III El hada azul #5
Entre los componentes de los salones, así como la estructura en sí misma, podía notar que todo era demasiado anticuado: la bandera del sol naciente, la esvástica nazi, algunos conceptos y fechas que databan de principios de los años 40, todo parecía indicar que se trataba de un orfanato que perduraba desde los tiempos de la segunda guerra mundial, no obstante, no había rastro de intervención humana desde aquellos desdichados años, entonces, ¿Quién era el extraño que seguía viviendo en ese lugar? Descartaba que fueran malvivientes porque no era la energía que le transmitía el lugar, también porque estaba demasiado apartado de la ciudad como para creer que se atreverían a andar por el bosque, ya habrían intentado asaltar a un chico como él para ese punto.
Poco después encontró algo más interesante, una de las habitaciones se le hizo más familiar de lo que habría querido, una habitación blanca donde distintos aparatos médicos reposaban, maquinaria anticuada para la transfusión de sangre y algunos tubos de ensayo que solo albergaban arañas.
El cuarto blanco parecía ser un concepto universal para la experimentación humana, era algo que él había vivido de primera mano por lo que sabía perfectamente que el charco marrón del suelo era sangre añeja, probablemente producto de la misma clase de torturas por las que él había pasado, y se lamentó silenciosamente por los pobres desafortunados que hubieran pasado por allí.
Entonces notó algo con el rabillo del ojo, una figura diminuta, como del tamaño de un niño, se asomó por el final del pasillo con una curiosidad y sonrisa infantiles, pero en la expresión de lo que parecía ser una niña había un vacío absoluto, no quedaba nada de la criatura que fue alguna vez porque su expresión albergaba un rencor tan profundo que había olvidado que era humana.
- ¡Espera! -llamó el muchacho, pero inmediatamente, al desviar la mirada, la figura había desaparecido, así como el pasillo-
Solo que no había desaparecido, seguía allí, pero había cambiado; de ser un pasillo abandonado lleno de pupitres rotos y cerámica sobresaliente se había renovado por completo, el lugar estaba como lo fue en su tiempo, con luces brillantes llenando de espesor aquel lugar que parecía el típico pasadizo de un hospital, con puertas en ambos lados y puertas dobles antes de cruzar al siguiente pasillo, era una ilusión como en las que Ruby solía inducirlo, pero la diferencia es que él no parecía ser el objetivo porque nada indicaba que estuviera involucrado de otra forma que no fuera simplemente estar allí.
Miró hacia atrás, todo el pasillo había cambiado por igual, nada parecía ser real, y el cuarto blanco estaba como nuevo con cada cosa en su lugar y con un pizarrón recién marcado con símbolos como los de antes, solo que ahora también albergaba formulas químicas que él nunca había visto, no eran como las que conocía y sus resultados acababan en números que no entendía del todo, pero no tuvo tiempo para ponerse a analizarlas a detalle.
Siguió caminando por el pasillo con un brazo listo para atacar, de su espalda emergieron tentáculos que se preparaban para dar una estocada a cualquier peligro que se acercara, amplió su visión, aunque de nada sirvió, el mundo frente a sus ojos no era terrenal, lo que fuera aquello no era humano en absoluto.
Siguió avanzando, observando por el rabillo del ojo que en los salones se levantaban los espectros de las personas que estuvieron allí, eran los fantasmas del recuerdo que ese lugar tenía, científicos que se hacían pasar por profesores y cuidadores, hombres de ciencia que adoctrinaban a los niños a las enseñanzas fascistas de aquel entonces, pero también practicaban sus experimentos con ellos.
Los niños humanos, un producto natural de su propia nación, fueron concebidos y abandonados para luego ser usados en experimentos crueles, engañados con la falsa ilusión de ser protegidos por aquellos fantasmas a los que consideraban familia; Arthur sintió una punzada en su corazón por la situación que conocía tan bien como su palma, porque era la vida que compartía con ellos, tantos años y kilómetros de diferencia para que al final fuera la misma historia.
En los cuartos blancos a los niños se les inyectaban distintas enfermedades para ver como reaccionaban a ellas, se les alimentaba con comida infectada con tuberculosis, heces de rata y gas mostaza, todo con el fin de usar los resultados para la guerra, se les hacía biopsias solo para extraer órganos y ver como sus cuerpos funcionaban mientras seguían con vida, y se les aplicaba craneotomías para estudiar el cerebro mientras aún estaban conscientes de todo lo que les hacían.
La secuencia le hacía un nudo en el corazón, pero debía mantenerse tranquilo porque sabía que era iluso dejarse engañar por todo eso, no era más que un recuerdo vívido de cosas que sucedieron muchísimo antes de su propia creación, el oscuro lazo que los unía era lo único que podía sentir.
De pronto sintió que algo venía detrás de él, lo esquivó de inmediato y sus extremidades se prepararon para atacar…
pero solo era un balón, un grupo de siete no mayores que él, chicos y chicas, estaban jugando con tranquilidad, ni siquiera el extraño aspecto de Arthur ni las extremidades que salían de sus espaldas parecían inquietarles; esos chicos tenían cicatrices como él, algunas suturas que parecían recientes cruzando por sus rostros y cabezas, a algunos les faltaba un brazo, a otros un ojo, pero todos compartían la característica de estar vendados torpemente como si ellos mismos se los hubieran aplicado.