El fantasma carmesí III El hada azul #4
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III El hada azul #4

Esos años le habían servido para experimentar con el alcance de sus poderes, la posibilidad de traer de vuelta a los muertos le ayudaba a despejar su mente, mezclar los cadáveres para formar poderosos titanes que solo la obedecían a ella la llevó a cuestionarse por qué ninguno de los ángeles se había dignado en presentarse ante ella, eso también la llevó a cuestionar como sería cuando los ángeles decidieran interactuar con alguno de ellos, lógicamente darían con Phantom antes que ella, y eso despertó un nuevo fuego de interés en la niña carmesí, uno que no sentía en mucho tiempo; al barajar esa posibilidad decidió vigilar a Arthur a través de los ojos de las criaturas del bosque por donde vagaba, conocía su paradero, pero esperaría a que él decidiera ir… Tarde o temprano volverían a verse, y algo dentro de ella le decía que sería muy pronto.

Arthur había estado vagando por las rutas más allá de la metrópolis, su sendero lo llevó hasta una ciudad con una historia tan larga y oscura como su propia vida, observó ante sus ojos anonadados a Hiroshima, con varios ríos que desembocaban en el mar por el que había venido, un rico olor a comida tradicional y rostros amables.

No era tan brillante ni escandalosa como la gran ciudad, y eso era bueno, le gustaba la calma, aunque solo fuera por unos momentos, y no era tan lúgubre percibir los monumentos que se levantaban en derredor como el perpetuo recuerdo de las cosas por las que tuvieron que pasar.

No obstante, no todos tenían sus poderes, porque de hacerlo podrían ver más allá de lo evidente y percibir las cosas que se escondían de sus ojos humanos, como los rastros de protones y neutrones que aún flotaban por el aire, era una historia tan vieja como el tiempo, pero sus consecuencias aún se percibían con el paso de las décadas.

El muchacho extendió una mano para ver como posaban en su palma, atraídas por su naturaleza, y esos átomos le hicieron revivir los horrores de la bomba atómica, fue testigo de cuan horroroso había sido ser víctima de aquella explosión y sobrevivir a lo que vino después… Había más cosas que nunca fueron contadas, sin embargo, él revivió todo aquello que aún existía en el aire.

Entonces regresó en sí, pensó que esa energía y esos oscuros recuerdos no eran muy diferentes de lo que era su propia vida, el muchacho había reconocido esa tierra como uno de los tantos componentes alojados en su genoma.

Siguió caminando hasta apartarse de las personas, a pesar de su amabilidad y gentileza con la que tanto conectaba, una amabilidad que nacía a partir de la pérdida y el dolor, él admitía que quedarse con ellos solo acabaría por lastimarlos, no merecían el cruel destino de tener a una criatura como él que solo atraía la muerte en forma de niña.

El bosque no era diferente a la ciudad, allí el aire también venía cargado con el sufrimiento de épocas pasadas, el eco de las víctimas se podía escuchar entre los ginkgos, los árboles y las plantas que crecían silenciosamente eran un recuerdo de todo lo que los sobrevivientes tuvieron que soportar.

Presenció los árboles lentamente adoptando formas semihumanas, rostros de agonía perpetua grabados en la madera, ramas sin hojas que se extendía como manos desesperadas escarbando fuera de su sepulcro, y una tierra muerta como las puertas al infierno… Arthur entendió que había entrado a un nuevo mundo, uno donde el mal seguía presente, donde ni los nativos se habían atrevido a vagar por miedo y superstición, y eso fue todo lo que necesitó para entender que podría estar cerca de lo que necesitaba para entender su propia naturaleza.

Había un edificio a lo lejos, no era demasiado alto, pero sí lo suficiente para albergar a varias personas, solo que aquel lugar parecía más abandonado que cualquier otro en el que hubiera estado, y una parte incluso llegó a creer que le había dado la vuelta al mundo y estaba de vuelta en el laboratorio, porque podía percibir que se trataba de una locación destinada a la experimentación; no era su hogar, pero se le parecía mucho por la energía que albergaba, era un laboratorio disfrazado de orfanato con un torii en la entrada, una puerta a un nuevo mundo que estaba a punto de descubrir, y con suerte aprender de sí mismo.

No era la primera vez que sentía esa clase de energía, no era atómica ni malvada, era una fuente que estaba lejos del control humano, pero al mismo tiempo era algo que habían tenido que afrontar por sus propias decisiones.

Los esqueletos de varios científicos adornaban alrededor del orfanato, las batas blancas eran reconocibles por su forma a pesar del paso del tiempo y la suciedad que acumulaban, lo que Arthur solía considerar como fantasmas por la forma en que se presentaron por primera vez en su vida, pero luego entendió que su naturaleza era la experimentación y las pruebas más crueles que podía imaginar.

El interior del orfanato estaba sucio, lleno de muebles y pupitres destrozados, pizarrones con dibujos infantiles que le recordaban a los que solía hacer, pero también rastros de sangre seca que se desparramaban de la misma forma en que lo harían ante un ataque repentino.

En otro tiempo Arthur habría explorado aquellas ruinas con pavor, habría sentido escalofríos por todo lo que le rodeaba, pero el tiempo de aquel niño asustadizo había terminado, lo único que hacía era contemplar todo con una mirada estudiosa, sentía curiosidad por lo que podría haber ocurrido allí, por alguna razón la memoria del lugar no era nada clara y eso le impedía usar su poder para estudiar lo sucedido con la sangre que había encontrado.

Había huellas en el pasillo del orfanato, en varios salones descubrió un círculo de sillas, como si un grupo de estudiantes estuvieran listos para realizar un trabajo, y el cuerpo de su querido profesor, que vestía los mismos harapos de todo científico, yacía tendido contra el pizarrón, los huesos amenazaban con caerse en cualquier momento de no ser por las telarañas que los sostenían, ¿Qué habría sucedido allí? Se preguntó, pero más inquietante que cualquier cosa era saber qué o quien vivía allí, porque las huellas sobre el polvo eran más recientes de lo que había imaginado al principio, alguien había estado allí, de pie, y luego desapareció sin que las huellas se dirigieran hacia algún lugar.

Al ver dentro del salón de clases más próximo descubrió que alguien lo había visto llegar, porque la ventana tenía una vista frontal directamente con la senda por la cual había llegado, la huella en el polvo más reciente estaba situada en esa posición desde la cual alguien lo tuvo vigilado.