2
- ¡Hola, señor! ¿Quiere jugar con nosotros? -saludó una chica sin un brazo y una venda cubriendo la mitad superior de su rostro-
-No… no, niña, ¿Qué les pasó?
- ¡Vamos a jugar con el balón, luego jugaremos algo más divertido! -agregó un chico detrás de él, sin percatarse ellos lo estaban rodeando, insistiéndole todos al mismo tiempo y tirando de su ropa-
No tenían pulso, fue lo primero que pudo detectar, ni torrente sanguíneo o algo que le pudiera decir que estaban vivos o siquiera que fueran humanos, pero sus intenciones le seguían resultando desconocidas porque lo único que hacían, como habían dicho, era lanzarse el balón unos a otros mientras lo guiaban por el pasillo, quedó helado al sentir que eran tangibles, por lo que pronto descartó que fueran espíritus.
Mientras trotaba para seguirles el paso al tomar sus manos miraba en ambos lados, a través de las ventanillas los experimentos no cesaban, los fantasmas aplicaban distintos experimentos sobre ellos, arrancando partes de sus cuerpos con máquinas o aplastando otras partes con prensas hidráulicas.
En el camino pudo sentir como el pasillo cambiaba brevemente para volver a ser aquel vil lugar abandonado por el tiempo, y en los muros podía leer la frase escrita con tinta: “El secreto está dentro de los niños que el tiempo olvidó…”.
- ¡Hemos esperado por un nuevo amigo por mucho tiempo! -exclamó una niña sin nariz-
- ¡Estoy tan feliz, todos lo estamos! ¡Nunca te vayas, nuevo amigo! -rogó el niño con más vendas que rostro-
Arthur seguía el camino, mirándolos totalmente desconcertado mientras ellos jugaban con el balón, casi arrastrándolo a lo que llamaban el salón de juegos junto a su querido profesor; notó más a detalle que seguían portando los viejos kimonos manchados de sangre, pero ni el tiempo había logrado arrebatarles la belleza a sus prendas, seguían luciendo tan elegantes como solían ser a pesar del rastro carmesí, y debajo solo escondían sus sandalias de madera que resonaban mientras trotaban por el pasillo con su nuevo amigo.
“Hiroki, Sasuke, Tatsumi, Ayumi, Miku, Tsukasa y Kurama, ¿Qué son realmente?”
se cuestionó el muchacho al escucharlos decir sus nombres, preparándose para su juego que requeriría que él los conociera.
El chico intentó articular sus palabras, pero la consternación le había arrebatado la voz, seguía sin entender la conexión de ese pasado misterioso con lo que había en el presente, ilusión o no, los niños eran lo único real en ese extraño laboratorio disfrazado de orfanato.
Cuando miró hacia una habitación en particular, notó a gran detalle, y se detuvo con los niños solo para mirar con detenimiento, a un grupo de científicos rodeando a uno de los niños, y ellos cantaron una vieja canción de un juego tradicional mientras él observaba lo que sucedió hacía muchos años:
“Girando, girando… el pájaro se encuentra en la jaula, ¿Cuándo la abandonará?”
los científicos sostenían las espadas que usarían, la niña en medio permanecía de rodillas, le faltaba un brazo y temblaba de miedo por todo lo que había sobrevivido, observando a sus amados tutores preparándose para cortarla.
“¿Quién se encuentra detrás de ti?”
al adivinar erróneamente, le cortaban la cabeza que giraba por el suelo hasta sus pies, y ellos escarbaron en su cuerpo.
Arthur quedó perplejo ante la visión, sobre todo porque ella aún seguía con vida, movía sus ojos y balbuceaba algo inentendible, y su cuerpo también sobrevivía a la decapitación, así como sus compañeros… Y al sobrevivir a todo, incluso al mismo tiempo, perdieron la razón cuando sus propios fantasmas perdieron la guerra, pero no los dejaron huir al exilio como la mayoría de sus compatriotas ni les dejaron cometer seppuku.
Los niños se tomaron de manos, y a aquellos que les faltaba una o dos simplemente les sujetaron las mangas de sus kimonos, las sonrisas nunca dejaron sus rostros fragmentados, con sus miradas sin pupilas vacías como la noche, para rodear a sus queridos profesores y jugar un último juego, uno del que, como pudo entender gracias a los esqueletos que había visto antes, ningún científico pudo ganar.
Cantaron como lo hicieron al rodear a Arthur, un viejo juego tradicional en que la persona del centro debía adivinar quien estaba detrás de ellos, el último recuerdo que tenían antes de ser decapitados y convertidos en esas criaturas con vida eterna, pero sin corazón.
“¿Quién está detrás de ti?”
cantaron el último verso, deteniendo los giros esperando por la respuesta de su nuevo amigo.
Arthur podía sentir que tenían la misma espada que los científicos habían usado para decapitarlos, entendió que no podía sentir pulso ni torrente sanguíneo en sus cuerpos porque ellos no estaban vivos, pero tampoco muertos, simplemente existían por todo lo que aquellos hombres habían logrado… Matarlos no serviría de nada porque no lo conseguiría, tampoco lo intentaría porque sabía que solo eran víctimas de lo que hombres crueles hicieron con ellos para dañar enemigos que ya no existían, fueron niños y parecía que aún lo eran, pero en el fondo se convirtieron en armas que ningún humano podía romper, ellos ya estaban rotos; se sintió profundamente conmovido y nostálgico, porque al final del día eran sus reflejos.
