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Aquella presencia con forma de hombre le compartió una sonrisa gentil mientras negaba suavemente con la cabeza, entonces abrió los ojos para enseñar la particular heterocromía que los componía: un ojo rojo y otro gris que lo observaron con dedicación hasta hacer que se cuestionara cual era la naturaleza no solo del hombre ni de su mundo, sino de su universo.
-Si lo fuera, no habría adelantado nuestro encuentro.
Arthur dejó salir una pequeña carcajada, eso en parte significó un alivio para él, pero luego calmó sus ansias con otro sorbo de té, esperaba hallar respuestas directas sobre su encuentro con la extraña entidad, que mantenía su aura tan antigua y sabia como el universo mismo.
-Entiendo, es gracioso, supongo que estoy mejor sin saber mucho… Entonces, ¿Qué hace aquí? -preguntó humildemente-
-Lo mismo que tú: buscando respuestas.
-confesó el hombre, usando su ojo rojo para mostrarle la ira y dolor hacia aquellos que provocaban el mal-
-Buscando… -repitió Arthur, suspirando antes de dejar su té en la mesita frente a él-.
Me dije que busco control, busco saber quién soy realmente y lo que puedo hacer, quiero liberarme de este peso que me sigue a todas partes y saber si realmente puedo usar mis poderes para algo bueno.
El hombre pareció meditar con las palabras de Arthur, no estaba sorprendido ni entristecido, por alguna razón parecía aliviado por escucharlo, como si hubiera estado esperando por aquella respuesta.
Asintió suavemente antes de sorber un poco más del té, luego frunció el ceño porque el sabor se volvió plenamente amargo, pudo percibir que la tensión en el corazón de Arthur hacía del ambiente algo pesado, y reflejaba la amargura en todo lo que le rodeaba.
- ¿Ya no te gusta tu propio té?
-Cambiaste el sabor, deberías saberlo, tú eres el que lo preparó.
-confesó el forastero misterioso, dejando la taza frente a él-.
No hay armonía, ni balance, ni nada de calma en tu corazón… Aunque no hace falta indagar demasiado en la razón.
- ¿Yo lo hice?
-Sí, como todo en este lugar; este es tu corazón, Arthur Sullivan.
Quedó anonadado ante el descubrimiento, nunca le había dicho su nombre, no obstante, el extraño sabía quién era y no dudó en suponer que conocía su historia… El hombre no era un fantasma, tampoco un humano, tampoco podía decir que estaba vivo, era tan sencillo como determinar que se trataba de una entidad que se mantenía en su propio espacio y tiempo, conocedor de muchos conceptos y verdades.
No era la primera vez que se encontraba con algo así, pero casi siempre las entidades y espectros preferían ignorarlo, elegían pasar de largo porque su vida no interfería en el gran orden de las cosas, razón por la que ningún ángel se acercó a él.
El dojo era pacífico y cerrado, la niebla en su exterior era más densa, el camino se había desvanecido y era como si flotaran sobre la nada absoluta, el abismo les rodeaba, no quedaba nada salvo la habitación que los albergaba.
Arthur entendió que, si de verdad ese era su corazón, se hallaba consumido por la confusión, el dolor, el sentimiento de hallarse perdido en todas partes, había olvidado su rumbo hacía mucho tiempo; miró la taza y descubrió que no era té, solo era sangre, incluso su propia naturaleza le producía el vómito, su propio cuerpo le era desagradable al punto en que ni siquiera toleraba mirarse al reflejo del líquido.
-Lo siento, es que no sé qué hago aquí, no sé ni para que vine en primer lugar.
-Hoy en día nadie sabe por qué vienen al mundo, antes usaban la religión y la filosofía, pero eso ya no basta, ¿Verdad? -confesó el hombre, asintiendo lentamente; le enseñó que en su ojo rojo se hallaba todo el sufrimiento de aquellos que nacieron para cargar con el peso del mundo, la ira de aquellos que se levantaron contra sus agresores para liberarse de su yugo-.
Yo, por ejemplo, sé lo que hago aquí y lo acepté hace mucho tiempo… No puedo pretender ser algo diferente, ¿Por qué tú sí?
-Pero, ese es el asunto, toda mi vida me han dicho que lastimo a las personas, que solo llevo dolor a donde sea que vaya.
-confesó, meneando la cabeza, incapaz de ver otra realidad-
El hombre poseyó un brillo en su ojo gris, era un color hermoso, monocromático, que poseía la calidez y el amor que un padre o una madre podrían sentir por sus hijos, Arthur se sintió acobijado por él en ese instante y supo que la naturaleza de ese ojo era el balance del otro, la contraparte, la calma tras la tormenta en un instante que añoraba por toda la eternidad.
Se convirtió en su consuelo, el alivio que había buscado por tanto tiempo, y fue como si sus problemas se disolvieran en el hermoso instante en que se dedicó a la observación del macrocosmos en los ojos de aquella entidad.
-Creo que nunca lo entendiste… No hay vida sin sufrimiento, tú no pediste nacer, es verdad, pero no puedes seguir compadeciéndote por lo que sucedió, lo que ya pasó, ¿Quieres ser una buena persona? Sé una buena persona, si quieres cambiar debes decidir hacerlo en lugar de huir, debes enfrentar tus miedos si quieres volver a vivir.
-Pero ¿Como? Nadie nunca me amó en mi vida, soy un fracaso.
El hombre tomó la taza, la sangre lentamente se disolvía, pero la niebla aún era densa en el exterior.