassandra susurraba cuando estaban juntos, ¿Qué significaba amarse realmente? Repetir una serie de palabras positivas que le jugarían un truco a su mente, abrazarse a sí mismo bajo el frío de una noche solitaria, o seguir por el mundo soñando con llegar a alcanzar algo que nunca conoció con la Fe ciega de que podría tener a alguien.

Eran conceptos que no entendía, pero de alguna manera hacían eco en su cabeza, le hicieron tener ideas que nunca había considerado, y de pronto la bebida se hizo deliciosa, las ondas se deslizaban en calma dentro del vaso.

-Bien, es un avance… -señaló el hombre, bebiendo un poco-.

Sanar es un proceso, Arthur, se necesita tiempo, compañía y soledad, comida y bebida, pero sobre todo un techo en tu cabeza.

Sanar significa agradecer por el tiempo, aprender de tus heridas, ver el pasado solo para recordar tus aprendizajes y llevar a tus seres queridos en tu corazón, sanar nunca significará olvidar, sino ser mejor. -agregó con una sonrisa al final, parecía una sonrisa paternal, se sentía tan agradecido por la compañía de Arthur que tomó suavemente su mano-

Arthur correspondió el gesto, pero su expresión aún era vacía, había bajado la cabeza para dejar escapar lágrimas de su único ojo, sintió las vibraciones de su anillo y la presencia del espectro de Cassandra observándolo de cerca, con sus piernas cruzadas sentada a su lado.

La entidad miró en esa dirección, pero no había nada, en todas las formas que tenía de ver la vida no había ninguna donde tuviera cavidad aquello con lo que el muchacho tanto se atormentaba, después de todo, él era el único que podía ver o escuchar aquellos malos recuerdos que resonaban como el castigo a su alma inhumana.

-Tu poder te deja ver muchas cosas, pero ese espíritu que ves no es una de ellas, solo es lo que crees que haría si estuviera contigo, es solo eso… una parte de ti castigándose.

-confesó con una pequeña palmada en el anillo algo ensangrentado y oxidado-.

Esto no es ella, nunca lo fue y aun así te aferraste.

Por un momento se sintió ofendido, pero al mismo tiempo sabía que él tenía razón, había elegido el anillo de compromiso como el recuerdo perpetuo de lo que significó la chica para él, un anillo que representaba todo lo que habían hecho y compartido… Pero hacía mucho que ella no estaba en el mundo, su alma realmente descansaba lejos de ese plano, el anillo, más que ser un recuerdo era un ancla para que todas las cosas se quedaran atadas a ese lugar.

El hombre no se lo arrebató ni le invitó a quitárselo, sabía que era algo que tendría que hacer por sí mismo, sería muy pronto, sabría cuando estaría listo, pero hasta entonces permanecería en su dedo, doliendo y ardiendo como lo había hecho hasta ese momento, no podía saber qué sería del espectro de su amada.

-No quiero regresar.

-confesó Arthur, suspirando-

-Es que no hay elección… -en ese instante, el hombre mostró su sonrisa, señalando el exterior donde la niebla persistía, pero el camino era más visible que antes, un sendero que le permitiría marcharse-.

No puedes seguir huyendo por siempre, el camino siempre ha estado despejado para ti, hijo mío.

No se creía listo para hacerlo, pero sentía que ya no había razón para estar allí, era justo como él lo había dicho, no iba a encontrar en ningún lado lo que estaba buscando, esa era la verdad de aquellos que querían obtener una respuesta de sí mismos.

Arthur se levantó tras beberse todo su té, se dirigió a la salida del dojo y miró al hombre por última vez, lo miró directamente a sus ojos de distintos colores con una naturaleza tan compleja y misericordiosa al mismo tiempo… No sabía lo que era realmente, pero podía suponerlo, podía suponer cuál era la identidad de aquel que se mantenía lejos del entendimiento de todos.

-Tú no eres un fantasma…

-No, hijo.

-respondió-

-Entonces, ¿Qué eres?

El hombre hizo que un tenue brillo resplandeciera en sus ojos, la heterocromía resaltó el significado que había descubierto antes, y su sonrisa despreocupada se acentuó, demostrando que no volvería a sufrir… que sería libre de sí mismo.

-Soy lo que todos necesitan.

-confesó, alejando la mirada lentamente-.

Si tú pudieras pedirme algo, lo que sea, ¿Qué pedirías?

Arthur lo pensó por un instante, no había muchas cosas que realmente quisiera en la vida, no había mucho a lo que pudiera aspirar, pero cuando indagaba dentro de su propio corazón, y meditaba en lo que había sido su vida hasta ese momento, un solo deseo surgía de las sombras en las que se había sumido, un único rayo de certeza en un mar de incertidumbre.

