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pensó Ruby al cuidar lo que solía ser la entrada al laboratorio ahora cubierta por la nieve y apartada de todo con mallas con el anuncio de propiedad privada, pero aun así eso no impedía que un único hombre se acercara para ver de cerca las ruinas como si esperara encontrar algo.
Después de algunos días de observación sobre Arthur notó que él parecía perdido, había escuchado que pretendía dominar sus habilidades, pretendía igualarla sin importar cuanto le tomara, pero ella sabía que su estado mental no era el mejor para lograr una concentración precisa, era cuestión de tiempo para que se derrumbara sobre sus propios pensamientos y se convirtiera en un despojo.
Ruby sonrió con complacencia porque pronto se reencontraría con su hermano, y por defecto conocería el fruto del amor que ella le tenía, sentía tanta curiosidad que no podía evitar morderse un dedo para sangrar y beber de allí.
Arthur se hallaba caminando por el bosque tras un largo periodo para superar las experiencias que había conocido, se sentía un poco mejor tras haber encontrado viejas estatuas de templos derrumbados, era como estar en una tierra diferente donde nada podía lastimarlo.
Por alguna razón se sentía en calma, todo era más pacífico, los insectos y animales que lo rodeaban no parecían estar relacionados con Ruby en absoluto, no se sintió observado en ningún momento, aunque había una neblina tan espesa que no podía ver los árboles con los que se topaba, pero todo parecía estar bien al punto en que pudo sentarse en una roca a descansar.
Se quitó sus zapatos para estirar los pies y refrescarlos en la pequeña corriente que cruzaba por las piedras, era bastante enternecedor ver a los conejos que se acercaron sin miedo para beber del agua en familia.
Los escuchaba murmurar con temor, pero la madre les hizo ver que no había peligro, Arthur entendía su lengua y les contestó que solo estaba descansando, riendo un poco al ver lo impresionados que estaban porque un chico podía hablar con los animales; poco después retomó el camino, pero se quitó el gorro para refrescarse el cabello mientras seguía hacia delante, con suerte explorando más de esa calma entre la niebla, aunque el anillo en su dedo ardía un poco y el espectro de Cassandra se mantenía a la deriva por alguna razón.
De pronto la niebla se hizo más presente que nunca, tal era su densidad que ya le resultaba complicado hallar el suelo o los árboles con la mirada, como si hubiera cruzado por un portal hacia un lugar abandonado, y allí no hubo nada más que piedras con grabados, estatuas de zorros, lobos, leones y perros.
Los kanjis de la lealtad, el amor y esperanza yacían en todos los monumentos de piedra con los que se encontraba, entonces, frente a él un pequeño dojo en perfectas condiciones se elevó entre la espesura de la niebla, como si hubiera surgido de la nada, no era una visión ordinaria, porque al concentrarse no podía desentrañar en la niebla, entendió así que no fue algo natural como había considerado.
Cuando miró hacia atrás en un intento por regresar se vio acorralado por un muro de piedra, el camino había desaparecido por completo, se sintió abrumado por un poder superior y decidió que el único camino correcto era hacia el dojo donde probablemente alguna criatura, espíritu o entidad intentaría hacerle lo que quisiera, era algo a lo que ya se estaba acostumbrando; la tierra tenía muchos misterios, después de todo, no debía extrañarle tener encuentros que cambiaban su forma de ver la vida, solo necesitaba de un poco de valor para dar ese paso y lidiar con cualquier cosa que estuviera esperando, pues la sombra que se alzaba dentro del dojo era pronunciada e intimidante.
Entró esperando violencia, esperando miedo y dolor de un alma que nunca había conocido la paz, como siempre sucedía a dónde iba… Pero, en su lugar encontró paz.
La sombra se trataba de un hombre adulto, de un aspecto extraño, no parecía japones, tampoco parecía ser de ningún lugar al que hubiera ido, su rostro le decía una cosa, su cabello otra, pero todas las características juntas le decían que había estado en todas partes en algún momento.
El hombre bebía té verde, usaba un kimono blanco que contrastaba con sus manos que eran negras como la noche, como si las hubiera hundido en alquitrán, y tras beber dejó la taza en la mesita frente a él donde estaba dispuesta otra taza en su lado de la mesita, lista para que Arthur se le uniera… Y el hombre mantenía los ojos cerrados con una expresión de calma.
-Debes estar cansado, siéntate y reposa, te hará sentir mejor.
-habló el hombre, y su voz no fue ni masculina ni femenina, era una voz que se mezclaba con todas, la de una criatura que conocía perfectamente el carácter de todos los seres humanos-
- ¿Eres un fantasma?
El hombre carcajeó, aún no abría sus ojos por alguna razón.
-Soy lo que necesitas ahora mismo.
Supuso que no podía preguntar mucho más, se mantenía callado y misterioso, tampoco tenía pulso ni torrente sanguíneo, no tenía cerebro, corazón, órganos ni nada que le hiciera humano, no obstante, la energía que transmitía no era inquietante en ningún sentido, siempre fue pacífico y amable, como si todos los problemas se disolvieran solo con su presencia.
Arthur se limitó a suspirar y acercarse, sentándose al otro lado de la mesita para hacerle compañía y beber del té, sin duda era delicioso, al principio era algo amargo que dejaba con deseos de probar más, luego el sabor a hierba se quedaba en su paladar, el calor hacía que se deslizara por su garganta dejando finalmente un sabor agridulce bastante adictivo.
-Oh, está bueno.
-suspiró con una pequeña sonrisa serena-
-Es cierto, lo está.
-confesó el hombre, asintiendo, luego dirigió la mirada hacia la ventana para contemplar la niebla que se extendía por todas partes, ocultando el bosque como si no existiera fuera del dojo-.
Que belleza, a veces debes perderte para encontrar algo tan hermoso… Te estuve esperando, Arthur.
- ¿Eres… la muerte?
Sabía que no era una pregunta tonta, no porque estuviera equivocado o porque recordaba que no podía morir, sino porque la calma que transmitía no la había conocida en vida, la forma en que se presentaba y se movía no era algo que pudiera hacer ningún humano.