-Miku está detrás… -respondió, con sus ojos cerrados y con las rodillas contra el suelo-
Sintió el frío acero de la espada contra su cuello, se habían preparado para que él fallara, pero al escuchar su acierto quedaron sorprendidos, nunca nadie había ganado su juego, todos los intrusos habían perdido y sus espíritus quedaron atrapados en esos muros por toda la eternidad, era la primera vez que algo así sucedía, pero luego comenzaron a festejar y aplaudir.
Arthur abrió los ojos solo para ser recibido por múltiples abrazos gentiles que lo trajeron de vuelta, reaccionó apropiadamente a pesar de la tranquilidad de su expresión, miró a su alrededor a los niños que comenzaron a cantar y a jugar con el balón mientras se alejaban lentamente.
No estaban muertos, pero tampoco estaban vivos… La ciencia les había arrebatado la niñez, todo lo que pudieron llegar a ser quedó reducido a una solitaria eternidad, prisioneros de los experimentos y del recuerdo de todas las cosas que les hicieron, y no podía hacer nada por ellos ni por el incierto futuro que les deparaba.
Arthur miró a su alrededor, al ganar el juego liberó las almas de las víctimas, buenas y malas, fueron liberadas por igual, no sabía si esa fue una buena decisión para variar, pero estaba hecho y solo le quedaba despedirse en silencio de los niños eternos antes de emprender su lenta caminata fuera del orfanato.
No obstante, un frío sentimiento de abandono se cernió sobre él, era la primera vez que sentía que estaba abandonando a alguien que lo necesitaba, y al darse la vuelta miró a los niños jugando en un cuarto sucio donde dormían, tenían camas que se conservaban a pesar del tiempo; cuando les llegó la hora de dormir, él se acercó y se inclinó junto a una niña que le faltaba ambos brazos, ella le regresó la mirada y por un instante, aunque fuera tan breve, ella recobró la cordura para convertirse nuevamente en quien solía ser antes de los experimentos.
- ¿Eres mi nuevo amigo? -le preguntó con calma-
-Sí, soy un amigo, y prometo que nadie te volverá a lastimar.
Él besó su frente vendada, era el primer gesto de amabilidad que recibía en décadas, abrió sus ojos heridos de par en par mientras sonreía y luego se proponía a descansar, por primera vez, el descanso fue algo que pudo conocer sin pesadillas; como ella, sus compañeros conocieron la misma bendición, sentir amor después de tanto tiempo fue algo nuevo, se quedaron anonadados porque todas las memorias de dolor quedaron en segundo plano, las sombras se disiparon y recordaron lo que era soñar.
-Se siente como… en casa, con mamá.
Arthur se levantó y miró a los niños olvidados por última vez, no sabía qué sería de ellos en el futuro, si acaso algún día podrían superar el dolor y alguien los encontraría en paz, aunque ¿Quién era él para pensar en encontrar la paz? Solo eran niños lastimados, no podía dar por hecho que lograrían crecer algún día si no lo hicieron en tantos años, tal vez compartiría su mismo destino, no tenía respuestas en absoluto… Pero lo único de lo que sí tenía certeza era que por primera vez en décadas tendrían un buen sueño, les había concedido una dulce ilusión que no tenía que ser una mentira, recordarían y revivirían la alegría de aquello que alguna vez existió.
Tras concederles ese último regalo decidió que ya era tiempo de marcharse, se dio la vuelta, sonrió por los niños olvidados y cerró la puerta, permitiéndoles descansar tras un largo periodo despiertos.
¿Qué más se ocultaba en los bosques? ¿Cuántos horrores persistirían a pesar del tiempo? Eran preguntas que ni siquiera él podría contestar, solo algo tan horroroso como la capacidad humana podía crear abominaciones y disfrazarlas con la inocencia de un niño que solo quería jugar con el balón, usar las pesadillas de un niño para crear armas solo producía monstruos en el futuro… Miró hacia atrás, hacia aquel orfanato con los niños que el tiempo olvidó, y percibió la oscuridad que lo envolvía por los actos que los adultos habían cometido, percibió algunos de los secretos que encerraban aquellas paredes con pizarrones, pupitres y cuartos blancos donde ahora los niños tenían buenas noches por primera vez.
El mundo seguía siendo un lugar misterioso, incluso si vivía y conocía más que la mayoría, nunca dejaría de sorprenderle las maravillas y los horrores que tenía para ofrecerle, a cambio de aquellos obsequios que la vida le había dado se prometió liberar la tierra del mal con el rostro de su hermana.
“Ha pasado mucho tiempo, y él todavía visita este lugar… ¿Acaso también espera que mi hermano regrese? A veces siento que ponerle fin a su espera sería más piadoso, pero me gusta ver al anciano arrastrarse hasta acá”