-Pediría volver a ver al señor Sullivan una última vez.

-suspiró pesadamente, dejando escapar la tristeza que lo consumía cada vez que pensaba en el doctor-

El extraño se limitó a asentir, no había que indagar demasiado en el deseo del muchacho para entender que estaba siendo honesto, siempre pensaba en los demás al punto de que se olvidaba de sí mismo, todo lo que quería era demostrarle su amor a aquellos que apreciaba, los pocos que quedaban.

El niño carmesí se levantó y comenzó a caminar fuera de aquel extraño lugar, su corazón como había dicho el desconocido, le resultaba desconcertante y ajeno a sí mismo, no podía pensar en algo que no fuera en aquel edén con el que había soñado alguna vez, pero si realmente era un reflejo de sí mismo como había dicho el hombre entonces él finalmente comenzaba a comprender que también podía albergar calma y alegría.

Al salir del dojo se vio rodeado por la niebla, aún era un camino muy confuso, pero siguió hacia delante con paso firme, alcanzando la tierra prometida por un sendero que le haría libre de sí mismo, su mayor sueño era descansar, su mayor anhelo era conocer la paz algún día.

El muchacho siguió caminando y nunca se detuvo, soñando con tener una casa, un padre, una madre y una familia que lo amara, pero el sueño fue lo único que se extinguió como sus miedos, el tiempo jamás se detendría ante nadie… Esa fue la lección del extraño, y era su momento de volver para enfrentar lo que tanto intentaba evadir.

“Volveré a casa, Ruby…”

pronunció con un suspiro al cerrar sus ojos, para permanecer un rato en silencio y admirar la oscuridad en sus parpados, y entonces miró al hermoso atardecer que proclamaba el cielo en ese instante; había regresado al plano terrenal, al bosque en el que se hallaba antes de perderse entre la niebla, con una mente despejada y un alma intranquila, el muchacho no perdió de vista el horizonte a pesar de sus heridas.

Aprendió a caminar, aprendió de sus heridas, a levantarse, hizo muchas cosas en su solitario recorrido por el mundo, vio tanto y sobrevivió a más, pero al final ni el más prodigioso de todos puede evitar regresar a su tierra.

“A veces sueño contigo, intento alcanzarte, pero cada día soy más viejo, mis piernas me duelen y no puedo seguirte el paso.

A veces me hacen bromas crueles por teléfono, dicen que te encontraron, otros dicen que te vieron muerto, con el tiempo dejé de creerles a las personas… Me hago cada vez más viejo, ya ni recuerdo cuanto ha pasado desde la última vez que te vi, quisiera volver a escuchar tu voz”

Ruby se mofaba al leer los pensamientos de Sullivan, sabía dónde vivía, qué hacía y sobre todo como vivía, era su entretenimiento cuando llegaban días en que estaba sumamente aburrida, conocer el estado del hombre era lo más divertido que había hecho.

Ella sostenía el cráneo algo polvoriento y ahuecado de Crane, ya no le quedaba ni un solo rastro de carne, hacía tiempo que el placer de una mascota humana se había marchitado para la chica, ahora solo le quedaba el recuerdo de lo que fue y… a veces, de lo que pudo ser.

Esos pensamientos se le hacían extraños, Ruby nunca había sido la clase de criatura que dudara de sus acciones, desde el día de su concepción tenía claras sus prioridades, ser la heredera de la tierra, pasar su eternidad al lado de su hermano mayor y experimentar con la vida misma, pero en ese entonces, pasados tantos años desde su último encuentro con Phantom, comenzaba a preguntarse como habría sido todo si ella hubiera intentado vivir de la misma forma que él lo hizo.

¿Sullivan la amaría? ¿Cassandra sería su amiga? ¿Habría convencido a Crane para que les dieran una libertad total? Eran preguntas que como todo ser pensante llegaban a su consciente, se cuestionaba, meditaba y reflexionaba, con sus pequeños experimentos intentaba descubrir lo que habría sucedido si hubiera jugado con esa posibilidad.

Ruby no entendía qué era ese sentimiento, pero al haber explorado infinidad de veces las mismas habitaciones blancas consumidas por el odio, la destrucción, el resentimiento y el miedo llegaba a la conclusión de que su vida habría sido un poco más interesante.

Al deducirlo comenzó a reírse como si le hubieran contado la mejor broma de todas, soltó carcajadas como una niña hasta que se le salieron las lágrimas y su rostro se puso rojo.

- ¡Ay no, mi estómago! -jadeó entre risas, sujetándose fuertemente mientras se tambaleaba-.

¡Qué hilarante, pude tener una mejor vida si no me hubiera autosaboteado!